Leer en Asturias  a finales del XIX



in : N. Ludec, F. Dubosquet-Lairys, J.-M. de las Voces (ed.), Prensa, impresos y territorios. Centros y periferias en el mundo hispánico contemporáneo. Homenaje a Jacqueline Covo-Maurice, Bordeaux, Université Michel de Montaigne-Bordeaux 3, PILAR, 2004, p. 131-145.


 


 

Al margen de los condicionamientos de corte sociológico, ¿pueden los comportamientos culturales estar supeditados al territorio en que se dan ? Restringiendo la problemática al consumo de impresos y libros, ¿ qué posibles y peculiares efectos pudo producir el encontrarse lejos de los centros de producción, poder y control, en una periférica provincia, como la de Oviedo, por ejemplo ?

Un primer intento de respuesta está en la observación factual restrospectiva, siquiera restringida a unos años (1895-1898), del consumo cultural objetivo y vivido en un microterritorio periférico y provinciano (Asturias) por sus habitantes, y muy especialmente la clase media ovetense.

El aprovechamiento  de los datos por ahora disponibles, de distinto estatuto y relevancia,  sacados de las  estadísticas y de la prensa, etc. pero sobre todo de  un documento bastante excepcional como es el libro de correspondencia del librero ovetense Juan Martínez[1], ha de permitir contrastar las ideas recibidas –la provincia como semi desierto cultural- con cierta realidad : la del consumo efectivo de impresos y sus posibles usos, para una especie de microhistoria cultural limitada a la cultura escrita, desde la dialéctica perspectiva de las relaciones entre centro y periferia.

 

El consumo de libros e impresos en una librería ovetense[2].

Vista la situación a través de la librería de Juan Martínez, parece evidente que para un lector ovetense y, más aún, asturiano, la oferta permanente de libros e impresos in situ es mínima y que, para acceder al libro, lo más normal y frecuente es que tenga que buscarse la información de que existe o tenga noticia de su existencia a través de la prensa, de una revista especializada o, más excepcionalmente, de algún boletín bibliográfico. Le corresponderá, luego, encargarlo « en firme » y comprarlo, por mediación « pasiva », meramente instrumental, del librero : caso del libro de Vidal y Canto, Suelo, lenguaje y canto, anunciado en El Imparcial el 20-IX-1897, pedido el 27-IX a Victoriano Suárez, y reclamado el 5-X (M221v). La mayor parte de los pedidos hechos por Martínez a los editores y libreros de fuera, son, de hecho, pedidos de un ejemplar de algún libro[3].

Aunque según Fermín Canella Secades,  la librería de Martínez, « más que comercio, es una  exposición bibliográfica como no tienen otras capitales »[4], la librería no es, pues, un centro de documentación en el que el lector pueda informarse y consultar libros –siquiera de solapa-, aunque el librero parece poseer alguna herramienta científica como el Boletín bibliográfico español de Leopoldo Martínez o el Catálogo de la librería de Mariano Murillo[5], y pedir información en nombre de sus clientes como cuando Martínez « dese(a) saber el precio de Tratado de técnica dental, la mejor y más completa (sic) », posiblemente porque se lo ha pedido algún dentista (M231).

En algunos casos, la iniciativa es del librero, también visitado por viajantes de Calleja de Madrid o Montaner y Simón de Barcelona, quien pide informaciones y condiciones para la venta de alguna obra,  con el reparto de prospectos o la publicación en la prensa de un anuncio o de un artículo conseguido a base de entregar un ejemplar, para su venta en toda la provincia[6]. Esto permite al lector potencial hacerse con la noticia por otro canal, y al comerciante tener algunas existencias, sobre todo cuando existe la posibilidad, de poco uso todavía (Botrel, 1988),  de devolver el libro,  como pasa con las librerías madrileñas de Suárez o Hernando. A veces decide Martínez quedarse con un libro no encargado « para probar a ver », cuando se trata de obras de consumo y de probable venta, como los almanaques, los libros de texto y algunas obras de novelistas ya conocidos o de colecciones ya con público.

Así y todo, hasta los no residentes en Oviedo consiguen hacerse con lo que necesitan, incluso cuando viven en Villar de Huergo, Caso, Cangas de Onís, Ribadesella, Pola de Allande, etc. Por ejemplo, a pesar de vivir en Cangas de Tineo, el por otra parte muy serio abogado Manuel Arango pudo, por ejemplo, adquirir los festivos tomos de la colección  Guasa viva, Pólvora sola, Almendras amargas (y dejar de pagarlos) y Doña María del PILAR Aza, de Pola de Sierra, suscribirse a La Moda elegante.

Esta sería la situación vivida por unos lectores y lectoras más afectados por el carácter restringido del mercado local y, sobre todo, el sistema de comercialización del libro dentro de un mercado de limitados contornos, que por su situación periférica. Porque la verdad es que, con el ferrocarril, la prensa madrileña tarda menos de 24 horas en llegar y se sabe que en los centros de sociabilidad existe una verdadera expectación y competencia al respecto. La eficacia de un  librero como Martínez – a partir de 1897, ya envía pedidos por telegrama-, le permite al lector interesado hacerse rápidamente con el libro deseado, habida cuenta de los inevitables fallos en la puesta por obra del pedido y, muy excepcionalmente, de los problemas de correo o trasporte[7]. Hasta un pedido hecho a  editores o libreros parisienses como Garnier, Borrani o Nilsson tarda menos de dos semanas en llegar a Oviedo, y menos si se trata de un pedido urgente[8], así que un lector ovetense informado puede acceder a cualquiera novedad casi tan rápidamente como un lector francés de provincias : la cosa está en necesitarla.

