De lecturas breves, fraccionadas y periódicas 



Cultura Escrita & Sociedad, 7 (sept. 2007), pp. 19-31.

 

De lecturas breves, fraccionadas y periódicas.

 

 

         El auge de las colecciones semanales a principios del siglo XX no se puede concebir sin la anterior y progresiva construcción de unas destrezas y prácticas de lectura de las que dan cuenta la historia de la prensa, del libro, de la lectura y también del ocio… 

         Ya a finales del siglo XVIII, en los años 1767-1768, al margen de la prensa de periodicidad fundamentalmente semanal y de difusión más bien restringida, el librero-editor madrileño Manuel Martín se había planteado la publicación periódica, cada martes, al igual que el resto de las publicaciones periódicas de Madrid, de una Colección de varias historias, así sagradas como profanas, de los más célebres héroes del mundo, y sucesos memorables del orbe, de tres pliegos las más, con un precio de seis cuartos y medio[1]. Periódicamente también se publicó a partir de 1788, la primera serie de las Zumbas de José Santos Campuzano (Fernández Insuela, 1995, 120).

Pero a partir de los años 1840, a raíz de la revolución tecnológica que afecta la imprenta, con la generalización y relativa masificación de la prensa diaria, es cuando se encuentran considerablemente modificadas las relaciones de los lectores con la lectura : a la oferta mensual, semanal y cada vez más diaria de unidades de lectura (artículos, poesías y luego cuentos y crónicas) en las publicaciones periódicas, en día y a veces hora fijos, viene a sumarse, con el folletín y la novela por entregas,  la posibilidad de acceder a la lectura de otras unidades narrativas de manera fragmentada, periódica y progresiva. ¿Con qué consecuencias para el lector, para los nuevos lectores ?

 

Periodicidad. La periodicidad de la oferta determinada por el ritmo de publicación (diario, semanal, etc.) crea una regularidad en la adquisición, formalizada por el contrato de suscripción, si cabe, a la que puede corresponder una regularidad en la lectura periódica de determinadas cantidades de texto y un posible hábito. La entrega puntual en día fijo de una misma línea de producto contratado u ofertado, lo mismo un folletín o una entrega que un cuento[2], permite marcar un ritmo teórico y una relativa fidelización, inscrita en cierta duración, con más o menos expectativa o paciencia.

         Interesa observar cómo la garantía de la puntualidad en la publicación llega a ser, en el discurso editorial,  un recurrente argumento comercial que sin duda responde a una exigencia del lector que no es solo económica, como cuando muchos suscritores preguntan a La Novela de ahora « la razón de no haberse publicado en el número 13 de La Novela de Ahora la continuación de La Venganza o sea La Reina de los Caribes[3]. En el caso de los periódicos de novelas que van publicando simultáneamente, por fragmentos, hasta tres novelas (cf. Cazottes, 1981), se podría suponer que el lector iba leyendo, siguiendo el hilo de la narración semana tras semana de manera paralela y progresiva, las distintas novelas –una multilectura[4]- (Cazottes), lo mismo que en el caso del cuento El cura de Vericueto de Leopoldo Alas que “se continúa” pero con varias interrupciones, se supone que el lector habrá experimentado algún placer en leer siquiera un “momento” de la narración.

Cabe, pues, plantearse, para todos los efectos, entre otros pedagógicos, la posibilidad de una relación periódica y discontinua con el texto, con la lectura de unidades diarias o semanales, desvinculadas de hecho, con tal vez una relectura de lo anterior si cabe, o la socorrida ayuda del narrador quien  “refresca” la memoria del lector.

