«La Revolución de Septiembre vista y vivida por Leopoldo Alas (a)  Juan Ruiz (1868-1869)»

en Julio Prada Rodríguez, Domingo Rodríguez Teijeiro (eds.), Indivisa manent. Estudos en homenaxe a Jesús de Juana , Vigo, Galaxia, 2019, pp. 233-268. 

La Revolución de Septiembre vista y vivida por Leopoldo Alas [1] (a)  Juan Ruiz (1868-1869).

Cuando el 18 de septiembre de 1868, se subleva la Marina en Cádiz, y, al día, siguiente se publica por el almirante Topete el manifiesto que acababa con el grito “¡Viva España con honra!”, principio de la futura Gloriosa Revolución de 1868, el joven Leopoldo Alas (16 años) está en Asturias, en Guimarán a como dos leguas de Candás y de Gijón, redactando el número 22 de  Juan Ruiz , un periodiquito manuscrito humorístico semanal que, cada domingo [2] , viene “publicando” desde el 8 de marzo de 1868 [3] , y no se entera. Solo a partir del siguiente número publicado el 27 de septiembre, empieza, con bastante suspicacia a referirse a la revolución (“Si vence la revolución, formándola elementos tan heterogéneos, ¿qué nos sucederá?”), pero en adelante, semana tras semana y, a partir del n° 28 de 29 de octubre, los jueves y los domingos [4] , hasta finales de 1869,  Juan Ruiz, el redactor único del periódico epónimo [5] , va a comentar, desde Oviedo, la actualidad de la Revolución que está viviendo directa o indirectamente, pero con intensidad.

De ahí que el  Juan Ruiz sea un “documento extraordinario para conocer el momento histórico en que se escribió” (Martín-Gamero, 1985, 22) y que, a pesar del sesgo humorístico y de su visión distorsionada del momento, el  Juan Ruiz venga a ser un curioso y precioso egodocumento sobre la Revolución del 68 vista a distancia y vivida  in situ por un joven estudiante —de quinto de bachillerato —aún no es bachiller—, pero no por joven menos apto para dar cuenta de la situación y valorarla. Un documento que a través de las sensaciones, expresiones e interpretaciones que contiene y revela,  habla  —su expresión es más bien coloquial, en sentido primero, y dialógica— sobre el impacto que pudieron suponer para parte de la juventud burguesa provinciana las primeras semanas y los 15 primeros meses de la Gloriosa.

1 . El  Juan Ruiz como egodocumento. Antes de utilizar el  Juan Ruiz como clave de acceso a un sentir y opinar particular más o menos representativo, conviene caracterizarlo y justificar su valor documental. 

 Menos el formato [6] , el  Juan Ruiz tiene todas las características de un periódico festivo, politemático, con su programa y principios [7] , su cabecera [8] , sus “numerosísimos” suscritores [9] , sus colaboradores [10] , sus secciones fijas, su folletín, su correspondencia con el lector, sus logogrifos, sus charadas, etc. y, por supuesto, la socorrida gacetilla o revista de prensa, con abundantes y constantes referencias a la prensa asturiana [11] y madrileña [12] cuyos títulos sabemos que, con la libertad de imprenta, se multiplicaron. Incluso se inserta algún “mono” de fabricación casera [13] . Cada número consta de 16 páginas.

 Es un periódico como si… o la ficción muy real de un semanal como Dios manda (o casi).

 Es un periódico humorístico —así lo calificó el propio Leopoldo Alas [14] —, cuyos modelos son obviamente  Gil Blas y  El Cascabel [15] ,  de los que Juan Ruiz es lector asiduo [16] y a los que envía unas colaboraciones espontáneas [17] , con artículos en prosa para los fondos o las ficciones pero también mucho verso periodístico, festivo o epigramático, con formas métricas muy variadas: romances, letrillas, redondillas, quintillas y hasta versos de aleluyas tetrasílabos.

 Como ocho años después el joco-serio  Solfeo , aunque en circunstancias algo distintas, podemos decir que  Juan Ruiz se propone “tratar en tono humorístico, en son de bromas a las veces, y a las veces irónico, inocente en ocasiones, siempre ligero y franco, en estilo llano y natural cuantas cuestiones de algún interés se traten por la opinión pública, o se ventile en la prensa” (Botrel, 2002, 20-21). El 17 de diciembre de 1869, el propio director-redactor del periódico que ahora se titula  El Bachiller Malalengua , alude a “la inveterada costumbre de no publicar trabajos que no sean del género jocoso” y efectivamente, un “tono jocoso e hilarante […] impregna todas las páginas del periódico humorístico” (Romero Tobar, 2006, 24).

 Esto obliga a tener en cuenta el prisma de este  parti-pris para poder descifrar el verdadero sentir de Leopoldo Alas [18] , y también a fijarse más cuando se atenúa o desaparece puesto que no falta algún “articulote seriote [19] ”.

 Es un periódico unipersonal y uniredaccional: Juan Ruiz es un periodista-orquesta, es decir que, multiplicando las voces periodísticas, toca todos los instrumentos para una partitura por él definida —o una partitura que va escribiendo—, con una relación con la actualidad que no es permanente y resulta casi siempre mediada por la prensa, menos para lo que a Oviedo respecta. Al ser un periódico escrito y  manuescrito por una sola persona —Leopoldo Alas—, tiene un indudable valor como egodocumento. 

 Es un periódico manuscrito único [20] ­—no se conocen copias [21] —, “escrito para su diversión”, según Romero Tobar (2006, 22) o “vehículo de aprendizaje literario”, según Richmond (1987a, 26), con una finalidad aparentemente narcisista. Una consecuencia es que, como reconoce el propio Juan Ruiz “los tiros de [su] sátira no han de llegar a los escaños del Congreso” (Fillière, 2013, 300). Pero llama la atención el carácter muy dialógico de la escritura periodística de  Juan Ruiz (Richmond, 1987b, 113-114), un diálogo consigo mismo —­interno­— a través de unos desdoblamientos curiosos, pero también un diálogo constante con sus supuestos lectores, un lector ficcional que bien pudo encarnarse en los contertulios de Leopoldo Alas, los domingos por la mañana, por medio de una lectura en voz alta [22] . Aunque no lo diga explícitamente en sus memorias Armando Palacio Valdés (1945, 800b), se puede suponer que el  Juan Ruiz entraba en los artículos, cuentos y versos» y discursos que se leían los domingos por la mañana en Ateneo fundado en casa de los «dos americanos» ante una docena o poco más ateneístas [23] .

 No es muy arriesgado pensar, por consiguiente, que lo que parece ser un egodocumento autocentrado pudo tener como destinatarios y lectores un grupo etario bastante homogéneo, dentro de una sociabilidad juvenil muy marcada, como se verá en seguida, por la circunstancia de la Revolución, lo cual acrecienta sobremanera el valor documental de  Juan Ruiz .

2. “Yo haría las cosas de otra manera”, escribe  Juan Ruiz (p. 244), el 27 de septiembre de 1868, refiriéndose al pronunciamiento de la Marina en Cádiz el 18 de septiembre y antes de la batalla de Alcolea del 28 [24] .

 Así las cosas, aunque desde hace tiempo se barruntaba que la situación de la monarquía era precaria y que se avecinaban sucesos excepcionales (se pueden encontrar a posteriori ecos prerrevolucionarios en el  Juan Ruiz [25] ), a partir de este número empieza la Revolución a ser tema tratado con regularidad.

En este n° 23 [26] , escrito en Guimarán adonde, a finales de julio, Juan Ruiz había ido a “remojarse”, el artículo de poético y simbólico título “Al caer de las hojas” nos presenta a un periodista que con sus 16 años está ya acostumbrado a pronunciamiento por verano, y comprueba que se armó la… flaca, pero también se maravilla de todos los acontecimientos que ocurrieron en tan poco tiempo: cayó González Bravo, subió Concha, la marina se sublevó en Cádiz, el fuego se extendió hasta Santander: “sabe Dios a donde irá a parar o parir”, dice —y añade, desconfiado: “regularmente nada o cuando más una milicia nacional ¡ Y para esto tanta sangre!”.

