Historia del libro/historia de la cultura escrita


in : Castro, Xavier, Juana, Jesús de (dir.), XI Xornadas de Historia de Galicia. Historia da cultura en Galicia, Ourense, Deputación Provincial de Ourense, 2002, p. 217-250.

 

 


 

            ¿ Cómo concebir una historia del libro y la lectura para un país donde como con dolorida agudez señalaba Mariano José de Larra, leer y escribir no ha sido "profesión" ni "afición", donde en l900 casi los dos tercios de la población eran oficialmente incapaz de leer y escribir y en l92O, subsiste un bloque de l2 millones de analfabetos que tardará en deshacerse más allá de l98l, año en que quedaba casi dos millones de personas analfabetas, con importantes disparidades sexuales y regionales en el acceso a las competencias lectoras ? Esto es lo conocido y deplorado, excluyente del modelo septentrional...  Pero también es cierto que España a finales del siglo XIX ofrece una situación más contrastada y, en alguna medida, más dinámica -más "europea"- de la que se suele dar por evidente : el atraso con respecto a Europa no es uniforme -algunos viven en perfecta isocronía e incluso simultaneidad- ni tan pasivamente aceptado y en la crisis pueden vislumbrarse gérmenes de futuro ; lo mismo que la presencia o la exigencia de la modernidad no ha de ocultar la permanencia de arcaísmos del antiguo Régimen y el que España vive entonces con tiempos y en un espacio muy contrastados.

            Una historia de la cultura escrita más que una historia del libro y de la lectura ha de permitir destacar tendencias, iniciativas y prácticas mucho más variadas o positivas dentro de lo que cabe, esto es dentro de un contexto de evidente retraso global con respecto a la situación europea media.

            El caso de España es, pues,  una invitación a reflexionar sobre otro posible modelo y, por consiguiente, a reconsiderar evidencias aplicadas a la Europa del Norte desde historia de la alfabetización y de la educación y pensar -practicar- una historia de la cultura escrita dentro de relacionada con una historia cultural.

            Una historia cultural concebida como el "estudio de las formas de representación del mundo dentro de determinado grupo humano (...) y análisis de su gestación, expresión y transmisión" (Rioux & Sirinelli, 1997, 16), en la que destacan cuatro campos por explorar : la historia de las políticas e instituciones culturales, la de las mediaciones y mediadores (como los soportes vehiculares), la de las prácticas culturales, la de los signos y símbolos, de los lugares expresivos y de las sensibilidades difusas, etc., todos pertinentes para la historia del libro y la lectura.

            Teniendo en cuenta, hasta cierto punto (porque las bases para una historia social de la cultura  quedan en gran parte por establecer) , una tendencia a identificar la cultura común y compartida a partir de casos singulares, de experiencias-límites, de testimonios individualizados (individués) vs la prevalencia de las repeticiones y promedios / a privilegiar la singularidad y no la serie como más apropiada como medio más apropiado para revelar una manera de pensar o sentir, una tendencia a centrarse más en las prácticas que en los objetos (Chartier, 1990, 92)

            La historia del libro, por ser tradicionalmente una historia ancilar, "fronteriza" y nodal a la vez (con múltiples conexiones o interferencias con la historia de las técnicas, económica, literaria, de las relaciones internacionales, de la educación, etc.), ha venido tomando conciencia de estas necesarias interconexiones y de las evoluciones, asociando la historia de la lectura y últimamente de la cultura escrita (1)  y llega ahora a reinvindicar su contribución o pertenencia a la historia cultural -su relevancia para el estudio de las "formas de representación" y la exploración de los cuatro campos señalados es notoria -, con el consiguiente ensanchamiento de su campo de estudio del libro al impreso en general, del objeto a las prácticas, con una atención creciente por las conexiones con otras manifestaciones culturales y por los usos individuales, privilegiando, pues, el estudio de las zonas de contacto.

            Tomando por punto de referencia el balance hecho a principios de esta década (Botrel, 1995a), me propongo, analizando para el XIX y el XX (no para el XVIII) la reciente producción al respecto (2) sugerir algunas orientaciones valederas para un período contemporáneo aún muy poco cultivado (y en gran parte por roturar).

           

1. La cultura del impreso.

            "Analizar la difusión de la cultura escrita y las consecuencias cognitivas o mentales del tránsito desde lo oral a lo escrito teniendo en cuenta las relaciones entre oralidad y escritura" (Viñao, 1994) -también podría incluirse la "espectacularidad"- está aún en gran parte por hacer y por ahí se había de empezar, centrándose en las evoluciones que se vienen notando en un ambiente público de cuño cada vez más urbano : son ya más de 3 millones los españoles que viven en capitales de provincias en 1900 y aunque las cuatro quintas partes de la población española siguen siendo rurales, no cabe duda de que la pauta la da cada vez más la ciudad de la que provienen muchos bienes ya compartibles, con la presencia creciente de "semioforos", como los llama Krzysztof Pomian ( apud Rioux, Sirinelli, 1997), o sea de soportes o signos de escritura en sentido amplio : libros, publicaciones periódicas, carteles, rótulos, etiquetas, partituras, etc., pero también imágenes, cuadros, dibujos, estampas, fotos, mapas, planos, etc. las esquelas, pero también -¿ por qué no ? - las lápidas funerarias (cf. Botargues, 1998).

