Barcelona i el mercat del llibre al segle XIX 


in : Barcelona i els llibres. Els llibres de Barcelona, Barcelona. Metropolis mediterrània, 7, p. 29-34.

 

BARCELONA Y EL MERCADO DEL LIBRO EN EL SIGLO XIX.

 

En su Historia de la edición española, adelanta J. A. Martínez Martín (2001, 237) que « no es exagerado tildar a la capital catalana de capital peninsular del libro durante el primer tercio del siglo XX ». En este libro, la contribución de Ph. Castellano sobre « El entorno profesional de los editores de Barcelona a principios del siglo XX » es, en alguna medida, la confirmación e ilustración de tan notoria situación…

Pero, ¿cómo llegó Barcelona a constituirse en « capital peninsular del libro » ?

El examen de su específica inscripción en el mercado del libro y de impreso español e internacional entre 1833 y 1914 ha de permitirnos arriesgar algunas respuestas y, tal vez más aún, dejar abiertas muchas preguntas por contestar[1] …

 

El mercado del libro español. Sobre el mercado interior y exterior del libro en España, cabe recordar lo sabido, o sea que corriendo parejas con los progresos de la alfabetización, escolarización, urbanización y nivel de vida y el consiguiente aumento de una demanda originada por el cada vez más masivo « compartir social de la cultura escrita », se da un aumento y una diversificación de la oferta de libros e impresos, favorecida por toda una serie de medidas encaminadas a fomentar la constitución de un mercado nacional y las exportaciones (Botrel, 2003).

Desde los años 1850, se puede, en efecto, observar una creciente preocupación por (re)conquistar un mercado hispanoamericano casi copado por los editores franceses, ingleses, norteamericanos y alemanes, con bastantes dificultades pero también algún resultado (Botrel, 2001).

Pese a ser innegable, pues, la expansión del mercado del libro y del impreso español, sobre todo después de 1870 y aún más en los años 1890-1900[2], conste que, comparado con el de otros países de Europa, sigue siendo, a principios del siglo XX exiguo, y poco favorecido aún por la demanda hispanoamericana[3].

Ahora bien : ¿cómo se inscribe Barcelona en esta secular tendencia y cuál pudo ser su específica aportación ?

El examen de las estadísticas disponibles, del sistema de producción y comercialización barcelonés y de la coexistencia en la capital catalana de una línea conservadora y de un agudo sentido de la innovación nos ayudará, en cierta medida, a explicitarlo.

 

Cuantificación y periodización. Conste que si aún cuesta atribuir cifras y valores comprobados a los principales y a menudo elementales indicadores económicos del mercado del libro español en general, más difícil aún resulta aislar informaciones y datos sobre Barcelona (o Madrid) que sirvan para la caracterización de su evolutivo protagonismo en la diacronía.

Se echa en falta, por ejemplo, una estadística bibliográfica retrospectiva más fidedigna que las informaciones parciales y a menudo dispares informaciones disponibles (Botrel, 1993). Medida por el número de los títulos, si bien queda la producción barcelonesa multiplicada por 6 entre 1830 y 1905[4], cuando a nivel de España sólo se multiplica por 4, aún en los años 1880-1900 sólo representa una terecera parte de los títulos publicados en Madrid  (Botrel, 2003). Para entender cómo en febrero de 1902, Joseph Piula alias Josep Pous i Pagès (apud Castellanos, 1996, 12) puede afirmar ante el « extraordinari moviment editorial  (..) que se nota a Barcelona », que « surten més llibres de les premses d’aquí en una setmana que en Madrid en un mes », habrá que recurrir a otros indicadores, como las tiradas y el valor de la producción.

Si a los datos sobre la producción y consumo de papel nos referimos, consta que existe en Cataluña una antigua tradición papelera a base de molinos y exportación de papel florete, pero resulta más difícil relacionar la relativa modernización de la producción papelera catalana con el auge de la producción editorial : si bien, en 1914,  12 de las 16 máquinas de papel continuo de un metro o de más de un metro (sin tener en cuenta el País Vasco) para papel para escribir o imprimir están instaladas en Cataluña, seguimos desconociendo la parte que se lleva Barcelona en el consumo de papel que según Gutiérrez i Poch (1994), pasa de 51.401 toneladas en 1894 a 72.732 en 1914, con un consumo aparente de unas 50. 000 toneladas en 1904 y más de 68.000 en 1914.