Una hipótesis sin embargo es que venza la revolución [27] , lo cual según él propiciará otra revolución y otra y otra. Y ¿si no vence? : “más vale no pensar en ello”.

Lo cierto —y es una información sobre cómo se vivía la situación en aquel entonces, desde dentro—, es que “ya no se puede sufrir tanta opresión”, que “tanta opresión ahoga y a veces es preciso pegar unos cuantos garrotazos”.

De cualquiera manera, a los señores liberales —“los que se unen a otros que quieren hacernos creer que son también liberales”—, les dice que “la revolución ya no se hace así”, y Juan Ruiz “ haría la cosa de otra manera”. ¿Cómo? “Me es imposible ser más claro [28] ” y viene lo de “tan tan tan niña a tu puerta llamando amor está la niña”, una niña que se adivina que es “bonita” y, en clave, sugiere que para él la revolución debiera hacerse con la República.

Como casi cierre del número, inserta un esperanzador logogrifo, también en clave, pues. La palabrita que hay que adivinar consta de cinco letras y “de perderla está en un tris/mi amada España y se alegra/de todas veras”. La solución se da el número siguiente (n° 24): es  Reina , cuando Isabel II y la Corte ya se han marchado al exilio, a Francia.

Hay que esperar hasta la semana siguiente, después de la salida de España de Isabel II y de la entrada en Madrid de Serrano, para que, siempre en tono festivo, pero con menos pies de plomo, empiece a referirse a lo que puede significar la revolución [29] .

El n° 24 de 4 octubre, ya es un número principalmente dedicado a la revolución, una revolución que Leopoldo Alas no ha podido presenciar por estar todavía fuera de Oviedo [30] : pero le habrán contado, como lo hace Adolfo Posada años después (1946, 95-96), «las explosiones populares, las carreras y las escaramuzas —alguna trágica— que en Oviedo se produjeron en los días de la «gloriosa», las «ruidosas manifestaciones callejeras realizadas aquellos días por los enardecidos rapaces del pueblo, entonces «soberano» que constantemente cruzaban por las principales calles, cantando el himno de Riego al compás de los guijarros que todos batían con sus manos» ; el «bochornoso espectáculo del busto de bronce de Isabel II arrastrado por las calles atado el busto por el cuello con una cuerda» ; la proclama por Manuel Pedregal desde el balcón de las Consistoriales del destronamiento de Isabel II, del triunfo de la democracia y de la constitución de la milicia nacional .

Así y todo, el artículo con que encabeza este n° 24, con un sonoro

“¡ Respiro al fin!”, suena verdaderamente a alivio y liberación.

En este como artículo de fondo, que empieza prescindiendo adrede de los vivas a la Libertad, etc. etc. —“Bien sabéis que amo mucho todo eso”, confiesa  Juan Ruiz —, y “echando un grano de incienso en el altar del pueblo español”, ya se registran dos cambios fundamentales: “cayó Isabel de Borbón, así como suena. ¿Es esto algo?” y “Se proclamó la Soberanía nacional. ¿No es esto mucho?”. Ya puede empezar  Juan Ruiz y cualquiera a decir las verdades que les parezca: que “Luis González Bravo era un ladrón” [31] y que “la reina de España era una… desgraciada”, y seguir desconfiando de los “entorchados” (los generales) y del amalgama progresistas y unionistas (“¿todos unos?”). Ya se pueden dar vivas a la libertad (aunque “falta el rabo por desollar”, puntualiza  Juan Ruiz ), al pueblo español “moral, civilizado, enérgico y católico”, al pueblo español soberano que “al verse Soberano no se entregó a venganzas justas” y “está dispuesto a no dejar ya jamás su soberanía aunque se le amenace con los horrores de la guerra civil” (p. 253). Total: “se ha hecho una revolución acaso —Dios lo quiera—radical, sin que la sangre corriera, puede decirse, pues solo en Santander, en la gloriosa Santander [32] y en el puente de Alcolea tuvo que llorar la patria el sacrificio de algunos nobles hijos” (p. 252). Olvidándose por un breve espacio de sus supuestos humorísticos,  Juan Ruiz insiste sobre el carácter incruento de la revolución, pero en seguida vuelve a las andadas imaginando, en “Soliloquio de un neo” (pp. 253-4), los lamentos de un neo-católico en vista de lo que pasa: la Soberanía nacional, la libertad de imprenta, la de Enseñanza, la de cultos [33] : “El Anticristo vive entre nosotros”, es su casi apocalíptica conclusión.

Pero donde se suelta del todo Juan Ruiz, de manera claramente insultante, es en unas seguidillas compuestas tituladas “A (doña) Paquita (en sus días)” (pp. 256-258) o sea: al ex rey consorte, Francisco de Asís de Borbón : “¡Paquita ingrata,/ para qué nos dejaste/ yéndote a Francia!”, dice, e imagina cómo los desperdicios de la corona hubieran dado “para una gran comida/ en cualquier fonda/ y fuera bueno / saborear un guisado/ de carne y de cuernos”, con un brindis de Paquita “por el bien de la reina (sin mayúscula)/ y el de Marfori/ que eran los guapos/ que componer sabían/ tales guisados”. Conclusión de las seguidillas: “Queremos que te vuelvas/ pero con tiempo, /manda que te nos manden/ por el telégrafo […] Me dices que no quieres/gimiendo ¡ay niña!/Temes que los hispanos/te den morcilla…/Fuera bonito/merendarse a Paquita/por San Francisco! [34] ”.

La victoria de la libertad tiene por efecto una liberación de la palabra y del uso de la palabra, inclusive dentro del patrón festivo y confidencial del periódico manuscrito. Compárese el sistema alusivo vigente antes del 27 de septiembre y lo que pasa después, cuando lo reprimido brota y lo clandestino se hace público —es un decir— dejando paso — habría que comparar con  Gil Blas—  a un estilo chocarrero y hasta soez que también caracteriza el fragmento de la “Égloga” (p. 283) cuyos protagonistas son: Frasquito (“Paquito el manso”), Isabelita (Segunda) y Carlitos (Marfori) que cuando “acostarse quisieron/y aunque solo dos camas encontraron/ todos en cama, dicen, que durmieron,/mas, ay, que Frasco el bolo/ lloró de noche porque estaba solo”, algo no muy distinto de los muchos panfletos que corrían por ahí desde hacía tiempo —y no solo  Los Borbones en pelota [35] .

¿Igualdad, libertades y orden? En cada uno de los siguientes números del  Juan Ruiz , se pueden encontrar ecos de la revolución, pero sobre todo, con notoria capacidad para establecer una jerarquía dentro de la información que le llega, unos comentarios, en artículos de fondo o gacetillas, en prosa o en verso y siempre de modo jocoso, de la actualidad local y nacional según llega a percibirla, en los que se defienden, siempre con cierta cautela, el espíritu de la Revolución y muchas de las medidas tomadas, y se emiten opiniones sobre casi todo.

De pasada y a su manera siempre jocosa, da cuenta de las inquietudes o preocupaciones de una parte de la opinión opuesta a la Revolución. Veámoslo.

Con la Revolución no han desaparecido los neos ni los carlistas, y  Juan Ruiz sigue manifestándoles una clara repulsa: a los neocatólicos, los “pobrecitos neos” que “por la Primavera/la quieren armar” les dedica unos “Bufidos y bufonadas” (pp. 396-9) : “¡ Dejadlos que sueñen/—pobrecitos neos!—/jamás sus deseos/por más que se empeñen/se podrán cumplir” y, semanas después (pp. 466-468), hace una traducción muy libre (en quintillas y con cuchufletas) del manifiesto electoral de Nocedal. En cuanto a los carlistas que afirman que “a no mandar Don Carlos preferirán república”, “yo no me trago el anzuelo” dice Juan Ruiz (299-300) y al Niño terso, Carlos VII (“según él”), le recomienda: “No quieras llevar un feo/(y dispénseme su alteza),/mas te digo con franqueza/que te vayas a paseo”.

