« Para una España moderna : la labor editorial de Lázaro Galdiano »



en : Juan Antonio Yeves Andrés (ed.), José Lázaro, un navarro cosmopolita en Madrid, Madrid, Fundación Lázaro Galdiano, Gobierno de Navarra, 2010, pp. 13-27.

 

Para una España moderna : la labor editorial de Lázaro Galdiano.

 

Con motivo de la apertura del Museo Lázaro Galdiano, en 1951, Antonio Rodríguez Moñino, de tan entrañable memoria, vaticinaba lo siguiente: « Día ha de llegar en que la personalidad de Lázaro vaya rompiendo esa tupida red de inexactitudes y fantasías [que en aquel entonces le afectaban, JFB] y surja  con el positivo valor que para la cultura y el arte español tuvo » (Rodríguez Moñino, 1951, 7).

Profecía de sobra verificada medio siglo después gracias a los trabajos científicos que desde el mundo académico español y extranjero (los de Raquel Asún, Maryse Villapadierna, Hipólito Escolar, Carlos Serrano, Juan Antonio Yeves, Rhian Davies) y desde esta misma Fundación[1], se han dedicado a aquel cosmopolita navarro, regeneracionista y liberal, promotor de un magno y ambicioso proyecto « enciclopédico, europeo, expresión en España de una cultura universal » (Asún, 1991, 172) y claro trasunto de una empecinada y visionaria voluntad de modernidad y modernización, en un momento clave de la historia de España : la Restauración, el Desastre y el sursum corda que siguió.

En todos esos trabajos se inspirará esta conferencia, que con motivo del centenario del Parque Florido, le han encargado –es un gran compromiso y mucho honor- a uno de aquellos « extranjeros que se ocup(a)n de las cosas de España »[2], por otra parte historiador de la cultura española. Procuraré ilustrar sucesivamente ilustrar tres aspectos o facetas de la acción y obra de José Lázaro, como editor, como  empresario y como patriota, para dejar demostrado que, tenía toda la razón Unamuno (Yeves, 2001, 152), al afirmar que « en la historia de la cultura humana hay editores que significan muchísimo más que los más de los autores a que editaron ».

Pero primero una pregunta  a la que los biógrafos o prosopógrafos  de Lázaro Galdiano ayudarán a contestar : ¿cuál pudo ser la motivación de aquel joven navarro, nacido en Beire, en 1862, para, en 1889, a los 26 años, ex-oficial del Banco de España con destinos en Pamplona, Valladolid, Málaga, Valencia  y Barcelona y con los estudios de derecho sin completar[3], para « arrojarse » a una empresa como la consistente en trasladarse a Madrid para fundar ex nihilo y con no poco atrevimiento una revista de programático título (La España Moderna) y tres revistas más,  de corta duración pero también de emblemáticos títulos[4], y, en 1891,  una editorial que en 1914, según cálculos de Hipólito Escolar (1998, 12), representaban respectivamente 312 volúmenes y unas 65.000 páginas (una « magnífica enciclopedia, en la cual va resumido el movimiento intelectual del mundo en los últimos 26 años ») y más de 600 tomos de libros correspondientes a unos 250 autores - extranjeros los más-, publicados en cuatro o cinco colecciones[5].

Una respuesta —la que más le agradaba a la un tanto narcisista Emilia Pardo Bazán es que fue por amor del “soltero, joven y muy rico”, según R. Darío (Rodríguez Moñino, 1951, 12), Lázaro por ella, a pesar de haber intentado disuadirle de emprenderlo, pero consta que al contemplar su traslado de Barcelona a Madrid, pensó primero Lázaro “en no hacer nada” y después en hacer La España Moderna para « remediar una falta ». Sobre su trayectoria anterior se sabe que ya tenía cierta experiencia editorial  (adquirida en Valladolid[6]) y unos muy precisos conocimientos sobre el mundo de la edición, que a los 22 años ya poseía una biblioteca de mil volúmenes, y que, posiblemente, ya se manifestaba su interés por el libro antiguo y la bibliofilia y por los autógrafos (por los que declara sentir cierta “pasioncilla”[7]), que en Barcelona (su estancia en la capital catalana se me antoja decisiva para el futuro) ya se relacionara –cito a Yeves—con personajes que tenían prestigio en ambientes relacionados con la prensa (colabora en La Vanguardia), el arte y la bibliofilia[8], como Alexandre de Riquer a quien encargará el efímero dibujo de cubierta de La España Moderna[9] y las letras, como Oller o Yxart, como bibliófilo, manifestó un declarado interés por el libro antiguo, y cierta “pasioncilla” por los autógrafos. En Barcelona, ya se relacionara « con personajes que tenían prestigio en ambientes relacionados con la prensa[10]. Nos consta su pasión –y más que pasión, delirio—por la literatura y una cultura cosmopolita deducible de sus lecturas y modelos[11], que a finales de 1887 “no podía atender al cumplimiento de sus deberes de empleado del banco de España con la puntualidad y detenimiento que requieren” (Yeves, 2003, 48)  y que al trasladarse de Barcelona a Madrid, según afirma en una carta a Clarín de 25 de marzo de 1889, “primero pensó en no hacer nada y después en hacer La España Moderna” (Rodríguez Moñino, 2001, 55). Hasta aquí los detalles biográficos disponibles a la espera de una verdadera biografía[12]

Pero más importante me parece contestar a otra pregunta : ¿cómo consiguió Lázaro lograrlo, ¿ a base de qué tipo de estrategias, dedicación y sacrificios?, y sobre todo, ¿ desde qué tipo de proyecto ?

 

El editor. Lo cierto es que, en 1889, Lázaro irrumpe en el panorama editorial como editor hecho y derecho, maduro y moderno, y que, desde el primer número de La España Moderna y en los años siguientes, es la ejemplificación e encarnación de lo que vendrá a ser el editor moderno o sea, según J.-Y. Mollier, un Jano bifrons, un hombre doble, negociante e intelectual, promotor de proyectos, intermediario entre dos mundos, el de las ideas y el de las mercancías y, además, entre España, las Américas y el resto de Europa, un « passeur culturel » (Botrel, 2008, 436), un intermediario cultural con personalidad, estilo y proyecto..

