« Las representaciones de la lectura en España (siglos XIX-XX)»,

in : María Carreño, Aitana Marcos, Ítaca Palmer (eds), Cartografía de la investigación en didáctica de la lengua y la literatura, Granada, Universidad de Granada, 2017, pp. 15-41.


 

1. Introducción. Llevo bastantes años preocupado por la problemática, desde la historia, del lector y de la lectura.

La he estudiado de manera cuantitativa (Botrel,  1987), desde la sociología (Botrel, 1999, 2000, 2002, 2006) y luego la estética de la recepción (Botrel, 1989, 1997ab, 2013a),  a partir de los discursos sobre la lectura (Botrel, 1998), desde la función expresiva de los dispositivos formales que determinan la lectura (Botrel, 2001) y la antropología (Botrel, 1994, 2004, 2005) y desde el punto de vista del lector (2010). Últimamente he prestado mucha e insistente atención por la lectura de imágenes (Botrel, 2008b, 2013b) e incluso por la lectura de los analfabetos (Botrel, 2015). En cuanto a las representaciones gráficas de la lectura, puedo decir que las he ido coleccionando casi desde el principio, pero, por ahora, solo las he estudiado a propósito de las lectoras (Botrel, 2008a), un estudio que se puede completar con el de las representaciones de los aprendices de lector y de los lectores varones. Una especie de arqueología mínimamente razonada de la lectura.

Este estudio estriba en unas 150 representaciones  gráficas/visuales[1]  de los lectores pero también del libro o del impreso —de los soportes de lectura—, en documentos de amplia difusión —se descartan, pues, los cuadros, como los reproducidos en Comadira  (2005) o Bollmann (2006), las esculturas, etc.— y, en algunos casos, en  la misma foto, reproductible y destinada a cierta publicidad, que aunque registra unas personas y unos objetos reales da cuenta de unas situaciones no tan reales y a veces hasta sospechosas como, por ejemplo, en las fotos de la Junta Nacional contra el Analfabetismo de los años 1950 en las que la situación es de representación —nunca mejor dicho- o de instrumentalización en pro de un proyecto propagandístico: véase la foro de las mujeres de la Cabrera leonesa con sendos libros en las manos (Leer, 121), la alineación de hombres lectores en las Hurdes (Leer, 118) o la maestra-actora  de la Sección Femenina (Leer, 119).

Sin pretender asentar una manera española de leer o de representar la lectura, estos 150 documentos son casi todos españoles, por más que alguna representación recuerde otras representaciones y sea prestada. Los he ido acopiando al filo de los años, para el siglo XIX y la primera mitad del XX, sin prisa ni proyecto sistemático determinado por el tiempo, pero sí con la idea de que podían contribuir al estudio de la historia de la lectura, más por el valor heurístico de la presencia o ausencia de determinados bienes legibles o situaciones de lectura que por su valor estadístico en la diacronía. Son representaciones gráficas, o sea: por muy miméticas o verosímiles que parezcan, no se trata de una documentación sobre lo que fue efectivamente la lectura, el leer, los lectores o las lectoras, sino sobre cómo lo vieron y lo dieron a ver toda una serie de artistas varones y anónimos los más[2],  con pretensión estética, mediante una puesta en escena vs la instantaneidad, incluso cuando de fotógrafos se trata, desde un sistema de representación preexistente y selectivo; con una intención determinada a menudo por la finalidad inmediata y el destinatario : la promoción de las Obras completas de Paul de Kock, por ejemplo (Hist. ed., 780), la cubierta de un libro de texto o de una revista para adultos o mujeres[3]; unas representaciones con un prisma selectivo y unas plasmaciones que se han de contrastar con lo que, por otras vías, se puede llegar a saber sobre la lectura, el leer, el lector, la lectora. 

            Ahí va, pues, una especie de lectorama por completar, comentado de manera  más o menos ordenada y coherente, con la duda permanente sobre si lo dado a ver es lo que se veía, lo que se había de ver y acabará por verse, y por orientar, en alguna medida, la relación lectora[4].