Tampoco han desaparecido los turroneros y pasteleros, los que “presupuestovorean” (p. 457), los “pancistas” hacia los que manifiesta una total desconfianza o repulsa, así como hacia la clase política en general. 

Se mete con Olózaga, comensal de la exreina (p. 423), con Adelardo López de Ayala, ministro de Ultramar (Juan Ruiz se declara partidario de la independencia de Cuba [36] ) y con Sagasta (pp. 453 y 477). Pero el que más inquina le merece es Prim [37] , cuyo nombre suena por todas partes, hasta bajo la pluma de su admirado Victor Hugo: “Prim, Prim, Prim, Prim, ¡ Y siempre Prim!”, y sigue mandando y sigue haciendo barbaridades” (pp. 360-361). Lo dice muy a las claras Juan Ruiz: “grito siempre «Viva el Pueblo», pero no habrá quien me haga gritar «Viva Prim»“ (p. 294).

En cuanto al Gobierno (provisional) constituido el 8 de octubre,

“al principio era franco, liberalote, sencillo, nada en él era reservado.

 Después ya fue recojiendo velas, nada de franco, poco de liberal, nada de sencillo, mucho de astuto tenía.

 Y hoy por último, vuelve a ser franco, ¡pero qué franqueza! “El gobierno está dispuesto a tomar medidas enérgicas” […] “a dar la batalla en cualquier terreno que sea”.

 Pueblo, pueblo, ¿ves cómo se chulean contigo?” (p. 376)

 Conclusión: “el pueblo va a ser engañado otra vez” [38] ,

 En el mismo número, suena como muy desengañada la letrilla dirigida al “pueblo querido,/pueblo de España”, cuyo estribillo es “Orden, más orden/Calma, más calma”. Esta estrofa, por ejemplo (p. 378):

“Ama al Gobierno

que te prepara

para año nuevo

todo un monarca

y otras mil gangas

y aunque te quiten

antes de Pascua

las libertades

que conquistaras

no te enfades

y siempre guarda

orden, más orden

calma, más calma”

Tras pasar revista, el 10 de enero de 1869, a c ada uno de los nueve ministros del Gobierno provisional [39] concluye  Juan Ruiz (p. 477) “si me dan a escoger/me quedo si puede ser/de los nueve sin ninguno”.

En esta primera fase de la revolución septembrina, se nota, pues, en el joven Alas, primero mucha desconfianza hacia la clase política y, sin que desaparezcan sus inquietudes respecto al porvenir de la Revolución, una clara afirmación y celebración del protagonismo del pueblo soberano y de la victoria de la libertad a raíz de la caída de la monarquía isabelina.

Pero siempre, por supuesto, en clave humorística. Las reivindicaciones en punto a igualdad son, por ejemplo, un pretexto para una burla en “Toos semos iguales” (p. 271), con cuatro breves pero divertidísimas escenas situadas en la fuente, en casa, en la plaza y “en cualquier parte”. En el sainete titulado “Y la casa por barrer” (pp. 404-408), Safo mujer de Plácido, una mujer “en política empapada”, se ha calado el gorro frigio y está en un “mitihing” perorando sobre esta y la otra libertad, diciendo que es necesario emanciparse, mientras Plácido está en casa cuidando al rapaz y dándole la papilla, y la casa por barrer. Se lo reprocha Plácido, con la siguiente respuesta de Safo:

Mas dime, ¿en qué siglo estamos?

¿entre qué gente vivimos?

Si a la mujer oprimimos

¿para qué nos ilustramos?

Ha de vivir la mujer

a la escoba siempre atada,

no debemos de hacer nada

más que la casa barrer?

Si el femenino talento

Es al vuestro superior

Y una mujer, sí señor,

Vale de hombre por un ciento,

Si el corazón femenil

Es en estremo sensible,

Tan hermoso y bonacible

Como las auras de abril;

¿no fuera una ingratitud

Querer al mundo probar

Del bien que le habrá de dar

La femenina virtud?

Judihit su pueblo salvó

De una odiosa tiranía,

¡quién sabe si en algún día

Otra Judihit seré yo! (p. 407).

En este sainete, la última palabra la tiene Plácido quien le pide a Safo que se deje de reuniones y necedades y cuide al hijo que parió, pero, aunque con la inversión de papeles en este matrimonio al revés, la intención es provocar a risa el público de varones, también se sabe/sabemos que con la Revolución del 68 coincidieron las primeras reivindicaciones feministas de las que indirecta y sesgadamente  Juan Ruiz se hace eco.

Lo que más comentarios le merece a  Juan Ruiz , son las primeras medidas tomadas al hilo del Manifiesto del Gobierno provisional de 25 de octubre de 1868 donde, además de la expulsión de la dinastía, se contemplaba la instauración del sufragio universal, de la libertad de cultos, de enseñanza, de imprenta, de reunión y asociación. 

Sobre la libertad de cultos, una “alteración esencial en la organización secular de España” como declara el Manifiesto de 25 de octubre, el 11 de octubre, ya había recogido Juan Ruiz la opinión de su abuela, Doña Sopalanda Mangaestrecha de Tontuna, “señora de sanos principios y de rectas costumbres, beata por inclinación y casada por resignación y curiosidad” quien no para de cantar la canción contrarrevolucionaria “Pitita, pitita bonita [40] ”, réplica al “Trágala”, y no duda en pedir que entre todos los que se precien de católicos, apostólicos y romanos se haga salir a palo limpio a todos esos “negrazos”, “herejes de protestantes” y demás “ herejazos” partidarios de la libertad de cultos (p. 264). “¡Fuera esos perros, esos herejazos, a la hoguera con ellos, que así lo manda Dios!”, grita la abuela. “No les parece a VV. que sin ser absolutista, como ella es, opinan muchos como Doña Solapanda respecto a la libertad de cultos”?, comenta  Juan Ruiz (p. 265). Y ya que “hay muchos que la escarnecen por que no la comprenden”, para  Juan Ruiz , es “obligación de los periódicos que se precian de liberales dársela a conocer al pueblo tal como ella es, para que pueda admitirla con conciencia de lo que es verdaderamente” (p. 265). Lo cierto es que como “cristiano viejo” no consiente quedar sumiso a la Iglesia (“si al Papa le viniese a las mentes echar mano de los españoles para defender su injustificable poder temporal, ¿tendríamos que ir toiticos vestidicos de zuavicos a propagar las doctrinas desinteresadas de aquel señor?”; p. 349) ni a los “curicas”, y tampoco a las “hienas vestidas con piel de oveja “, los jesuitas, cuya compañía acababa de ser disuelta, el 13 de octubre. Esto lo deja sentado un poco después en la segunda de las cartas ficticias que reproduce  Juan Ruiz y son donde se encuentran las expresiones más sistemáticas sobre cuantas medidas había tomado el Gobierno provisional hasta aquel entonces. Se trata de la “Carta de una señora a  Juan Ruiz ” (n° 34 de 19 de noviembre) y de la “Carta de  Juan Ruiz a una señora católica” n° 35 de 22 de noviembre). Tanto la misiva de esta señora que “no parte peras con los liberales”, como la contestación de Juan Ruiz, aunque en ambas incida, como casi siempre, el sesgo humorístico, permiten hacerse una idea de las opiniones encontradas vigentes en las primeras semanas de la Revolución.

Sobre la libertad de asociación, por ejemplo, que según la señora católica es “una grandísima bellaquería porque lo mismo que puede juntarse la gente para tratar de cosas santas y buenas […] puede hacerlo para conspirar o tratar de heregías […]. Pero vienen los señores liberales y cambian la tortilla, esto es, dejan reunirse con entera libertad a ciertos malvados para tratar de mil picardías y prohíben que se junten los hombres y mujeres de buena voluntad”. Para Juan Ruiz, en su respuesta, “la Libertad de Asociación permite reunirse a los hombres, sí señora, pero no les permite minar y corroer el edificio social en sus sanos y respetables principios”. De ahí que, si bien condena los abusos de que pueden ser víctimas las monjas, no protesta contra el que, a raíz del decreto del 18 de octubre [41] , las monjas de Santa Clara de Oviedo hayan tenido que abandonar su convento.

