« Jean-François Botrel: « A veces me cuesta descubrir que no soy español ». Entrevista con Perfecto Conde », Galegos, 14, II, 2011, pp. 26-35.


 

Jean-François Botrel

“A veces me cuesta descubrir que no soy español”

 

Probablemente el mejor conocedor de ciertos temas de España, el hispanista francés Jean-François Botrel es también un buen conocedor de Galicia y de su cultura. Nació en Rennes (Bretaña) en el año 1942. Fue rector de la Université de Haute-Bretagne Rennes 2, presidente de la Asociación Internacional de Hispanistas, de la Modern Humanties Research Association y de la Sociedad de Literatura Española del Siglo XIX. Desempeñó cargos en la Administración francesa y preside actualmente la Société des Régates Rennaises (él mismo es un empedernido practicante del deporte del remo).

Pero la inmensa e importante obra de Botrel, ahora cada vez más volcado hacia los estudios de su país de origen, Bretaña, se refiere al estudio de los temas hispánicos, la literatura del XIX sobre todo. Es sin duda el mejor investigador de la obra de Clarín y de otros autores españoles, por ejemplo. En esta entrevista, realizada en su casa de campo del corazón del Bosque de Brocéliande, a escasos metros de una de las supuestas tumbas de Merlín, por donde anduvo Cunqueiro siguiendo el rastro de un mundo mágico que le era tan querido al escritor de Mondoñedo, Botrel analiza algunos temas españoles y gallegos.

 

Perfecto Conde

 

 

–Ser hispanista a comienzos de un siglo tecnológica y culturalmente tan cambiante y siendo, además, bretón, ¿no resulta fascinante?

–Haber sido hispanista siendo bretón cuando el hispanismo en Francia estaba muy asociado con el sur, es decir, las lenguas meridionales, Burdeos, Tolosa, Montpelier y en la capital porque, claro de todo hay en la capital, París. Ser hispanista en Bretaña parecía una anomalía. Incluso me gusta decirme a mí mismo que he sido hispanista por desafío porque un profesor que tuve, que era de Burdeos, cuando le dije muy de niño que yo quería ser profesor de español, me miró con desdén y con incomprensión de como un pequeño bretón iba a ser hispanista. Me he construido como hispanista y es mi segunda identidad, o tercera identidad, o sea, bretón, hispanista, francés.

–¿Qué es lo que le llevó al hispanismo?

–Puede ser una imagen idealizada de una tierra donde siempre hay sol. Como se sabe, en Galicia o en Asturias no siempre hay sol, pero esta era la imagen que se transmitía acerca de España como contrapunto de un determinismo climático atlántico. Puede ser porque tenía una compañera de padres españoles, que se llamaba Conchita, y entonces pensaba que para poder hablar con sus padres convendría saber español. También porque en mi casa me contaba mi madre que estuvo una mujer con su hijo, refugiados de la guerra civil, y había dejado una impronta en la tradición familiar. También pudo ser por una oportunidad. Yo podría haber sido especialista de literatura francesa o de historia, incluso en algún momento de ciencias naturales, pero al fin y al cabo yo he optado por ser hispanista. Todavía no tengo unas explicaciones racionales de esta vocación temprana.

–¿Qué ha representado para usted esta dedicación personal a la temática española de la literatura, los medios de comunicación, el libro en general, etc.?

–Es mi profesión. Me ha supuesto mucho trabajo y también una inscripción yo creo que original en el espacio. O sea, vivir entre dos tradiciones culturales, vivir de hecho en dos países y yo creo que, al fin y al cabo, me ha permitido ver España en general de una manera distinta a la de los españoles porque mi mirada es una mirada un poco distante, geográficamente distante y culturalmente distante, y eso es normal, y, en cambio, me ha permitido ver mi propio país de una manera distinta porque, después de tantas conexiones y de tanto convivir en España y con los españoles, he empezado pronto a cuestionar un modelo que yo he mamado como hijo de una República y de un sistema escolar que te transmite las cosas como naturales, digamos, cuando son obviamente culturales. Este doble distanciamiento yo creo que me permite, llegado a unos años ya mayores, ser más europeo tal vez, más abierto al otro. Y esa otredad, que dicen a veces los sociólogos-etnólogos, es una dimensión curiosa e interesante para el que la vive porque es vivir desde varias perspectivas. De dos, pero a veces de tres porque ser francés-bretón, bretón-francés, no es exactamente ser francés del sur o de norte.