Se distingue Lázaro de la inmensa mayoría de los editores de la época por ser emprendedor, con un proyecto editorial que no concierne únicamente a una línea de revistas y colecciones de libros sino que conlleva un verdadero proyecto intelectual de modernización y regeneración de su patria.

Para su primera empresa, la publicación de la revista mensual La España Moderna, nos consta que José Lázaro tenía una clara ambición : ofrecer una publicación que (fuera) a la lengua española —« a nuestra lengua », dice— lo que a Francia La Revue des deux Mondes : suma intelectual de la edad contemporánea, sin perder por eso (…) el carácter castizo y nacional » como reza el prospecto de La España Moderna.

         Para poder « dar verdaderos estudios e interesantes tratados sobre las cuestiones de actualidad literaria, científica y artística”, pretendió contar con la flor y nata de la república de las letras, con los « autores ilustres »,  las « firmas ilustres », los autores consagrados de « nuestro país » : los históricos que en su opinión son « de cajón », como Zorrilla, Adolfo de Castro o Concepción Arenal

-- para él publicar cosas de C. Arenal es «satisfacer un deseo y creo que un deber » (Simón Palmer, 2002, 64 )--, pero también los más jóvenes: Castelar (57), Pereda (56 años en 1889), Galdós (46), Clarín (36), Menéndez Pelayo (32), etc., cuyos nombres ya suenan en el ámbito literario. Contará, como es sabido, con la colaboración persuasiva de Emilia Pardo Bazán  para convencer a casi todos aquellos que miraban con cierto recelo o desconfianza la irrupción en el establishment del campo literario e intelectual madrileño y nacional de un desconocido y advenedizo jovenzuelo[13] y cuando no bastaban las recomendaciones ni las espléndidas para la época ofertas de remuneración, no dudó, por ejemplo, en regalar un dibujo original de Goya  a Galdós para que este aceptara publicar en La España Moderna  su novela original Torquemada en la hoguera. Y siguió, incansablemente, « llamando a  la puerta intelectual del escritor» como escribía a Unamuno en 1910 (Yeves, 2001,142), manifestando mucha habilidad en la selección de firmas y variedad de contenido, alternando firmas excelsas y autores más jóvenes o noveles como Altamira (con sus 23 años en febrero de 1889) o el propio Unamuno por el que podemos decir que apostó y al que siempre apoyó[14].

Lo mismo se puede comprobar cuando de traducir las Obras escogidas y las de la Biblioteca de Jurisprudencia, Filosofía e Historia se trata : más que a mercenarios de la traducción como solía practicarse entonces, contrata universitarios especialistas, capaces de entender y compartir un código científico y de participar con toda su autoridad a la aclimatación por la hispanización de los autores introducidos en España, caso de la traducción por A. Posada de Cuestiones jurídicas de Ihering en 1894 o del prólogo a la Historia de la literatura española de Fitzmaurice-Kelly por Menéndez Pelayo en 1901.

Frente a la « inania mental de una significativa parte del profesorado escalafonado de la época » , como escribe J.-C. Mainer (apud Botrel, 1998, 234) y del depauperado mundo intelectual del momento, Lázaro se esfuerza por contar con la colaboración de la minoría progresista de la universidad[15].

         Interesa observar, pues, cómo en su política de « fichaje » impera, más que la seducción por el señuelo de la buena remuneración del trabajo intelectual, la calidad reformista y progresista del proyecto global ya que entre los colaboradores sobre los que se apoya Lázaro y a los cuales da en alguna medida una difusión nacional e internacional, se hallan muchos de los llamados « krauso-positivistas » que comparten con él un « sentido reverencial de la cultura », el « compromiso ante una España empobrecida » y el « afán de modernizar a sus hombres », una « colaboración que ni en profundidad ni en continuidad tuvieron paralelo en el ambiente del momento », escribe Raquel (Asún, 1991, 175).

         La inteligencia del editor Lázaro es también, sin llegar a contratar ningún director literario o artístico como en otras editoriales —el « director-propietario» y luego, a partir de 1894, solo “director”  es Lázaro, así lo dice la cubierta de La España Moderna y de otras revistas suyas— haber sabido contar con el asesoramiento y el apoyo de personalidades de la época ; Emilia Pardo Bazán, amante y egeria informadora e intermediaria al principio, pero también para contribuciones originales, Menéndez Pelayo, Unamuno —su « paisano”- aunque fracasó en su intento por acercársele de Salamanca a Madrid, Posada a quien  en 1894 pide informes sobre nuevas obras para traducir que pudieran tener buen éxito en España (Asún, 1981-2, 145), Dorado Montero, etc.

         Pero Lázaro es también un editor con personalidad y estilo : a través de su correspondencia nos podemos enterar del estilo que, pensando en el emblemático modelo de La Revue des Deux Mondes,  deseaba para su revista resumible en tres palabras: “puntualidad actualidad y amenidad”,  partiendo del siguiente diagnóstico, corroborado por el de su amiga Emilia[16] : « el público docto es muy escaso” y “la ciencia no la traga nadie”;  de ahí necesidad de “prescindir de artículos serios, sabios y profundos” (Yeves, 2001, 70) y nos consta incluso que en algún momento pudo sentir la tentación de darle un giro más frívolo y hasta « picante » aunque no llegará a plasmar más que en el al fin y al cabo convencional libro-almanaque ilustrado Novelas y caprichos, editado para regalarlo a los suscriptores de la revista[17]

La dificultad para Lázaro, además de la inveterada dificultad de los escritores para cumplir con puntualidad sus promesas —caso de Clarín, Valera, Menéndez Pelayo, etc.—, es que en España « hay muchos eruditos y no a la violeta, sino de los sólidos, pero cuando escriben se ponen insoportables ; raro es el que sabe dar gracia , o al menos amenidad » (Yeves, 2003 103). Fracasará como es notorio en el intento de que Unamuno « escriba para todo el mundo y no para  tres personas », que escoja « temas más gratos », con « otra terminología al alcance de todo el mundo » y  menos « nebulosidad de la frase y oscuridad en la idea » (Yeves, 2001, 40), pero no por ello dejará de publicar los artículos de En torno al casticismo (“ensayos no arreglados a la pauta habitual, un tanto arbitrarios, de un estilo atormentado, a trechos enigmático «  confesará luego el propio Unamuno (Yeves, 2001, 153) o El sentimiento trágico de la vida .