A los argumentos de los adversarios de la Revolución, les aplica Juan Ruiz, toda la fuerza latente del humorismo, pero de manera muy dialéctica, como se ve.

En cuanto al sufragio universal instaurado el 9 de noviembre de 1868, lo celebra de antemano el 25 de octubre (“¡3.000.000! de españoles podemos votar!”) enunciando, en boca de Mengano, sus propias condiciones para votarle a quien quiera representarle en las próximas Cortes. Pero, claro, a Mengano y Leopoldo Alas les faltan todavía como nueve años (de 16 a 25) para poder llegar a ser elector…

Pronto, las elecciones municipales en Asturias le permiten comprobar, el 27 de diciembre [42] , que el sufragio universal era una “mentira” ya que “la influencia de los caziques ( sic ) y mandarines —palabras tan usadas en el día— existe hoy lo mismo que en los peores tiempos de González Bravo existía” (p. 435) y que el sufragio “no es lo que verdaderamente debía ser” y “es inútil para expresar la verdadera opinión del país” (p. 435). Pero cuando se perfilan las elecciones a las Cortes constituyentes de 15-18 de enero de 1869 [43] , por más que esté “convencido de que las Cortes constituyentes no representarán la verdadera opinión del país”, no duda en afirmar que “hay que acatarlas porque son legítimas, porque están basadas en el Sufragio Universal” [44] (p. 437).

Sobre las demás libertades instauradas a raíz de la Revolución, como la de imprenta, se alegra de que “gracias a Dios y a nosotros” podamos decir en letras de molde todo lo que sepamos […]; para hacer un periódico no hay que andar con depósitos y otras tonterías”, pero también lamenta que todos se quieran meter a periodistas y la “lluvia de periodicuchos que está cayendo sobre nosotros” (p. 269) e insta a los que carecen de la instrucción y práctica necesaria para el caso a que procuren instruirse algo más, no para publicar periódicos, sino para conservar esa libertad que tanto les gusta “y a mí también” (p. 271). A la misma señora católica que se quejaba de que hoy ninguna persona de vergüenza pudiera leer “esos periódicos que circulan por todas partes”, le concederá Juan Ruiz que es verdad que muchos papeluchos y demás libelos que andan por ahí pueden causar rubor e indignación, a no causar desprecio. Pero, “la causa de este mal no está en la Libertad, sino en los neos que son malos de por sí”, sentencia, refiriéndose a  La Gorda ,  El Papelito y otros libelos. A la libertad de enseñanza como el gobierno “la comprende, y como yo no quiero comprenderla”, solo alude de esta manera harto enigmática ( p. 375).

El trono en la rinconera . Caídos Isabel de Borbón y el gobierno “que nos oprimía” y proclamada la soberanía del pueblo, para Juan Ruiz, urge “construir el gobierno que nos ha de regir” (p. 252). Esto lo escribe el 4 de octubre, pero a partir de la semana siguiente, empieza a rebatir eso de que “el trono es un poder legítimo”. Para  Juan Ruiz ,

 en el siglo diez y nueve todo rey está ocupando un lugar que no le  pertenece.

  O de otra manera, ningún rey es legítimo en nuestra época.

  Porque la legitimidad no ha de venirle por ser hijo de su padre, cosa que  nos pasa a todos, sino de ser rey por la voluntad del pueblo.

  ¿Y hay algún rey que en la verdadera opinión de su pueblo deba serlo?

 Ninguno, absolutamente ninguno.(p. 260).

De manera más directa, dejándose de filosofía política, afirma que “el trono solo sirve para encima de una rinconera, y si esto os parece poco, que bien puede ser, para colocarlo en un altar, por supuesto después de bendecirlo, porque en estos últimos tiempos no anduvo muy limpio que digamos” (p. 262). “Solo pasaría yo por tener rey si bajara a serlo Jesucristo en persona. De Cristo abajo ninguno” (p. 294). “El mejor rey… ninguno” proclamará después (p. 438).

Pero, en  Juan Ruiz como en cualquier periódico, también manda la actualidad y en los siguientes números, después de desear que caso de que haya de votar un rey ­¡maldito caso!— no sea “ninguno de esos principitos extrangeritos que nos andan haciendo la rosquita” (p. 281), tendrá que resignarse a comentar las pretensiones del duque de Montpensier (pp. 414-415) y en “¿Quién será, como será, cuándo vendrá?”, el 27 de diciembre, los méritos respectivos del portuguesiño, del de Cariñena (Carignan), del duque de Aosta [45] , del de Londres, de Antoñico de Orleans, y de don Baldomero [46] (pp. 439-440). A sus lectores les pide que si llegan a averiguar quién y cuándo viene, “díganlo por piedad; quiero darle una silba/a su real majestad”.

“Yo soy republicano”. Porque  Juan Ruiz , fácilmente se deduce aunque no lo diga expresamente, hasta el 25 de octubre (“yo soy republicano y toda mi progenie, si la tengo, lo será también” p. 284), está a favor de la República.

Acude a las reuniones de la tertulia republicano federativa o círculo democrático republicano federal [47] , presencia la reunión de “Los liberales en el teatro” (“de nuestra capital”) de la que da cuenta , a manera de comedia o drama, el 5 de noviembre de 1868 (pp. 309-314),  y participa en la manifestación del 29 de noviembre de 1868 en Oviedo : más de 6.000 almas (“algunas de cántaro”) con estandartes y banderas, una charanga y una banda . “No todo era de trigo” ­comenta  Juan Ruiz : muchos demócratas a lo Primero [48] , es decir a medias, y muchos monárquicos del todo.  Juan Ruiz  acudió como otro cualquiera “con su hojita de laurel” (p. 373). Pero tampoco deja de burlarse de los liberales de Asturias, menos de Manuel Pedregal, de sus correligionarios, como aquel zapatero republicano del Club que afirmaba que “la República federatista o federnal o como se diga, y que yo no entiendo de rintóricas, es la salvadura del reino” (p. 416) y, sobre todo, desconfía de los extremos republicano-federales.

Se entiende, por ejemplo, que  Juan Ruiz  censura la conducta de los sublevados de Cádiz (5-8 de diciembre de 1868) y los “excesos que cometieron”: “los que llaman en su ayuda a los presidiarios y se entregan al pillaje no pueden defender una buena causa, sea su grito el que sea” (13 de diciembre, p. 404). El 20 de diciembre (p. 422), al recordar que  “ Cádiz, en donde nacieron/nuestras libertades siempre/contempla a su noble pueblo/con sangre republicana/regar, sí, regar el suelo”, ve  Juan Ruiz confirmado uno de sus presentimientos de hace un mes: “que la marcha del gobierno/a dar lugar llegaría/a mil trastornos” (p. 422).

Al comentar la sublevación de los milicianos de Málaga [49] en su artículo “¿Cómo concluirá?” [50] , se muestra  Juan Ruiz muy circunspecto: los milicianos de Málaga se insurreccionan porque los gubernamentales quieren desarmarles, pero “una sublevación cada día no se puede aguantar”. ¿Quién tiene la culpa?, ¿los republicanos o el gobierno? “Verdad es que este no merece mucho crédito […]; pero los republicanos, es decir, ésos que se llaman republicanos, mancillando su buen nombre, mintieron también alguna vez que otra por todo lo alto, y esto no es muy propio de los campeones de la justicia y la verdad “armar la de Dios es Cristo a cada paso… francamente me parece un poco antidemocrático [51] (…). Y viene el fallo:

Conste, pues, que esos señores republicanos no tan dignos de censura como el Gobierno, ni mucho menos, tampoco son irreprensibles” […]. ­­

 — “Este es neo! Grite acaso algún bárbaro al oírme hablar así.