–A usted le ha tocado desenvolver su función de hispanista en años de la dictadura en España y, en cambio, nació, se educó y desarrollo su vida profesional en una democracia. ¿Cuáles son las cosas que le llamaron la atención cuando transcurría usted por ese camino contradictorio entre la España de Franco y la democracia francesa?

–Yo he vivido tres años en Madrid durante el último franquismo, desde 1971 a 1974. He podido experimentar lo que era vivir en un sistema autoritario, con el control que se sabe ahora que había, controles físicos pero también de las mentes. Yo diría que en aquella época, militante para mí, mi rechazo obvio al sistema franquista siempre estuvo acompañado por una solidaridad con los que en España luchaban en contra. Mi inscripción en el sistema dictatorial franquista ha sido una inscripción incisiva y militante sin claudicaciones. Yo recuerdo aquel Círculo de Amigos de la Unesco de Oviedo que era una tapadera para otras actividades. He podido hablar allí en mis años jóvenes de cosas que faltaban en España. He podido aportar, a través de mis trabajos, cosas que en la España de aquel entonces no estaban autorizadas. Por ejemplo, mi interés por Clarín se debe a que un universitario español que estaba de lector de idiomas en mi liceo dijo que en España no se podía trabajar sobre Clarín, pero que lo hiciera un francés a lo mejor  era posible. Y eso he hecho. Casi cincuenta años después, observo que eso ha permitido algo tan importante como la recuperación del sentido universal de Clarín, que obviamente le faltaba porque era un autor ninguneado, ignorado y ya se sabe que censurado. Por ese camino y con esa voluntad de cooperar humildemente para que el sistema acabara, haciendo también desde Francia de portavoz de denuncia del sistema político y del sistema sindical es la experiencia que he tenido de la España de entonces.

–Y todo esto le ha llevado a ser autor de casi un cuarto de millar de títulos sobre España.

–Ser hispanista supone mucho trabajo.

–Es usted el gran especialista internacional sobre Clarín. ¿Qué le llevó a interesarse tanto por el escritor asturiano?

–Yo no había leído nada de Clarín cuando me aconsejó aquel lector de español, que se llamaba Felipe Álvarez Requejo, que me interesara por este autor semiprohibido o ignorado en España. Luego sintonicé muy bien con Clarín porque, en sus años jóvenes, fue un opositor constante, duro e ingenioso de un sistema conservador y autoritario en los primeros años de la restauración canovísta. Su visión no hispanocentrada me interesó mucho. Clarín, efectivamente un gran asturiano, pero un pensador que yo diría que es de alcance universal. Eso se ve en toda su obra. Es uno de los españoles más abiertos a Europa, a Francia pero también a Alemania y a Inglaterra. Yo diría que la promoción en alguna medida de esa figura también es una manera de oponerse a una visión autocentrada, cerrada a veces a cal y canto con fronteras, aduanas, policías, etc. en la época y todavía hoy. Clarín es asturiano, qué duda cabe, aunque en la Gran Enciclopedia Gallega tiene un artículo por haber vivido seis meses en Pontevedra, pero es también español y es también muy europeo. El ámbito en que se sitúa con su inteligencia es el terruño más reducido, incluso la casa de sus padres en Guimarán, pero también es espacio asturiano, español y europeo. Yo creo que esta triple o cuádruple inscripción suya puede ser muy interesante. Vivir eso ayuda a entender el ser hispanista porque uno vive distintos espacios y, a veces sin procurarlo, sabe inscribirse de manera casi espontánea. Hoy en día, a veces, me cuesta descubrir que no soy español porque yo no tengo la percepción de ser extranjero, pero los españoles pueden percibirme como extranjero y es lógico.