Una lectura que puede ser fuente de satisfacción al  suministrar con regularidad unas dosis o raciones, a menudo valoradas más en función de la cantidad que de una calidad aún indefinida (cf. Botrel, 2002, 55), desde una como periódica “erótica de la lectura doméstica” (Fernández, 2005, 348), pero transitoria e insuficiente, perceptible en la aspiración a disponer de una obra acabada. Viene a cuento recordar que si bien los folletines y novelas por entregas suelen ser novelas de acción y movimiento, con un apretado ritmo de peripecias, « cosa terrible para el arte » según Galdós[5], y se suelen atribuir a la escritura fragmentada/periódica gran parte de los « rasgos estilísticos, narrativos y estructurales » de la novela por entregas (Baulo, 2004),  quedan por estudiar las posibles consecuencias de un estricto acoplamiento entre la estrategia narrativa y la cantidad de texto publicada, de manera seguida, cada semana o cada día, con el consabido ritmo impuesto y/o aceptado y hasta deseado por el lector a quien se le imagina en un estado de impaciente expectación de la « continuación » por parte del autor cómplice. Con otras palabras, falta estudiar si, efectivamente, en este campo del ritmo narrativo también el lector « da el patrón y la medida ; y es preciso servirle » como decía Galdós (apud Baulo, 2004). Lo cierto es que esto no suele observarse en la prensa española donde, mayoritariamente, se publican, traducidas, unas obras ya publicadas en su totalidad[6], sin medir ni regular la cantidad de texto en función de criterios de tipo narrativo, pues.

En este sentido, la lectura periódicamente determinada, día tras día o semana tras semana, como por inercia, sería una mezcla de satisfacción y creciente frustración, al atentar a la libertad del lector cuya aspiración final consistiría en emanciparse marcando la lectura con su propio ritmo, superando la dimensión fraccionada que conlleva la publicación periódica.

 

Fragmentación. Es sabido que la fragmentación de la narración en una infinidad de unidades bajo forma de partes, capítulos, párrafos y hasta frases, incluso en las obras más cortas como son la historias de cordel (Botrel, 2000), parece ser una característica de la narrativa ad usum populi.  Lo mismo que muchas colecciones o bibliotecas que publican obras en varios tomos o fascículos con alguna periodicidad[7], la publicación periódica de narraciones largas, como son las novelas de folletín o por entregas, suele conllevar la fragmentación en “retazos” de la obra que “se continúa”, dejando el relato y a veces la frase y hasta la palabra en suspenso (Botrel, 1974), con las conocidas consecuencias, aunque estén todavía en gran parte por estudiar, sobre el « el contar fragmentado » (Bonet, 2004),  el « estilo corto , y aun deshilachado » de los folletines (Alas, 2005, 535) o sobre la “escritura periódica” (Díaz Lage, 2005). El propio cuento puede considerarse como un fragmento dentro de una sección/colección con título genérico como “Cuentos propios”, “Cuentos ajenos”, etc. o de una futura colección. Además, la obra no se fracciona siempre de manera continua:  la publicación de muchos folletines, sobre todos en los primeros años, pudo ser irregular o interrumpirse sin previo aviso (Lécuyer, 1993), dejando paso a otro título, sin reanudarse la publicación. Muchos cuentos largos de Clarín se publican fragmentados pero no seguidos (cf. El Cura de Vericueto, El Quin, El Caballero de la mesa redonda, por ejemplo). Para algunos editores, la publicación fragmentada es una manera experimental de probar el éxito de la obra, antes de publicarla en un volumen unitario[8]. De cualquier modo, lo efímero y fragmentado del folletín en la prensa, por ejemplo, se sabe que puede no pasar de algo transitorio y se ha observado cómo el lector y a menudo el propio periódico, con la colección o la publicación posterior en volumen, va dando una coherencia unitaria a lo que hasta entonces podía percibirse como algo disperso y fragmentado. Lo mismo se puede observar con motivo de la novela por entregas, progresivamente leída en « minilibros » o entregas (con su cubierta de papel), prenuncio del impresionante y deseado libro final, muchas veces en dos tomos. El objetivo final sería, pues, “la conservación a través de una colección específica », de « un libro construido y apropiado, con las apariencias de un libro legítimo del cual el autolibro derivado del folletín hace simbólicamente las veces » (Botrel, 2002, 55-56), convirtiendo lo efímero en algo perenne[9].