 

  1. 2.El libro y los demás soportes de lectura. Lo que es susceptible de ser leído, desde luego no es solo el libro sino también la prensa, los carteles y todos los demás semioforos impresos. Pero el libro es el más representado, con una evidente distorsión entre lo que estadísticamente se sabe se leía (cf. Botrel, 2003), y la “estadística” de las representaciones de lo que se lee.  Se puede representar acumulado y ordenado en una biblioteca,  desordenado (en una mesa, por el suelo, cerrado/abierto, prohibido (Ilust. 1) o tentador, etc.



















                                                                1. Col. particular


Las representaciones del libro y del impreso (unos  objetos se ve que fácilmente identificables por tratarse de representaciones miméticas de objetos conocidos, por experiencia) propenden, para efectos de propaganda, a exagerar la cantidad (Botrel, 2008) o la expectación y avidez producida por su presencia al incorporarlo en una abundante y alegórica  lluvia benéfica vertida por el cuerno de Almatea, trátese de Calleja (Botrel, 1988) o de las Bibliotecas Rodríguez (Ilust. 2).


























                                    2. Centro Internacional de la Cultura Escolar (CEINCE), Berlanga de Duero


También cuando de meras hojas volantes se trata (Ilust. 3).




















                                              

                                                        3. Cortesía de Cecilio Alonso


            Un proyecto idéntico de idealización inspira las representaciones intergeneracionales, como la de los lectores del Semanario Pintoresco Español en 1856 (Hist. ed., 773), interclasistas y hasta universales, como en la cubierta de la Biblioteca semanal, cómica, ilustrada y con ribetes de seria Para todo el mundo en 1888 (Hist. ed., 783), con la inclusión ideal de todos en la cultura escrita/impresa común.

            Otro aspecto sería la ergonomía asociada con la lectura del libro, del periódico, etc. o inducida por ella, sobre la que nos informa, siquiera somera e imperfectamente, la representación de unas situaciones de lectura o de aprendizaje de la lectura. Somera e imperfectamente, porque, bueno es recordarlo, la relación que con el libro y el impreso se establece en la representación gráfica, si bien ha de ser verosímil para poder impactar, tal vez no remita a algo tan estrictamente mimético, verdadero, o experimentado. Una duda que solo puede ser solventada —en alguna medida— con el análisis de las múltiples situaciones representadas.

 

3. Aprendices de lectores. Empecemos con los niños aprendices de lector o lectores, con el análisis de las cubiertas de libros de texto reproducidas en Historia ilustrada del libro escolar (Hist. ilust.) y en Leer y escribir en España (Leer). Son unas treinta representaciones que no sabemos si remiten a situaciones comprobadas por los historiadores de la educación y de la lectura, ya  que hay que tener en cuenta, además del sesgo de la intención representativa, los criterios de elección de los editores. De cualquier forma,  habría que  hacer un estudio sistemático de los libros de texto inventariados en el catálogo MANES, teniendo en cuenta que se trata de representaciones para los libros de texto que según los dibujantes y los editores pueden servir tanto para niños como para niñas: de ahí, por ejemplo, las curiosas situaciones de lectura, a cuatro ojos, por un niño y una niña leyendo de consuno el Quijote (Hist. ilust., 280), cuando el sistema escolar poco lo consentía que sepamos y la escolarización de las niñas no era aún muy frecuente.

             De ahí también tal vez que haya muy pocas  representaciones de situaciones de lectura en el ámbito escolar (cf. Hist. ilust., 81; Leer, 70, 77), pero sí bastantes en el ámbito familiar o doméstico (lo cual puede explicarse por la importancia de la educación dentro de la familia, por las madres fundamentalmente) y más aún en un marco natural (Hist. ed., 232, 451), con un árbol, un paisaje como telón de fondo) y en el espacio público (la calle (Ilust. 4), un kiosco (Ilust. 5), un parque), todo lo contrario de la atmósfera cerrada y algo opresiva de una aula, por supuesto.




