–¿Qué es lo que más ha cambiado del carácter hispánico en todos los años en los que usted se ocupó de su estudio?

–Mucho y de la manera más rápida y espectacular porque, cuando yo estuve por primera vez en España, creo que en el año 1960, el estado de desarrollo, las costumbres sociales,  la sociedad, la Universidad, todo esto me parecía a mí muy de atrás, muy atrasado por decirlo así. Digamos que veinte años después, al filo de los ochenta, España ingresa de manera madura y excepcional dentro del tiempo europeo. Ver en cuarenta años tantos cambios, tantos progresos, el impacto de la libertad, etc. es algo bastante impresionante que obviamente no he percibido en Francia porque el fenómeno del desarrollo había empezado antes, diría yo que en los años sesenta, que es cuando se notan en Bretaña, por ejemplo, una zona muy rural, los efectos del éxodo rural, la urbanización, el acceso a los bienes corrientes, etc. En España eso se hace de manera desfasada y este desfase lo percibo más yo, siendo extranjero, que los españoles. Mi apreciación sintética es que España ha ido para muy bien.

–Si usted tuviese que hacer el hit parade de la cultura española, ¿en dónde situaría sus grandes  valores? Literariamente, por ejemplo.

–Bueno, yo soy del siglo XIX y mis referencias serán más bien clásicas. Espontáneamente yo diría Larra, por ejemplo, porque me parece un maravilloso periodista e intelectual avant la lettre. Diría después Clarín, Galdós, Unamuno, Valle Inclán por supuesto. Son verdaderos hitos. Observo que Valle Inclán es ahora un literato y un dramaturgo universal. Es gallego, pero igual se representa en Francia que en Inglaterra o en otra parte. Unamuno es un pensador que también ha saltado las fronteras. Clarín, a través de las traducciones de La Regenta, también. Yo me adhiero más a esos escritores menos marcados tal vez por su entorno y que, en cualquier caso, han sabido escribir cosas que hablan a gente que no ha nacido ni en Galicia ni en Asturias ni en España, en el País Vasco o en Salamanca. Esos valores literarios podíamos acompañarlos con valores que, por ejemplo, no se observan tanto. El valor de la palabra, el manejo de la palabra a mí me parece todavía un rasgo bastante original de la manera de tratarse la gente en España. El coloquio, o sea, la conversación, debido tal vez a una forma de sociabilidad distinta que todavía permanece, es algo importante. Yo soy un bretón bastante reservado, pero en España hablo más fácilmente con la gente, incluso gente desconocida. Las tertulias organizadas o espontáneas no las hay de la misma manera en mi país y esa espesura de la palabra y del hablar que se puede notar en España es algo que a mí todavía me sigue llamando la atención.

–¿Cree usted que, como han querido alarmar algunas voces en España, el idioma español ha sido puesto en peligro por algunas políticas autonómicas?

–Yo contestaría de manera estadística. De los 400 millones de hispanohablantes, los españoles representan un diez por ciento. Importante, por supuesto, pero no será la lengua española la que peligra. Será, a lo sumo, el uso del español dentro del territorio de España. Es algo que puede ser subjetivo. Desde luego que, en este campo, yo no voy a ser objetivo porque soy partidario del multilingüismo y lo que me cuesta es, a lo mejor, ya no poder hablar bretón. Que un catalán que un vasco o que un gallego pretenda seguir hablando su idioma por principio me parece algo casi de dogma toda vez que no se trate de una actitud excluyente. Lo mismo que podemos vivir varias culturas podemos hablar varios idiomas y utilizarlos según las circunstancias. El negar a otro que hable su idioma a mí me produce un dolor que no me explico porque es algo que ha desaparecido, que está en mi tradición y que ya no volveré a encontrar ni siquiera aprendiéndolo, La gente a lo mejor en las calles de Rennes le asombra que gente emigrada siga hablando su idioma, pero  yo pienso en que mis abuelos emigrados a París seguían hablando bretón.