         En cuanto a la potencia impresora instalada que a nivel de España pasa de más de 1.126.000 hojas por hora en 1893-4 a 1.871.000 en 1914, durante el mismo periodo crece más en Barcelona (provincia) que en Madrid (Botrel, 1993), donde el peso relativo de las rotativas para la producción de la prensa nacional es mucho más importante que en Barcelona donde predominan aún las máquinas de potencia media, mucho más numerosas por ende.

         De ahí que el número de impresores instalados en Barcelona crezca de un 10 % del total nacional en 1857 a un 13, 5 % en 1879[5],  y sobre todo que en 1920 el 34,70% de los patronos y el 40, 47% de lo no patronos del libros estén censados en la provincia de Barcelona[6], cuando Madrid sólo representa un 10 y un 25%, respectivamente. Dicha tendencia afecta también otros sectores de las artes del libro como son los encuadernadores y los litógrafos[7].

En cuanto al número de libreros y editores, también se puede observar cómo, a partir de de los años 1880, va creciendo con mayor rapidez en Barcelona que en Madrid, hasta superar la capital del Estado en 1914[8].

         Pero a falta de suficientes monografías sobre las editoriales y librerías barcelonesas de la época, seguimos sin poder arriesgar datos económicos referidos, por ejemplo, a la producción y a la facturación… que puedan informanos sobre el valor de lo producido…

Contentémonos, pues, con comprobar el auge del sector del libro y del impreso en Barcelona a partir de los años 1880, fundamentalmente con una inversión del liderazgo nacional a partir de 1900, si a las estadísticas disponibles nos atenemos. Obviamente faltan datos más cuantiosos y más fidedignos sobre la actividad económica del sector y muy especialmente sobre el volumen de facturación.

       Pasa lo mismo con el fundamental tema de las exportaciones. El desconocimiento en general del volumen de libros exportados por paquetes postales[9], es sabido que resta relevancia a las estadísticas del comercio exterior que sólo tienen en cuenta las exportaciones en cajas[10]. Estas quedan multiplicadas por 9 entre 1870 y 1910, al pasar de unas 200 toneladas en 1870-79, a más de 500 en 1880-89, 1.127 en 1890-99 y 1.800 en 1910-1914 (con una evolución de las importaciones de 100 a 350) (Botrel, 1993, 586). La casi totalidad se destina a Hispanoamérica, por supuesto (Botrel, 2001).

       En esta dinámica ¿cuál es la parte que se lleva Barcelona ?

       Parece ser que en 1812 los envíos desde Sevilla y Cádiz de libros e impresos procedentes de Barcelona distan mucho de ser los más cuantiosos[11]. Sobre los siguientes años, al no disponer de series sobre la actividad del puerto de Barcelona por lo que a libros e impresos respecta, nos hemos de contentar con señalar que para los años 1845-47, el valor anual medio de las exportaciones de libros desde Barcelona hacia el extranjero e hispanoamérica es de 435.787 rs. o sea : un 0.99% de l valor total de las exportaciones desde Barcelona. En 1846, las exportaciones de libros desde Barcelona representan sólo un 22% del valor total de las exportaciones españolas[12].

A principios del siglo XX es fama que una casa editorial como la de Manuel Maucci « distribuia un milió d’exemplars de llibres d’una pesseta, dels quals un terç els venia a Espanya i els dos terços restants a Amèrica i a Filipines »[13], y que Barcelona –y la Compañía trasatlántica de A. López-, se encuentran favorecidas por dicha tendencia: en 1903 casi el 80% de las exportaciones por vía marítima se hacen a partir de Barcelona (un 12% a partir de Santander). En 1921, según la Cámara de Libro, el 70% de la cifra tota de exportación correspondía a la zona de Barcelona y el 30 por ciento a la de Madrid" (Martínez Martín, 2001, 299).

 

2. Sistema de producción y comercialización. En vísperas de la segunda revolución del libro, Barcelona es una ciudad con una añeja tradición impresora y librera[14]. A partir de un sistema caracterizado por la cultura gremial va a darse un proceso de limitada industrialización[15] y luego una adecuación tecnológica durante el ultimo tercio del XIX cuando Barcelona experimenta un notable impulso en términos técnicos, comerciales y empresariales, con editores como Montaner y Simón, Espasa, Salvat o Sopena, en un proceso ligado al impulso de las artes gráficas en el contexto modernista[16].