Como se ha procurado mostrar, la producción y adquisición fragmentada y escalonada del folletín-libro (folletines encuadernables o artesanalmente encuadernados), del libro por entregas, del periódico-libro o de las colecciones y bibliotecas (con obras divididas en varios tomos) pudo contribuir al aprendizaje del libro por el futuro nuevo lector y coleccionista (el que collige las distintas partes constitutivas de un volumen), a través del tiempo y sugerir un doble uso : el uso diario, semanal o mensual y el uso final y duradero de un bien dos veces conseguido y disfrutado e indefinidamente ofrecido o usado dentro del núcleo familiar, contemporáneo y futuro, por transmisión patrimonial (Botrel, 2002, 60).

 

Brevedad. Todos estos fragmentos provisionales y por reunir son por otra parte más bien breves. Esta brevedad, propia de muchos géneros dramáticos, poéticos o narrativos de la literatura del pueblo (Botrel, 2002b), viene propiciada por la peculiar morfología de la prensa como compuesto de distintas unidades de limitada extensión[10]. Remite a una cantidad de lectura comprendida entre 12.000 y 20.000 caracteres en los primeros folletines entre 1840 y 1855[11]. En cuanto a las entregas de 16 páginas, suelen constar de unos 1.500 caracteres a más de 3.000, según las editoriales.  Cuando de relatos completos se trata, como los cuentos, también son de reducida extensión : unas unidades narrativas de 1.500 y 4.500 palabras en los Cuentos Morales de Clarín publicados en el Madrid Cómico, El Liberal, Los Lunes de El Imparcial, etc. y de 6.000 ó 6.500 palabras como máximo en el concurso abierto por Blanco y Negro en 1900 (Ezama, 1992, 28). Aunque no todos los cuentos son cortos, sino que pueden continuarse, fácilmente se puede observar que el tiempo a invertir en su lectura completa es mínimo : entre un cuarto de hora para un lector avezado y un máximo de una hora para un lector principiante para una unidad de 6. 000 palabras, según los cálculos de L. Bellenger (1978)[12].

Estas características se encuentran continuadas pero también, en alguna medida, superadas en las colecciones semanales, para unas nuevas categorías de lectores más preparados y exigentes.

 

Semanales, cortas y fragmentadas. Como producciones seriadas, estas coleciones son periódicas: claramente lo dicen sus propias denominaciones (“semanal”, “del domingo”, El cuento del Dumenche en Valencia, “del sábado”, etc.). En cada número se suele anunciar el contenido del siguiente o de los siguientes para permitir una proyección y  la fidelización, construida por el sistema de suscripción, viene reforzada por la creación de unos espacios de diálogo como "Correspondencia particular".

 La colección, en el sentido que le da Isabelle Olivero (1999), como label o línea editorial, se va ilustrando y nutriendo al filo de las semanas con fragmentos narrativamente autónomos y satisfactorios –son cuentos o novelas cortas y a veces novelas. Pero también puede darse que una obra se publique en más de un número[13], y, por otra parte, queda claro que se trata de una obra coleccionable y coleccionada : ya desde El Cuento Semanal se suelen ofrecer tapas para encuadernar los números sueltos (Botrel, 2002)[14]. Se puede observar una como pedagogía del acceso a la lectura como práctica corriente, según un ritmo impuesto, pero también con la idea o  la voluntad de proyectarse en un libro hecho en el que el ritmo de lectura no sea el del periódico o el del editor, una especie de emancipación de hecho (Botrel, 2002, 56) y una « capacidad de inversión simbólica en el libro que delanta a menudo a la capacidad económica » (Botrel, 2002, 59)[15].

Aunque la novela corta suele resultar más extensa que el cuento periodístico, se trata aún, por lo general de unidades breves (se anuncia como novela “de una hora”, “breve”, “chica”, “corta”, “de bolsillo”, “pequeña” y hasta “comprimida”[16], etc.) que escasamente rebasan los 50.000 caracteres[17], legibles de una manera autónoma, por lo común, lo cual sitúa a la unidad narrativa completa –autosuficiente y satisfactoria- como un adelanto con respecto a las entregas de novelas que siguen ofreciéndose por la época[18], se supone que también con cierta satisfacción periódica a base de una lectura fragmentada, pero con un acceso a la totalidad aplazado por muchos meses y a veces años.