–¿Esa formación suya del idioma bretón y de su cultura ha constituido alguna herramienta positiva para el hispanismo?

–Yo recuerdo que en mis años jóvenes, tendría 16, empecé a interesarme por el vascuence, el hebreo, el bretón lo aprendí en el liceo, el portugués y el español por supuesto, y esa apertura a otros sistemas lingüísticos yo creo que me sirvió en alguna medida para ser hispanista. Lo que no puedo decir es si el ser bretón sin ser bretonófono, aunque volviera a aprenderlo durante tres años, ha tenido algún impacto porque, por otra parte, yo creo que soy un producto casi arquetípico del sistema escolar y universitario francés. Puedes cuestionarlo o ponerlo a distancia, pero también eres su producto quieras o no. Lo cierto, y con los años lo veo más claro, es que yo no sé si dejaré algún día de ser hispanista, no creo ni lo deseo, pero volveré a interesarme por asuntos bretones y para estudiarlos estoy seguro de que aprovecharé todo lo que en España he aprendido y lo aplicaré. Es un doble movimiento. Durante los primeros años, vamos a decir que por compensación, yo y otros hispanistas aportábamos cosas que no se podían hacer o que no existían en España y yo creo que en mis últimos años será al revés. Yo reinsertaré cosas en beneficio de unas nuevas maneras de ver y de entender y de vivir en beneficio de mi propio país y de mi propia tierra de Francia y Bretaña.

–¿Adivino, pues, que usted está viendo de manera positiva las experiencias lingüísticas que se están llevando a cabo en España, hasta el punto de preconizar alguna forma de exportación a Francia?

–En Francia dudo mucho de que puedan tener los mismo efectos porque una lengua que ha dejado de ser una lengua vehicular, natural y compartida, o sea, una lengua que empieza ser a ser artificial me parece difícil que pueda recuperarse, pero desde luego yo pienso que una organización y administración del territorio nacional se puede hacer de otra manera. La de Francia es una administración bastante concentrada y en los últimos dos o tres años se ve que existe la pretensión de que lo poco que se ha logrado en sentido descentralizador se recupere en beneficio del sistema central. Esto yo, como hispanista, lo explico porque a muchos de mis compatriotas les parece raro que un país pueda vivir así, pero de hecho si uno piensa lo que pasa en Alemania, en Italia o en Inglaterra el caso francés es el caso atípico. En algunos momentos puedo tener mis propias reacciones. Si a alguien en Galicia yo le hablo en español y me contesta en gallego, sistemáticamente, lo interpreto como un mensaje militante. No me cuesta porque yo puedo entender el gallego, pero el que me contesta en gallego sabe que yo no soy español y entonces ¿por qué me contesta en gallego cuando sabe español? Tendrá una intención que a lo mejor puedo percibir, pero me parece un poco rara.

–¿Cómo percibe esa intención militante respecto a los idiomas, sean el gallego, el catalán o cualquier otro?

–Yo creo que de alguna forma hay que ser militante que sino el hecho mayoritario tiene las consecuencias que sabemos. Cualquier idioma tiene que tener esa preocupación. En Francia hay un organismo encargado de la francofonia y su cometido es la difusión y la defensa del francés. Yo creo que la difusión y la defensa del gallego, del catalán, del vasco son legítimas. Otra cosa es que se pretenda erradicar de un territorio determinado el uso de otros idiomas y que, en vez de hablar español en Cataluña se hable inglés o alemán para dirigirse a un extranjero. El español es un gran idioma de cultura practicado por más de 400 millones de hombres y mujeres en el mundo.

–¿Sigue de cerca la evolución del idioma y de la cultura de Galicia?