                                                                                4. Colección particular






















                5. Aragó, Ricardo, El kiosco, [Barcelona], El amigo de la juventud, [1917], p. 69. Cortesía de Víctor Rodríguez Infiesta



Esta visión harto meliorativa es interesante por lo que el portadista quiere sugerir al niño aprendiz de lector ( o a sus padres) sobre la abertura que permite el saber leer, el más allá del saber leer, como la ensoñación heroica (el héroe sugerido será algún Héctor o Aquiles)  que se apoderó (como cualquier Alonso Quijano) del niño de ojos brillantes por la emoción representado, en 1932, en la cubierta de la Enciclopedia Camí (Hist. ilust., 441),  a contrastar con las muchas situaciones menos expresivas a nivel individual de oralidad docente o recreativa y de lectura de un libro en voz alta o por delegación de la voz, con unos lectores que pueden ser curas y maestros (Hist. ed., 87), pero sobre todo madres de familia (Hist.ed., 776, 785). De ahí también, tal vez, las escasas representaciones de unas situaciones de aprendizaje que nos recuerdan, sin embargo, que la aptitud lectora se ha de controlar, que el dictado es lectura y escritura (Hist. ed., 357),  que las cifras (Hist. ilust., 384) y los mapas (Hist. ilust. , 463) también se leen, lo mismo que las imágenes (Hist. ilust., 35), y las muchas representaciones idealizadas sobre la dimensión lúdica de la lectura, como queda sugerido por la lectura asociada con el juego del aro (Hist. ilust., 125), por ejemplo.

En cuanto a la ergonomía de la lectura, también apuntan las representaciones a una ruptura con la relación “conforme” y cohibida de la lectura (sentado con el libro puesto en una mesa) y una sobrerepresentación de la lectura de pie, sentado en el suelo, o muy relajada en el banco de algún parque de un impreso que no es un libro sino un fascículo según se puede  deducir de la ausencia de rigidez en el objeto leído (Hist. ilust., 119). También puede darse una visión como irónica —por mimética— de la cultura escrita y oral de los adultos como en la representación de los dos chiquillos en la parte inferior izquierda del dibujo de Eusebi Planas para las Obras Completas de Paul de Kock (Hist. ed., 780), en el compendio de situaciones adultas de lectura ad usum parvuli sobre la cubierta de Lectura de versos y de manuscritos editado por Calleja (Hist. ilust., 355), o en la representación de una gallina aprendiz de lectora, del fonema GA, por supuesto (Hist. ilust., 239).

También puede tratarse de una intencionada, por idílica y estética, proyección en un futuro redimido por la instrucción y la lectura como en la representación de una encantadora y luminosa niña pagesita o aragonesita, campesina en cualquier caso, con sus alpargatas, pero ya un perfecto dominio de la lectura con el libro  sostenido con ambas  manos (Ilust. 6).




















                                                    6. Hist. ilust., 270


Todas estas representaciones de la ergonomía de la lectura dan cuenta de una relación más o menos activa, dinámica e intensa deducible de la manera de tener el libro abierto o cerrado, entre manos, con la cabeza correctamente inclinada y la mirada correctamente orientada o, al contrario, ausente y no menos significativa como hemos visto en el caso de niño soñador de la Enciclopedia Camí.

            Pero poco se puede deducir de las representaciones de la lectura sobre lo que se lee (menos cuando del Quijote se trata o de un libro en vascuence puesto en abyme (Hist. ed., 616),  y apenas se perciben las consecuencias de  una discriminación sexual entre niños y niñas —tal vez más numerosas—, excepto, por supuesto, cuando se trata de libros escolares para niñas y sus labores como el bordado o los bolillos (Hist. ed., 475).