            Dejando aparte la historia aún por hacer de la práctica privada de la escritura a través de la correspondencia (con el examen e interpretación de los datos sobre cartas y objetos postales "circulados"), la letra y los contenidos, los modelos (Secretario de los amantes, Poesía postal y demás), nos podemos referir, por ejemplo, al desarrollo de la prensa en provincias  a finales del siglo XIX que corre parejas con un relativo incremento de la difusión de la prensa nacional (Botrel, 1993a) y la aplicación de la pluma y del lápiz a la propaganda comercial (caso de El Siglo , "órgano de los grandes almacenes de este título", en Barcelona) que ya han preparado cierta profusión de mensajes icónicos :  aunque falte aún bastante para que las calles y plazas resulten saturadas, es sabido que desde 1890 "El gaitero" -emblemático de una marca de sidra-  se encuentra en placas de hojalata, que el color se impone, gracias a la cromolitografía, en el comercio y la publicidad, y que el gran cartel de tipo callejero irrumpe con fuerza, sobre todo en los últimos cinco años, con aquella "primavera de affiches", como las realizadas para el Anís de Mono o Cordoniú en 1898, vista por Rubén Darío en Barcelona, verdadero "grito en la pared". "Los vivos colores (...) producen un fulminante impacto en la rutina del viandante", afirma Sánchez del Barrio (1998), recordando los dos concursos de carteles organizados entonces. Si se añade el que los fonógrafos con cilindros permiten ya la reproducción del sonido y que el cinematógrafo en las barracas de ferias ya permite la del movimiento (Pérez Bowie, 1996b), confirmando la creciente importancia de las artes visuales, es fácil pensar que está cambiando la percepción del mundo pero, aún más, los "objetivos" a alcanzar para una población aún mayoritariamente al margen de la modernidad. ¿ Qué efecto produciría hacia 1890 en la población de Lugo la inscripción en el frontón de un edicifio modernista recién construido en el casco antiguo, con letras en mosaico con colores y de diseño modernista también, de la razón social de la "Eléctrica lucense" ? ¿ Cómo cambia el paisaje "escrito" urbano con los rótulos o pancartas, las inscripciones para identificación de las calles, los papeles pegados en lugares especializados o no, etc. ? Pero también, ¿ cómo se da la publicación oficial (a través de las Gacetas y de otros impresos) del acervo de textos reguladores de la vida social que seguirán siendo pregonados y leídos en voz alta por los pregoneros y tergiversados por los ciegos con sus pregones y recitaciones más o menos melódicas. Porque estas "nuevas prácticas" no acaban de rondón con las antiguas. Nos lo enseña todo -es poco- lo que se ha conservado y se viene últimamente clasificando en las secciones de Ephemera (categoría no tenida en cuenta por J. Martínez de Sousa en su Diccionario de bibliografía y ciencias afines (1993) o sea el texto impreso efímero que por su vocación de actualidad o de confidencialidad tiene un "porvenir incierto" -ninguno, casi siempre-, como púdicamente se dice, como son las publicaciones de circunstancia, pasquines, carteles, libros prohibidos, periódicos de difusión confidencial (cf., por ejemplo, lo que supone la publicación de 3 números de El Rabagás en 1872 por el joven Leopoldo Alas, A. Palacio Valdés, Pío Rubín y Tomás Tuero) y lo que algunos venimos describiendo y estudiando es a saber : otra librería , más o menos virtual, la del pueblo (Botrel, "La cultura del pueblo..."). En esta librería se encuentran productos editoriales impresos dependientes del calendario evocado (caso de los almanaques y calendarios, por ejemplo con "literatura" o sin ella (poesías, cuentos además del imprescindible y ritual " Juicio del año "), pero también se reproducen ecos, trasuntos o versiones de la actualidad más o menos nacional, oficial y legítima de textos "canónicos,  en los llamados pliegos de cordel ( estampas, goigs, ventalls, aleluyas (auques), romances, relaciones y sátiras, pliegos carnavalescos (cf. Montesino González, 1986), motes y piropos, canciones "que se cantan en varios cafés", cartas de amor, décimas glosadas, trovos, seguidillas, jotas místicas, villancicos, poesías "para recitar", historias de cordel (unos 22O títulos (cf. Botrel,1986a)), sainetes (221 títulos en casa de M. Borrás en Palma hacia 1880), pasillos dialogados, comedias sueltas, relaciones de comedias, argumentos , libritos, novenas, hojitas y folletitos de propaganda, "novelas" o "cuentos" (novelas por entregas, novelas de las de kiosco a peseta y baratas , sin que falten versiones del Quijote), pero también estampas (3), estampitas, láminas, pliegos de aleluyas, de soldados, de santos, piezas para sombras, "teatrillos", cartapacios, librillos de papel de fumar, cromos o  postales inspiradas en las Doloras de Campoamor o en Electra de Galdós...

            Son impresos no "canónicos" o "legítimos", muy variopintos y bastante abundantes que remiten a unas prácticas compartidas por los mismos analfabetos e iletrados y  que quedan caracterizados por su escasa extensión (de una octavilla, un cromo o una tarjeta postal a 4 pliegos o 32 páginas), por su fragmentación (con multiplicación de elementos, de partes, de capítulos, etc.), llegando a libros también caracterizados por su escasa calidad (con su papel muy "económico"  (mecánico desde los años 1850), su descuidada tipografía (tipos gastados, erratas con los consiguientes " cambios " en el texto , pero con presencia de elementos icónicos (una viñeta de cabecera o una cubierta ilustrada "característica", al menos) y un precio reducido, limitado de una peseta para abajo, hasta dos cuartos, con una " puesta en libro " (4) que remite -ya que lo remeda- al libro canónico y un sistema de difusión precario pero "asequible" (casetas, kioscos, ciegos, repartidores...), y su relativa abundancia.

            Si ahora nos referimos a la prensa, factor de comunicación de masas por excelencia, la urbanización, que es uno de los factores favorecedores de su desarrollo, es aún muy relativa en los años 1930 ya que las ciudades de más de 2O OOO habitantes no representan aún más del 3O% de los españoles con una importante y sigue siendo muy mayoritaria la España rural, pues, y la existencia de un verdadero mercado nacional tarda más que en otros países más eficazmente comunicados en instaurarse: el debate sobre si la prensa madrileña "exportaba" a provincias un 25% (J.-L. Gómez Mompart, 1992) o las dos terceras partes de sus ejemplares antes de l9l4 (Seoane, Saiz, 1996), no ha de hacernos olvidar que, a pesar de muchas iniciativas innovadoras (cf. Palenque, 1992, Trenc, 1996), el concepto de prensa de masas sigue siendo muy teórico hasta muy entrado el siglo XX ( en l892 en España que no cuenta con " un sistema cultural estructurado ni con un sistema informativo integrado " (Gómez Mompart, 1992) se producían diariamente un millón y medio de ejemplares de periódicos cuando en Francia un título como Le Petit Journal tenía por si solo una tirada de 800 000). Pero piénsese, también,  en lo que supone a partir de 1833-36 la existencia en cada provincia de un Boletín oficial y , después de 1850,  como réplica tal vez, de un Boletín eclesiástico de las distintas diócesis ; el espectacular desarrollo de la investigación sobre la prensa local ya casi exhaustivamente inventariada (5) permite darse cuenta de la presencia y permanencia de la prensa en provincias a partir de los años 1880 y, en menor medida, analizar su función y  sus relaciones con otros medios (nacionales sobre todo) y su papel para la vida social y cultural. No hemos de olvidar en efecto la existencia desde el siglo XIX de una cultura provinciana o en "las provincias" como decía, en l879, el periodista malagüeño Casimiro Franquela al denunciar "el papel de parias" que éstas vienen haciendo, tanto en la esfera social como en el orden político, como en la administración como en artes como en todo ", expresando el resentimiento "del sabio que vive en provincias, del orador eminente, del sabio médico, del concienzudo artista, del inspirado vate que mientras vivieron en provincias jamás encontraron un sincero aplauso en la prensa cortesana". En el último cuarto del siglo XIX se da un pacífico "levantamiento de las provincias", como en l820-l823, lo cual explica, entre otras causas, aquel espectacular aumento de publicaciones periódicas ya señalado (de unos 45O en l87O a unos 2 3OO en l92O o una multiplicación por cinco reveladora de una especie de "periodicomanía") (6).