–Sigo observando lo que se produce y lo que pasa en Galicia. Yo soy un mediocre lector de lo contemporáneo. Obviamente he leído novelas de Manuel Rivas, de Méndez Ferrín, he leído a Cunqueiro y, si me remonto, he leído a Curros Enríquez, a Rosalía de Castro, o sea, gente que ha escrito en gallego y que yo los he leído en gallego, como he leído también a Castelao, pero yo no soy un lector de literatura por afición. Yo cuando leo literatura es más bien por dedicación profesional. Entonces esos autores me han interesado en un contexto. Lo que sí he observado es esa evolución tan rápida de Galicia. Yo diría lo que decía antes de la España de los años sesenta y de la España del 2010. En Galicia el salto es aún más importante. Es impresionante. Si digo modernización no digo ninguna palabra fea. Debido a una urbanización y a unas incorporación a las pautas de consumo, de vivienda y de todo esto, la modernización se puede percibir aún más evidente tal vez que en otras partes, con el añadido, o al menos me gusta pensar que es así, de que Galicia procura conservar todavía partes de si misma que le resultan a lo mejor intocables. O sea, que piensa que en su identidad ha de estar toda esa herencia del campo y del mar y que no lo va a desperdiciar como quizás lo hemos hecho en parte en Bretaña. Espero que en Galicia los abonos artificiales a base de nitrato no estén produciendo esas mareas verdes que estamos viendo en el norte de Bretaña. Espero que en Galicia la urbanización semisalvaje de la costa no le obligue a hacer lo que se está haciendo y con resultados positivos de volver a comprar parcelas del territorio público para preservar las costas.

–No sería yo tan optimista. Menos en la nefasta repercusión de los abonos a base de nitrato que producen algas verdes en Bretaña, la preservación de nuestra costa deja mucho que desear.

–Pues es una pena.

–Una de sus preocupaciones profesionales e intelectuales es la industria del libro y la comunicación en general. ¿Ha encontrado alguna peculiaridad española en estos campos?

–Pensando en el tema del atraso y del desfase español durante mucho tiempo, mi sorpresa ha sido la España liberal, es decir, a partir de los años 1830 hasta hoy, prescindiendo del Franquismo. España ha vivido en parte en perfecta isocronía con Europa. Claro que eso no afectó a todos los españoles ni a todo el territorio español, pero observo que, a lo largo de ese largo siglo XIX, España vive el momento europeo de manera intensa y equiparable con lo que pasa en Francia, en Inglaterra o en Alemania en la época. Está por supuesto muy volcada hacia el norte, pero importa, asimila e hispaniza, puede remedar, puede inspirarse. Hay una calidad profesional que es más notable a principios del XX que a comienzos del XIX, pero que explica en cierta medida que haya habido y siga habiendo grandes editores españoles y que España, que por cierto cuenta con el mercado hispanoamericano y eso explica su buen estado de salud y que España sea la quinta potencia editorial en el mundo. No es sólo porque sepa producir literatura de quiosco, es que sabe producir literatura científica, literatura a secas y hacer que eso sea algo apetecible en España y fuera de España. Sigue teniendo una asignatura pendiente que es la traducción a otros idiomas, menos para la literatura a secas que ese campo sí que tiene aprobado.

–¿Puede estar encontrando el español mayores dificultades para desenvolverse en el campo de las nuevas tecnologías, por ejemplo, que otros idiomas?

–¿Por qué? Recuerdo que en el Instituto Cervantes una vez se planteó si la lengua española podía ser una lengua de pensamiento. Yo no sé como una lengua determinada puede servir mejor para tal cosa. Podemos conceder que algunas lenguas como el inglés, sean más sintéticas que las latinas, pero yo creo que el problema es que las nuevas tecnologías vienen asociadas con el inglés. Yo diría que si sólo sirven para designar un instrumento no pasa nada. Pueden conformar un fenómeno transitorio o fugaz o una función instrumental. Pueden acabar por marcar más los espíritus y las mentes, pero no será el sistema lingüístico el que lo marque, será más bien el sistema de pensamiento que está detrás de la informática. Yo le tengo manía a Power Point. Pienso que es una nueva retórica que se va imponiendo, pero no es una retórica anglosajona.

–¿Cómo ve nuestro idioma gallego desde su particular Forêt de Brocéliande?