El examen de la red comercial de Martínez permite comprobar que tiene relaciones con las principales editoriales y librerías de Madrid, Barcelona y París pero también Valencia, Valladolid y 16 ciudades más : Gijón, Palencia, Burgos, Valladolid (4), Segovia, Salamanca, Guadalajara, Toledo, Ciudad Real, Badajoz, Sevilla, Granada, Cádiz, Tolosa, Logroño, Zaragoza (3), Gerona,  Palma de Mallorca y Bilbao.

De los 193 corresponsales de Martínez, 153 son libreros y editores y casi la mitad  de ellos (70 o sea : el 45, 75%) se encuentra en Madrid, y hacia ellos se dirige la mayor parte de  los pedidos[9]. El principal proveedor es el librero de origen asturiano, Victoriano Suárez (Botrel, 1988, passim),  a quien, durante el periodo considerado, compra Martínez unos 1.500 ejemplares de libros (1493), con un promedio de casi dos pedidos por semana. Después, los editores o libreros más solicitados son Hernando (133 cartas), Bailly-Baillière (95), Fernando Fe (77), La España Moderna (45 por un total de 180 ejemplares[10]). A estos 7 libreros y editores madrileños envía Martínez casi una tercera parte (el 29.16%) de su correspondencia, pero conste que con una carta se puede hacer el pedido de un ejemplar o de varios centenares :  por ejemplo, aunque Martínez sólo envía 9 cartas a Calleja, se trata siempre de pedidos de cuantía [11], lo mismo que algunos pedidos hechos a Hernando[12], y es que, en Oviedo, el negocio del libro escolar es como en la casi totalidad de España el principal negocio (Escolano, 1996, 1997), más ya que el del libro religioso, casi ausente en los pedidos  -pero se sabe que podían existir unas librerías especializadas y otros circuitos de difusión.

En Barcelona, tiene Martínez 41 corresponsales (un 26.79 % del total), a quienes encarga diccionarios (Montaner y Simón), obras baratas pero usualmente encuadernadas (Maucci), tapas (Salvatella, Hermenegildo Miralles), tinta, piezas de tela (Hermanos Font Matheu), y papel, productos todos que entran en la categoría comercial y cultural. Sin embargo, el ritmo –y el volumen- de pedidos es muy inferior ya que a los 6 principales sólo envía 154 cartas o sea el 6,70 del total.

También tiene 6 corresponsales en Valencia (entre los cuales, Ortega y César Giorgeta a quien encarga tinta « Villa de París »), 4 en Valladolid (J. M. de la Cuesta, por ejemplo, a quien, el 15-VII-1896, encarga 48 « novenas varias » (M92))  y los demás (24, o sea : un 15,6%) en las 18 ciudades mencionadas con 3 corresponsales en Zaragoza, pedidos de papel a Tolosa, de almanaques a El Mensajero del Sagrado Corazón de Jesús de Bilbao y cuadernos de Asturias a Octavio Bellmunt y algún pedido a la librería de Francisco Menéndez Bandujo en Gijón, pero fundamentalmente se trata de obras en comisión.

Más llamarán la atención  los pedidos hechos al extranjero (167 cartas o sea un 8,10% del total) y sobre todo a París : si con Fratelli Bocca de Milano y dos casas de Suiza (interesadas por los sellos) no mantiene Martínez muchas relaciones, sí las tiene, más o menos intensas, con Bouret (4 cartas), Garnier (26, con pedidos de 449 ejemplares en total), Nillson (41), Monrocq Frères, F. Alcan  y sobre todo Borrani (66) : los giros hechos a C.Borrani (9, rue des Saints-Pères) –a quien también le puede encargar Martínez algún libro inglés- importan, por ejemplo, 1.072.35 francos para el 2° semestre de 1897.

Aunque tiene una menor relevancia, la persistencia de la venta en comisión por parte de autores-propietarios, muy especialmente en el campo de la educación, merece destacarse, siquiera para percibir la mutación que se está operando en la industria y comercio del libro : la concentración en manos de Hernando aún no es total (Botrel, 1993, 383-470),  y  Martínez, como otros libreros de otros lugares de España,  vende libros por cuenta de catedráticos, maestros, pero también también jueces, abogados, eclesiásticos, libreros, etc., de toda España[13]. Son unos 20 según el registro, pero se trata de ventas en pequeñas cantidades, a veces nulas.

Hasta aquí las adquisiciones por Martínez y los asturianos de libros e impresos publicados fuera de Asturias.

De la actividad comercial relacionada con la producción editorial ovetense o asturiana, apenas se encuentra rastro, aunque, no se puede descartar, por supuesto, que tal comercio, como para los periódicos locales, se hiciera por otros canales, sin dejar huella en el Libro de correspondencia, caso de  las Poesías asturianas de Teodoro Cuesta, editadas el año de su muerte (1895), con un prólogo de don Alejandro Pidal y Món, « en un elegante volumen de unas 300 páginas, con las más bellas producciones en bable del popular poeta y  su retrato », que  se vendían  3 pesetas, según anuncio en El Correo de Asturias del 27-VIII-1896, o el Mapa de la diócesis de Oviedo publicado por el Excmo e Ilmo Sr. Obispo y compuesto por D. Julio Vallaure, « de barillas (sic) para pared » (12 pesetas), anunciado en el Almanaque de El Carbayón para 1896. Sólo podemos comprobar que de la magna obra Asturias, editada en Gijón por O. Bellmunt y F. Canellas[14], sólo adquiere Martínez unos cuantos cuadernos para algún cliente ovetense y que la venta en el resto de España de obras editadas en Asturias o de asturianos sólo concierne unos pocos títulos : algún pedido de Memorias de Asturias de Protasio González Solís, obra de la de que quedan 37 ejemplares (M117v), del Libro de memorias del oficial de artillería de Ramón Albarrán (Oviedo, 1888), o de obras en comisión como Los criaderos de manganeso en Asturias, o   una suscripción a El Carbayón, y poco más. Con Ultramar, no parece haber tenido relaciones Martínez, pero de esta dimensión de máxima actualidad en la época, se entera uno a través de noticias de algunos militares o  médicos que, desde Asturias, han sido destinados a la guerra en Cuba y, por consiguiente, no pueden seguir suscribiéndose al Diccionario enciclopédico de Montaner y Simón o a alguna publicación periódica…