            De esta realidad, me parece buena ilustración Galicia -una de la regiones con mayor tasa de analfabetismo en los años 1900- donde existe un importante patrimonio periodístico (7). Por ser más conocido y practicado este campo, me contento con  recordar lo que con P. Aubert y J.-M. Desvois y después desde los coloquios de PILAR2 (Presse Ibérique et Latino-Américaine de Rennes 2) decíamos acerca de lo que había de ser una historia de la prensa (8), y con observar, por ejemplo, cómo los modelos madrileños  influyeron sobre la prensa local y regional alimentando unos periódicos hechos tanto con tijeras como con pluma : ahí están los seudo-telegramas tomados de otros periódicos o la reproducción de los artículos de L. Bonafoux escritos en Rennes donde se daba el segundo proceso de Dreyfus en El Regional. Diario ilustrado de Lugo en 1898, que, el 25-05-1898, también pudo reproducir  un artículo de Clarín ,"La historia de España", publicado en La Correspondencia de España el 25-05, pero que también  publicaba un folletín encuadernable aunque irregular  (El paje del duque de Saboya de A. Dumas (padre), tenía una sección de cuentos ( " Los cuentos de El Regional ") participando así de una corriente nacional (cf. Ezama Gil, 1992), que el 14-01-1898  se refiere al " asunto Dreyfus " con un artículo propio y acompaña después la corriente patriotera nacional con  "Las guerrilleras" de Mora o la siguiente definición de USA : Unos Solemnes Animales...

            Pero también El Lucense. Diario católico (que en 1898 lleva 15 años publicándose)  publica un folletín aunque de corte arcaico y clásico, o sea : sin "novelas" al uso ( Rinconete y Cortadillo después de una Pastoral del Obispo de Cádiz...). Del Calendario de bolsillo para 1899 se prevé una tirada de 20 000 ejemplares y de El calendario gallego una de 30 000 ejemplares, cuando el  Almanaque lucense se regala a los suscritores de El Lucense o se vende por 40 cts a aquellos que no prefieren el "verdadero Zaragozano". Recordemos que en la provincia de Lugo en 1900 viven unos 465 000 habitantes de los que sólo 124 000 constan como alfabetizados (un 26,84% como se suele precisar, pero un 33, 82% en la capital), lo cual significa que el calendario entra incluso en hogares sin "alfabetizados"... (9).

            Una parte importante del personal redactor de la prensa regional o local es por otra parte creador intelectual profesional , o sea son lectores que tienen una práctica de la escritura, y entre todos aquellos abogados, médicos, ingenieros que participan en el concurso de sonetos del Madrid Cómico en l892 (Botrel, 1989), muchos colaborarían en la prensa local como aquellos "intelectuales riojanos con aficiones literarias", Sabino Ruiz o el llamado Griego (cf. Martínez Latre, 1993) o aquellos poetas aragoneses estudiados por María Angeles Naval (1995) con unas modalidades de difusión e integración de la poesía (en los ateneos, en la prensa o en los Juegos florales) que acompañaron a la burguesía zaragozana durante los primeros años de la Restauración y permiten a Zaragoza creer que está  progresando, encontrando en sus jóvenes ateneístas y plumíferos una confirmación más.

            Ni a nivel de producción, ni a nivel de recepción es recomendable pues considerar cada objeto (el libro, la prensa, etc.) de manera aislada. Es necesario privilegiar el estudio de la relación,  entre prensa y libro (10)  pero también dentro de un mismo impreso como pasa con la imagen y el texto (11) , no olvidar que leer música es leer, observar cómo unos libritos de papel de fumar pueden ofrecer una  historia coleccionable de Atala (con imagen) por supuesto (Botrel, "Pueblo y literatura..."), recordar que la relación entre impreso y oralidad es definitoria del romance de cordel (Díaz Viana, 1987), que entre espectáculo e impreso existen múltiples vínculos (desde la obra manuscrita hasta el argumento, pasando por la edición en libro y las "partes" de los actores, etc.).

           

2. Discursos y prácticas.

            Del estudio de la alfabetización (de hecho del analfabetismo), se ha llegado a privilegiar la capacidad de leer, como aptitud creciente y en vías de generalización, positivamente calculada (Botrel, 1993a) y como efectiva realización con sus distintas modalidades "las maneras y modos de leer y los actos de lectura en sí mismos, en cuanto actos de apropiación y recreación de lo leído" (cf. Viñao, 1994, 42) "la lectura como práctica social y cultural" en un contexto de laicización/secularización de los contenidos con progreso de la asociación de la práctica con valores del "ocio" sin que deje de ser util" no vinculado en las prácticas populares con valores éticos más que estéticos (Lahire).

            Con Leer y escribir en España  (Benito, 1992), la Historia ilustrada del libro escolar en España  (Escolano, 1997) y la Historia de la infancia  en la España contemporánea  (Borrás Llop, 1996), ya se puede saber de los avances de la lectura y de los métodos de aprendizaje y, cada vez más, del sistema escolar. Por otra parte, vamos acopiando informaciones sobre la oferta (y en menor medida la demanda) de productos legibles y sobre lo que se leía  y quiénes lo leía . Algo empezamos también a saber sobre los discursos sobre las lecturas y la lectura y el estatuto del libro -de lo escrito/impreso, en general- y de la lectura para los lectores...

            Lo que sí nos falta por conocer es cuáles eran las prácticas privadas de escritura, cómo se leía, después del teórico aprendizaje -formal o informal-, de lectura. Si, como parece ser, para la mayor parte de los nuevos alfabetizados la aptitud lectora, a finales del XIX, no pasaba mucho del deletreo con oralización y si la lectura asistida, o sea por el intermediario de un adulto o de un lector experto, era una práctica corriente, no podemos dejar de plantearnos las posibles consecuencias de esta situación sobre la realidad de la actividad lectora y, también, sobre la presunta marginación de millones de Españoles con respecto a la cultura escrita.