         Con este nuevo tipo de publicación entre libro por entregas, periódico y revista ilustrada (Robin, 1997), cada número viene a ser, pues, una obra completa e incompleta hasta su colección, para un nuevo “nuevo lector”, un lector moderno. Sociológicamente, puede considerarse como un « intento de acercarse a las clases medias, es decir, a personas susceptibles de dedicar algunos ratos a la evasión, gastar una cantidad reducida y repartida semanalmente para poseer un producto representativo de cierto status social » (Magnien,1986, 30) y, de hecho, para una parte importante de la población española urbana, de las clases medias y medias bajas, la lectura va a constituir ya, al lado del teatro, una forma de solaz, ocio y entretenimiento : es la clásica lectura "para todos", la novela "popular", “para el tren”, etc.

 

Nuevos lectores. En las declaraciones de intenciones de los editores de colecciones de novelas, se puede observar (cf. Mogin-Martin, 2000) que no falta nunca la preocupación por el ensanchamiento de la base del público con relación a la novela española tradicional, con tiradas desconocidas de manera segura pero sin duda muy superiores a las de las entregas y comparables a las de muchos periódicos[19]. En la misma lína está, como para las novelas por entregas, la voluntad de atraer al público con argumentos extra estéticos[20]

 

Como es sabido, se trata de productos de precio unitario más bien barato[21], hechos los más a base de papel "ínfimo" (de prensa) y de una tipografía poco cuidada, que permiten el acceso a capas económicamente poco pudientes. Como publicación periódica, permite la suscrición pero también se puede comprar en la misma calle, en los kioscos. Se puede leer ya en cualquier sitio[22]. Las cubiertas vienen ilustradas con caricaturas, fotos, dibujos alusivos al cuento publicado cuyo texto también puede ser comentado gráficamente por un dibujante. Con esta conjunción de la pluma y del lápiz, propia de la literatura "popular" y progresivamente generalizada a la portada de los libros, se ofrece al público un producto mixto de plástica y literatura, que contiene entre 8 y 15 grabados a dos tintas por número en El Cuento semanal, por ejemplo (Magnien, 1986).

         Así queda cumplido el deseo formulado por Ortega Munilla de "aprend(a)n a leer los que no saben y le(a)n los que ya sab(e)n" (apud Sánchez Álvarez, 1996, 23), con el consiguiente ensanchamiento del público, pero también un relativo cambio en sus contornos : el ritual discurso editorial muy propenso a dirigirse a un lector “popular” abstracto, deja paso una marcada insistencia en solicitar la opinión de los lectores, implicándoles con votaciones[23] convirtiéndole en juez de los noveles, como en Los contemporáneos, en junio de 1910 (Baulo, 2003, 586).Queda sugerido una especie de diálogo con unos lectores más activos y cooperantes, más maduros, que también saben y pueden escribir, pues, como en la sección de « Correspondencia particular ». Como producciones seriadas procuran  –como los folletines, aunque con ritmo semanal- crear con ello una especie de fidelización/dependencia a base de adhesión[24], y el peso « considerable » de una opinión que se declara tener en cuenta (Baulo, 2003, 586b), bajo forma de expectativas, sugerencias o críticas, es posiblemente síntoma de una mayor madurez del lectorado pero también de una mayor competencia dentro de una misma línea editorial y fuera de ella.

Aunque El Cuento Semanal justificaba la elección de la novela corta como el género más susceptible de corresponder al público por adaptarse « a la prisa de la vida contemporánea » y evitar « una lenta y fatigosa lectura » (Magnien, 1986, 27) y que se puede obervar una persistente preocupación porque la narrativa ofrecida sea “de actualidad”, “actual”, “de hoy”, y hasta “de mañana”, la verdad es que la relación entre las prácticas consumidoras/lectoras de la ficción narrativa como manera de satisfacer una creciente presencia exigencia y existencia del ocio como valor y  cultivo está por documentar más (cf. Uría, 1996) . con expresiones que no sean las indirectas y comúnmente fulminadoras de la Iglesia católica o reticentes de las organizaciones obreras.