Conste, pues, que la mayor parte de los libros e impresos consumidos en la periférica Asturias, por mediación del librero Martínez, provienen de Madrid –era de sospechar- y en menor medida de Barcelona y también de París, cosa menos previsible.

Es la consecuencia lógica del proceso de concentración y, en alguna medida, especialización editorial que ya ha empezado en España y también de la progresiva constitución de un mercado nacional del libro: a pesar de que subsiste el sistema de venta en comisión de libros de texto por parte de maestros y catedráticos, y algún foco editorial  en Valladolid o Gerona para el libro de texto, de que da cuenta la red comercial de Martínez, la política de adquisición de derechos por parte de Hernando y la línea innovadora para enseñanza primaria de Calleja desde Madrid, parece que se va imponiendo en Asturias, en detrimento de los tradicionales editores de Barcelona como Bastinos, por ejemplo. En cambio, los numerosos pedidos hechos a Maucci en Barcelona pueden ser la consecuencia del notable dinamismo de esta casa editorial en el campo del libro barato y, en alguna medida, de actualidad, con la edición de las últimas obras de Zola (Las tres ciudades, Los cuatro Evangelios), por ejemplo.

En cuanto a las adquisiciones directas de obras francesas en París, son la confirmación de las añejas y específicas relaciones que una parte de la sociedad española masculina y feminina mantiene con Francia, desde unas representaciones bastante arraigadas (los desnudos y los « artículos de París »), pero también, además de los imprescindibles manuales para el aprendizaje del idioma, son el síntoma de una voluntad, por parte de una fracción muy reducida de la universidad (Alas, Buylla, Sela, Posada, excepcionalmente algún médico o arquitecto pero también a veces « la Facultad » y hasta el colegio de Sama), de inscribirse en la corriente del pensamiento y del progreso europeo, para su posterior asimilación e indirecta difusión en España, incluso a partir de Oviedo, centro para el resto de España y tal vez Hispanoamérica. De ahí, por ejemplo, los pedidos de una suscripción a Cosmopolis, de un ejemplar de Matière y mémoire de H. Bergson (1896) o, en 1898, de las últimas novedades de la Bibliothèque de Philosophie Contemporaine de Félix Alcan, alguna aún por publicar…

            En las suscriciones a publicaciones periódicas, por el intermedio de Martínez, también queda reflejada la conocida situación de la prensa española : la prensa madrileña diaria o especializada como la Revista de Legislación y Jurisprudencia (34 cartas) o La Gaceta de Instrucción pública (17 cartas), y accesoriamente barcelonesa o francesa, es la que, al margen de la prensa local, preferentemente se busca, con una fuerte representación de la prensa femenina de modas (La Moda elegante) y, en menor medida, de las Ilustraciones, la Ilustración Española y Americana, sobre todo, con unas 41 cartas enviadas correspondientes a unas 30 suscriciones y unos giros cumulados de 3.712 pesetas en total.

Convendría preguntarse y comprobar si la adquisición de un libro impreso en Madrid o en Barcelona conlleva algún elemento subjetivo de adhesión a un ámbito cultural : en la adquisición de libros de religión, importaría más el santo local venerado o el imprimatur que el lugar de impresión ; tampoco tendría mucha consecuencia cara a la autopercepción de Asturias como región periférica que el libro El tresillo de Jesús Calvo proviniera de Barcelona, aunque la imagen de Cataluña estuviera asociada con la idea de técnica, comercio o industria. En cambio, la adquisición seguida de los elegantes tomos de la Biblioteca Diamante o de la última producción de los novelistas al uso, tal vez pueda asociarse con una implícito deseo de situarse en la actualidad literaria nacional desde Asturias, lo mismo que la adquisición en París de libros o periódicos en francés suponen una voluntad de distinguirse o una distinción de hecho : al lado de las prácticas utilitarias ya instaladas que permiten la compra de libros técnicos de origen extranjero editados por el ya hispanizado Bailly-Baillière (Botrel, 1993, 554-556), la  adquisición de novelas de Zola traducidas al castellano y editadas en Barcelona por Maucci en casi perfecta sincronía con la edición francesa (Saillard, 1997), o de volúmenes de la Bibliothèque de Philosophie Contemporaine de Félix Alcan remiten a unas prácticas minoritarias por parte de una elite y muy concretamente elementos del « grupo de Oviedo », pero también a cierta forma de exotismo, perceptible también tal vez en el asombroso éxito de la Biblioteca kneippiana y las obras de Monseñor Sebastián Kneipp, cuya marca científica y ortodoxa supo promocionar en Asturias Martínez[15].