            El tema de las posibles o efectivas evoluciones en las representaciones de la lectura (la muestra abarca unos 50 años de 1880 a 1930) incluso dentro de una misma casa editorial como Calleja,  algo que la mera visualización de las representaciones sugiere (Ilust. 7 e Hist. ed., 233) no es para tratado por ahora. Tendremos que esperar a que el manejo de una cantidad más importante de imágenes nos informe al respecto y nos diga si efectivamente el cambio que se está percibiendo en los discursos sobre el niño o adolescente lector a principios del XX[5] tiene las mismas consecuencias en la representaciones de la lectura/de las lecturas en el ámbito escolar y en ámbito familiar y público[6].




















7. García Padrino, Jaime, Libros y literatura para niños en la España contemporánea, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1992


            Pero de todas aquellas representaciones poca información en total se puede sacar, por ejemplo, sobre las distintas y sucesivas operaciones de lectura, como el deletreo sí perceptible en una muy explícita foto de niña (Placer, 95).

En total, son unas representaciones que quizá “dicen” más de las intenciones del que las imaginó y/o dibujó que de situaciones estadísticamente comprobables, pero no son por ello menos significativas, ya que, como sabemos, la representación también es un elemento de la realidad, o de la realidad que viene.

 

  1. 4.Lectores adultos.  Si nos fijamos ahora en las representaciones de los lectores adultos, se puede observar que son mucho menos numerosas que las de lectoras. Casi no constan representaciones de situaciones de aprendizaje, cuando se sabe que las escuelas para adultos desempeñaron un papel importante. En cambio menudean las situaciones “finales” y  simbólicas en las que se manifiesta la prueba del acceso al poder leer y al poder emblemático asociado, al representar al hombre de pie (Ilust. 8),


















                                                                              



                                                                             8. Col. particular

       



pero hemos visto que también al futuro hombre (Ilust. 9), con un libro en la mano o un codo puesto



















                                                                                  


                                                                                    



                                                                                    9. Col. particular



sobre varios libros cerrados: una situación de majestad que en las fotos de estudio remite a las representaciones arquetípicas de los reyes y hombres de poder (los que pueden escribir, emitir, promulgar, etc. la norma que se impone a los demás) a la que también se prestan escritores como Juan Valera, retratado de pie con la mano apoyada en libros, o Navarrete leyendo la Gaceta de Madrid (otro emblema del poder), pero no como algún militar cuyo codo descansa con desenvoltura en un montón de siete libros cerrados superpuestos[7], con unas perceptibles evoluciones en cuanto al valor emblemático del impreso utilizado, del libro a la revista y al periódico.

De ahí, también la representación del hombre lector para los demás, trátese del maestro o del cura (Botrel, 1996, 240) lector para los niños o del lector que, en situaciones de sociabilidad, aplica su saber leer en beneficio de sus pares como entre obreros, o contertulios, caso de la escena ilustrada en  Marta y María de Armando Palacio Valdés (Ilust. 10), al lado de la lectura individual.




















           


















10. Marta y María. Novela de costumbres original de D. Armando Palacio Valdés. Ilustración de J. Luís Pellicer, Barcelona




Interesa observar cómo la representación propende a acercarse a la lectura dominante y más compartida como es la del periódico para los demás ( en el ámbito familiar, después de la comida (cf. Rivalan, 2007, 46) o en situaciones de sociabilidad, y también para sí, pero también cómo puede revelar lecturas solo excepcionalmente tenidas en cuenta como la de panfletos u octavillas (Ilust. 3).

Si nos fijamos en la ergonomía de la lectura, el libro o el periódico abierto suele determinar la orientación de los ojos, una orientación más o menos verosímil y convincente (pero sin el movimiento de los ojos, claro está), la  manera de tener el libro o el impreso puesto en una mesa, en las rodillas (Hist. ed., 777), entre manos, o con una mano (con el índice erguido para mantenerlo o metido entre dos páginas) o sujetando el periódico sábana como este lector de La Voz de Galicia (Ilust. 11).



