        No faltan en Barcelona ejemplos de transformaciones de empresas familiares y artesanales en sociedades y establecimientos industriales : ahí están las historias de Tasso, Narcís Ramírez, Espasa, Salvat, Montaner i Simón[17]. Pero también pueden darse espectaculares apariciones en el sector, de unos editores e impresores sin tradición familiar, como Maucci o Sopena que muy rápidamente consiguen colocarse entre los más activos y conocidos. En la historia de dichas casas, llama la atención el nivel técnico y tecnológico rápidamente alcanzado a base de una industrialización del proceso de fabricación servido por un importante número de agentes y de las consiguientes inversiones conseguidas por una notable capitalización de las empresas[18]. Sin haber incurrido como en el sector editorial del Madrid de los años 1840, en la inversión especulativa, la edición barcelonesa consigue al filo de los años concentrar en Barcelona una potencia industrial dedicada a las artes gráficas sin equivalente en España[19].

        De esta potencia da cuenta la aparatosa presencia arquitectónica en el paisaje urbano de las principales empresas y la implicación en la vida política y social de la misma de sus agentes -patronos/obreros[20]-, desde una concepción –muy alemana, según Ph. Castellano- de la cultura escrita y del libro no sólo económica sino como instrumento de proyección de la sociedad catalana y española. De ahí tal vez, el interés por la celebración de la profesión con iniciativas conmemorativas autocentradas o iniciativas colectivas encaminadas a dar más coherencia y fuerza al sector. De ahí también las numerosas y pioneras iniciativas colectivas en pro del fomento de las artes del libro o de la defensa y promoción del libro[21].

         Aun carecemos de suficientes prosopografías de todos aquellos actores y agentes del desarrollo editorial de Barcelona, pero por las informaciones disponibles sabemos que no faltaron empresarios emprendedores, preocupados por la acquisición de las mejores y actuales competencias profesionales –de ahí los frecuentes viajes a Francia o Alemania[22]- y por su transmisión no rutinaria, pero también dispuestos a migrar –algunos definitivamente- cuando se abrían unas mejores o nuevas perpectivas fuera de Barcelona, en Madrid o en Hispanoamérica, contribuyendo de hecho a una verdadera transferencia de competencias al filo de los años[23].

       Lo cierto es que, ya en los años 1840, la mayor parte de los libreros y editores barceloneses cuenta con una relativamente tupida red de comercialización en toda Cataluña y en muchas ciudades de España. Por ejemplo, en 1845, José María Grau, editor de la Biografía eclesiástica completa… tiene 48 corresponsales fuera de Cataluña, 19 en el Principado y en la comarca de Berga diócesis de Solsona 27 pueblos suscritos[24] ; en 1846, la Historia de España editada por entregas la Viuda de Mayol puede adquirirse en Cataluña pero también en Madrid, Valencia, Cádiz, Zaragoza, Sevilla, Granada y Málaga (Llanas, 2004, 61), y la suscrición al Diccionario histórico de todas las religiones y cultos por D. Joaquín María Nin se propone en 55 puntos de la Península y también en las Islas Canarias y Ultramar[25].

         En cuanto al mercado hispanoamericano, su prospección y explotación por los editores y libreros barceloneses y catalanes merecería sin duda alguna un estudio aparte. Los primeros en lanzarse fueron tal vez editores catalanes instalados en Madrid, como Manuel Rivadeneyra quien tras haber trabajado en Chile entre 1837 y 1843, recorrió las Américas en 1848-1850 para recoger firmas para su Biblioteca de Autores Españoles[26], o Gaspar y Roig  quienes en 1850 instalaron una librería en México (Librería española de Juan Buxó y Manuel Morales) y otra Buenos Aires con un comisionado barcelonés, Domingo Vigues, cuyas vicisitudes han sido contadas en otro lugar (Botrel, 2003).

         Años más tarde, el « viaje de exploración comercial »  por Hispanoamérica de Fernando y Santiago Salvat o la gira coetánea de G. Gili (Castellano, 2005) dan cuenta de una agresividad comercial que estriba en unos nuevos métodos de prospección –librero tras librero[27]- y venta –libro tras libro[28]-, consiguiendo de esta manera asentar una red de comisionistas y libreros corresponsales y promocionar el fondo editorial.