 

La cultura escrita y las demás prácticas culturales. Si la ventaja del documento analizado es que permite documentar consumos efectivos, bajo forma de compras, incluso con una dimensión sociológica, también es verdad que sólo da cuenta de una parte del consumo cultural. Sin pretender a agotar el tema, bueno será por consiguiente « recordar », por ejemplo, la existencia de una importante prensa local y regional de cuyo consumo no da cuenta la fuente analizada : entre 1895 y 1898, sólo en Oviedo se publicaron hasta 16 títulos de periódicos, más o menos duraderos (Jove y Bravo, 1949 ) y más de 20 en total en Asturias . Según Martínez, los cuatro « que cuentan » entonces en Oviedo son El Carbayón, Diario asturiano de la mañana desde 1879, con sus 4 planas de 4 columnas (unos 90.000 caracteres en total), un folletín bastante intermitente y algun poesía en bable, La Victoria de la Cruz (desde 1886), El Correo de Asturias desde 1890, el cual en 1896 tiene un censor eclesiástico nombrado por el Prelado (según lo dispuesto en el último Congreso católico de Zaragoza), encargado de señalar « frases ofensivas, epítetos malsonantes »  y publica en su bastante irregular folletín casi 5.000 caracteres de lectura de obras de E. Laboulaye, y, por fin, La Opinión de Asturias fundado en 1893. A través de sus columnas, procura Martínez conseguir cierta publicidad para las obras que tiene a la venta. Estos periódicos y los demás de Madrid y otras ciudades se pueden conseguir en al menos un kiosco –el del Campo de San Francisco existe en 1902- y tal vez por la venta callejera, y existe una estructura especializada para tal comercio[16]. Sin que Martínez actuara de intermediario, se sabe (Botrel, 1984) que, en Asturias, del semanario literario y festivo Madrid Cómico se vendieron, entre 1893 y 1897, unos 332 ejemplares semanales, el  65% de ellos fuera de la capital[17].  

Conste que en la difusión del libro en Asturias, intervienen más librerías en Oviedo[18], y que Gijón (activo puerto de mar,  con casi tantos habitantes como Oviedo) tiene una importante imprenta, la de Octavio Bellmunt (Cabrifosse, 1994), y  sus propias librerías, lo mismo que otros núcleos urbanos hay más librerías ( como la de Indalecio García en Avilés) y sobre todo puntos de venta (Botrel, 1988, 130), como las imprentas ( la Imprenta asturiana de Agustín Laruelo en Oviedo, por ejemplo), los propios autores[19] y hasta farmacias[20],  y, además de los conocidos viajantes de Montaner y Simón y de los repartidores del Boletín oficial, El Correo de Asturias y otros periódicos para quienes Teodoro Cuesta escribe aguinaldos en bable[21],  un buen número de agentes no siempre identificados , que dan acceso a unos impresos « heterodoxos », como los agentes de la Sociedad bíblica denunciados por el Obispo de Oviedo[22], o de precios más asequibles : aquí conviene mencionar la venta, a cargo de Centros de Suscripciones o vendedores ambulantes por cuencas mineras[23], de almanaques y calendarios, entregas o libros usados, con notables y provechosas consecuencias sobre el acceso al ocio y la evolución de los hábitos de los nuevos lectores en nuevos sectores sociales con nuevas prácticas culturales, como destaca Jorge Uría (1996, 236-250).

            Por otra parte, por muy deficiente y poco frecuentado que resulte el sistema de lectura pública en España por aquellas fechas (Botrel, 2003), es preciso tener en cuenta la existencia en Oviedo de varias bibliotecas para uso de los alumnos y estudiantes : la Biblioteca Universitaria con sus 51 000 vols  -de hecho 35-40.000- almacenados en sus 126 estantes (cuyo acceso está prohibido a los estudiantes) y 560 tablas « con hollín » y aún sin « sección popular »[24] o  la Biblioteca especial de derecho, a la que acuden no más de 12-14 lectores , « lo mismo en periodo de vacaciones que en los días lectivos », pero para la cual, por muy parco que resulte el presupuesto para el funcionamento y adquisiciones, consta que se compran libros y publicaciones a través de Martínez, la de la Sociedad Económica de Amigos del País o de la Extensión Universitaria más abierta a los obreros (Rodríguez Alvarez, 1992), pero también los gabinetes de lectura en las distintas sociedades instructivo-recreativas : el Casino, el Centro Militar, el Círculo mercantil o el Balneario de Caldas de Oviedo « donde hay toda clase de periódicos », que permiten un acceso bajo otras modalidades y motivaciones a parte de la prensa y de la literatura existentes. También se dan unas prácticas de lectura emergentes, no todas vinculadas con la Extensión universitaria, de las que dan cuenta en el campo y entre obreros unas iniciativas estatales como las Bibliotecas populares que, según el Ayuntamiento de Piloña en 1878, « no satisface(n) los deseos del público »  –aún se remite un lote de libros a la Cámara de comercio en 1899, y se crean tres bibliotecas populares en escuelas (Rodríguez Alvarez, 1992)- , y las iniciativas no estatales como los gabinetes de lectura en sociedades instructivo-recreativas como el Centro de obreros católicos de Oviedo o el Ateneo Casino Obrero de Gijón, fundado en 1881, con sus conocidas limitaciones pero también lecturas comentadas, al margen de la lectura en voz alta de la prensa (Uría, 1896, 237) y pautas de consumo « nacionales » (cf. Mato, 1991). Sin tener en cuenta unas prácticas poco conocidas como el préstamo de libros en la esfera privada ya que en la pública sigue siendo  excepcional[25], desde una concepción de lo que representa y vale, posiblemente intermedia entre la idea de un bien escaso y la de algo perecedero, y, por supuesto, la creciente presencia de lo impreso en la vida social de que da cuenta la llamada remendería, con su potente corriente de esquelas mortuorias, menús, participaciones de enlace, de nacimiento, recordatorios, tarjetas de visita, cromos anunciadores, etc., que remiten a unas nuevas formas de sociabilidad y de comunicación social no relacionadas a priori con el ocio[26].