 Neo no soy señores, pero de veras que no estoy a partir un piñón con los demócratas todos. ¿Cómo tampoco he de estar conforme con los que se hicieron monárquicos, así, de sopetón, sin avisarnos siquiera para no asustarnos? ¿Ni tampoco lo he de estar con los que dicen que la Fe y la Libertad son incompatibles, cuando tengo grabadas en mi corazón la Fe y la Libertad como único aliento que me ha de guiar en mi paso por el mundo?

 Soy liberal al ser creyente y creyente al ser liberal” (pp. 456-457).

Bastante pesimista, al fin y al cabo se muestra  Juan Ruiz : desconfía mucho de la clase política partidaria del sistema monárquico y muy “turronera” y “pastelera” y del gobierno provisional que “hace lo que se le antoja, engañarnos inclusive” y restringir libertades” (p. 375). Hasta Castelar se mostró, según  Juan Ruiz, «algo frío al proclamar la República ( sic ) [52] ” (p. 340 )  . “En fin que la cosa pública/no marcha a muy buenos términos,/y acaso la guerra cívica/dentro de muy corto intérvalo ( sic )/venga a estropear la magnífica/obra del valor ibérico,/la revolución que atónita/contempla Europa”, pronostica (p. 355).

Al final del “primer (medio) año de Libertad” (356), el balance que Leopoldo Alas hace de la revolución (no la llama “Gloriosa”) en su “Revista del medio año” (31-XII, 445-448) se nos antoja como mitigado.

En el haber de la revolución, por ahora está: la caída de la monarquía isabelina (“y la que reina era y no lo es/se tiene que marchar en tren express” (p. 446), la libertad de imprenta con el sinnúmero de “periodiquitos” resultantes [53] , una revolución incruenta (menos en Alcolea y Santander y también en Cádiz y Málaga), el sufragio universal a pesar de sus muchas limitaciones (el sufragio universal “no es más que “cosa de casa”), y para seguirle el juego a  Juan Ruiz , la supresión del año preparatorio (“Esto se llama portarse [54] ”). Las demás libertades, luego refrendadas, en parte, por la Constitución de 1869, no las tiene en cuenta en su balance.

En el debe, están la opción monárquica del Gobierno provisional, las restricciones a las libertades (el Gobierno “hace callar a quien le tiene cuenta”), las conculcaciones del sufragio universal, y la pertinaz tendencia turronera de la clase política.

“Urge la República. ¿La Unitaria? Pues, la Unitaria”. A pesar de haber anunciado el 14 de enero de 1869 (n° 50) que  Juan Ruiz se retiraba del palenque periodístico, gracias a Ana Cristina Tolivar Alas, se sabe que continuó su publicación hasta, al menos, el 17 de diciembre de 1869. Pero, por ahora, solo se han encontrado y conservado 7 números y el examen de la relación de Leopoldo Alas y  Juan Ruiz , con el decurso de la Revolución se vuelve, por ende, aleatorio.

Así y todo, se puede afirmar, eso sí, que se ratifica en su rechazo a la forma monárquica y sigue “deseando la República de todo corazón” (Fillière, 2013, 289), con alguna evolución.

A las fracasadas candidaturas de Fernando de Saxe-Coburgo [55] y del muy joven duque de Génova, Tomás [56] , no deja de referirse en sendas letrillas (en los números 55 y 70), pero sigue afirmando en “Si yo fuera rey” (n° 54 de 3 de abril de 1869 [57] ), que “es un anacronismo en el tiempo del Progreso hacernos cargar con eso (un rey, siquiera constitucional, JFB) y es no tener patriotismo”. “No más reyes, es la ley que ya el pueblo sancionó. Por eso repito yo que quito y no pongo rey”

 La conclusión de un «Monóstrofe» publicado en el n° 57 de 25 de abril de 1869 es:

«ven, ven, monarca amado,

con ansiedad te espero,

¡quiero verte en España

para romperte un cuerno!

Y la de unas Sáficas (“Al rey que rabiará“) escritas en Carreño y publicadas el 17 de octubre :

Al rey que rabiará cante mi musa,

pero es muy fácil que antes de ocho días

al mismo caballero Dios mediante

 ¡cante un responso!

 Lo cierto es que “no acaba de venir el maná, pero a mí me pasa lo que a los israelitas, ya me cansé”, escribe  Juan Ruiz el 10 de abril de 1869 (n° 55). “Urge la República, pues. ¿La Unitaria?... Pues, la Unitaria, es igual por ahora [58] , más adelante hablaremos; hoy por hoy, república, república y república [59] ”. 

 Acompaña esta urgente petición, unas manifestaciones de admiración por Castelar [60]  (“la grandeza de la palabra inspirada”) y nuevamente un rechazo absoluto al “Furor de los radicales” que le inspira el 7 de noviembre de 1869 (n° 69), el siguiente y vehemente requisitorio:

El radicalismo proclama la libertad de asociación, y reunión, y al mismo tiempo prohíbe los grupos de más de cinco personas.

El radicalismo declara libre la imprenta y, no embargante, suprime los periódicos que no gritan a voz en cuello que Prim y Prats es un guapo sujeto y muy liberalote y muy francote que salvará al país, los progresistas mediantes.

El radicalismo reconoce la inviolabilidad del domicilio, y se mete en la renta del excusado sin la menor aprensión.

El radicalismo vocifera la Soberanía nacional, y nos impone un cortadillo de monarca, que se les indigesta a todos los españoles.

El radicalismo condena la empleomanía, y se da prisa a meter en sus arcas todo el dinero de España en Indias por medio de sus innumerables empleados.

El radicalismo pide la conciliación, e insulta a los conciliados.

El radicalismo… basta.

Temo que si hablo mucho de él me haga una de sus víctimas.

Entre los republicanos radicales, el que más hostilidad le merece es Francisco Suñer Capdevila, diputado por Gerona, quien en una sesión de las Cortes constituyentes con motivo de defender el artículo 20 del proyecto de Constitución [61] , entró a disertar sobre los orígenes del cristianismo y la vida de Jesús, una intervención “escandalosa” que produjo muchas reacciones en contra dentro y fuera de las Cortes, inclusive los de  Juan Ruiz , en su n° 57 de 25 de abril de 1869.

 Al “señor Suñer”, a quien nunca ha visto pero que se figura con “mala facha, muy francote y muy bravote, y muy zoquete; escupiendo mucho y blasfemando más…”, no lo reprende  Juan Ruiz “como federal, sino como zángano, como estúpido, como tonto, como fatuo, como presumido, como enemigo del sentido común”. De sus «disparates ­—que ni el nombre de herejías merecen— unidos a los precedentes del señor Suñer que decía que Dios era un cerdo a quien le había llegado su San Martín”, se indigna  Juan Ruiz y le llevan “acaso por la primera vez de su vida” a ponerse “del lado de los neos para criticar a un federal [62] ”. “Lo exige la imparcialidad”. La conclusión de  Juan Ruiz no puede ser más radical: “Es necesario eliminar a Suñer”.

Siguen, por supuesto, las críticas al Gobierno provisional, muy concretamente por la restricción de libertades, con la suspensión de los derechos individuales no devueltos, o por el proyecto de nuevo empréstito de Laureano “que nos deje más que en cueros [63] ”.

Cuando se acaba el segundo año de la Revolución y aún no se ha encontrado a un monarca de sustitución (esto ocurrirá el 16 de noviembre de 1870) ni proclamado la República (habrá que esperar hasta el 11 de febrero de 1873), posiblemente siga siendo el credo del joven Leopoldo Alas su declaración de diciembre de 1868: “tengo grabadas en mi corazón la Fe y la Libertad como único aliento que me ha de guiar en mi paso por el mundo. Soy liberal al ser creyente y creyente al ser liberal. Yo estaré siempre con los demócratas que sean republicanos, tengan fe [64] , no quieran partir turrón con el actual Gobierno y no alboroten el cotarro sin necesidad” (p. 457), una mezcla de trascendencia y contingencia.