–El gallego padece de mi ignorancia y de mi incapacidad para hablarlo. Como yo he estudiado castellano y portugués, se encuentra entre dos idiomas y sé, además, a propósito de la lengua gallega, que sigue habiendo debates entre los que piensan que tiene que caer del lado portugués y otros que piensan que ha de quedarse en otro lado que no es el lado castellano. Está entre dos. Es un estado del idioma que sigue siendo para mí curioso porque no es una mezcla evidentemente, tiene su propia coherencia, pero tiene rasgos. Es un idioma que puedo entender sin haberlo estudiado. Esto me pasa también con el catalán aunque menos. No me pasa, claro, con el vasco. El gallego para mí es, de hecho, algo entrañable porque me parece algo dado u ofrecido al que sabe español y sabe portugués. No me cuesta leerlo ni entenderlo. No me atrevo a hablarlo porque mi fonética es más portuguesa que gallega, pero veo con placer que la gente se exprese naturalmente y no de manera aplicada en gallego y que tampoco le cueste pasarse a otro idioma y el otro idioma suele ser el castellano obviamente. Menos en algunos militantes a los cuales respeto, no me parece haber esa obsesión de que si no lo hablo ahora dentro de 24 horas se va a perder. Lo que no sé es si estadísticamente mi impresión queda confirmada por el uso. Se ve que se publica en gallego y hay una televisión y una radio en gallego, que yo no veo ni escucho desde Bretaña y en España sólo cuando estoy en Galicia. Yo no soy de los que cuando llegan a una habitación de hotel ponen la televisión.

–¿Están los estudios hispánicos en un nivel muy avanzado?

–El hispanismo es una cosa, la cultura hispánica es otra. El hispanismo es ese interés científico por la culturas hispánicas y la lengua española por supuesto. Yo creo que está progresando estadísticamente el español por cuestiones de demografía incluso en Norteamérica, donde hay más hispanohablantes que en España. España es la que lleva el peso y siente esa responsabilidad histórica de hacer que el español sea una lengua importante en el mundo. Que sea una lengua de cultura, para la economía y una lengua que sirva, en fin, para casi todo. Y eso a través del Instituto Cervantes, por ejemplo, sobre el que yo he observado que ha marcado puntos como se dice en el juego de los naipes. Existe la conciencia de que ser hispanófono no es ninguna inferioridad. Ahora veo que muchos españoles tienen a gala hablar inglés, me parece bien, y que se contempla ofrecer másteres en inglés y no en español, pero esto va en contra de mi concepción de las relaciones entre países. Yo creo que puede ser cómodo hablar un único idioma, pero es imprescindible intentar entender lo que el otro dice con su propio idioma porque obviamente lo dice de otra manera. Ya es una cuestión de respeto y a lo mejor puede resultar más eficaz el que acepte y procure entrar dentro de un sistema lingüístico porque es el que va a procurar entender un sistema cultural, una manera de vivir y buscar lo bueno que hay dentro de ella y admitir que eso es algo heredado y que está evolucionando y que nadie tiene el poder de marcar el ritmo. Es un debate en un país como Francia. ¿La integración ha de ser inmediata? Imposible. Sabemos que eso va a durar dos generaciones, tres generaciones, y que a la quinta todavía queda algo. Es un proceso que se hace y es más armonioso si se tiene en cuenta al otro que ya es distinto de lo que era cuando vivía en su país de origen, pero que no es todavía exactamente un ciudadano francés con la tradición multisecular. Y eso que los bretones no tienen esa tradición francesa multisecular, parte de ellos.

–¿Qué tenemos en común bretones y gallegos?