Por supuesto, la historia cultural de lo impreso, no puede olvidarse de que, incluso en la franja de la sociedad urbana alfabetizada y consumidora de bienes culturales no auctóctonos, es preciso relativizar el impacto del escrito y de sus usos « canónicos » : un rápido repaso a la prensa ovetense de la época permite darse cuenta, por ejemplo, de la importancia de las prácticas cultuales al lado de las culturales de la esfera privada o semi-pública como es la práctica del canto y de la música, en los salones pero también ya por las masas corales, a partir de partituras impresas, o la confección directa o indirecta de trajes, bordados, etc. a partir de modelos tomados de la prensa femenina de modas[27]. En las prácticas culturales de la esfera pública, constituida por el Teatro Campoamor, inaugurado en 1892, con su aforo de 1. 000 localidades, el de Cimadevilla, los distintos cafés ( Español, Suizo, Madrid, París, Pasaje, Universal, y Méndez Núnez), en los que también se suele ofrecer la lectura de los periódicos y conciertos[28], los distintos centros de sociabilidad, y, a partir de 1896, las barracas del cine, entran muchas modalidades espectaculares de « alto y bajo presupuesto » como las califica Uría (1996) : son representaciones de obras líricas ( a lo largo del año, para la zarzuela en 1898) o por temporadas, como para la ópera y la zarzuela en 1897, o dramáticas[29],  del repertorio canónico (caso de las óperas[30])  o recién estrenadas en Madrid[31], así como el género chico, las variétés, las revistas,  y también el último cuplé, que corre ya fuera del circuito profesional. Casi todas aquellas prácticas incluso las más tradicionales y rurales como los paseos, bailes, romerías, riñas de gallos, fiestas patronales como la de San Mateo  en las que entran también las clases urbanas acomodadas con su propios pautas y una temporada de ópera, mantienen ya obvias relaciones conexiones con  la cultura escrita/impresa y, por ende, con la lectura, por medio de anuncios y críticas en la prensa, argumentos, programas, carteles, etc.

 

Entre la tierriña y Europa. Conste, pues, que no vale la imagen miserabilista –a veces propagada por los propios habitantes- de la vida cultural provinciana, cuando se compara –¿ por qué motivos?- con la de Madrid o de París. Como se sabe Oviedo y su universidad y su Extensión universitaria pudieron incluso convertirse en modelo internacional…

Si no cabe duda de que la situación de los gabinetes de lectura y de las bibliotecas resulta aún peor que  en Madrid y sobre todo que en Barcelona, siendo lo más corriente en la época la adquisición del documento, el « ser periférico », si tiene la desventaja de un obvio o relativo aislamiento, no afecta sino que incluso acucia el deseo de inscribirse en el movimiento y tiempo  « nacional » y « europeo », para distintos efectos : la moda, por ejemplo, que lleva a alguna elegante a preferir suscribirse a La mode pratique que a La moda elegante: no le resulta más dificultoso. A pesar de su límites y rémoras, el mercado del impreso permite el acceso a toda clase de bienes impresos, aunque obviamente se contenta con acompañar el paulatino y desigual del compartir social y nacional de la cultura impresa, ya que no cabe duda de que dicha posibilidad sólo estaba al alcance de una mímima parte de la sociedad asturiana (burguesía, profesionales, letrados, obreros conscientes, etc.), pero esta dimensión sociológica puede desvincularse de la situación periférica del territorio. El objetivo alejamiento de Madrid, Barcelona y París, no fue rémora para que en Oviedo y Asturias se pudiera vivir en una semi-isocronía con lo que producían aquellos centros de industria cultural y, en algunos casos, contribuir a dicha producción y hasta a orientarla : ahí está el ejemplo de Clarín cuyo horizonte intelectual no fue limitado por ningún puerto de tierra o mar y pudo desde Asturias y su condición de ciudadano español pretender y llegar a la universalidad.

A pesar de un acendrado sentimiento regional perceptible en muchos intelectuales asturianos de la época (Cid, 1985, Pérez de Castro,1971), no se observa, por otra parte, ninguna tendencia ni reivindicación  al repliegue : muy al contrario, para muchos se trata de superar los inconvenientes derivados no tanto de la situación territorial « extrema » o de un relativo alejamiento cultural[32], como  del sistema político o ideológico que, aprovechándose en parte tal vez de dicho alejamiento pretende mantener apartado del juego democrático o cívico nacional a la mayor parte de la sociedad (Botrel, 2002).

Un estudio, ya no del consumo cultural del impreso sino de las prácticas que lo acompañan, su auge dentro de un ámbito ya no estrictamente territorial y cada vez más amplio, permite observar la coexistencia de distintas temporalidades ajenas de hecho a la territorialidad : Clarín, por ejemplo, convive el tiempo de Guimarán, físicamente, y el de París, intelectualmente[33], y, desde Puebla, en el otro lado del Atlántico, el indiano se proyecta desde fuera en un futuro de modernidad  para su tierriña, mientras el « obrero mixto » vive a la vez la sociedad arcaica y la industrial, con todos los sincretismos de hecho a que da lugar incluso en el campo de la cultura impresa .