« Hay números de mi periódico que se caen de las manos » (Yeves, 2003, 103), confiesa con harta lucidez y desánimo el atribulado director, obligado a reformar al menos dos veces su revista, que tiene « el defecto de ser demasiado buena » (…).

Ni siquiera conseguirá cumplir siempre con su proyecto inicial de solo publicar en La España Moderna trabajos originales « inéditos y  escritos ex profeso » para la revista, un “sistema de eficacia probada en las grandes publicaciones extranjeras »[18] o que no estén « divididos[19]”, con la consiguiente necesidad de publicar textos traducidos que se continuaban.

La voluntad de estilo, también la podemos comprobar en las distintas colecciones de libro, no solo en los aspectos materiales[20], sino en los textuales, perceptible, muy especialmente, a través de la firme decisión  de Lázaro, bastante censurada en su tiempo, de no publicar autores españoles (con alguna excepción, no obstante[21]),  para que no se le cuelen « los congrios del Parnaso », decía (Yeves, 2001, 101).

Lázaro  —lo hemos visto— sabe escuchar, recoger y suscitar sugerencias y propuestas en los campos de la literatura, de la pedagogía, del derecho, de la sociología, de la filosofía, de la economía, etc., para luego adquirir los derechos de traducción de las obras por él seleccionadas, y publicarlas,  pero también sabe dirigir y mandar : como persona muy atenta al movimiento bibliográfico nacional e internacional, Lázaro puede, a falta de autoría, afirmar su autoridad editorial, sugiriendo y/o encargando artículos, libros o reseñas de libros que le parecen importantes[22] o traducciones (que son la herramienta fundamental de trasferencia cultural cara a la modernización) y prólogos para obras cuya publicación le pareció pertinente.

Si parece indiscutible la impronta de Emilia Pardo Bazán en su primeras opciones editoriales[23], también sabemos que idea suya fue la de publicar manuales para estudiantes en una fecha en que, a base del decreto de 18 de septiembre de 1894,  se planteaba la reforma de la segunda enseñanza, unos manuales que no habían de ser extensos y que Lázaro pretendía « traducir, arreglar o hacer original » a partir de textos extranjeros,  para lo cual solicita indicaciones de Unamuno por conocer este la bibliografía extranjera, pero también que a su empeño se debió el que se publicase La educación, del sociólogo  argentino Bunge (1875 ? -1918)  « lo mejorcito que hay por aquellos aires buenos », dice en 1901[24].

También pudo llegar a enmendarles la plana a determinados autores, con algunas consecuencias textuales anecdóticas pero reveladoras del genio editorial y personal de Lázaro. El propio Unamuno aceptará que se quite una referencia a Clarín en uno de los artículos de En torno[25],  o el calificativo de « remediavagos » con que en su prólogo al Manual de Hunter, calificaba dicho Manual..

En las opciones editoriales de Lázaro, se puede notar una afirmada y constante voluntad de originalidad con la traducción de textos desconocidos en España[26] (tomados de su idioma original cuando del inglés o del alemán se trata y no de una traducción francesa como era costumbre, teniendo a gala, por ejemplo, que tal o cual obra se traduzca al español antes que lo sea al francés —caso de La beneficencia de Spencer publicado hace tiempo en inglés pero aún no en francés (Serrano, 1986, 586)— y en Barcelona —caso de Sartor Resartus de Carlyle)—, llegando a pagar cantidades astronómicas para hacerse con los derechos de traducción Le Docteur Pascal de Zola ((5.000 pesetas que según él le servirá de propaganda para Hispanoamérica) o la Historia de la literatura española de Fitzmaurice Kelly (Asún, 1991, 172-173).

Un examen de la lista de las obras publicadas en la revista pero aún más en la editorial permite comprobar que la labor realizada tiene por finalidad la recuperación de unos evidentes atrasos (caso de Schopenhauer) pero también la inscripción en la actualidad del movimiento científico (en el campo de las ciencias sociales y humanas)  e intelectual: ejemplos de perfecta isocronía podrían ser La guerra franco-prusiana por el general Conde Moltke (edición europea avant la lettre) o Las tranformaciones del derecho del sociólogo y criminalista francés Gabriel de Tarde (publicado en 1893 en Francia), « importantísimo libro del que tanto se ocupa la prensa de todo el mundo » cuya « edición española verá la luz al mismo tiempo que las francesa, inglesa e italiana » dice el prospecto. Y siempre con una deducible proyección en la larga duración, con aspiración a dotar a España de unos textos clásicos a los que —interesante es observarlo aunque para los historiadores del libro y los bibliotecarios resulta un inconveniente— casi nunca pone fecha.

         Participa, pues, en una innovadora obra de equipamiento intelectual con herramientas fundamentales como son los libros de texto y manuales para la enseñanza secundaria o superior, haciéndoles la competencia a los más tradicionales aunque estos tienen aún cierta capacidad de resistencia ya que  los institutos y universidades no respondieron como lo esperaba Lázaro.

Nos consta que no le resultó fácil a Lázaro cumplir con sus objetivos y llenar su revista con texto escogido y a su gusto. En el copiador de cartas conservado en la Fundación Lázaro Galdiano, se pueden leer repetidas quejas ante la dificultad de « hallar el original a medida del deseo” . De ahí que progresivamente la revista resulte aquejada por « infames traducciones” dixit Menéndez Pelayo (Yeves,  2001, 20). Pero una  característica de Lázaro es que, aun cuando la marcha de sus negocios editoriales se le antoja muy problemática[27], nunca ceja ni se resigna y, con admirable tesón, sigue afirmándose su personalidad y genio bastante comparables, me parece, al de Charles Buloz, el co-fundador de La Revue des Deux Mondes, a los 26 años también, con quien comparte , una incansable actividad y la  « energía de una voluntad – de déspota se le tildó- que impone hasta a los escritores más encopetados » (Furman, 1975).