            Cabe cuestionar, pues, una situación que a los que acostumbramos hoy leer silenciosamente nos cuesta interpretar y valorar : la lectura en voz alta -lo que también se califica de "arte de leer" o de "lectura como arte"- y sobre todo su recepción (escuchar una lectura) por parte de "lectores"-oyentes, trátese de una auto-lectura o de una lectura pública. Si vale para España, lo que afirman A.-M. Chartier y J. Hébrard (1989) a propósito de Francia (3), hemos de pensar que lo que hoy nos parece la lectura más eficaz o sea : la extensiva, rápida, individual y solitaria y casi siempre silenciosa (4) no fue la forma de leer dominante y que es preciso privilegiar una lectura intensiva, ordenada, colectiva ( con una presencia a menudo frontal y autoritaria a través del maestro, del clérigo, del padre o de la madre de familia o de cualquier lector, pero también una posible mutualización), una lectura, por consiguiente, oralizada, desde la lectura comunicativa en alta voz hasta la práctica egocentrada de la subvocalización.

            Con la idea de que la mediación de un lector y de la voz en la relación construída con el texto puede influir sobre su interpretación. De esta manera, podríamos llegar a una revisión de nuestra "lectura" de buena parte de los textos -incluso los más canónicos- del siglo XIX, mucho más allá de los textos dramáticos, poéticos o de la llamada literatura oral que implican una relación oralizada y/o mediatizada con el texto.

            Para más detalles, remito a mi estudio sobre la lectura en sociedad y el lector-oyente en el Bulletin Hispanique (1998e).

            Pero ¿ qué de las lecturas menos formales aún, la lectura logográfica de imágenes caso de las aleluyas, por ejemplo , con  disposición tipográfica de imágenes "canónica" de izquierda a derecha y de arriba para abajo (viñetas) donde la letra memorizable sólo acompaña un iconotexto , como propedeutica para una lectura más "formal" (Botrel,1995c) ? ¿ qué de las lecturas "salvajes", etc. o, como propedeútica también, el impacto de la periodicidad (anual cuando del almanaque se trata y semanal luego con el sistema de las entregas hasta llegar a ser diaria, o meramente dominical, etc.) (cf. Botrel, 1993b, 1996), así como uno multitud de aspectos de la lectura como actividad hasta ahora poco tenidos en cuenta y que pueden llegar a tener tanta relevancia como el mismo texto hasta ahora privilegiado.

            El examen de los modos de conservar, colocar y clasificar los libros en las casas, en las bibliotecas privadas (pero también públicas), la manera de apropiárselos (individualizándolo con marcas de propiedad-no solo con ex-libris sino con todo lo que se puede poner dentro del libro (12)  dándoles una encuadernación (13) , todo esto  da cuenta del valor que se atribuye al libro/impreso, sin olvidar las marginalia de tan aleatoria pero enjundiosa significación (14).

            De estas prácticas, dan cuenta las representaciones icónicas, que aún están por acopiar y  descodificar : sería importante poder dar a ver retrospectivamente la representación pictórica e icónica en general del impreso y de las situaciones de lectura, en  cualquiera expresión como en el cuadro del Museo de Lugo titulado "Noticias frescas" leídas a la luz de un candil con expresión de la intensidad del esfuerzo por  leer (percibir y descifrar), como en aquellos lectores de carteles representados en el dibujo reproducido por G. Menéndez Pidal (1988), todas aquellas fotos de hombres jóvenes y mayores de pie con una mano puesta sobre un libro cerrado, por supuesto, o del joven militar que en los años 1920, tampoco lee (es una puesta en escena) pero lo hace con un fascículo -no un libro- en una mano y en la tradicional mesa de al lado un ejemplar de Mundo gráfico : todo un símbolo de la evolución habida en el protagonismo de la imagen en todos los sentidos, un indicio más de la penetración y evolución de la cultura escrita de su índole y estatuto. La representación por R. Casas de una mujer joven, con corpiño, falda y pañuelo largo, semianudado por debajo de la cintura, en actitud relajada de lectura, de pie, con una mano apoyada en la cadera y la otra sujetando unas hojas impresas, dibujo reproducido en... La Lectura  en 1904 (Marco García, 1997),  podría ser emblemática de esa nueva percepción, ya parcialmente consolidada, de una actividad redentora y liberadora que en las dos primeras décadas del siglo XX va a ser compartida por un número rápidamente creciente de nuevos lectores y lectoras.

            En cuanto a los discursos "escritos" y racionales (teórico-prácticos) sobre la lectura y sus prácticas (pero también sobre la prensa, el impreso en general, la novela, el intelectual, etc.) no disponemos todavía para España de un libro parecido al de A.-M. Chartier y J. Hébrard (1989), aun cuando la posición de la Iglesia católica al respecto ha quedado perfectamente establecida y matizada por S. Hibbs-Lissorgues (1997) y el discurso obrero sobre lectura y lecturas (cada vez más comparado con prácticas) empieza a ser posible, con matices incluso (15).

            También echamos de menos estudios más abundantes sobre las instituciones culturales : la académica (como la tesis de B. Pellistrandi sobre la Real Academia de la Historia (1997)) y escolar (la preceptiva, el discurso sobre el canon, la censura, etc.) pero también sobre todas las iniciativas "informales" encaminadas a fomentar el desarrollo de la literatura y bellas artes como los Ateneos (cf. el libro de F. Soria Andreu sobre el Ateneo de Zaragoza (1993)) o los Juegos Florales y las Fiestas del Gay Saber (Soria Andreu, 1996) y la "incorporación" al quehacer literario de todo tipo de talentos anónimos, entonces y hoy.

           

3. Sociología y estética del libro.

            Como recuerda R. Chartier (1991), "le format des livres, les dispositions de la mise en page, les modes de découpage du texte, les conventions typographiques sont investis d'une "fonction expressive" et portent la construction de la signification. Organisés par une intention, celle de l'auteur ou de l'éditeur, ces dispositifs formels visent à contraindre la réception, à contrôler l'interprétation, à qualifier le texte. Structurant l'inconscient de la lecture (ou de l'écoute), ils sont le support du travail de l'interprétation".

            Se viene observando cómo, al margen de la intervención editorial, la proyección del creador (del texto) en el libro puede contribuir a fijar el sentido, a definir al lectorado (caso de Clarín con su preocupación por la puesta en libro de sus producciones (cf. Blanquat &Botrel, 1981) o de Unamuno y  Blasco Ibáñez con las cubiertas de sus libros).