Al tener en cuenta todas aquellas tensiones entre unos polos de referencia y unas pautas culturales supuestamente encontradas, con sus fecundas o traumáticas consecuencias, la historia cultural, al cuestionar las ideas recibidas, ha de permitir, pues -a la larga-, una inscripción distinta de las llamadas periferias en la historia de la nación española.

 

J.-F. BOTREL

 

Estudios citados :

 

Blanquat, Josette, Botrel, Jean-François (ed.), Clarín y sus editores (65 cartas inéditas de Leopoldo Alas a Fernando Fe y Manuel Fernández Lasanta, 1884,-1893), Rennes, Université de Haute-Bretagne, 1981.

 

Botrel, Jean-François, "La diffusion de Madrid Cómico (1886-1897)", in : Presse et public, Université de Rennes 2 Haute-Bretagne, 1984, p. 21-40.

 

---, La diffusion du livre en Espagne (1868-1914). Les libraires, Madrid, Casa de Velázquez, 1988.

 

---, Libros, prensa y lectura en la España del siglo XIX, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, Ed. Pirámide, 1993.

 

---, « El libro en el fin de siglo », Insula, 614, Feb. 1998, p. 3-5.

 

---, "Clarín, entre Madrid y Asturias (1871-1883)", in : Coletes, Agustín (ed.), Clarín, visto en su centenario (1901-2001). Seis estudios críticos sobre Leopoldo Alas y su obra, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2002, p. 113-130.

 

---, « Lectura privada y lectura pública »,  in : V. Infantes, F. Lopez, J.-F. Botrel (dirs.), Historia de la edición y de la lectura en España 1472-1914, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2003, p. 662-668.

 

Castillo Gómez, Antonio (ed.), Cultura escrita y clases subalternas : una mirada española, Oiartzun, Sendoa, 2001.

 

Cid, Jesús Antonio, "Clarín vs. Juan Menéndez Pidal y la polémica del "folklore" (1885-1985)", en Simbolae Ludovico Mitxelena septuagenario oblatae, Vitoria, 1985, p. 1425-1435

 

Crabifosse Cuesta, Francisco, El color de la industria. La litografía en Asturias (1834-1937), Gijón, Ayuntamiento de Gijón, 1994.

 

---, "Asturias" de Bellmunt y Canella. Una aventura editorial (1894-1901), Oviedo, Principado de Asturias, 1996.

 

Escolano Benito , Agustín,  "El libro escolar en la Restauración", in : ESCOLAR, Hipólito (dir.), Historia ilustrada del libro español. La edición moderna. Siglos XIX y XX, Pirámide/Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1996, p. 345-369.

 

---- , Historia ilustrada el libro escolar en España. Del Antiguo Régimen a la Segunda República, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, Ed. Pirámide, 1997.

 

Fernández de la Granda Llana, Juan, Un estudio sobre el Oviedo viejo : sus librerías, Oviedo, IDEA, 1974.

 

Infantes, Víctor, Lopez, François,  Botrel, Jean-François (dirs.), Historia de la edición y de la lectura en España 1472-1914, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2003.

 

Jove y Bravo, Rogelio, « Un siglo de prensa asturiana », BIDEA, III, 7, agosto 1949 p. 44-92.

 

Lissorgues, Yvan, La pensée philosophique et religieuse de Leopoldo Alas (Clarín)-1875-1901, Paris, Editions du CNRS, 1983.

 

Mato Díaz, Angel, La lectura popular en Asturias (1869-1936), Oviedo, Pentalfa ed., 1991.

 

Pérez de Castro, J. L., "Don Aniceto Sela como fundador de El Folklore asturiano", RDTP, 27 (1971), p. 49-79.

 

Rodríguez Alvarez, Ramón, « Las bibliotecas y la lectura en Asturias : una aproximación histórica », in : Primer congreso de bibliografía asturiana, Oviedo, 1992, t. I, p. 517-536.

 

Rodríguez Jáñez, María Teresa, "De Martínez a Ojanguren: vinculación de esta librería durante casi siglo y medio a la vida cultural ovetense", in De Martínez a Ojanguren (1856-2001). 145 años de vida de la librería más antigua de Oviedo, Oviedo, Librería Ojanguren, 2001.

 

Saillard, Simone, "Les textes traduits de Zola : bilan et perspectives de recherches", in : S. Saillard, A. Sotelo Vázquez (ed.), Zola y España. Actas del coloquio internacional. Lyon (Septiembre, 1996), Barcelona, Universitat de Barcelona, 1997, p. 99-126.

 

Uría, Jorge, Una historia social del ocio. Asturias, 1898-1914, Madrid, UGT, 1996.

 

 

 

 

 



[1] Este Libro de correspondencia-Desde 2 de octubre de 1895 al 4 de abril de 1898  (22x32,5 cm, 310 hojas y 556 páginas) forma parte del archivo de la Librería de Juan Martínez conservado en la Librería Ojanguren al que tan gentilmente me dio libre acceso Julio Rojo. También debió de existir, además del Libro de cuentas corrtes n°1 que da principio en 1856, un Copiador de junio de 1893 a 21 de octubre de 1895, un Libro 2° de cuentas corrientes, un Libro cuenta comisión y un Libro 8° de cuentas corrientes, a los que alude Martínez, pero no conservados por lo visto. Los datos de este Libro de correspondencia ya han sido parcialmente aprovechados por Fernández (1974), Botrel (1998) y Rodríguez (2001) y parcialmente reproducido en Rodríguez (2001, 59-64) e Infantes, Lopez, Botrel, (2003, 618). Sobre el librero Juan Martínez Suárez, véase Fernández ( 1973, 32-33). Las referencias al Libro de correspondencia se hacen de manera abreviada : M (artínez) y el número de la página, con en su caso la mención v(uelto).