Cuando algún día se llegue a escribir una historia de la edición en Europa, se podrán cotejar las opciones editoriales de Lázaro con las vigentes en los demás países como la asociación revista/casa editorial[28], luego practicado en Francia por La Revue Blanche o Le Mercure de France, por ejemplo, y percibir su perfecta isocronía con el movimiento europeo. No sólo por la técnica editorial, por supuesto.

Porque como editor moderno, Lázaro emprende atrevidamente, con la voluntad y la apuesta de crear un público para algo aún de minoritaria recepción, como es la antropología, aunque llegue a fracasar, por una pertinacia no sé si navarra, no arredrándole la perspectiva del fracaso económico:  como confiesa en una  carta a Juan Cortina de 27 de octubre de 1890 (Villapadierna, 1986, 85b) « no tengo La España Moderna como una empresa, sino como un arma, como una fuerza, como un medio mejor dicho. Por ello mi gran interés está en que circule, no tanto por lo que me produzca, como por la influencia que me dé, tanto más grande cuanto mayor sea el número de lectores ». Para Lázaro, inquieto editor de avanzada, editar es crear , y en esta creación se vuelca literalmente el empresario y  artesano, director-propietario y editor de La España Moderna revista y editorial, como vamos a ver ahora.

 

2. Empresario y artesano :  En dicha empresa editorial unipersonal que solo tardíamente llegará a denominarse casa editorial, invierte Lázaro, sin pretensión a prosperar con ella, como único capital parte de su propio patrimonio[29] y su propio trabajo (al que asocia el de un encargado, un tal Ramírez (F. o J.) o Brígido Sebastián.

El dinero puesto le sirve fundamentalmente para comprar los derechos de traducción y publicación de las obras y  para remunerar el trabajo de los colaboradores  según una concepción del valor del trabajo intelectual muy en la línea del Zola de El dinero en la literatura, para quien  el dinero es factor de libertad y respeto, de emancipación.  Lázaro contribuye a dignificar el trabajo intelectual, apostando por la profesionalidad (no admite trabajos espontáneos y/o gratuitos), otorgándole al trabajo intelectual de creación, traducción, etc. un valor superior al acostumbrado entonces, con, por otra parte, una clara jerarquización del valor de las firmas[30], estableciendo sin falsos miramientos ni pudores, con una actitud directa muy anglosajona, creo, los términos de un contrato laboral que incluye la remuneración del trabajo con una cantidad explícita de dinero ; sin pretender hacerse con los derechos intelectuales del productor más allá de una publicación pero, como consecuencia, una relación bastante perentoria con el trabajo así contratado y comprado.

Valga como ejemplo de las relaciones así establecidas el de Unamuno : como muchos universitarios de la época, como padre de una familia ya numerosa está bastante necesitado de dinero[31] y pide a Lázaro que le dé trabajo o sea : obras de historia y economía para unas traducciones remuneradas. (Serrano, 1986, 586). Lázaro le pide unos títulos de obras de derecho de más salida en el comercio, escoge dos y el manual de derecho romano será efectivamente publicado en traducción de Unamuno quien traducirá después varios manuales. Pero también se sabe que para/por complacer a Unamuno Lázaro acepta publicar algunos títulos de Spencer como el Resumen de filosofía (Serrano, 1986, 587) lo cual no impedirá que se niegue a publicar en libro los ensayos que en 1902 llegarán a ser En torno al casticismo o Paz en la guerra o prescinda de la colaboración de Clarín.

En cuanto al trabajo personal invertido, su revista y editorial le ocupa, según declara, « día y noche », y cuando tiene que viajar al extranjero, lo cual sucede con harta frecuencia, pretende dejar el material de La España Moderna dispuesto de antemano y los libros-copiadores de correspondencia dan cuenta de esa ingente actividad personal[32].

Al filo de los archivos conservados en la Fundación, sorprende, escribe Maryse Villapadierna (1986, 80a), ver a aquel « gran burgués » trabajando como un artesano en la fabricación , elaboración, administración y difusión de su revista » (y editorial). No se contenta con leer, después de encargados y recibidos, los artículos en pruebas y corregir (y enmendar) pruebas, aunque esté fuera de España, sino que no duda en atender los trabajos de administración corriente, poniéndole a cada obra sus gastos, con una especie de prefiguración de la contabilidad analítica, enviando recibitos, repasando las cuentas y cuidando la comercialización y organizando una compleja si no tupida red de corresponsales en España e Hispanoamérica (cf. Villapadierna, 1986, 81-82),.con unos rigurosos y racionales principios de gestión económica.

Y un moderno y atrevido sentido del managing y de la publicidad, no solo con ejemplares de propaganda y las diez mil cartas escritas en el Ministerio de la Guerra por « aquellos infelices soldados que trabajan para sus jefes »[33], sino con un  sin fin de prospectos[34], anuncios en la prensa, un « campaneo ridículo en todos los periódicos de España », según Pereda (Thion, 2003, 68), etc. En resumidas palabras de la época,  hace « más propaganda que el Doctor Garrido », llegando a pasarse en algún momento como sucedió con Menéndez Pelayo y Zorrilla, por haber querido utilizar más de lo debido, con cierto desparpajo, el valor simbólico de su prestigiosa colaboración[35].

Con la figura de Lázaro, se suele asociar la calidad de Mecenas…. Si efectivamente puede considerarse el editor Lázaro como « munificente providencia del hombre de letras /intelectual», no es, sin embargo, lo que se llama un protector y no se contenta con sostener un proyecto cultural ajeno sino que es el promotor y primer actor de un proyecto propio para el cual recaba la cooperación de los « mejores » a quienes indirectamente « ayuda » con unos medios financieros no escatimados.