            Aquí cabe mencionar todo lo que queda por hacer en una perspectiva histórica

(ya que suele ser la visión estructural y raras veces siquiera sincrónica) a partir de la nociones de para o peritexto (acuñadas por Genette) o la llamada "sociología del texto" según Mac Kenzie o la estética del libro y el concepto de " género editorial " (Botrel, "La novela, généro editorial...").

            En este concepto entra toda una serie de elementos que no son propios del libro-novela pero cuya combinación participa de la configuración de un género editorial : el papel, el formato, la tinta, las portadas y su utilización para la presentación del producto y su identificación, las distintas unidades tipográficas como la letra y el cuerpo, la mancha, la composición (una, dos o tres columnas), los capítulos en páginas impares o seguidos, con títulos o sin títulos, indicaciones relativas al discurso narrativo, presencia de elementos icónicos, etc., todo esto merecería un estudio muy detenido desde las orientaciones propuestas por Mac Kenzie (1991) o por la semiología y sociología del libro (Rigot, 1992, Satué, 1998). Sólo vamos a destacar aquí algunas consecuencias de las opciones referidas a la iconografía.

            El modo/tipo de asociación de elementos icónicos con el texto es tal vez el que más incidencia tiene en la evolución de la novela como género editorial... El cambio (revolución) se produce en relación con la prensa ilustrada (como El Semanario pintoresco español) cuyos grabados xilográficos insertos en el texto vienen a hacerles la competencia sino a sustituir a las planchas de acero o a las litografías que servían para el frontispicio y la única ilustración fuera de texto que solía acompañar cada volumen.

            El número, la calidad de ilustraciones viene a ser, en los años 185O, un argumento comercial ("adornada con magníficas/ preciosas láminas sueltas") y una característica fundamentalmente asociada con el texto de la novela o sea : inserta en el desarrollo narrativo y con una pertinencia de la que dan fe los pies de las ilustraciones. El libro ilustrado "romántico" se perpetuará en la edición popular con el reempleo de grabados o viñetas en el caso de la edición española y, con ellas, el libro se vuelve un objeto "visible" y no sólo el soporte para una lectura mental desencarnada. No cabe duda de que la relación del texto y de la imagen evoluciona en la forma editorial. Más allá del debate sobre si la imagen limita la libertad de imaginar, "fait écran" o si garantiza libertad permitiendo al lector vagabundear (Le Men, 1995), es importante observar cómo la presencia de elementos icónicos en la narrativa es constante a lo largo del período, no sólo como "pièces d'entrée" sino como grabados "del curso del libro", fuera de texto más que intercalados, y es preciso buscarles un sentido para el lector. Se puede llegar a una verdadera narración gráfica complementaria o al margen de la narración discursiva (véase el ejemplo de El "paso" de Pajares por J. García Mercadal) ; la novela puede volverse un producto mixto de plástica y texto (Botrel, 1998bd), y con la exuberancia gráfica se puede llegar a un producto original y autónomo (Botrel, "La novela, género editorial...").

            Pero la innovación de las cubiertas alusivas al título que coexiste con "los libros tristes, de cubierta terne, sin nada que llame la atención del lector" (como las novelas de Galdós o las publicadas por F. Fe o V. Suárez y como máximo atrevimiento las cubiertas a dos tintas como la "Biblioteca recreativa contemporánea" de A. Carlos de Hierro) es la que acaso más impacto tiene como seña de identidad e de identificación.

            Es heredada de los pliegos de cordel, como son las "historias" (Botrel, 1993a) y constitutiva, a partir de los años l850, de las "novelas por entregas", pero también (con unos colores) de la novela a peseta y después de las colecciones "miniatura" ("Colección Diamante", "Biblioteca Mignon", "Biblioteca Fabulosa", etc.) y de todas las colecciones semanales de novelas cortas y demás, como las novelas de Pueyo o las de Prometeo e incluso las de "Arte y letras" reeditadas por Maucci. Desde los años 1910, el color se aplica casi sistemáticamente a las colecciones de novelas semanales con sus atractivas portadas en color recuerda y dicen que en el rápido triunfo de la "Biblioteca Renacimiento", influyó, primero, la presentación de las obras : en lugar de la vieja portada de letras de imprenta y, a lo sumo, una fotografía, se buscó un dibujante de mérito para que diese a las cubiertas un sentido llamativo de cartel ."Quiero que sean como un grito de color" decía Ruiz Castillo. En los años treinta, pocas novelas, incluso las de a 5 pesetas, prescinden de la cubierta ilustrada y en color (Rivalan, 1998).

           

 

4. Antiguos y nuevos lectores.

            Con la emergencia de unos "nuevos lectores" aparecen o se imponen unos nuevos productos y unas nuevas prácticas ya evocadas por Botrel (1996) (16).

            Con el desarrollo de la cultura del impreso, el abanico de usos de lo escrito se  amplia y se constituye una red de prácticas específicas que definen una cultura original. Por cierto la lectura personal, en el retiro privado, no agota los posibles usos de los objetos impresos : los empleos festivos, rituales, cultuales, cívicos, pedagógicos son a las claras colectivos, postulando un desciframiento en común, hecho por el que sabe para el que no sabe, con unos valores o unas intenciones implicadas que son distintas de los presentes en el uso solitario de lo impreso.

            El caso más señalado, por paradójico, es la persistencia en España de la posibilidad de acceder a las noticias propias de la prensa sin hacer uso de ella, hasta muy entrado el siglo XX. Aludo aquí al papel original y específico de los ciegos cantadores o expendedores de impresos, verdaderos "telégrafos ambulantes" según Los Españoles pintados por si mismos que a cualquier hora estaban dispuestos a lanzarse por las calles de las ciudades para vocear la última gaceta o la última noticia más o menos averiguada, para luego cantar (y luego repartir) por los pueblos la "nueva y curiosa" relación del lastimoso suceso que ha tenido lugar en la villa de ..., en el presente año" pongamos por caso las "Coplas dos guardias de Guiritiz" (apud Rivas, Iglesias, 1998). "Los periódicos callan. Cantan los ciegos" decía el diario El Mundo en agosto de l909 : en tiempos de censura, los ciegos y otros más videntes pudieron ser los vehículos de una información "paralela", oficiosa y hasta clandestina, con todos los excesos fáciles de imaginar.

            No se ha de olvidar tampoco, en tiempos de escasez y carestía de la prensa, el recurso al periódico compartido o sea alquilado en los puestos de la Puerta del Sol en Madrid, en los gabinetes de lectura y más tarde en las "bibliotecas" de los círculos.