–Algunas condiciones objetivas. Somos periféricos. Somos países de mar. Somos rurales aunque con niveles de desarrollo aún distintos. Somos tierras atlánticas, húmedas. Lo que no mencioné hasta ahora es que tenemos una tradición celta. Eso a mí me parece lo de menos. Yo creo que esos datos objetivos, no históricos sino telúricos o geográficos, son los que nos acercan curiosamente cuando media una distancia mayor que con otras zonas más cercanas. No me lo aclaro del todo por qué, por ejemplo, dentro de España, yo siempre he aislado a Galicia. ¿Con qué perspectiva? ¿Con qué interés? Siempre hay una explicación personal. Para mí no ha sido un gran tema de estudio. En mi producción vamos a decir que tengo unos diez artículos que versen sobre un tema gallego. Uno sobre Emilia Pardo Bazán, otro sobre Valle Inclán, la Gran Enciclopedia Gallega, un artículo de síntesis de la historia de Galicia, un proyecto fallido sobre la prensa local en Galicia de finales de los años 70, cuando iba a Ortigueira a trabajar sobre La Voz de Ortigueira, El Heraldo de Vivero, etc..., pero no ha sido un tema privilegiado. Sin embargo, ¿por qué he ido yo en el año 1976 o 1977 a negociar un convenio con la Universidad de Santiago de Compostela? ¿Por qué la Universidad de Santiago de Compostela y no la de Valladolid o la de Valencia? Seguro que hay algo que fue recibido de esta solidaridad de dos regiones. Non No hablo de aquella liga pancéltica que iba desde la isla de Man hasta Galicia, pero yo creo que hay una manera de afirmar una diferencia con relación al centro, la voluntad de que no quedemos marginados y de que en Bretaña y en Galicia podamos alcanzar los mismos niveles que otras regiones europeas, pero de manera distinta. Es algo que tiene que ver con la identidad y la identidad no la puedo analizar yo para mí mismo. Lo que sí observo es que en Bretaña hay una identidad muy fuerte que puede tener que ver con el idioma, pero el idioma es este caso no es lo fundamental. Yo creo que esa situación histórica y geográfica de país lejano o de tierra lejana, un poco dejado de la mano de Dios –Dios estaría en el centro de Francia o de España–, eso nos ha llevado a ser en alguna medida patriotas de nuestras tierras. Yo he viajado un poco, he ido a otros sitios con la idea siempre de que volvería a Bretaña y de que tenía que volver. No he querido emigrar ni salir de Bretaña definitivamente cuando, muy joven, me propusieron hacerlo. Entonces el director de tesis era un señor todopoderoso y yo me acuerdo de que el mío me dijo: "Botrel, hay un puesto en Niza y usted va a ir a Niza". Ni hablar, dije, yo me voy a quedar en Bretaña. ¿Por qué? Posiblemente porque mis abuelos habían tenido que emigrar porque no había trabajo, pero yo pretendía que en Bretaña se pudiera trabajar. Y pretendía que en Bretaña pudiera haber incluso hispanistas con vocación internacional.

–¿Cree que se podría hacer algo concreto para ahondar en las relaciones entre las realidades gallega y bretona?

–Desde luego, cooperación universitaria, por ejemplo, la hay. Lo que hicimos en los años 70 con un convenio de cooperación ha producido que de manera constante, año tras año, a nuestra Universidad han llegado colegas de la Universidad de Santiago de Compostela  como lectores, profesores invitados, asociados y esto ha nutrido en cierta medida el hispanismo de Rennes, en alguna medida bretón. Que exista hoy en día un centro de estudios gallegos y se enseña el gallego en mi Universidad alguna razón tiene. Esa cooperación en un marco europeo nos lleva a plantearnos de otra manera la formación de nuestros estudiantes. En que esa cooperación se haga más intensa yo sólo veo ventajas porque eso permite dar más fuerza a nuestras expresiones de países periféricos. Dentro de los grandes equilibrios europeos, el punto de gravedad se desplaza hacia el este y nos deja más marginados aún. Es una política de regiones periféricas y yo creo que la gente se ha mentalizado y los políticos tienen la capacidad de hacer que las instancias europeas no se olviden de que existen estas regiones que pueden presentar ventajas que no sean únicamente unos conservatorios naturales aunque, valga la verdad, después de protestar contra la visión de los cargos europeos sobre Bretaña, por ejemplo, ahora casi echo de menos que no hayan sido más duros protegiendo más nuestra naturaleza que ahora para un bretón –y para un gallego supongo lo mismo– es un verdadero trauma descubrir que el agua en Bretaña no se puede beber. El agua, que es el fundamento de lo nuestro, está a menudo contaminada por los nitratos y tenemos que comprar agua mineral. No puede ser.