El proyecto cultural puede más que los intereses económicos[36] y, como asegura a Fitzmaurice Kelly en 1898 (Asún, 1981-2, 149), a pesar del mal negocio que resultan la revista y la editorial, se dará « por muy contento si logr(a) propagar la cultura entre los individuos de mi (su) raza ». Pero conste que tampoco pretende hacer malos negocios ni gastar su dinero en vano[37], ni siquiera por una remuneración de tipo simbólico que fue la contrapartida más segura…

Más bien se parece a un editor schumpeteriano , en la medida en que es un empresario emprendedor (valga cierta redundancia) e innovador, creador de una oferta y no acompañante de una demanda, movido en alguna medida por unos motivos irracionales que puede ser la voluntad de potencia, de afirmación de sí mismo, el gusto por el riesgo, la victoria (y la derrota) y la aventura, la sencilla satisfacción entre narcisista y altruista,  de crear y dar vida a unas concepciones e ideas originales, con posibles ganancias derivadas pero sin que sea el lucro la finalidad primera.

Con el añadido de un verdadero y patriótico proyecto reformista.

 

3. Patriota con proyecto. Algunos (en ellos pensaba Rodríguez Moñino) han querido asociar la figura de Lázaro con la de un diletante y cosmopolita dandy, caracterizado por una visión ecléctica y un tanto narcicista del mundo.

A tales percepciones, bien pudieron ayudar ciertos rasgos afectados de la personalidad de Lázaro (como el disimular su efectiva profesionalidad como editor) y bien es verdad que en esta actividad de editor no le iba la vida y que nunca llegaron los malos negocios editoriales hasta el punto de arruinarle : si en 1914, deja la actividad editorial, parece más bien por motivos de cansancio.

También es verdad es que ese navarro que, en 1890, viaja cada semana a « su país » para visitar a su anciano padre[38] u ofrece enviar alguna haya autóctona a Emilia Pardo Bazán[39], es un declarado e inveterado cosmopolita que se pasa “la mayor parte del año fuera de España » (Yeves, 2001, 128), en Londres, Niza, Rusia, Biarritz, París, Viena y luego Argentina, y nos consta que era poco amigo del ambiente « casero », incluso «cuando de «  asuntos o personas que viven o suceden en la Puerta del Sol » se trataba. Se muestra bastante proclive a criticar « la permanencia provinciana (que) le perjudica mucho » a un tal Santacruz, recomendado por Unamuno (Yeves, 2001,128), y opuesto a continuar rutinas, incluso a perpetuar tradiciones : quiere «  abrir caminos y costumbres nuevas y buenas sin miramientos a falsos derechos » (Yeves, 2001,111), con la obvia preocupación por no quedarse encerrado, por abrir el horizonte.

         Y es que su visión de la situación de su patria (muy pre-generación del 98) es una visión bastante desanimada y ante un « Gobierno empeñado en hacer romanos en vez de hacer españoles » (Yeves, 2001, 128), a una « juventud española estéril » en la que no conoce a un “español de 20 a 30 años que sirva para algo (Yeves, 2001, 143), una universidad en la que imperan  los « reaccionarios de siempre «  en un momento en que « nuestros escritores no ven más allá de la frontera de carácter más universal y más cosmopolita (Yeves, 117), quiere Lázaro –es su afán-  contribuir a la renovación de su « desventurado país » y de la cultura española  —« nuestra cultura », dice— por la europeización de las minorías intelectuales de España e Hispanoamérica y ponerse al servicio de una vanguardia intelectual. 

         Por eso mismo pretende poner a España a nivel de Francia y Europa, pretende modernizarla : no solo publicando una  colección de españoles ilustres (como la que existía en Francia y en Alemania para los ilustres franceses y alemanes) sino fomentando unas trasferencias y relaciones culturales que aúnen las importaciones exógenas y las afirmaciones nacionales.

Con unos supuestos demasiado eclécticos han afirmado algunos. Si obviamente influyó en sus opciones la circunstancia nacional e internacional, cuesta pensar que la ingente labor de difusión de las ideas no obedeciera a un proyecto ideológicamente coherente y que, en unos momentos de aún fuertes reticencias hacia lo foráneo y la corriente positivista darwinista, se debiera al aire ambiente su interés por publicar toda la obra de Spencer, los desconocidos y poco comerciales escritos teóricos de Zola, los filósofos alemanes (Hegel, Schopenhauer) y franceses, la obra de Jacques Novicow (1849-1912), sociólogo ruso-francés y europeista opuesto al darwinismo social (se publican varias obras suyas de 1894-1897) o los escritos de la escuela criminalista italiana antes de que se publicaran en Barcelona (Botrel, 2005, 221). En un periodo de fuertes tensiones y conflictivas relaciones con Norteamérica y el mundo anglosajón, llama la atención su novedoso interés por la literatura anglosajona[40]), pero también, en 1904,  su cálida defensa ante el mismísimo Unamuno de los libros franceses y de Francia (Yeves, 2001, 131-2). Resulta difícil pensar que todo esto no obedeció a una visión y a una convicción : la necesidad y la voluntad de « acercar las órbitas y crear una comunidad de trabajos y pensamientos », como escribe Emilia Pardo Bazán en una carta a Galdós (Thion, 2003, 23).

Sus privilegiadas  y buscadas relaciones  con una elite de intelectuales disconformes con la progresiva anquilosis de la España canovista o sagastina y los juristas krauso-positivistas muy vinculados con la Institución Libre de Enseñanza que formaron el grupo de Oviedo, pudieron acompañarle y ayudarle en aquel proceso de apertura e innovación a base de trasferencias culturales ya no —es más que un detalle— casi exclusivamente derivadas de Francia: un análisis pormenorizado de La España Moderna, revista castiza en su europeismo —valga la aparente y unamuniana paradoja[41]—, la Colección de libros escogidos (y en alguna medida la de Grandes Autores Contemporáneos[42]) y de la Biblioteca de Jurisprudencia lo deja muy  a las claras y, para más pruebas, remito a los estudios de Asún, Villapadierna y Yeves.

Para Lázaro, todo ha de contribuir a los adelantos de España y de Hispanoamérica porque, bastante antes que Altamira le diera la coherencia que se sabe y que se casara Lázaro con una argentina, se percibe en él una deliberada proyección hispanoamericana[43] y la voluntad de estrechar lazos con una Hispanoamérica vista desde el viejo y nostálgico mito imperial y el de la raza, de una comunidad afectiva y cultural, que nunca deja de tener relevancia.