            Pero también se sabe que la lectura colectiva de la prensa organizada dentro de una sociabilidad burguesa u obrera pudo tener un arraigo de consideración : recuérdese la polémica escena inicial de la taberna en el Juan José de Joaquín Dicenta (l895) con el cotidiano hecho de la lectura colectiva del editorial de un periódico que clama por la libertad y contra la opresión o las lecturas en voz alta que en los años l840-43 se hacía los días de correo en Zaragoza o en el Círculo Republicano Federal de La Coruña en l872, con fines claramente pedagógicos e incluso de proselitismo. Hasta la lectura teóricamente individual pudo cobrar en el ámbito de los casinos y círculos unos aspectos muy socializados con las consiguientes discusiones prohibidas por el reglamento en torno a puntos de política : ahí están los numerosos testimonios de la literatura...

            Sabido es el papel decisivo (destacado por la socio-historia) desempeñado por las sociabilidades de la lectura con los intercambios que permiten para la difusión de dicha práctica a unos grupos sociales más extensos ya que con la costumbre de hablar de lo que se ha leído o de lo que se va a leer es como se mantienen y se trasmiten los "gestos ordinarios" de la lectura, señaladamente entre "pares" para los lectores poco adictos.

            Tratamiento aparte merecería sin duda la peculiar relación -o no relación- que así se establece -o no- entre la prensa y las lectoras, abocadas en el mejor caso a la prensa femenina o del hogar, pero excluída de hecho del acceso o de la práctica de la lectura diaria masculina de los diarios en función precisamente de su escasa sociabilidad cuando se sabe que el periódico no es algo uniforme sino un espacio sexualmente dividido en el que cada sección, según su grado de analogía con la vida privada cotidiana, se asigna a la lectura masculina o femenina, con espacios intermedios. Lo mismo se podría decir de los niños, buscando por ejemplo las huellas de los pocos intentos de adaptar episódicamente (un día por semana) la prensa para mayores a las expectaciones de los pequeños mientras se va configurando una prensa infantil.

            Pero puesto a destacar la peculiar relevancia de los usos de los impresos, no quisiera dejar sin señalar la necesidad de tener en cuenta dimensiones socio-antropológicas que pueden ayudar a entender lo de la pluralidad de las lecturas de un objeto polimorfo y polivalente (polisémico) como es la prensa (un diario) y de la índole más o menos interclasistas de determinado producto.

            Así por ejemplo por los trabajos de Bernard Lahire (1993) se sabe que existen modos específicos de apropiación de los impresos por las clases populares poco cualificadas en punto a lectura con una voluntad de afianzamiento de los textos en otra realidad que la mera realidad textual : en una configuración práctica, en un espacio conocido, vivido, en los marcos o los esquemas de la experiencia pasada o presente. La diferencia entre no lectores o lectores poco adictos y lectores adictos no es una mera diferencia cuantitativa. Los mismos periódicos dan lugar más o menos a unas apropiaciones sociales diferenciadas, con unos usos e inversiones sociales distintas e incluso a veces opuestas y contradictorias.

            Son lecturas más bien pragmáticas (o sea con las finalidades prácticas de alguna sección de conocimientos prácticos, de unas recetas o de unos consejos de medicina popular) y, en el caso de la prensa, dicha lectura puede estar anclada en un espacio local, conocido, próximo (al menos simbólicamente), es una lectura que informa sobre hechos cotidianos, a otro nivel, que queda íntimamente articulada a la experiencia vivida. Se privilegia el interés por las cosas locales, las "cosas de la vida", los sucesos (es la sección preferida por casi la mitad de dichos lectores) que pueden dar lugar a una lectura ético-práctica  ( a partir de esquemas "ordinarios" de la vida cotidiana) más que a una lectura política.

            Esto no quiere decir, por supuesto, que los lectores letrados o adictos ignoran las lecturas pragmáticas, no, pero su campo de lectura, más amplio, les da la oportunidad de poner por obra otros modos de apropiación de los textos (estético, político, teórico) que su formación escolar les ayudó a construir y entre estos se encuentran el mayor porcentaje de lectores de la prensa nacional versus la prensa regional y local. Sería interesante comprobar si es valedero el modelo en el caso de la prensa regional y nacional en España... y cuestionar los hábitos de lectura de la prensa (in extenso o selectiva, ¿ según qué criterios?) pero también la relación con la noción o realidad de prensa-autoridad (la autoridad de lo escrito, de lo impreso versus  la fragilidad de lo oral, de lo dicho) más o menos asociada con una perspectiva oficial a menudo centralista en un contexto en que la fuerza de otras fuentes y modos de información y de organización siguen efectivos...

            Volviendo a la historia, sólo quiero hacer constar que no se nota en España, incluso en épocas de auge de los folletines, señas del afán notado entre los "nuevos lectores" franceses de la segunda mitad del XIX por suscribirse y leer aquellos periódicos especializados o acogedores para novelones (se nota que a menudo se interrumpen o se dejan sin concluir...aun cuando sabemos que existieron colecciones de novelas producidas a partir de folletines de la prensa como la de La Iberia o de La Libertad) (cf. Botrel, "Los nuevos coleccionistas...") pero también según dicen proveedores de importantes cantidades de papel de uso doméstico o comercial en tiempos en que no existían aún bolsas de plástico y otros adelantos de la moderna tecnología...

            Por eso, parece imprescindible llegar a un mejor conocimiento no sólo de los públicos, sino de los "lectores" a través de las listas de suscritores (físicos) y hoy de las encuestas sobre hábitos de lectura pero también del estudio del lector modelo, implícito etc., a través del estudio del repertorio lo que nos dice el repertorio por lo que nops dice sobre las expectativas del autor con respecto al lector "medio"/modelo (cf. Botrel, 1989b, 1997c).

            Hacer una historia del libro y de la prensa desde el lector

 

5. Cuantitativismo y monografías.

            Así las cosas, las investigaciones "tradicionales" no tiene por qué desestimarse (al contrario, hay que fomentarlas, sólo que en los planteamentos será preciso tener en cuenta los mencionados nexos y por cierto unos criterios cronológicos e individualizadores (en la medida de lo posible).