La continuidad de la revolución. Con razón ha valorado Beser (1970, 399): “la gracia y soltura expresiva del muchacho de dieciséis años, aprendida de los periódicos satíricos-políticos de la época”.

Pero de esta dialógica logomaquia a solas, de este desenfadado careo verbal de un muy maduro y republicano jovenzuelo con la Revolución y el poder legítimo o fáctico, se desprende también la sensación de que algo se está produciendo que  puede suponer un giro en la marcha de España y la vida personal de Juan Ruiz y de sus contertulianos, y más allá del “tono humorístico, burlón, satírico y sereno, sentimental a ratos” que prefigura al futuro Clarín (Posada, 1946, 90), sirve el  Juan Ruiz para percibir el estado anímico creado por una revolución haciéndose, semana tras semana, una como historia íntima y anímica de la revolución, a contrastar con otros posibles documentos.

Conste, sin embargo, que para valorar lo que supuso la Revolución de 68 para Leopoldo Alas “Clarín”, es preciso superar lo contingente del comentario semanal de la actualidad, del tratamiento aparentemente parejo de los distintos temas y los efectos de la  pose humorística o festiva: con el tiempo y la Restauración borbónica [65] , los logros de la Revolución resultaron mucho más relevantes y trascendentales de lo pudieron antojársele a Leopoldo Alas en el momento, algo que, como señalaron Beser (1970), Botrel (1972) y Lissorgues (1987), queda muy claro en las “Cartas de un estudiante ”  (1878), en “El libre examen y la literatura presente”(1881) y en gran parte de la ingente producción periodística de Clarín, hasta su muerte.

Jean-François Botrel

Univ. Rennes 2

Obras citadas.

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[1] Como se sabe (Rivalan, Christine (dir.), Gran Enciclopedia Gallega (1974-1991). La forja de una identidad , Gijón, Trea, 2016, p. 139), Leopoldo Alas Ureña (a) Clarín (1852-1901), a pesar de haber nacido en Zamora y vivido, a partir de 1883 y hasta su muerte, casi exclusivamente en Asturias, por haber estudiado en Pontevedra, de marzo a mayo de 1863, cuando su padre ejercía de gobernador civil, le ha merecido a la Gran Enciclopedia Gallega una larga nota biográfica: ¡viva la muy acogedora Galicia!

[2] Explica el «buen estudiante» Juan Ruiz que como no hay «quien le haga estudiar los sábados por la noche» y como no va «a cafés ni a tertulias, ni a caza de aventuras», ha decidido escribir su periódico que, por consiguiente, puede ser leído los domingos por la mañana. Su verdadero objeto es, pues, «no aburrirme por la noche para divertirlos a VV. los domingos por la mañana» (p. 27. Cito el Juan Ruiz por la edición de Sofía Martín-Gamero (Alas, 1985), con la mención de la página y, en su caso, el n° y/o la fecha y cuando se trata de los números posteriores al 14 de enero de 1869, por la edición de Carole Fillière (2013) para los dos que reprodujo, y por el mero número para los demás.

[3] Con una interrupción de casi dos meses entre el 19 de abril y el 14 de junio de 1868. En el número 50 de 14 de enero de 1869, Juan Ruiz anuncia que “se retira del palenque periodístico”, pero consta que se reanudó la publicación hasta el n° 79 de 7 diciembre de 1869 y se continuó con un número único de El Bachiller Malalengua. Revista semanal filosófico-científico-épico-gastronómica “siempre tan bromista, tan descarado y tan guapetón” (n° 1 de 17 dic. de 1869). Los números 1 a 50 han sido reproducidos por Sofía Martín-Gamero (Alas, 1985) y Romero Tobar (Alas, 2006). De los siguientes números solo se conservan 7 números (de 3 de abril de 1869 (n° 54), 10 abr. (n° 55), 25 abr., (n° 57), oct. 69 (n° 66), 17 oct. (n° 67), 19 nov. (n° 70) y 7 dic. (n° 79), encontrados por Ana Cristina Tolivar Alas entre los papeles pertenecientes a su abuelo, Leopoldo Alas Argüelles. El n° 54 y el n° único del Bachiller Malalengua han sido reproducidos por Carole Fillière (2013). De los demás me ha facilitado una copia de sus transcripciones aún inéditas Ana Cristina Tolivar Alas a quien agradezco una vez más su gran gentileza. El 13 de agosto de 1871 volvió a publicarse el Juan Ruiz , pero de esta segunda época solo se conoce el número reproducido por Juan Antonio Cabezas (1962, 53-54).

[4] “Sale los domingos si hace sol y si no lo hace” ; “Todos los domingos Juan sale si permiso dan“; Todos los domingos Juan sale a relucir su gabán”; “Sale todos los domingos Dios juvente”; “Sale todos los jueves y domingos Deo juvente”, estas son las fórmulas utilizadas en la cabecera para dar cuenta de la periodicidad.

[5] Hasta el n° 25 de 11 de octubre de 1868, el periódico se titula Juan Ruyz , con una grafía defendida, en el n° 20 (p. 232, por el que también la utiliza para firmar algunos artículos. Pero la crítica suele referirse al periódico por el título adoptado después: Juan Ruiz . Este seudónimo ya lo utilizara el joven Leopoldo Alas en La Instrucción y lo utiliza en sus colaboraciones en Gil Blas y El Cascabel en 1868 y 1869 (Romero Tobar, 2006, 19). Para Carolyn Richmond (1987b, 113) sería el ‘probable anagrama hecho con letras a la inversa de AlasS Y Ureña”, pero como título parece un patente eco a uno de sus periódicos de referencia, Gil Blas . En este estudio, se aplica la cursiva a Juan Ruiz , trátese del título o del seudónimo o del propio Alas.

[6] En el n° 66 de octubre de 1869, contemplará aumentar el tamaño del periódico porque «o hago artículos microscópicos, o no me cabe más que el artículo”.

[7] “Mi programa lo espondré cuando sea ministro, en cuanto a mis principios, mi patrona no me da más que uno, y tocante a mis fines «vengo con buen fin».¿Me explico?” (p. 27); y en el n° 22: “Juan Ruyz es todo un buen chico ­no hay que andarle dando vuelta­ no debe a nadie un ochavo­— y el que le busca le encuentra” ( p. 233).

[8] Véase la ilustración n° 1.

[9] Por supuesto, en la cabecera no se confirma el hecho: “se suscribe allí!!! “ ; “A esto nadie se suscribe –que Juan de sus renta vive”; “Se suscribe en los dos polos y en el Ecuador”.

[10] En el n° 17 quedan invitados a colaborar en el periódico, pero sin sueldo, dos nuevos redactores, Mengano —o Mingo— y Benjamín que, por supuesto, no son sino el propio Juan Ruiz o Leopoldo Alas que también firma con su iniciales L.A.U., como Leopoldo Alas Ureña. En el n°67 aparecerá un «nuevo colaborador», el Bachiller Malalengua.

[11] Es lector precoz de El Album de la Juventud, y de la Revista Ovetense y lo es de El Apolo , de El Faro Asturiano, El Anunciador , El Trabajo , La Estación , El Oriente de Asturias y, después de la Revolución de septiembre, de unos nuevos periódicos: El Mosquito Rojo y El Patriota (unos «papeluchos» (p. 270) que luego se «refunden» (p. 277), y después de La Joven Asturias , El Constituyente (p. 321), El Criticón «periodiquito nuevo» y republicano (pp. 361, 381, 388) escrito por un tal Alas y Alas, amigo suyo, La Unidad (p. 379 «de ideología muy conservadora» (pp. 383-5, 386-8) , El Eco de Asturias , El Cisne (n° 67), etc. (véase Uría, 2004).