[2] No es este el lugar para analizar pormenorizadamente las características y constantes del consumo  de libros durante los 29 meses que abarca el Libro de correspondencia –merece estudio aparte-, pero no será de más destacar que la mayor parte de los pedidos remite a un consumo no relacionado con el ocio : un consumo de libro escolar y, en menor medida, universitario, con los mapas, y todo el material escolar o menaje, etc., el libro útil para profesionales o la vida social o privada (como los almanaques, Arroz a la valenciana, Reglas para los bailes de salón de José González Font, recibos de lotería, o La Higiene secreta) , sin olvidar, por supuesto, el papel, los sobres, la tinta, las plumas, las tarjetas postales o los sellos en cauchú que nos recuerdan que los lectores efectivos o potenciales también se dedican a actividades de escritura (véase Castillo, 2001). El consumo de novelas canónicas editadas en Madrid o Barcelona y de los demás libros o impresos relacionados con el ocio, inclusive la prensa ilustrada, resulta poco menos que marginal : ya se sabía.

 

[3] Las 2.297 cartas que contiene el Libro de correspondencia (un promedio de más de 18 por semana) son cartas en las que Martínez encarga libros, suscriciones a publicaciones periódicas ( inclusive los almanaques regalo a los suscriptores), objetos de escritorio, encuadernaciones, etc., pero también tratan de asuntos financieros, ya que los libreros suelen actuar de banqueros entre sí (con una contabilidad de letras o cobros de entregas, por cuenta de la editorial Montaner y Simón, por ejemplo), y para algún autor como Posada (Fernández, 1974) o Clarín (Blanquat, Botrel, 1981), de derechos de representación que Martínez cobra por cuenta de las galerías dramáticas madrileñas (cf. las 48 cartas a Delgado, Arregui y Arruej y Fiscowich). De estas cartas, 12 son cartas de reclamación de deudas a clientes.

[4]  Apud Teodoro Cuesta, Poesías asturianas, Oviedo, 1895.

[5]  Se suscribe al primero y también lo hace en nombre de un abogado (M163v) y en alguna ocasión, pide los libros por los números que llevan en el Boletín de Murillo  (M120).

[6]  Según Martínez, « la gran venta que está teniendo el Kneipp es devido (sic) a la circulación de más de dos mil prospectos que me mandó y circulé por la Provincia » (29-X-1896) y por ello pide a Hernando prospectos de la Biblioteca clásica, « para distribuirlos por la Provincia seguro de que dará resultado » y también ejemplares gratuitos para los periódicos ya que estos « no dan puntada sin hilo ».

[7] Por lo visto, los únicos problemas de trasporte los tiene con Suiza via Port Bou : pero se trata de sellos.

[8] Por ejemplo, el pedido (72 tomos de 6 obras) hecho a Garnier Hermano el 4-IX-1896 (M104v), lo recibe Martínez en Oviedo bajo forma de 18 paquetes postales los 16 y 17 –IX (M109).

[9] A Madrid está dirigido el un 43.57% de las 2.297 cartas enviadas, lo cual supone un porcentaje mucho más elevado (aún por calcular) de pedidos efectivos.

[10]  Entre 1895 y 1898, le encargó Martínez 12 Derecho administrativo de Posada y 26 Economía política de Buylla, 6 El mundo como voluntad y 2 Fundamento de la moral de Schopenhauer, 10 ejs. de obras de Tolstoy pero 13 de Goncourt (La Pompadour, María Antonieta , etc., y obras de Martens (Derecho internacional público y privado), Neumann (Derecho internacional público moderno, trad. y notas de Aniceto Sela), manuales de Amor, etc. 

[11] 798 ejemplares el 8-V-1896, 650 tomos,  900 « cuentos »,  y 600 cuadernos, el 27-III-1897 y  679 el 15-II-1898, por ejemplo.

[12]  2.781 tomos en total con tres pedidos de 290 (3-IX-1896), 438 (13-I-1897) y 378 ejemplares 1(6-XII-1897), respectivamente. Por ejemplo : 200 ejemplares de la Historia de Picatoste, más de 274 de la Biblioteca universal y también cajas de pluma, catecismos, programas,volúmenes de la  Biblioteca clásica, etc. En 1896, importan más de 6.200 pesetas las letras giradas.

[13] Ubicados en Valencia, Alicante, Motilla del Palancar (Federico Baudin, Juez de instrucción, autor de una Guía de procuradores), Casas (Rivadeo), Madrid, La Coruña, Cangas de Onís, Salamanca, Barcelona, Valladolid, Palencia, Santander, Badajoz, Zaragoza, Tortosa (Ramón O’Callaghan, Canónigo doctoral, autor de Pláticas parroquiales), etc.

[14]  Asturias. Su historia y sus monumentos, etc., obra dirigida por Octavio Bellmunt y Traver y Fermín Canella y Secades, y editada en Gijón, cuyo primer tomo (30 cm, 408 páginas) se publicó en 1895, el segundo en 1897 y el último en 1900, mereció una escasa suscripción particular « más todavía reducida con la pérdida de las Antillas y Filipinas » (Crabifosse, 1996). De hecho, sólo se notan una o dos suscriciones a través de Martínez.