            Por ejemplo, es conveniente que se sigan construyendo y  estudiando series porque es la condición para reconstruir y dar una imagen fiel de algo que resulta a priori distorsionado con preocupaciones de complementaridad y aprovechamiento para una historia más etnográfica de los datos recopilados (y sobre todo por recopilar . Sigue sin resolver el problema de la estadística bibliográfica retrospectiva (arriesgué un promedio de 300-350 títulos anuales entre 1820-1840 y más de 1 300 a finales del XIX(Botrel, 1993a)) de los problemas teóricos y prácticos que plantea con la incompletud de los datos (el no depósito legal, el no registro de los " no libros " alias impresos "menores", de los libros no venales, etc.), de los criterios de vaciado (tamaño, páginas, ilustraciones), de clasificación, etc. Dos publicaciones recientes vienen para el primer tercio del siglo XX y el Franquismo, recordarnos que entre 1907 y 1957 se editaron al menos 455 colecciones "literarias" periódicas -semanales las más-  164 de ellas de novela corta creadas el 58% entre 1920 y 1930 (cf. Alvarez Insúa, 1996 -¡ se trata de una publicación no venal !) ,  que son más de 5 000 títulos de novelas criminales (pulp fiction) publicadas por autores españoles durante el Franquismo entre 1939 y 1975 y  que con las traducciones de autores extranjeros se debe de multplicar al menos por cuatro la producción de tales obras en España (Santiago Mulas, 1997, 57). Añadamos la novela rosa y la novela del Oeste y tendremos, gracias a la historia del libro y desde otra historia literaria, una imagen de la novela española y una idea del consumo de novelas durante el Franquismo harto distintas, con evidentes consecuencias para la historia cultural al uso. Así, por ejemplo, al plantearnos lo que podría ser una historia de la novela contemporánea, ¿ de qué novela se va a tratar ? Para el limitado período de 1960 a 1980, hace Pilar González de Mendoza (1988) el recuento de unos 1900 autores de novelas y de 22 210 novelas : el 85% de ellas son "novelas de kiosco", "quedando", pues, 3 219 novelas "canónicas" (501 de ellas publicadas "a expensas del autor" por 368 autores) y 100 (51 autores) fuera de España : según la "novela" que se tenga en cuenta, el número anual medio de "novelas" puede variar de 1 057 a 126, y , por consiguiente, la concepción de dicha historia. Los inventarios de Luis Iglesias de Souza sobre el teatro lírico (1993) o de Jean-Louis Guereña sobre las publicaciones "eróticas" (1999) son buenas muestras de las revelaciones que pueden entrañar tan pacientes y sistemáticas investigaciones.

            Más allá de los datos fragmentarios sobre las traducciones (cf. Alonso, 1989, 1990, Cobos, 1994, Giné, 1999, Saillard, 1997), es importante poder calibrar este fenómeno incluso en sus aspectos ideológicos (caso del Gil Blas de Santillana  ; cf. Silanes, 1998) y estéticos (adaptaciones para el teatro o al revés) o lingüísticos (cf. el debate entre Galdós y Oller sobre la lengua de la novela (Botrel, "Lectura y modernidad..."), merecería tomarse en cuenta la "imagen" del libro en castellano en zonas no castellanofonas con el subsiguiente valor no estrictamente estadístico (positivo/negativo) de las publicaciones en lengua vernacular,  en campos no literarios (medicina, ciencia, agricultura, vida práctica, pero también, con preocupaciones estético-diplomáticas, la competencia entre Alemania y Francia y luego, a partir de los años 1920, la predominancia de textos de lengua inglesa el impacto de la literatura española en el extranjero (como en el caso de V. Blasco Ibáñez (cf. Botrel, " La recepción ...de Blasco..."), deLa Regenta o  y de la actual novela española en Francia. Es de desear que el estudio de la producción editorial en español de Francia  se siga haciendo y que la podamos comparar con la de Inglaterra, de  Alemania o de Estados Unidos en su penetración en los mercados hispanoamericanos, por ejemplo. Medir el éxito de un género literario/editorial como la novela (Botrel, "La novela, género editorial...") o, partiendo de la prensa, del cuento entre 1890 y 1900 (Ezama Gil, 1992), de la poesía en las Ilustraciones  (Palenque, 1990ab), de Galdós o de Ricardo León (cf. Ara Torralba (1998) y Botrel, "Ricardo León...") es imprescindible para poder establecer datos fidedignos y no estrafalarios y sobre todo comparar, periodizar o interpretar un fenómeno tan sútil dentro de la historia de la literatura y de la cultura como el del "casticismo modernista" de R. León (Ara Torralba, 1998) o reflexionar sobre la categoría de "best-seller" (López de Abadia, Peñate, 1996).

            Las monografías regionales permiten completar (por sus aportaciones estadísticas) y relativizar este cuadro que no puede ser únicamente "nacional" . Ya vimos cómo en la España decimonónica la vida cultural provinciana existe más de lo que se creía, con todos los fenómenos de dependencia, de especialización, etc. y en cualquier caso de interrelación con Madrid,  pero también en determinados casos (de mayor frecuencia e importancia de lo que se cree) con Europa, Francia muy a menudo (cf. por ejemplo la biblioteca de Jesús Muruais en Pontevedra inventariada por J.-M. Lavaud (1972)) , o la poesía en francés de Eduardo Pondal con motivo de la agresión norteamericana a Cuba en 1898 ("le lourd alligator nous défie"). Una geografía cultural de España a completar con otras formas de consumo como el teatro (cf. Romera Castillo, 1998), no puede prescindir de estas realidades y de sus matices, para poder tener en cuenta la coexistencia de tiempos distintos y las distintas inscriciones que rigen. Por eso es obvio que, con las señaladas precauciones, la rigurosa monografía local puede resultar muy fecunda.

            Partiendo de las síntesis existentes sobre la imprenta  o el papel, observamos que el interés por las técnicas o la economía del sector ha dado lugar, desde la historia del libro, del arte o de la economía,  a excelentes por novedosas y sustanciosas monografías sobre la imprenta y la imagen (Vélez, 1996, 1998) , la xilografía (Fontbona, 1992) o el papel (Gutiérrez i Poch, 1994ab, 1996) (17), pero las obras individuales "pluriseculares" parecen hoy en día -a no ser que se trate de síntesis- de difícil y dudosa realización y parece preferible plantearse un programa de realización colectiva (18).