[12] Además de Gil Blas y del Cascabel , La Constancia , La Epoca , La Correspondencia , El Imparcial , La Discusión y, después de la Revolución, El Papelito , La Gorda (p. 347), El Quijote , a cuyo prospecto se refiere (p. 409), La Igualdad (p. 453), el Jeremías de Martínez Villergas (p. 460). Son su principal fuente de información sobre la actualidad nacional de la que se hace el eco comentándola. Los lee en los cafés (p. 384) o en el club republicano.

[13] Véase los dos correspondientes al n° 57 (Ilustración 2).

[14] Véase la portada del Juan Ruiz encuadernado, p. 25.

[15] Gil Blas (1864-1872), periódico político satírico de oposición liberal, y El Cascabel  (1863-1872), periódico festivo político y literario.

[16] Véase, por ejemplo, p. 64, cómo comenta el domingo lo publicado el jueves en Gil Blas o El Cascabel .

[17]  Mientras el Gil Blas no se transformó en «indecente libelo», puntualiza Juan Ruiz en octubre de 1869 (n° 67). En el n° 17 (p. 190), lo dice muy a las claras: “Me dice un suscritor que cómo es que algunas cosas que ve en el Juan Ruyz las encuentra luego en el Gil Blas . Yo le contesto que es que Juan Ruyz se las manda a Gil Blas por correo”. Véase, por ejemplo, cómo Gil Blas de 9 de agosto reproduce algo publicado en Juan Ruyz el 12 de julio (p. 141) o el de 16 de septiembre “¡Murrió Pirro! (que era un perro)” publicado en Juan Ruiz  el 26 de julio p. 160. O “Se van” en Gil Blas de 24 de septiembre (Lissorgues, 2007, 92).

[18] Sobre la consecuencias de este parti-pris , véase Botrel (1989, 2015).

[19] Como los dedicados antes de la Revolución a Fígaro y La Menais ( sic ) (n° 12 y 13; véase Lissorgues, 2007, 93-94), al Marqués de Ensenada , en la fallida serie “De hombres célebres, biografías celebérrimas” ( n° 9, 10, 11, 12) o a Quevedo, en cuya prisión, en el convento San Marcos de León, dice Juan Ruiz que ha estado (n° 21) , y después de la Revolución, en muchas ocasiones, entreverado en la prosa festiva.

[20] Convendría poder situar al Juan Ruiz dentro de la práctica de la prensa manuscrita en el siglo XIX. Como recuerda Leonardo Romero Tobar (2006, 7), “escribir un periódico manuscrito que se difundía entre familiares y amigos …. era una práctica decimonónica de escritores bisoños y de autores maduros”, atestiguada, por ejemplo, en Lorca, donde, en 1840, dos niños, los hermanos Saavedra, escriben un periódico manuscrito (Moreno, 1989, 170). En cuanto a la práctica precoz del periodismo es un característica de los jóvenes de aquel entonces: el propio Leopoldo Alas recuerda que, con 14 años, su amigo Tomás Tuero ya colaboraba en el periódico democrático El Trabajo (Alas, 2005, 460) y a una iniciativa periodística anterior al Juan Ruiz ( La Estación ) alude Adolfo Posada (1946, 72).

[21] Los números 1 a 50, escritos en cuadernillos o hojas sueltas de tamaño 18 por 13 cm (de 15 por 10, según Posada, 1946, 90), con “plumilla fina y tinta azul” (Romero Tobar, 2006, 14) se conservan en la sala Clarín de Biblioteca pública Pérez de Ayala de Oviedo, encuadernados en dos tomos con lomos de piel verde y azul respectivamente.

[22] Esta forma de lectura en voz alta como modo de publicación de un escrito, es sabido que era una práctica social aún bastante difundida en las tertulias de la época, muy especialmente para poesías y obras dramáticas (véase, por ejemplo, la conocida fotografía de Franzen, de 1897, donde Galdós está leyendo un manuscrito en una tertulia). Sobre otra forma de lectura, asegura Palacio Valdés (1945, 799b) que al Juan Ruiz  no lo ha leído ni no lo ha leído nadie, “porque la letra de Alas fue siempre inverosímilmente perversa”, lo cual no nos consta en la época del Juan Ruiz .

[23] Una confirmación puede encontrarse en el propio Juan Ruiz , en la escena de “Toos semos iguales” situada En Juan Ruiz ” (p. 274), en la que Juan Ruiz parece dirigirse a los circunstantes:

“Yo.–Aquí en confianza, aunque seamos más liberales que Riego, me carga ya tanto viva, tanto himno y tanta…

Ustedes.–¡No! ¡Eso nunca carga!”.

[24] En el número anterior, de 20 se septiembre, no se percibe ningún eco de lo ocurrido en Cádiz el 18. «¡Me aburro!» se titula el artículo «fantástico-filosófico-burlesco» que encabeza el número.

[25] Véase, por ejemplo, las referencias al pacto de Ostende (p. 119) , al conde de Cheste, capitán general de Cataluña, y a su proclama de Barcelona de 9 de agosto de 1868 (p. 179), a Girgenti (p. 130), a Narváez y González Bravo (5 de julio), al niño Terso e incluso una no tan sibilina invocación de San Daniel cuando espera que “las cosas tomen otro sesgo. San Daniel! ¿cuando llegará ese día?” (p. 148). Así y todo los tiros van más bien dirigidos a los neos a los que Juan Ruiz se ve que les tiene manía.

[26] “Ustedes habrán observado que este número va así de munición. Las circunstancias, amigos, las circunstancias”, observa Juan Ruiz (p. 247)

[27] Pero el 27 de septiembre subsiste la duda: “¿Vencerá la Revolución , don Sixto, vencerá? pregunta Juan Ruiz . No sé, contesta don Sixto, quien, por cierto, “no sabe demasiado” (p. 248).

[28] Tal vez porque, a pesar de que Juan Ruiz no está sometido a ningún sistema de censura oficial, finge que así es. Lo cierto es que Juan Ruiz se muestra bastante más atrevido que, por ejemplo, El Cascabel , el cual, en su número de 23 de septiembre, manifestaba la “mayor prudencia”: “cuando la tranquilidad se halle restablecida, cuando podamos apreciar los hechos con más tranquilidad, diremos nuestra opinión”, prometía.

[29] Obsérvese que si en el n° 23, de 27 de septiembre, ya cambió la cabecera de Juan Ruiz y su propósito es: “Adorar la Libertad y a los neos perseguir… es la profesión de Fe… del patriótico Juan Ruiz ”, una semana después (n° 25), dice ya “Que vivan por siempre unidos -los liberales deseo -y viva la Libertad – y abajo lo que no es bueno” y en el n° 26 “ Juan Ruyz pide para el pueblo –libertades para él –o pide más que una vida –la de Matusalem”. Desde el n° 27 en adelante, el lema será: “ Juan Ruiz tiene su programa en el bolsillo para cuando le llame la nación –que no le llamará nunca” hasta que, en el n° 50 de 14 de enero de 1869, anuncie: “ Juan Ruiz se retira por ahora a la vida privada, y si vuelve a salir expondrá su programa… o no lo expondrá”.

[30] No alude, por ejemplo, a la proclama de la Junta de Asturias en Oviedo el 30 de septiembre: “¡Abajo los Borbones! ¡ Viva la libertad! ¡Viva la soberanía nacional”.

[31] «Con los milloncejos/que don Luis robó/para sus amigos/comprará turrón» («Villancico» publicado el 24 de diciembre, p. 431)

[32] Alusión a la resistencia y batalla ciudadana que se desarrolló en Santander del 19 al 24 de septiembre cuando las tropas de Calonge tuvieron que emplearse a fondo, con numerosas bajas a ambos lados y huidos refugiados en la goleta Caridad.

[33] Este neo vio arrastrar un busto de la reina : “sería buena o mala, pero era reina”, comenta el neo —o Juan Ruiz .