                                                                           



                                                                    11. Col. particular


También puede sugerir una manera de leer: lectura silenciosa, subvocalizada, en voz alta, lectura intensiva/extensiva —incluso leer por el forro, como en los baratillos (Ilust. 12)—lectura individual, a dos, hombre y mujer, como  sobre la  portada de la Ilustración Nacional de 10 de junio de 1886, a tres (Ilust. 13), colectiva (Ilust. 14), unas situaciones caemos en la cuenta que no son tan frecuentes hoy, y por ende son merecedoras de que el historiador las tenga en cuenta y procure darles sentido.


















12.

                    




                       

                                                                       

                                                                                    


                                                                            13. Almanaque enciclopédico ilustrado para 1869, p. 191.




















                14. Cultura Popular. Col. particular



Con unas variadas inscripciones en el espacio, trátese del cuerpo del lector (sentado, de pie, de bruces como el fauno de Rangel Libros (Ilust. 15), agachados, andando (Ilust. 16)) o de los propios espacios de lectura: son espacios cerrados como el de la biblioteca privada o pública (Leer, 311), el de un salón o en un círculo, pero también se van abriendo a los espacios semi-públicos (cafés, círculos, talleres (cf. Manguel, 1998, 138) y a la calle, como en el  dibujo costumbrista de Maximino Peña reproducido en 1897 en la Ilustración Española y Americana, titulado “Gabinete de lectura”, con unos obreros, reconocibles por su indumentaria[8],  leyendo/escuchando (véase la actitud receptora del de la derecha) y otras representaciones similares (Leer, 327), todas por interpretar, pensando más en sus destinatarios que en sus protagonistas, por supuesto








                           


                          



15. Col. particular



                                                                                       




                                                                                               


                                                                                          16. 1934. Col. particular

               

                                                                                          


Todo ello —hay que insistir—sin valor estadístico y sin mucha posibilidad de introducir unos criterios diacrónicos, pero que, en total, sí nos recuerda la relatividad y la variabilidad de lo que solemos entender hoy por leer y lectura.

            A duras penas se puede contemplar una eventual sociología del lector representado, aunque, por lo que se puede deducir de la indumentaria, más bien suele pertenecer a las clases altas o medias. De ahí que cuando el autor de la imagen rompe con el código dominante para representar a un obrero o a unos campesinos lectores, la intención se sobreponga a la supuesta realidad: lo hemos visto con la visión costumbrista de los gabinetes de lectura al aire libre; véase ahora cómo se representa al obrero leyendo el Apostolado de la Prensa (Hist. ed., 776) o con la debida y marcada musculatura y el mono azul, como lector al pie del yunque y con el mazo no dando (Ilust.  17) o a la pareja de campesinos (Ilust. 18) “sorprendidos de pie en medio del campo abierto con los trapos de cristianar puestos, leyendo Blanco y Negro  de consuno, en un entorno cuya inverosimilitud se encarga de sugerir el propio dibujante.






















                     17. Col. Particular.                                                                              18. Blanco y Negro


En aquella época, sabemos que existe una voluntad casi colectiva de democratizar la lectura de la que estas representaciones podrían ser emblemáticas, lo mismo que el acceso simbólico a una  representación fotográfica en situación de lectura, como este retrato de un soldado en actitud de lectura fingida aunque muy relajada pero con una revista entre manos, emblemática ya de la diversificación y dignificación de este soporte de lectura (Ilust. 19).