         Es sabido, por otra parte, que algunos catalanes como Ballescá o Rafael de Rafael llegaron a ser libreros-editores mexicanos de nota (Suárez de la Torre, 2003).

         Ya en 1884, la Casa Montaner y Simón puede apoyarse sobre una red de trece sucursales en Hispanoamérica, y lo mismo se puede observar a propósito de Espasa o Maucci, por ejemplo.

         Las propias denominaciones de las colecciones y bibliotecas (« Ambos mundos » de la Editorial artítica española (1901), Diccionario Hispanoamericano, Enciclopedia universal Europeo-Americana, etc., son claras pruebas de que en los planteamientos editoriales y comerciales el mercado hispanoamericano y el español e incluso « europeo-americano » apenas se distinguen ya. No faltan, por otra parte, coediciones y producción de libros en España por cuenta de libreros y editores o entidades hispanoamericanas y hasta producciones específicas por iniciativa de los editores barceloneses[29]

        

3. Conservadurismo e innovación. De las posibles especificidades del libro impreso y editado en Barcelona, por faltar aún estudios comparativos más sistemáticos con Francia, Alemania, Inglaterra o Madrid, es difícil, por ahora, dar cabal cuenta.

         No obstante llama la atención la duradera coexistencia –a veces en una misma casa editorial- de una doble línea, conservadora e innovadora, de producción.

         No cabe duda, por ejemplo, que, a pesar de la conocida tendencia a disminuir proporcionalmente la importancia del libro religioso, en Barcelona, bastante más que Madrid, siguen muy activas unas casas editoriales especializadas como las de Subirana, Riera, la Librería Religiosa o La Hormiga de oro, que pueden dar salida a sus muy diversificados productos en un mercado renovado año tras año –el mercado de los misales, por ejemplo- e incluso creciente en tiempos de la Restauración, con el aumento del número de clérigos, pero también con la necesidad de combatir con « buenos impresos » los avances de los « malos ».

         Si en el campo tradicional del libro escolar sólo descuella Barcelona con alguna importante casa como Bastinos o Paluzíe (cuya línea editorial no parece

sufrir competencia en España), en el de libro técnico y científico parece que se lleva una parte importante del mercado desde temprano pero aún más con los libros de medicina de Espasa o Salvat o con los Manuales Soler[30], por ejemplo[31].

         En Barcelona, hasta finales del siglo XIX, seguirán activas al menos dos imprentas especializadas en los impresos de cordel –las de Bosch y Llorens-, con impresionantes tiradas…

         Sobre estas asentadas bases, muchos editores barceloneses irán experimentando –algunos desde Madrid- unas nuevas líneas de producción editorial por entregas o por fascículos[32], aptas para ampliar el mercado del libro, aprovechando la creciente capacidad barcelonesa para reproducir las imprescindibles ilustraciones que lo acompañan. La encuadernación industrial será el codiciado broche para las obras ilustradas de menor o mayor lujo que en los años 1880 vendrán a ser emblemáticas del libro barcelonés[33].

         En una época en la que el libro sigue teniendo mayoritariamente un aspecto austero y más bien pobre, los nuevos procedimientos fotomecánicos para la ilustración, la encuadernación industrial y la aplicación al libro de criterios estéticos están obrando, en Barcelona, algunas evoluciones significativas que permiten a éste ir cobrando una nueva personalidad tipográfica. Todavía en la década de los 90 siguen siendo característicos de la producción barcelonesa los libros de lujo (volúmenes de obras monumentales o sueltos), de gran  formato rectangular, editados por Montaner i Simón y luego Espasa y Seguí: son volúmenes espléndidamente encuadernados mediante las prensas de dorar y estampar las tapas, y con abundantes ilustraciones reproducidas con fines didácticos, como ayuda  para la lectura gráfica del contenido (Vélez, 1996). Las mismas características se pueden encontrar en las Ilustraciones también publicadas en Barcelona o en unas Bibliotecas como « Arte y Letras » (« Per angusta augusta » es su lema), luego « popularizada » por Maucci (Vélez, 1989). Una opción editorial y estética zaherida por Gómez Carrillo quien, en 1900, piensa que « los catalanes son demasiado yankees, y no comprenden la belleza exterior de la obra sin pastas escarlatas y cantos dorados », pero de obvia aceptación entre la clientela española e hispanoamericana.