Lo cierto es que parece haber afectado , inclusive a las clases menos favorecidas, y que parece lógico establecer una relación entre las líneas de productos estudiados, su ideoneidad tanto instrumental como económica con los medios de los nuevos lectores para llenar su incipiente pero creciente ocio con unas « raciones de lectura » (Alonso, 2003, 571) y los argumentos incentativos de los editores respecto a la cantidad de lectura/precio[25].

 

Conclusión. Sea lo que fuere, consta que el progresivo acceso a la cultura de referencia dominante se ha hecho posible gracias a la no siempre consciente pedagógica acción de la prensa, con sus folletines, y a las publicaciones por entregas, que, según un sistema que aunaba periodicidad, fragmentación y brevedad, contribuyeron, como escribe S. Baulo (2004),  a « crear hábitos de lectura que redundaron en beneficio de la novela posterior ». A esta oferta, ampliada ya desde 1867 con La Novela de Julio Nombela, viene a añadirse, a partir de 1884, con la publicación periódica y fragmentada de novelas completas, la de las novelas seriadas de gran difusión (Baulo, 2003, 584), con La Novela Ilustrada dirigida por Vicente Blasco Ibañez y después La Novela de ahora de Calleja[26]. La aparición y espectacular desarrollo de unas colecciones semanales de narrativa breve (cuentos o novelas cortas), como prolongación del cuento en la prensa (Ezama Gil, 1992), con una creciente oferta simultánea[27],  masiva y duradera[28], para unas materias que se van diversificando[29] y un cambio de escala dan cuenta de una notable evolución en las prácticas lectoriales de unos nuevos "nuevos lectores" (Botrel, 1996), entre los cuales se encuentran ya los lectores de las novelas en tomos que los mismos autores de las colecciones semanales están publicando (Rivalan Guégo, 1998).

Estas prácticas que no suponen la desaparición de las prácticas instaladas alrededor del folletín, de la novela por entregas, etc., y no son específicamente españolas[30], acompañan, pues, un perceptible aumento de la capacidad lectora en España, en un ya muy abierto abanico de “nuevos lectores”  y en un proceso de ininterrumpido y evolutivo progreso hacia el acceso a las prácticas culturales y a la cultura legítima.

 

                                   J.-F. Botrel (Univ. Rennes 2/PILAR/Uned)

 

 

Estudios citados.

 

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Uría, Jorge, Una historia social del ocio. Asturias. 1898-1914, Madrid, UGT, 1996.

 

 

Resumen. Las colecciones semanales pueden tenerse por la continuación, culminación y superación de unas prácticas y hábitos que a través del folletín, de la entrega, de los fascículos, etc. se fueron generando entre los « nuevos lectores ». De la brevedad, el fraccionamiento y la periodicidad que favorecieron el acceso a la lectura a lo largo del siglo XIX, se va apoderando un público ampliado desde unas nuevas expectativas y conductas de ocio, suministrándonos unos posibles nuevos elementos de explicación para tan ingente fenómeno editorial y social.

 

Palabras claves : Lectura, nuevos lectores, ocio.

 

 



[1] También semanalmente publicaba Manuel Martín los nuevos « pasatiempos » de la Tertulia de la aldea (4 pliegos por un real), los nuevos discursos de El Duende Especulativo, los compendios semanales del Estado Sagrado , o los « discursos » del Feijoo crítico-moral (García Collado, 1997, 370-371) y, en 1780, mensualmente, el Año cristiano (García Collado, 1997, 590 y ss.).

[2] En muchos diarios, existió una sección fija (diaria o semanal) de cuentos como los « Cuentos del domingo » en La Correspondencia de España o en El Socialista y los « Cuentos del lunes » en El País (Alonso, 2003, 576-7).

[3] Opone la editorial  su voluntad de no arriesgar ser monótona al dar seis novelas del mismo autor o sea las seis partes de El Corsario negro de Emilio Salgari, que « aunque el fondo de las seis partes es el mismo, forman tres obras separadas » para complacer a nuestros lectores « lo cual es siempre el fin de nuestras aspiraciones », afirma.