           











   19. Col. particular


En cuanto a la finalidad de la lectura entre los hombres, es más difícil aún captarla.  Llama la atención, no obstante, la distorsión entre lo que se sabe es la finalidad principal de la lectura la finalidad instrumental o profesional, como para un corrector de pruebas (Hist. ilust., 103), o de información (Ilust. 20) y las pocas representaciones que sugieren tales finalidades. En cuanto al “más allá” o a los efectos de la actividad lectora, a veces también pueden sugerirse : sí se ve que la lectura puede ser fuente de placer compartido, incluso por los criados (Hist. ed., 780), que puede provocar a risa, aun cuando se trata de un mero argumento publicitario, como en alguna cubierta de La Novela Cómica (números 41 y 43) —no he encontrado representaciones de “dulces” lágrimas—o ser base para la discusión (Ilust. 21). Que leer música, también es leer. Que se puede leer fumando (Ilust. 22), con lo  cual se quiere significar la dimensión de distracción y relajamiento que conlleva la lectura. De cualquier manera, por ser lecturas hechas por hombre, son lecturas legítimas, eso por supuesto.


























  1. 20.Cortesía de C. Alonso          21. Almanaque enciclopédicoilustrado para 1869, p. 185                22. Col. particular




De las representaciones, se puede deducir lo que se lee? Deducir del momento inmovilizado un antes y un después, imaginándolo? O sea: la inscripción de la actividad lectora en el tiempo? Resulta más difícil. Excepto tal vez negativamente, observando que los hombres poco se dedican a la lectura de recreo: no se sugieren situaciones de lecturas distraídas, como la representada en el retrato de un hombre adolescente por Ignacio Pinazo titulado La lección de memoria (1898) —pero de un cuadro se trata—; son más bien lecturas concentradas, hasta tal punto que, de tan absorto por la lectura como  está, el que lee (Ilust. 23) no se percata de la implícita rivalidad de la lectura con otros placeres, sugeridos por la mujer tentadora, por no pertenecer a su rol social tal y como se representa.


















                                       





                                            23. La Novela de Hoy, 14-III-1930, n°409 Col. particular


Como se ve, cada representación de la lectura puede dar lugar a una lectura más o menos subjetiva y por consiguiente, tal vez no compartida por todos…

 

5. Lectoras. En 2008, escribía Botrel (2008, 113) que “solo por referencia  al modelo varonil de la lectura puede ser analizada [la lectura femenina]”. Desde aquella fecha, los nuevos documentos encontrados y recogidos, no contradicen lo afirmado entonces. La representación de la mujer leyendo sigue siendo mucho más frecuente que la del hombre leyendo, como lectora colectiva o solitaria (la mujer en poltrona o en butaca, sobre todo). Pero tal vez puede confirmarse la evolución apuntada hacia una visión rompedora, más dinámica y reivindicada de la lectura femenina ¿Cómo lo hemos de interpretar? ¿Cómo una representación convencional o, al contrario, como la afirmación de la voluntad de la mujer de acceder a la lectura? Una voluntad confirmada con los espectaculares progresos de la alfabetización y el auge de una prensa dedicada, etc.? Algo como la democratización de algo reservado a las clases altas o al ámbito familiar?

 La representación de la mujer lectora de revistas para la familia[9] (Ilust.  24) va desapareciendo, pero no la de la lectora de revistas cuya presencia se vuelve más frecuente (Ilust. 25.), al par que se acentúa su utilización como pretexto para la representación del desnudo femenino (Ilust. 26) o de la mujer rival del libro en términos de placer, como en la cubierta de Pérez y Pérez (Ilust. 23). Pero recuérdese que dichas representaciones son casi todas obra de varones.














                   







24. Col. particular






                                                                                                                                    25. Col. particular



                                                                                                






















26. Col. particular                                                                                                    27. Foto JFB


 




6. Conclusión. Queda la frustración de no poder acceder, a través de las representaciones gráficas, al menos, a la experiencia auténtica de la lectura vivida, ni siquiera a través de la fotografía de la que aún se suele pensar que refleja más la realidad.