 

[15]  Mi testamento dedicado a sanos y enfermos por Monseñor Sebastián Kneipp… Camarero privado del Papa y cura párroco de Wörishofer vertido al castellano por D. Joaquín Collet y Curguí, doctor en medicina por la Facultad de Munich, Kempter, José Koesel editor, Barcelona, Juan Gili depositario para España y Ultramar, y también Codicilo a Mi testamento para sanos y enfermos por Monseñor Sebastián Kneipp (Kempter (Baviera), Tipografía y librería de José Koesel editor, 1893,  pero también  se publican anuncios para la Biblioteca Kneipp, la Cocina Kneipp, el Almanaque Kneipp (« Ricamente ilustrado. Estos almanaques constituyen un guía de salud indispensable a todo el mundo ») y se hace propaganda en general por la medicina natural y su sistema de curación por medio del agua  con chorros auricular, braquial, facial, etc.

[16] « Para la venta de periódicos hay en esta uno que no tiene otra ocupación, pues vende todos los que publican y por tanto es con quien se debe de entender » le escribe Martínez al administrador de El Día el 2-IX-1897 y le comunica sus señas : « Sr. Encargado de la venta de periódicos. Calle de Cimadevilla, Oviedo » (M206v).

[17] En Cangas de Tineo, Gijón (83) , Pola de Laviana,  Avilés (31), Luarca, La Felguera (10), Luanco, Llanes, Ribadesella, Muros de Pravia, Cangas de Onís. La difusión de Madrid Cómico en Asturias representa el 6, 26% del total de la difusión en provincias cuando Asturias sólo representa el 3, 36 % de la población española , y  el 4, 94% de la población alfabetizada (Botrel, 1984).

[18] Las otras librerías eran la de Galán muerto en 1896 -continúa el negocio bajo la firma Viuda e hijos de Galán- quien también se dedicaba al comercio de libros de texto y donde, en 1897, Aniceto Sela adquiere una Histoire des traités de paix in folio « que en esta librería dedicaban a a envolver » (Fernández, 1974, 42), la  de Pumares y la de Lavandera (Fernández, 1974).

[19] Como para las Nociones de gramática española para niños o de aritmética «de José María Fernández de la Cosa, Maestro de primera enseñanza superior y titular de un de las escuelas públicas de Mieres, cuya venta al por mayor se hace en casa del autor, en  Mieres (Asturias).

[20] El Manual de medicina, de higiene, de cirujía y de farmacia doméstica por Dehaut (384 p., una peseta) gracias al cual « toda persona que lo posee puede ordinariamente prescindir de los cuidados del médico, con frecuencia tan costosos », puede procurarse por el intermedio de los principales farmaceúticos (Almanaque asturiano de El Carbayón para 1897)

[21] Poesías asturianas, Oviedo, 1895.

[22] Véase la  Circular… contra libros impíos y Evangelios infielmente traducidos propagados en la diócesis por la Sociedad Bíblica de 7-III-1888 (Pastorales, III, p. 264-271).

[23] Como, desde 1892, los socialistas Manuel Sobrino, Eduardo Varela, Manuel Vigil Montoto o Benigno Fernández en Gijón (Uría, 1996, 247).

[24] En 1892, por ejemplo, se habían contabilizado 1 536 lectores, con 1 536 obras consultadas durante el primer semestre, sobre todo libros de jurisprudencia y 150 « lecturas hechas en francés » (Rodríguez Alvarez, 1992).

[25] En la Biblioteca especial de Derecho donde se permite el libre acceso a los estantes y ya en 1901 en la Biblioteca universitaria (Rodríguez Alvarez, 1992)

[26] Los recibos de lotería, por lo visto, se siguen encargando a Madrid, así como algunos carteles de teatro (M40v).

[27] De ahí, el pedido hecho por Martínez a V. Suárez –librero- de « 4 rodaderas para sacar patrones », por ejemplo (M245v).

[28]  Por ejemplo, el 5-I-1896, se anuncia para celebrarse en el café Madrid un  : « Gran concierto esta noche a las nueve por la aplaudida tiple de zarzuela señorita Morelli acompañada al piano… ».

[29] 24 funciones en total en 1896, con la programación deTeresa de Leopoldo Alas y El Señor feudal de Joaquín Dicenta, por ejemplo (Arrones, 1993).

[30] 16 representaciones en 1897 de Carmen, Lohengrín, Aida, Cavalleria rusticana, La Africana, Payaso, Los Hugonotes (Arrones, 1993)

[31] Por ejemplo, las últimas producciones de J. Dicenta y M. Ramos Carrión « que tan extraordinariamente están llamando la atención en los teatros de la Comedia y Lara de Madrid « : Juan José y El bigote rubio, El Estigma de Echegaray, El libre cambio de E. Mario (hijo), La rebaja del tío Paco y otras obras (El Correo de Asturias, 1896).

[32] Si, como observa Jorge Uría (1996, 27-31), la situación mayoritaria es la de una sociedad en la que los ambientes urbanos e industriales aún están contaminados de ruralidad, también se da una regresión de las pautas de la sociedad tradicional debido a los avances de las industrias culturales y la creciente oferta/presencia de unas nuevas pautas asociadas con la modernidad, con una resistencia más pasiva que activa.

[33] Como cuando encarga « 11 obras varias » el 5-VIII-1897 (M199), para preparar sus 6 conferencias leídas en la Escuela de Estudios Superiores en Madrid en noviembre-diciembre de 1897 (cf. Lissorgues, 1983, 377-426).