[4] Aunque también puede suponerse que se trata de una oferta diversificada para toda la familia.

[5] En 1883 (2-V), El Imparcial convocó un certamen para novelas españolas : debían ser originales con predominio de la acción sobre las descripciones y detalles, « y con movimiento y demás caracteres adaptados al género especial de los folletines » (cf. Dorado, 2003, 191).

[6] Lo mismo pasa con muchas novelas por entregas en los años 1900 íntegramente escritas y publicadas pero vendidas a retazos,  por cantidades variables.

[7] Como la Biblioteca de Damas de  Bergnes de las Casas, los Episodios Nacionales de Galdós con sus distintas series compuestas cada uno de ellas de 10 tomos, periódicamente publicados, o, en los años 1875-80, las obras publicadas en fascículos por las casas editoriales Gaspar, Saenz de Jubera, Tasso o Saurí…

 

[8] Como la Biblioteca Calleja (Obras literarias de autores célebres) que publica cada semana, en ediciones de lujo (de 300 páginas próximamente, en 8° mayor, con láminas finas, impresas con la mayor delicadeza sobre papel satinado, para su mayor belleza y menor volumen, y encuadernadas en pasta elegante y sólida, cuyos lomos van reforzados con tela invisible y cromos primorosos), hecha a base de  las obras que publica La novela de ahora “cuando esas obras tienen gran aceptación, merecen elogios de la prensa de España y América y son solicitadas por el público”.

[9] Ya en 1867, a propósito de  la Colección de varias historias, así sagradas como profanas, de los más célébres héroes del mundo, y sucesos memorables del orbe, se precisaba que la publicación de las historias  se continuará sin falta, hasta poder componer dos tomos en quarto (García Collado, 1997, 571). Lo mismo pasa con los números sueltos de los periódicos luego encuadernados como La Moda elegante hasta constituir un « precioso álbum » (Botrel, 2002, 56).

 

 

[10] Según Ezama Gil (1992, 26),  el relato breve “afirma su identidad genérica y asegura su difusión en los años finales del XIX gracias al apoyo que le dispensa la prensa periódica. La divulgación de que es objeto el género se ve favorecida por las dimensiones del mismo, que lo hacen asequible a cualquier tipo de publicación ».

[11] 5.600 en La Lucha de clases. Agradezco a M.-C. Lécuyer el haber facilitado los pertinentes datos.

[12] Según las normas de L. Bellenger, para un lector principiante (sin deletreo ya pero con pronunciación mental de todas las palabras o sea : 100/150 palabras por minuto),  la lectura de las 8.000 palabras y pico correspondientes a unos 50.000 caracteres supone entre casi una hora y hora y media y para el lector más avezado (500/900 palabras/minuto) entre diez minutos y un poco más de un cuarto de hora.

[13] Véase, por ejemplo, Fortunata y Jacinta (versión dramática de Amarillas y Soler) en Los contemporáneos, nº 825 y 826.

[14] Véase, por ejemplo, las tapas que ofrece La Novela Cómica para encuadernar los números publicados, por el precio de 1.50 peseta en 1916 cuando el precio de los 15 primeros números importaba 1.80 pesetas. Suelen ser tapas de tela, pero también pudieron llegar a ser de cuero con " elegantísimas y artísticas incrustaciones de relieve en oro" con lo que se da una dignificación del producto impreso, observable también en el empleo, en algunas colecciones, del papel couché.

[15] Tampoco se puede excluir el mero gusto por la colección, como génesis en la que participa el que queda o se siente marginado de la esfera de la producción intelectual pero coopera, con no poca satisfacción entre efectiva  y simbólica, en la producción del objeto codiciado, para poderlo contemplar y darlo a ver en un aparatoso mueble o en una mera tabla de pino, como algo emblemático de un nuevo estatus social visible y admirable cara a la cultura de referencia dominante.

[16] Como la que mensualmente ofrece la Biblioteca de  Monos  por 20 céntimos (4 títulos publicados en mayo de 1906), sin que el concurso abierto haya dado resultados (según el jurado compuesto de Juan Pérez Zúñiga, Luis de Tapia y Karikato, ninguna de las trece novelitas presentadas y examinadas llegan a reunir « las condiciones literarias y cómicas que harían recomendable su publicación »).