            ¿Qué valor documental puede atribuir un historiador de la lectura (que no lo sea también de la vida privada) a una foto como la premiada con un accésit en el IX Certamen fotográfico de Salamanca en 2002 (Placer, 46) donde, por muy documentada y vivida que esté tal situación de lectura,  el libro y el acto de lectura resultan obviamente subalternos, al focalizarse la cámara en otro adminículo. Lo que también se nos antoja auténtico como esa señora retratada leyendo en su cocina, antes de recoger (“Tras la comida”, se titula la foto), por la intrusión que supone el picado de la cámara y tal vez la composición de un verosímil por pobre y elemental bodegón, puede ser el resultado de una puesta en escena (Placer, 82). ¿Qué valor atribuirá un historiador de la lectura a esta foto (Ilust. 27) sacada en Almadén en julio de 1974, por un joven hispanista de la Casa de Velázquez ya preocupado por la historia de la cultura escrita? Se trata de una foto aleatoria, debida al azar, espontánea. Pero la intención: ¿era asociar unas imágenes con un acto de lectura, con la presencia casual de un lector o de una lectora? O más seguramente conservar una huella de unas prácticas que iban ya desapareciendo, en Francia al menos, como era anunciar una película con fotogramas y también un tablero con mensaje dibujado con tiza? Sea lo que fuere, lo cierto es que en esta representación la “evidencia” de la lectura no es un texto, sino una fotografía. Una lectura silenciosa y solitaria pero en la calle, de pie de una secuencia de fotogramas que dan cuenta de una película se supone que programada[10]. En la parte alta del dispositivo se anuncia otra película (¿de samuráis?) con seis fotogramas que también pudieron dar lugar a una lectura. ¿A qué finalidad obedece? ¿meramente informativa? o ¿ya es fuente de placer?

Quedémonos con que se puede atribuir algún valor documental a las propias representaciones, con la “revelación”  de unos soportes de lectura y  bienes culturales y de unas situaciones solo muy excepcionalmente tenidas en cuenta (lectura de un cartel, de una imagen, de un panfleto) y de unas evoluciones  en lo que se lee (de la lectura de un libro a la lectura de un periódico o de una revista gráfica de una novela de kiosco) y de las situaciones de lectura (en el ámbito casero, en la calle,  delante de un kiosco, etc.).

Que se encuentran pocas representaciones de la lectura con finalidad profesional  pero sí con finalidad de información y de placer presente en las representaciones de los obreros y campesinos, sin hablar de ocio.

Que, mientras no se demuestre lo contrario, en las representaciones gráficas la lectura se contempla como una actividad muy femenina, a pesar de su notorio retraso en cuanto a alfabetización, si bien a principios del siglo XX se dan unos progresos rápidos y espectaculares. Será que en la mujer se contempla la futura o actual madre de familia responsable de la buena educación de sus hijos y que no se dediquen a las “malas” lecturas”. Unas situaciones convencionales y hasta estereotipadas a calificar y guardar en la memoria porque permiten entender y dar un valor a las representaciones rompedoras con respecto a las representaciones gráficamente redundantes donde se da una  especie de reivindicación del acceso al estatuto de autonomía lectora para la mujer y por parte de las mujeres? Es una pregunta.

            Vistas estas representaciones de la lectura, ¿se puede  arriesgar que, a principios del siglo XX, se trata de una actividad cada vez más autónoma, individual, solitaria, con la casi total desaparición de las situaciones de lectura en alta voz y colectiva?

Lo cierto es que para entender el significado de las distintas representaciones, es imprescindible tener en cuenta los discursos adversos o favorables que se enfrentan en la época, para poder darle todo su valor socialmente simbólico al objeto o a la situación, por ejemplo, la conquista del leer y de  la lectura contra las prohibiciones de la Iglesia  con todos los peligros (cf. “Los libros que matan” a Frida; Hist. ed., 777), pero también los placeres de la transgresión,  el libro enemigo que se va haciendo el libro amigo, casi obligado ya para la puesta en escena fotográfica de una, siquiera como adminículo, y asociado con una lectura emancipada.