[34] En la prensa y en la calle no faltaron composiciones de este tipo, como, en el Gil Blas de 4 de octubre, este pastiche de las coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique:

“¿Qué se hizo doña Isabel? /Los señores de Borbón, ¿qué se hicieron?¿Qué fue de tanto doncel?/¿Qué fue de tanto bribón/como tuvieron?” y otras menos finas: “Si Isabel quiere corona/que tome la de una.. /que la corona de España/es para el general Prim” (Lida, 483-4 y 489)+

[35] Véase Burdiel, 210, p. 793 y 812.

[36] “A Cuba libertad tienen que darle/Adelardo y su gente/con justicia la pide ella impaciente/y si no se la dan, debe tomarla ” (“A Cuba”, pp. 474-475).

[37] En el n° 36 (pp. 358-361), le dedica una “Fantasía… griega ­—y tan griega—“.

[38] N° 38 de 3 de diciemebre de 1868, p. 376.

[39] “A los nueve», pp. 475-477, firmado L. A. U., como Leopoldo Alas Ureña.

[40] “Españoles, aliados,/clamemos: Religión!/ ¡Viva el rey!¡Viva la paz! /¡Viva la paz y la buena unión!./Pitita, bonita, /con el pío, pío, pon. ¡Viva Fernando y la Inquisición!”, dice la canción.

[41] Por este decreto quedaban extinguidos desde esta fecha todos los monasterios, conventos, colegios, congregaciones y demás casas de religiosos de ambos sexos, fundados en la Península e islas adyacentes desde 29 de Julio de 1837 hasta el día. La protesta de la señora católica no es totalmente fruto de la imaginación de Juan Ruiz , puesto que en el mes de octubre se dieron muchas protestas en Sevilla, Astorga, Écija, Pamplona, Madrid, Segovia contra la supresión de las órdenes religiosas.

[42] “El sufragio”, n° 45 pp. 435-438..

[43] Con motivo de estas elecciones se anuncia que «tendrán cuatro días de vacaciones los estudiantes». Juan Ruiz disiente de esta decisión (p. 483).

[44]  Las mayúsculas son de Juan Ruiz .

[45] En 1871, volviendo a leer lo escrito en 1868, apunta Leopoldo Alas: “Este ha sido en efecto, pero nada tiene de músico; Castelar dice que le vio hacer títeres” (p. 439).

[46] El 6 de diciembre (p. 389), informa que en Cimadevilla, el barrio antiguo de Oviedo, ha “visto el retrato de Espartero con el manto real”. Y comenta: “¡ Si vieran VV. Qué mal le sienta!/Es indudable que le han vestido sus enemigos. /¡Cuánto más valía dejarle descansar sobre sus laureles que andar vistiéndole de monigote!”.

[47] “La libertad de Asociación es un hecho; en los salones de Coterón se ha establecido una tertulia republicano-Federativa”, informa Juan Ruiz el 5 de noviembre (p. 309). En el n° 31 de 8 de noviembre (p. 321), se puede leer: “El jueves volvió a tener sesión el círculo republicano-federativo y en ella se discutieron las bases de la sociedad. Éramos menos que el otro día pero lo hicimos mejor. Sociedades donde reinan la buena fe, la confianza, el entusiasmo y la educación solo pueden dar buenos resultados”. Sobre el ambiente de este club, véase Palacio Valdés (1945, 805-806). El Partido Democrático Republicano Federal fue la “primera agrupación expresamente republicana” en Oviedo (Sánchez Collantes, 2017, 106).

[48] Es decir, al estilo de Prim.

[49] Sobre dichos sucesos, véase Morales Muñoz (2018, 60-67).

[50] N° 47 de 3 de enero de 1869.

[51] Comparte Leopoldo Alas la idea muy presente entre muchos republicanos de la época de que, como recordaba Palacio Valdés (1945, 805), «sin orden no hay libertad».

[52] La formulación de Juan Ruiz resulta ambigua: como puntualiza Sofía Martín-Gamero (Alas, 1985, 340, nota 3), en su discurso de 25 de octubre, Castelar no proclamó la República sino la idea republicana, insistiendo en una política de no violencia.

[53] “Periódicos, lector, muchos salieron/y aunque en breve murieron/Bastantes nos quedaron todavía/para armar insensata algarabía” (p. 448).

[54] P. 339. En el archivo de la familia Tolivar Alas, se conserva una solicitud al ministro de Fomento, firmada por los 45 alumnos de quinto de Bachillerato de Oviedo (entre ellos Leopoldo Alas) en la que piden poder volver, bajo ciertas condiciones, a simultanear el quinto de Bachillerato con una matrícula en la Facultad de Derecho. Lo concedió el ministro y, además, suprimió el año preparatorio (Lissorgues, 2007, 104). De ahí, la satisfacción y la enhorabuena de Juan Ruiz

[55] En “¡Estamos frescos!”(n° 55 de 10 de abril de 1869), celebra su decisión: “Bendita la Lusitania que tan buenos muchachos crió; con qué salero respondió Dn Fernando a la importuna comisión un “que no me da la gana”. ¡Oh, me lo comería a besos, es todo un hombre, estoy convencido; renunciar la corona de España, ¡es un grano de anís!” y “Dicen muchos, y aun republicanos, que es afrentoso para la Nación esto de no querer venir ningún rey. Lo que son las cosas, a mí me parece que nos honra mucho. ¿Qué cosa hay más salada que infundir miedo a los reyes?”

[56] En el n° 70 19 de noviembre de 1869, escribe Juan Ruiz , al referirse al duque de Génova, Tomás, de la dinastía de los Saboyas, que a la sazón contaba 16 años: «Según dicen/ya tenemos/un monarca/muy pequeño/que es un bruto,/que es un feo,/que no gasta/muy buen genio/mas con todo /le queremos/que hace falta/¡ya lo creo!”. Por fin se negó a ser candidato, como se sabe (Fernández Almagro, 69-70).

[57] Fillière, 2013, 294

[58] Ahora los federales estamos de bajo”, observa Juan Ruiz (Fillière, 2013, 289). En El Liberal de 27 de diciembre de 1892 (Alas, 2005, 460), al evocar a Tomás Tuero y la asiduidad incansable con que asistían este, Palacio Valdés y el propio Leopoldo Alas a los clubes y manifestaciones pacíficas, recuerda Clarín “como nuestro amor y fe de revolucionarios iban mezclados […] de un tinte festivo, de un gusto singular por el lado cómico de las expansiones populares, no todos nos miraban como trigo limpio, tanto más cuanto que por distinguirnos, éramos republicanos…unitarios y todos los demás federales”. Por lo visto, Juan Ruiz no llegó a empuñar las armas, no así Tomás Tuero que “llegó al extremo de coger el fusil y alistarse como voluntario de la libertad y tal vez fue el único miliciano español que no devolvió el arma que la patria depositara en sus manos, cuando el Estado opinó que el diablo las carga” .

[59] N° 55 de 10 de abril de 1869.

[60]  “El discurso de Castelar”, n° 54 de n° de 10 de abril de 1869.

[61] « Todo español y todo extranjero residente en territorio español están en el derecho y en la libertad de profesar cualquier religión o de no profesar ninguna“,

[62] Esto de poder ser tachado de neo, se ve que le preocupa a Juan Ruiz : en el n° 67 de 17 de octubre de 1869, afirma que “continúan las correspondencias llamándome retrógrado -más o menos correctamente, neo, reaccionario y otras contusiones”.

[63] En una composición de más de cien tetrasílabos titulada “Meditemos” (n° 70 de 19 de noviembre de 1869).

[64]  Los hombres que no tienen religión “no me gustan aunque sean más republicanos que yo”, afirma Juan Ruiz .

[65] Diez años más tarde, en una de sus “Cartas de un estudiante” recordará Clarín los años de la Revolución: “¡Qué tiempos aquellos!—recuerda Leopoldo Alas en 1878, en una sus “Cartas de un estudiante”. España despertaba de un letargo, todo era movimiento y vida supo el pueblo vencer, pero no 

sacar partido de la victoria: de todas suertes las ideas andaban por las calles” (Beser, 1970, 400).