[17] Unos 53.000 caracteres en La Novela corta, unos 80.000 en la Novela ideal, unos 51.000 en La Novela Roja). No obstante, en una colección como La novela de ahora, con sus 64 páginas, se puede llegar, bajo forma de mini-series, a publicar unos textos de 450.000 caracteres en cada número o  entrega.        

[18] En 1927, en La Novela Mundial, por ejemplo, Rivadeneyra S.A. ofrece Gabriela. Historia de una pobre mujer por el « gran novelista » M. Fernández y González, por cuadernos semanales (35) vendidos 25 céntimos, cuando cada número de La Novela Mundial cuesta 30 céntimos.

[19] El número de títulos publicados puestos en circulación entre 1906 y 1957,  se calcula que pudo superar los 10 000. Sin poder comprobar las fantásticas tiradas a menudo reproducidas  -¡ 100 000 (para La Novela semanal) e incluso 300 a 400 000 para La Novela corta  ! -, se recordará que con 30 a 60.000 ejemplares vendidos, pudieron algunas colecciones llegar a tener la difusión que las revistas ilustradas o magazines de la época tenían hacia 1920, según Urgoiti (apud Mompart, 1992) y si no resulta imposible que Sor Simona, primer número de La Novela corta, pudiera alcanzar los 200 000 ejemplares en sus sucesivas ediciones, el que de los números corrientes de alguna colección se vendieran 30 ó 60 000 ejemplares ya representaba, para el consumo de literatura, un salto cuantitativo impresionante.

[20] Inclusive el conocido sistema de premios, como los billetes kilométricos ofertados en 1917 por La Novela Cómica. Hasta llegaron difundirse una novelas "de regalo"  y otra "regalada".

[21] Entre 5 y 30 céntimos antes de 1914 (fecha en la que un kilo de pan importa unos 40 céntimos) y 10 a 40 después, o sea entre 1.90  y 5.90 céntimos los 10.000 caracteres), etc.

[22] Gracias a unos formatos manejables (tabloide y plegable para guardársela en el bolsillo como El Cuento Semanal  y Los Contemporáneos ) o de bolsillo (11x17 cm).

[23] cf. Novela de hoy en 1920, por ejemplo,

[24] La adhesión a la línea de la colección tendrá por consecuencia mecánica la aceptación pasiva de cada una de las obras que en ella se publican, con una satisfacción "global" de una necesidad, específica tal vez de capas sociales no muy preparadas para la elección autónoma de obras de recreo y demás. Esto no quita que los editores procuren enterarse del gusto de sus lectores y que hasta los asocien a la elección de las obras publicadas, como en la Colección Popular Ilustrada, en 1955.

[25] Interesaría aplicar al corpus de cuentos y novelas cortas los parámetros de legibilidad tipográfica y lingüística (extensión de las palabras y de las frases, carácter usual de la palabras, interés humano) elaborados por F. Richaudeau (1984).

[26] Una relación similar pretende establecerse con la "Colección Universal" de Calpe que, desde julio de 1919 hasta mayo de 1920, publica 220 números, apareciendo 20 números de unas cien páginas (15 x10,5) cada mes (ya no se trata de novelas cortas sino de obras largas fragmentadas para efectos de publicación) al precio de 50 cents cada número (40 céntimos por suscrición trimestral, semestral o anual).

[27] De hasta 3 títulos en 1909, 5 en 1910, 8 en 1917, 16 en 1923  y 20 en 1930

[28] 455 colecciones repertoriadas por  Sánchez Alvarez (1996) entre 1907 y 1957, a las cuales es preciso las inventoriadas por Martínez de la Hidalga (2000, 2001) para el periodo posterior

[29] Además de narrativas, estas colecciones vienen a ser eróticas, dramáticas, cinematográficas, políticas, poéticas, biográficas o históricas),

[30] Se pueden documentar para la misma época en Francia (Parinet, 2004 ), por ejemplo.