         Síntesis de casi todas las técnicas y opciones editoriales reseñadas hasta ahora, es la constitución de Barcelona en cuna y capital de las magnas empresas enciclopédicas, desde los 12 volúmenes del Diccionario histórico o biografía universal compendiada de Verdaguer hasta la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana  con sus 100 000 páginas y sus 9 millones de artículos (Castellano, 2000 ), económicamente viable al poder contar con el mercado hispanoamericano.

         Toda esta potencia productora y exportadora se aplica también a una inagotable producción de masas de libros baratos, precursora del libro de bolsillo[34], llevada a cabo por Maucci y luego Sopena, se conoce que con interesantes resultados económico, ya que perdurará. La misma pauta se aplica mutatis mutandis a algunas colecciones en lengua catalana, como la de l’Avenç, de más restringida difusión y rentabilidad (Llanas, 2004, 261).

         Pero la muy « yankee » Barcelona abriga también una espectacular reacción contra la misma industrialización que promueve : a través de la bibliofilia, pero sobre todo de una renovación estética promovida entre otros por l’Avenç que afecta preferentemente a las colecciones de poesía y a los poemas en prosa intimistas (Trenc, 1977). También, en cierta medida, con unas colecciones como la « Colección Diamante » introducida en España a partir de Barcelona y luego popularizada desde Madrid, con la Biblioteca Mignon » por el editor de origen catalán B. Rodríguez Serra.

 

Conclusión. En el mercado económico y simbólico del libro, tras el conocido y limitado periodo en que Madrid supo atraer a numerosos impresores catalanes, ha ido imponiéndose  Barcelona como referente editorial al mismo tiempo que conseguía conquistar gran parte del mercado del libro y del impreso industrial.

         El denunciar en los editores, como el propio Joseph Piula en 1902 (apud Castellanos, 1996, 12) , « un mercantilismo insaciable sin más ideal que el balance de fin de año y el libro de caja », es olvidarse del estatuto que el libro y la cultura escrita ha ido adquiriendo en la propia sociedad barcelonesa y no sólo en la burguesía por cierto, y el conocido protagonismo de muchos editores en el fomento de una línea modernizadora, no sólo de Cataluña sino de España[35].

         El modelo de desarrollo barcelonés, no fundamentalmente apoyado en la « capacidad de arrastre tecnológico » de la prensa periódica como Madrid (Martínez Martín, 2001, 222), sino en la incesante modernización y mejora del sistema de producción y comercialización de un amplio abanico de productos impresos, asegura a la capital catalana una omnipresencia en un cada vez más diversificado y ampliado mercado[36].

         No poco contribuye a ello el dinamismo propio de unos profesionales del libro, del que es emblemático el « Adelante siempre. Siempre adelante » de A. López, su movilidad y su espíritu de empresa que les llevan a buscar fuera lo que aún no han conseguido hacer propio, para aprovecharse de la innovación y contribuir a su generalización.

Entre industria y cultura (« Ex fumo dare lucem » es el lema de Henrich), Barcelona responde, pues, con toda su potencia industrial a las nuevas necesidades de la sociedad española e hispanoamericana -y no específicamente a las de la sociedad catalana-, a partir de un modelo familiar fundado en el dominio de la dimensión técnica de las artes del libro y una tradicional agresividad comercial, pero con una previsora capitalización y una verdadera cultura del libro y del impreso, garantía para una acertada y anticipadora adaptación.

         En la evolución del mercado del libro español e hispanoamericano ocupa Barcelona una situación única, al compaginar una estrategia importadora de tecnología e innovadora, en la estética del libro y en los textos, con otra más conservadora, pero masiva, de producción industrializada y cada vez más capitalizada a partir de textos a menudo importados para ser en su mayor parte exportados, con la consiguiente plus valía de la traducción y de una puesta en libro adaptada.

Otras tantas bazas para quedar convertida, a principios del siglo XX, en una « capital del libro », a pesar de la creciente competencia de Madrid.

 

J.-F. BOTREL (Université Rennes 2/PILAR).

 

Estudios citados.

 

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[1] Para dicho cometido utilizo informaciones sacadas de la bibliografía disponible, pero también acopiadas al filo de los años o facilitadas por el análisis de ejemplares de libros editados en Barcelona.

[2] Con un aumento proporcional des mercado catalán ya que el número de alfabetizados en Cataluña pasa de un 10% del total español en 1860 pasa a representar un 14% en 1920.