–Usted ha sido delegado del gobierno para educación en Córcega, rector de la universidad de Rennes2. Quiere decirse que ha tenido su propia experiencia administrativa. ¿Qué le representó eso?

–Yo nunca he hablado mal de la Administración. Desde luego, que es algo imprescindible. Un país que no tiene administración es un país perdido, un país que no progresa. Administración que no digo burocracia. Hay que administrar un sistema. Un país, una Universidad, un distrito, etc. De maneras distintas. Por ejemplo, observo, que la manera de administrar los temas de educación de España es distinta de la francesa. Todavía me interesa ver cómo se organiza una sesión de exámenes aunque parezca mentira, me interesa saber cómo se administra el dinero público y cómo se administra bien y no mal. Hace poco estuve en Santiago de Compostela y, en un encuentro con el nuevo rector, hablamos de estos asuntos que ahora para mí son una cosa lejana, pero todavía actual porque creo que como ciudadano la Universidad es un tema que nos debe importar. Dejado esto claro, para mí haber sido administrador elegido primero, como rector, y actuar en nombre de una colectividad que ha depositado en un equipo y en un rector su confianza de ir hacia adelante, ha sido algo muy importante. Ese interés forma parte de mi concepción de la vida. Yo creo que hay que comprometerse con el mundo y con las cosas, aún más si quiere uno que cambien y la manera de tener cierta influencia en la marcha de las cosas es trabajar y comprometerse socialmente y dedicar un tiempo de nuestras vidas a esto. Yo creo que he dedicado quince años o más como sindicalista, como vicerrector, como rector, como delegado ministerial, como director del Instituto Nacional de Investigación Pedagógica y en estos periodos he dedicado mi tiempo a asuntos ajenos a mi propia esfera familiar y personal, pero diría que nunca he dejado de ser hispanista. Era hispanista los domingos. En mi producción es curioso ver cómo efectivamente varía según los momentos, pero yo creo que nunca he dejado de producir algo. Tal vez un año en Córcega, donde no he podido moverme, pero sino siempre he estado en contacto con mis colegas, he seguido publicando y participando en coloquios porque no hay una escisión, digamos, entre lo que hace un científico y lo que hace un administrador. Para mí no son dos mundos separados. Son complementarios y diría que la vida asociativa forma parte de mi vida. Ahora soy presidente de un club de remo y para mí tiene la misma importancia en términos filosóficos y vitales. Es una contribución que cada uno ha de aportar a la vida en común y, si ese tejido social se descuida, sabemos lo que va a pasar: cada uno se refugia en su propia esfera y se desagrega una sociedad y a veces el mundo. Esa experiencia administrativa, a veces dura y muy exigente siempre, me parece muy positiva. Algunos administradores pueden pensar de otra manera, pero para mí es algo coherente y la coherencia  personal ayuda a vivir.

–Los entrevistadores antiguos solían terminar preguntando si el entrevistado quería añadir algo más. En su caso, ¿cuál  sería la respuesta?

–Que, cuando hago el recuento de mis experiencias gallegas, me doy cuenta de que Galicia es la única parte de España en donde he veraneado. Para que veranee en España tiene que tener algo especial Galicia. A propósito de Galicia he tocado algunos temas como la literatura y la prensa, he estado en Ourense, en Santiago, en Cedeira, en Ortigueira, en Espasante, y he recorrido casi toda la geografía gallega, incluso creo que sé hacer una queimada. Para mí ser presidente del comité de hermanamiento entre Paimpont y  Cedeira ha sido una gran experiencia porque se trataba de Galicia y porque me permitía aportar algo como conocedor de España. Cuando actué de presidente de ese comité se empezaron a dar clases de español. Hay parte de los de Paimpont que saben ahora hablar un poco de español gracias a esto. Pero no hemos llegado a enseñar el gallego, y a los de Cedeira aún les parece que Paimpont les queda muy lejos.