Tampoco quiero obviar en ese somero repaso entre prosopográfico  e histórico el que entre los posibles e inconscientes resortes de Lázaro al seguir erre que erre con su proyecto inicial por espacio de un cuarto de siglo, haya existido un inconsciente y al fin y al cabo legítimo deseo de buscar una remuneración simbólica : adquirir unos derechos de traducción —echando incluso un farol con el Docteur Pascal— susceptibles de conferirle prestigio acerca de las elites españolas y europeas con quien se iba tratando cada vez más como financiero, hacendista y mecenas » (Asún, 1991, 182), codearse con ellas[44], granjearse el reconocimiento de los ámbitos culturales más adelantados al ofrecerse como editor de vanguardia y de referencia para la intelectualidad del momento para “conseguir el aval de alta cultura » (Asún, 1981-2, 151), recibir en sus sucesivas casas y en el hotel de Parque Florido al célebre “jardinero del yo” Maurice Barrès, a Rubén Darío, y a la buena sociedad, « la escogida se entiende » puntualiza Lázaro  (Yeves, 2003, 102), todo esto podía ser fuente de gratas satisfacciones personales para el ego de quien no vinculaba su situación económica con sus aventuras o empresas  editoriales. Pero lo cierto es que, con la distancia, nos resultan objetiva, honda y decisivamente altruistas…

Porque José Lázaro, con sus empresas editoriales, fue fundamentalmente lo que se llama un intermediario cultural , un « passeur », o sea: del « hombre doble » en contacto con dos o más cultura procedentes de otras áreas geográficas, muy navarro y muy español pero multicultural, atento a una circunstancia no exclusivamente circunscrita al espacio nacional y menos local que, con fines interesados (personal o económicamente) y patrióticos, casi militantes,  se dedica a la mediación y traslación cultural activa y consciente, haciendo pasar a España y desde España a Hispanoamérica, adaptándolos, unos bienes o productos tomados –tras haberlos buscado-- del pensamiento europeo —aunque esto pase principalmente por Francia--  que son elementos de progreso y europeización de su patria (Botrel, 2005).

 

Llegado a la conclusión, no voy a repetir lo que desde Pardo Bazán y Unamuno hasta Yeves, pasando por Villapadierna, Asún, Escolar, Mainer, Davies etc. se ha escrito para valorar la figura y la labor de Lázaro. Baste para este historiador de la cultura y de la edición españolas que Lázaro haya sido unos de los más preclaros actores de las buenas y conscientes trasferencias culturales en beneficio de su patria y uno de los pocos editores verdaderos en España, con una labor solo equiparable, por la magnitud y la trascendencia, y a todas luces complementaria, con la Biblioteca de Autores Españoles. Si para el historiador, resulta difícil evaluar su impacto[45], quede, con Unamuno, que « sin ser propiamente un intelectual (fue Lázaro) uno de los mayores bienhechores de la intelectualidad en España  gracias a la amplitud de criterio de la España Moderna, comprensiva, hondamente liberal, « castillo roquero de la libertad de conciencia » (Rodríguez Moñino, 1951, 19) y también a la por la consideración que le mereció el trabajo intelectual…

Pero entre los inevitables y terribles posos de una historia cultural propensa , por abstracción, a marcar tendencias y generalizar, olvidándose a veces de los individuos y de los actores, creo que es algo o bastante más : un editor audaz con cultura y visión muy distinto de los que sin cultura persiguen el negocio, como apuntaba Unamuno (Yeves, 2001, 157), y un intermediario cultural, con ambición e iniciativa, una iniciativa individual pero en nombre de aquellos segmentos reformistas de la sociedad española preocupados por una regeneración por la cultura y la educación y por asentar su poder con una labor de acercamiento selectivo y controlado de las elites españolas e hispanoamericanas, desde una concepción diría yo que de inspiración carlyliana (la República de los mejores) de acercamiento a la cultura europea sobre todo pero también norteamericana como hemos visto. Un hombre a quien Unamuno, no muy propenso a halagüeños calificativo como se sabe, calificó de « forjador de cultura » (Asún, 1991, 170), en la fragua y con el yunque de su revista y editorial.

Es el autor e inventor de una empresa no única en España pero sí pionera y precoz como empresa consciente y voluntaria de trasferencias culturales, caracterizada por una visión o un proyecto desde « la conciencia de las necesidades impuestas por la realidad intelectual del país y el afirmado deseo de actualizar el arte y el pensamiento de la comunidad hispánica » (Asún, 1991, 173), con capacidad para movilizar alrededor de un proyecto reformista a los intelectuales de la época, y un obstinado esfuerzo por equipar intelectual y científicamente a las elites españolas e hispanoamericanas. Una empresa luego imitada o acompañada pero tal vez no superada por otras empresas similares como La Lectura y, después, la Revista de Occidente. Al proyectarse en una España moderna, al alentar aquel sursum corda colectivo avant la lettre  o sea antes de que el llamado Desastre obligara ello, Lázaro fue un adelantado y, en alguna medida, un visionario.

Minoritario aunque no aislado, solitario, aunque muy social, con franciscana vocación a predicar en un semi-desierto, sospechado de dilettantismo y de seguir las tendencias de la actualidad desde una especie de eclecticismo tildado de oportunista antes de que resultara oportuno, Lázaro nos ha legado, de manera duradera, su altruista obrar por una España moderna y una obra, "quijotesca" dijo Unamuno (Yeves, 2001, 159), entre material e inmaterial, una construcción de palabras y unos monumentos de tinta y papel de los que fue promotor, arquitecto y, en gran parte, obrero aquel navarro patriota y universal, cuya acción y memoria he tenido el privilegio de evocar.

 

Jean-François Botrel

(Universidad Rennes 2)

 

Obras y estudios citados.

 

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[1] Limitándonos a lo referido al editor Lázaro,  podemos destacar los artículos de la revista Goya , la Colección Archivo Epistolar de La España Moderna (10 títulos) , y el Catálogo de la editorial y el índice de las revistas a cargo de Juan Antonio Yeves Andrés.

[2] Expresión de José Lázaro quien, en 1894, contaba con ellos para escribir la “nueva España Moderna” (Romero Tobar, 2003, 79).

[3] No sacará el título de abogado hasta… 1898, por la Universidad de Santiago de Compostela, después de bastantes suspensos, valga la verdad (Yeves, 2003, 56). .