[3] Un Eldorado que « no acaba de rendir su oro », según Unamuno (Botrel, 2005).

[4] El número de títulos registrados en el fichero cronológico del Instituto Municipal de Historia,  permite observar dicha evolución : 1867 : 149 ;1877 : 178 ;  1887 :  249 ;  1897 : 194 ;  1907 : 331 ;  1917 : 288.

[5] O sea : 52 censados en 1857 (según la Secretaría de la Biblioteca Nacional de Madrid, 38 editores barceloneses han dejado constancia de su actividad) de un total de 424 y 252 (impresores y libreros impresores) de un total de 1867, respectivamente. Durante el mismo periodo Madrid pasa a representar del 21.5% el 18.5%.

[6] Con 1.522 mujeres empleadas  (un 17% de los « no patronos » censados en Barcelona y más del 80% de las mujeres empleadas en el ramo, en España). Como es sabido, sus sueldos eran inferiores a las de los varones…

[7] El número de litógrafos en Barcelona representa el 22.8% del total nacional en 1863, el  30.4% en 1889 y el 44.5% en 1894-1895 ; los encuadernadores, el 9% en 1857 y el 28.6% en 1914.

[8] De un 16, 17% en 1857 a un 27% en 1914 para los libreros de viejo ; de un 12% en 1857 a un 18,3 % en 1914 para los libreros al detall y de un 13% en 1879 a un 43, 7%en 1903 para los editores, egún las estadísticas de la Contribución industrial.

[9]  Cf Botrel, 1993, 580, n. 3.

[10] Por las declaraciones de los editores exportadores, se calcula que la mitad o más de las exporatciones se hacían por paquetes postales.

[11] Datos suministrados por Cristina Gómez Alvarez, investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

[12]  Datos suministrados por Olivier Raveux quien observa que para evaluar el valor efectivo de los libros exportados, sería menester tomar en cuenta todos aquellos libros que, desde Barcelona, se mandan por mar a Andalucía (Cádiz, Sevilla)  y a la costa atlántica (Santander) de la Península (en 1845-47 importan un valor medio anual de 386.328 reales) y pueden exportarse hacia Hispanoamérica.

[13] Llanas 2001, 54. Para una casa como la de Sempere y Cía en Valencia, el mercado hispanoamericano representa más del 50% de las ventas de la Biblioteca sociológica. En 1921, Gili exporta el 52% de su producción y Salvat, en 1931, el 55%…

[14] Prueba de ello el que entre 1833 y 1841 el 80% producción corresponde a 24 editores y de este 80% el 80% a editoriales existentes antes de 1833 (Llanas, 2004,104).

[15] Son tiempos en Barcelona de los Bergnes de las Casas, Oliva, Mayol, Verdaguer, Piferrer, Brusi y Ferrer, Oliveres y en Madrid de Aguado, Hidalgo, Hernando, Alegría, Ayguals de Izco pero también Boix y Gaspar y Roig (Martínez Martín, 2001, 41).

[16] Cf. Martínez Martín (2001,51) y lo escribe M. Llanas  (2004, 57): « de 1860 a 1880 transcorrem dos decenis transcendentales en la industrialització de l'edició catalana. Les 79 premses d'imprimir manuals de 1861 s'havien reduït a 56 el 1880, mentre que de 24 màquines de vapor s'havia passat a 124 vint anys després ».

[17] Véase Castellano (en prensa).

[18] Prueba de ello es que en 1921 de las 108 sociedades anónimas de artes gráficas, 31 estén ubicadas en Barcelona (21 en Madrid). Interesa ver cómo el fenómeno afecta incluso al sector tradicional de la edición católica : Editorial Litúrgica Española S. A. (sucesores de Juan Gili) en 1919 ; La Hormiga de oro transformada en Sociedad Anónima en 1927 lo mismo que la Librería y tipografia Católica S. A. dirigida por Ramón Casals Prat (Martínez Martín, 2001, 362) cuando en Madrid las librerías católicas siguen siendo familiares.