            La representación de la lectura y de los lectores llega a ser como un discurso social sobre la lectura a cotejar, por supuesto, con lo que la historia de la educación y de la lectura, los discursos y testimonios verbales sobre la lectura y los egodocumentos nos dicen[11] y, por supuesto, con otras situaciones nacionales, para poder decidir de si ha existido y existe una manera española de leer o  de representar, siquiera gráficamente, el libro y la lectura.

 

Jean-François BOTREL

Université Rennes 2

 

 

 

Resumen. Cómo y en qué medida el discurso gráfico sobre la lectura puede dar cuenta de lo fueron las prácticas lectoras de los Españoles de los siglos XIX y XX. El examen de unas 150 representaciones de aprendices o adultos lectores permite aportar algunas respuestas.

 

 

Résumé. Comment et dans quelle mesure le discours graphique sur la lecture peut-il rendre compte des pratiques lectrices des Espagnols des XIXe et XXe siècles.  L’examen de quelque 150 représentations d’apprentis ou d’adultes lecteurs permet d’apporter quelques réponses.

 

 

Palabras claves. Lectura Aprendizaje Lectores Lectoras Representaciones

 

Mots clefs. Lecture Apprentissage Lecteurs Lectrices Représentations

 

 

Estudios citados :

 

Bollmann, S. (2006) Las mujeres que leen, son peligrosas. Madrid : Maeva.

 

Botrel, J.-F. (1987) "L'aptitude à communiquer : Alphabétisation et scolarisation en Espagne en 1860 à 1920". En : De l'alphabétisation aux circuits du livre en Espagne. XVIème - XIXème siècles. Toulouse : CNRS. pp. 105-140.

---. (1988). La diffusion du livre en Espagne (1868-1914). Les libraires. Madrid, Casa de Velázquez.

---- (1989).  "Lector nominal y lector real en Fortunata y Jacinta". En : Galdós. Centenario de "Fortunata y Jacinta" (1887-1987). Actas. Madrid : Universidad Complutense. pp. 451-460.

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[1] Huelga recordar la creciente presencia —que llega a omnipresencia— y el impacto de la imagen en el sistema de aculturación escrita del XIX y del XX.

[2] Sin embargo, también pueden llamarse Penagos, Renart o Txiki.

[3] Huelga insistir sobre la trascendental función de la ilustración augural/inaugural de cubierta —es lo que salta a la vista— como « mecanismo visual de incitación a la lectura» .

[4] A falta, por ahora, de una base de datos y por razones de economía editorial, solo se reproduce una muestra de lo acopiado, remitiendo, en su caso, a las fuentes donde se pueden ver dichas representaciones.

[5] En la imagen social del niño, con el abandono de las agobiantes intenciones moralizadoras a favor de una mayor autenticidad al reflejar la realidad del niño, el adulto va perdiendo “el tono admonitorio e instructivo en sus discursos a la hora de acercarse a esa realidad infantil”: a los niños ya se les habla casi “de igual a igual”, escribe García Padrino (1992, 149). 

[6] Se sospecha que en la lectura en ámbito escolar prevalece una representación bastante conservadora.

[7] En los álbumes de retratos o tarjetas de visita conservados en la Fundación Lázaro Galdiano en Madrid (cf. Yeves Andrés, Juan Antonio, Una imagen para la memoria. La Carte de visite. Colección de Pedro Antonio Alarcón, Madrid, FLG, 2011).

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[8] Cf. Todo colección

[9] La lectura en voz alta del diario sería cosa de hombres.

[10] Resulta que no se trata de la anunciada con letras dibujadas con pintura en el tablón (Los cuatro pistoleros de Santa Trinidad, versión española de  I quattri pistoleri di Santa Trinitá de Giorgio Cristalleni (1971)), sino de Gran duelo al amanecer (Il grande duello, spaghetti western de 1972) con Lee van Cleef como actor principal (cf. el fotograma a la izquierda del lector/de la lectora).

[11] Se echa en falta, para España,  algo parecido al libro de Anne-Marie Chartier y Jean Hébrard (1989) para Francia.