[4] La Nueva ciencia jurídica. Antropología y sociología (a partir de 1892),  la Revista internacional (a partir de 1894)  y la Revista de derecho y sociología (a partir de 1895) donde pretendía su director Adolfo Posada,  « condensar en una publicación independiente el movimiento jurídico y social de España y del extranjero ».

[5]  La « Colección de personajes ilustres »,  la « Colección de libros escogidos » prolongada por « Grandes escritores contemporáneos »  y la « Biblioteca de Jurisprudencia, Filosofía e Historia », la Colección de Libros escogidos (luego) y  la Biblioteca de Jurisprudencia, Filosofía e Historia, fundamentalmente dedicada a las ciencias sociales y posiblemente la más innovadora e impactante por las herramientas y los nuevos esquemas mentales que ofrece (véase Asún, 1991, 167-217 y Yeves, 2002).

[6] Con la publicación de El Liceo. Organo del cuerpo escolar y defensor del bello sexo (Yeves, 2003, 44).

[7]  Cf. Rodríguez Moñino (2001, 60) y Ravina (2001, 85, 99).

[8] Sobre el particular, véase Yeves (1998).

[9] “aquella alegoría con tan pocas narices no conduce a nada práctico” comenta Clarín (Alas, 2004, 780). De hecho, desaparecerá a partir del segundo número.

[10] Como La Vanguardia que le publica artículos colaboraciones (Yeves, 2003, 48).

[11] Como la Revue des Deux  Mondes, la colección « Célébrités contemporaines » publicada en París a principios de los años 1880 por Quantin o la Bibliothèque de Philosophie Contemporaine de Alcan.

[12] Más allá del discutible artículo de Soler (1951) y de los precisos pero sucintos apuntes de Yeves (2003, 42-57).

[13]  Véase el comentario de Pereda en carta a Menéndez Pelayo de 25-II-1889: “está (Lázaro) con su revista como un niño con unos zapatos nuevos”(Davies, 2002, 13), y su opinión sobre el primer número de la revista,  « producto de la cursilería más empalagosa que han visto los mortales » (Thion, 2003, 66).

[14] « es de las personas que más valen en España y he de hacer todo lo posible por popularizarlo », escribía a Posada el 21 de octubre de 1894 (Rodríguez Moñino, 2001, 42).

[15] Llama la atención ver cómo Lázaro se cuida de valorar editorialmente la autoridad universitaria, trátese de autores o de traductores, al precisar en la cubierta de Las instituciones eclesiásticas por H. Spencer, por ejemplo,  “Traducción del inglés, prólogo y notas por Adolfo Posada Catedrático de Derecho en la Universidad de Oviedo”.

 

[16] En un carta a Yxart escribe: “Yo le he dicho a nuestro amigo Lázaro que el público español (…) para que se trague una revista tan seria y docta hay que darle una sección ligera (siempre literaraia) con algo de noticierismo ; si no, me temo que admiren y no lean. De todos modos, la revista es lo mejor que se ha hecho ni se hará en España » (Thion, 2004, 67).

[17]  Con tirada de 3.960 ejemplares (Romero Tobar, 2003, 68-69).

[18] En el Prospecto publicado en el primer número de La España Moderna.

[19] Por ejemplo,  desea (en 1902) que cada artículo de las (futuras) Memorias literarias de Juan Valera “comprenda unos o varios sucesos, pero que resulten enteramente narrados, a fin de que los lectores no esperen un mes la terminación » (Romero Tobar, 2003, 10).

[20] Existe una estética de las publicaciones de La España Moderna, patente en el elegante y clásico diseño (propio o imitado, no he podido solventarlo) de las cubiertas blancas a dos tintas con los caracteres organizados en jarrón de Medicis, o  en el formato de los libros (un poco alargado con respecto al formato dominante) de los « muy lindos » tomitos de la Colección de Libros Escogidos. Lázaro tiene además los suficientes conocimientos técnicos de la imprenta que le aconsejan mantener agilidad en la producción y no dejar a los cajistas sin trabajar « porque toda la letra de este tipo que tiene la imprenta está empleada”, observa.

[21] Como el Libro de los galicismos de Adolfo de Castro (1898), las publicaciones de Campoamor, José María Asensio (1829-1905) o Martín Alonso Pinzón : estudio histórico y las Obras completas de Augusto Ferrán (1835-1880) con prólogo de G. A. Bécquer)

[22] Como proponer a Juan Valera (Romero Tobar, 2003) que escriba un artículo sobre el libro de Muñoz Peña dedicado al  teatro de Tirso de Molina que “(le) ha gustado mucho y merece que nos ocupemos de él” (3-IX-1889) o sobre los escritos sobre España de Morel Fatio, que escoja un autor para para una colección de biografías de españoles ilustres (22-I-1891) o, en 1902, que publique unas Memorias literarias. De su voluntad de no “abdicar el drecho de dirigir la Revista imprimiéndole el rumbo que cre(e) más conducente al buen éxito del periódico” y del « natural deseo que como director abrig(a) de que en (su) Revista se hable de las produciones más importantes y de los autores más famosos » (Rodríguez Moñino, 2001, 70 y 72), provino, como es sabido desde el estudio que al lance dedicara Rodríguez Moñino (1951b),  su duradera desaveniencia con Clarín quien, se negó a reseñar dos libros de Emilia Pardo Bazán.

[23] Como,por ejemplo, el que la colección de Libros escogidos se iniciara con La sonata de Kreutzer « correctamente traducido del ruso », El cabecilla, de J. Barbey d’Aurevilly, “Novela novelesca”, “ correctamente traducido e impreso » y Marido y mujer por el Conde León Tolstoy « preciosa novela escrita con sin igual delicadeza por el famoso autor de La sonata a Kreutzer ».