[19]  Véanse las descripciones o cifras a próposito de Tasso (Martínez Martín, 2001, 42), N. Ramírez y Henrich (Cabanas,2001, 86-95), Salvat (Martínez Martín, 2001, 238), Montaner i Simó (Cabanas, 2001, 98-100). En Madrid, en 1880, la imprenta que cuenta con más obreros es la de… Rivadeneyra, con sólo 130. Conste que la falta -¿por ahora ?- de documentación referida a la actividad  de las imprentas (como los Registros de imprenta) nos impide analizar su funcionamiento material y económico. Es de suponer que no se dedicaban exclusivamente a impresiones por cuenta propia ni sólo a imprensiones de libros y publicaciones periódicas.

[20]  Además de los ejemplos citados por Manuel Llanas (2004, 51), el que Bergnes de las Casas fuese  helenista en la Universidad o que Manuel Henrich llegara a ser regidor.

[21] Cf. , por ejemplo, Castellano (2002).

 

[22] Este el caso de Joaquim Verdaguer quien estuvo cuatro años con los Didot en París (Llanas, 2004,134) y también de Manuel Rivadeneyra.

[23] Podría interesar un examen comparativo de la cultura industrial y comercial de los editores y libreros barceloneses con la de otros sectores económicos, para poder apreciar lo compartido y lo aportado.

[24] Véase Instituto Municipal de Historia de Barcelona, Fondo comercial B 1006.

[25] Según el correspondiente prospecto, esta obra vendida por entregas de 16 páginas (2 semanales ) por 1 r.v. en Madrid y Barna, y  1 ,5 en los demás puntos de suscripción) podía suscribirse en Madrid (Librería de Gaspar y Roig( y en las principales librerías del Reino Barcelona (Imprenta de Bosch y Cía Editores Librería de Isidro Cerdá y en Mataró,  Gerona, Lérida, Mahón, Palma, Reus, Tarragona,  Vich y en  Alcoy, Albacete, Castellón, Vinaroz, Cartagena, Murcia, San Felipe de Játiva, Valencia, Coruña, Tuy, Santiago, Lugo, Orense, Oviedo, Rivadeo, Santander, San Sebastián, Bilbao, Estella, Vitoria,  Huesca, Logroño, Pamplona,  Zaragoza, Burgos, Ciudad Real, Cuenca,  Mérida, Soria, Sahagún, Salamanca, Toledo, Valladolid, Córdoba, Cádiz, Chiclana, Granada, Motril, Málaga, Puerto de Santa María, San Fernando,  Sevilla, Ceuta, Santa Cruz de Tenerife

[26]  Cf. Botrel, « La BAE… » (en prensa).

[27] "No abandonar la plaza mientras se pueda trabajar", es consigna dada a sus hermanos por Pablo Salvat (Castellano, 2005).

[28] Ya con baúles-muestrarios y no "por carta, ignorando la presentación y la calidad del libro", como observaba el Cónsul de España en Guatemala (Martínez Martín, 2001, 304)

[29]  Véase Castellano, 2004ab.

[30] "Biblioteca enciclopédica, genuinamente española, a la altura de los conocimientos modernos. Redactada por los especialistas más eminentes de España y América latina, con el fin de difundir la cultura contemporánea en los pueblos que hablan el idioma castellano" (Llanas, 2004, 254)

[31] En 1857,en el catálogo cronológico del IMHB un 40% de los 160 títulos repertoriados remiten a libros religiosos y un 33% a libros útiles. En la misma fecha en la Secretaría de la Biblioteca Nacional (Madrid) sólo se registran 84 títulos, 27 de ellos de libros religiosos.

[32] Este el caso del editor religioso Juan Pons y Cía o luego Espasa.

[33] Ya en 1858, La Maravilla. Gran sociedad editorial « publica las más grandes obras del saber humano en tomos de 350 a 450 páginas en 4°, con primorosas láminas y ricamente encuadernados con mosaicos de oro y brillantes colores bajo la dirección de D. Miguel Rialp » y en 1901, las Obras de Campoamor publicadas en Madrid por F. González Rojas se encuadernan con tapas de J. Roca hechas en Barcelona.

[34] « La circunstancia de la baratura de sus ediciones y lo cómodo de las mismas en dimensiones y peso que convida a llevarlas a todas partes en el bolsillo convida también a tirar el libro una vez leído por lo escaso de su valor (como periódico)… De ahí que jamás de agotará el público de las ediciones de Maucci, como se ha agotado el que compraba obras de gran lujo, no para leerlas, sino para llenar aparatosamente la librería » dice Gómez Baquero en La Epoca.

 

[35] Véase Botrel, 2005.

[36] Véase Botrel, 2004.