[24] Posteriormente será traducido al francés: Evolution de l’éducation.Traduit de l’espagnol par Alfred Costes

 

[25]  « He hecho que no saliera a relucir su nombre ni para bien ni para mal » (Rodríguez Moñino, 2001, 73). Si bien parece ser que Unamuno aceptó omitir el nombre de Clarín en los artículos de En torno al casticismo publicados en La España Moderna (Sotelo, 1999) y el anunciado prólogo a Cuestiones jurídicas de Ihering (publicado en 1894) no consta en la edición definitiva (Asún 1991, 201, nota 201), en cambio, en 1894, Menéndez Pelayo en su “Revista crítica” de 1° de febrero de 1894 (t. LXII, p. 140) podrá escribir lo siguiente: “Hoy en españa la crítica de las obras contemporáneas se ejercita (…) con elevación de pensamiento estético, con mucho caudal de erudición extranjera, y, sobre todo, con ingenio, brillnatez y novedad. Para probar que está en buenas manos (…) baste traer a la memoria los nombres de L. Alas, tan rico de felices intuiciones, tan original y agudo  en su pensar, tan varia y profundamente versado en la cultura de nuestros tiempos, de F. Balart, de la señora Pardo Bazán, de Yxart…” (agradezco a D.-H. Pageaux el dato).

[26] De ahí la mención « primera edición en España », argumento también publicitario.

[27] Como en 1891 cuando confiesa a Adolfo de Castro, el 5 -XII, que “esta España Moderna no da más que disgustos y gastos y es imposible remunerar a los autores” (Ravina, 2001) o en 1893-1894,  cuando asegura no poder pagar a los colaboradores y se declara « frito con deudas » (en 1894, tiene un déficit de más de 30.000 pesetas) y en diciembre de 1894 le confiesa a Valera que no sabe si seguirá publicando La España Moderna después de terminado el año 1895 » (Romero Tobar, 2003).

[28] Con el efecto publicitario de la publicación al menos parcial de una obra en la revista y luego su publicacióncompleta en libro, caso de los criminalistas italianos, por ejemplo  (Asún, 1991, 173).

[29] Hoy por hoy, se desconocen sus características. Solo se sabe que patrimonio sí tenía y que, según Raquel Asún (1981-2, 134), « su fortuna fue aumentando vertiginosamente hasta ser una de las primeras del mundo (como) fundador e impulsor del Banco Hispano-americano, accionista principal de la banca nacional, ferrocarriles españoles y americanos, transportes transatlánticos, minas, automóviles, navieras”.

[30] Con su traducción en términos de remuneración: por lo general, entre15 y 8 duros por artículo, pero medio duro por página para escritores de primera categoría como Menéndez Pelayo y Clarín.

[31]  Sobre estos aspectos , véase la precisa biografía de Unamuno por C.y J.-C. Rabaté (2009).

[32] De su completa identificación con su revista es significativa la sinécdoque empleada cuando hayan dejado de publicarse dos de las revistas rivales (El Ateneo y la Revista de España): « me he quedado solo con la [Revista] Contemporánea”, escribe a Menéndez Pelayo (Pérez Gutiérrez, 2004, 55).

[33] Apud Rodríguez Moñino, 2001, 57-58.

 

[35] Véase en Pérez Gutiérrez (2004) y Yeves (2001), las respectivas reacciones de los dos escritores.

[36] De ahí, por ejemplo, que,  en 1896, por recomendación de Unamuno, dé a Pablo Iglesias el Origen de la familia, de la propiedad privada y del estado de Engels a la mitad de su precio, poniéndose directamente de acuerdo con el líder socialista (Yeves, 2001, 96).

[37] Afirma, en 1889 (Ravina, 2001, 84) que “al publicar la Revista no  (se) propus(o) hacer un negocio editorial, sino partir con los escritores las ganancias” y, en otro lugar, que “no anhel(a) ganar, sino cubrir gastos” (Yeves, 2003, 22).

[38]  Como se puede deducir de su carta de 18 de abril de 1890 al Dr. Thebussem (Yeves, 2003).

[39] « ya no hace falta que se traigan de tan lejos como Galdiano », le dice esta (Thion, 2003,145).

[40] Véase, por ejemplo, las 9 obras de historia sobre Estados Unidos, la traducción de Los millonarios de los Estados Unidos o el país del placerde Edith Wharton (1862-1937) (una de las pocas firmas femeninas publicadas, con Concepción Arenal y Sofía Gay) pero también la traducción por Pedro Antonio Marín Robles, en 1907) de The literature of roguery de Frank Wadleigh Chandler (La novela picaresca en España) y las numerosas traudcciones del ingés de Luis de Terán.

[41] Hacia 1893, por falta de buenas colaboraciones españolas, la actualidad o la materia europea (con unas traducciones de prosa novelesca y ensayística, fundamentalmente) llega a superar la española o hispanoamericana según Villapadierna (1986, 84b). Pero, después del fracaso de la Revista internacional (en.-dic. 1894) nunca volverá a predominar « lo extranjero».

[42] Con la excepción de Selma Lagerlöf (1858-1940), premiada en 1909, se puede observar que los escritores premiados con el Nobel no le merecerán interés a Lázaro Galdiano.

[43] La revista llevará entre 1889 y 1894 el subtítulo de “Revista ibero-americana” sustituido por “Revista de España” (cuando desaparece la revista homónima y empieza la guerra de Cuba) al mismo tiempo que funda la Revista internacional  para “dar a conocer, en correctas traducciones catellanas, las obras más notables que produzca el genio humano de ambos mundos”.

[44] El análisis de la red de relaciones establecida por Lázaro Galdiano, perceptible a través de los 71 libros-copiadores conservados en el Archivo de la Fundación Lázaro Galdiano, o el de las dedicatorias en los libros recibidos  por Lázaro (Yeves,1996, 1998ª) ayudan a echar bastante luz al respecto.

[45] Según el propio Lázaro nunca llegó a tener 500 compradores para sus libros. En 1914, cuando el fondo editorial pasa a ser administrado por Renacimiento, de los 580 y pico volúmenes publicados, con tiradas comprendidas entre 500 y 1000 ejemplares, solo se habían agotado 60 (Asún, 1991, 169), y hasta hace poco, muchos títulos se encontraban con frecuencia en mercado del libro de lance. Pero conste que muchas de las obras publicadas por La España Moderna siguen siendo la únicas versiones españolas disponibles como pasa también con algunos tomos de la Biblioteca de Autores Españoles (Botrel, 2008).