            La imprenta y la producción bibliográfica (a través de tipobibliografías) pueden aún beneficiarse de las aportaciones de monografías sobre provincias o ciudades como las de Luxán (1995) para Canarias entre 1750 y 1900, de Luxán & Hernández (1990) para Canarias durante el reinado de Isabel II, de Peregrín Pardo (1997) sobre la imprenta en Granada, de M. J. Porro Herrera sobre Córdoba (1996), de Carolina Sevilla Merino (1996) para Valencia entre 1874-1894, de Jiménez Catalán sobre la imprenta en Lérida (1997), etc.,  con dispares y heterogéneos resultados. Uno de los problemas encontrados, es la heterogeneidad de los criterios adoptados : se tienen en  cuenta únicamente los libros o los libros y los folletos (con la infinidad de memorias de instituciones, reglamentos de sociedades, libros de prácticas religiosas, libros de juegos y pasatiempos de cocina o gastronomía, etc.) o todos los impresos (esto es los impresos de cordel, las estampas, los carteles, las octavillas para cualquier fin social...) (19) ,  ¿ con qué sistema de clasificación  ? Resulta a menudo difícil comparar situaciones contemporáneas, sin olvidar  el carácter no exhaustivo de los datos (función de las fuentes aprovechadas). Sin embargo permite confirmar y caracterizar una actividad impresora y editorial provincial más o menos relevante, estableciendo correlaciones con otros factores como los económicos, geográficos,  demográficos (importancia del núcleo de alfabetizados) y socio-urbanos (la capitalidad, con la revelación de una España editorial mediterránea (20) y comprobar, a través de los datos por materias, la importancia de la poesía (por todas partes, del teatro como hecho socio-cultural y editorial, tanto o más que la narrativa (21).

            Sobre alfabetización y escolarización, una reciente tesis de M.-H. Buisine-Soubeyroux sobre Logroño (1999) permite afirmar la superioridad de los padrones o libros de empadronamiento (¡ cuando se han conservado !) sobre los protocolos y los cómputos realizados a partir de la caracterización de las firmas (22). Sobre todo permite discriminar socialmente : así por ejemplo si no extraña encontrar un 86,5 % de los propietarios alfabetizados y sólo un 29 % de los jornaleros (32% en servicios, 23 % entre criados) más interesante será el 64,5% de alfabetizados entre artesanos y 70, 46 entre comerciantes (más que la división entre sector primario, secundario y terciario), todos los porcentajes están muy por encima de Lorca (cf. Moreno Martínez, 1989). Se puede pensar que prolongando con el estudio de las bibliotecas y de las prácticas lectoriales casi individual y etnológicamente podrían contemplarse grandes adelantos (23).

            El estudio de una biblioteca  -la del Instituto (después biblioteca provincial ) de Pamplona , por ejemplo (Panizo, 1997)-, de su catálogo,  previa reconstitución de sus fondos  (5 288 referencias bibliográficas) y de su vida interna (financiación, adquisiciones, etc.) representa un trabajo modélico aunque no permite llegar al estudio de los usos (¡ se contabilzaron 2 000 lectores para  2 000 libros en 1879 !) (24). Sería importante para el estudio de la lectura pública  poder ir más allá del tradicional número de libros y  de lectores (incluso por meses) y  caracterizar las aquisiciones y las  lecturas efectivas con todos los problemas derivados  de la homogeneidad de las "clases", de la relación entre el fondo (lo que se suele privilegiar -orienta-) y los libros "leídos", la "rotación" : el libro de Angel Mato Díaz (1991) sobre las bibliotecas populares y las lecturas obreras en Asturias es buen ejemplo de lo que se puede esperar al respecto.

            En cuanto a la lectura privada, contentémonos con observar que las investigaciones llevadas a cabo y a veces sometidas a críticas de tipo teórico (por no hacer siempre la historia de su constitución y no dar cuenta de los usos), no parecen aplicarse a la época contemporánea, fuera de algunas notables excepciones (25). Y sabemos todo lo que puede dar de sí un análisis "fino" de los inventarios post mortem, estadística y socialmente ya pertinentes,  para las prácticas en una perspectiva más antropológica,  como en el caso de Lleida estudiado por Meritxelle Botargues (1998).

             La historia del libro contemporáneo está deseando más estudios sobre el aparato de producción y difusión, como el de Philippe Castellano (1994) sobre "el Espasa"y ahora sobre Salvat (1998), el de Irène Da Silva sobre la Editora Nacional (1996) o los capítulos dedicados por S. Baulo (1998) a la Sociedad literaria  de W. Ayguals de Izco y al sistema de producción por entregas, con la evidenciación de los vínculos entre la prensa y el libro. Para una época totalmente contemporánea, vemos lo que pueden suministrar datos tomados directamente de la editorial -además los testimonios- en la tesis de E. Raillard sobre Quaderns Crema y Simió (1995).

            Con las recientes monografías de R. Mogin (1987), C. Rivalan-Guégo (1998), Pérez-Bowie (1996), Alberto Sánchez Alvarez-Insúa (1997), Robin (1997), ¿  no vamos a apreciar de manera distinta (en las propias historias de la literatura) no sólo el fenómeno de las colecciones semanales en los años 1910-1930, con el desarrollo de una lectura compratida por nuevos lectores, sino la revolución de las mentalidades que favorecen, si no unos notables avances en el arte de hacer novelas ? ¿ Acaso nos hemos percatado de la importancia histórica de la publicación, bajo la dirección de Agustín Benito Escolano (1997-1998), de una Historia (ilustrada) del libro escolar ? ¿ Cuándo se hará un estudio monográfico de la Biblioteca de Autores Españoles  o de la Biblioteca Patria de Obras premiadas ?

            El propio aparato de difusión, merece más estudios que aprovechen datos inéditos como los sacados del archivo del librero Martínez de Oviedo o de Adolfo Fernández salvado por Vicente Bécares en Moraleja del Vino con la consiguiente revisión del subdesarrollo del sistema, debido a la importancia de las estructuras informales (poca cosa sabemos de los buhoneros no ciegos), insistiendo en sus aspectos económicos y culturales (caso de las exportaciones a América (cf. Fernández, 1998ab, Botrel " Le rêve américain...") e ideológicos (26), en su dimensión internacional (cf. Mollier, 1997).

            La condición del escritor, del periodista y del intelectual (Barrère, 1980 ; Botrel, 1997a), a través de sus relaciones con sus editores o los directores de periódicos y revistas (Botrel, 1997e ) o las 4OO y pico cartas de Blasco a Sempere y Llorca (cf. Herráez, 1998) en la perspectiva desarrollada por C. Charle (1991), merecería todavía que se reunieran informaciones más sistemáticas y... comprobadas (27).

             El panorama o el cuadro, como medio de articular, a partir de bases seguras, distintos componentes de la historia de la cultura escrita a nivel regional, nacional o europeo puede contribuir a construir la historia más compleja, global y diacrónica que ha de contemplarse : las investigaciones realizadas sobre el fin de siglo (XIX) (Botrel, 1998c) o el programa sobre el tránsito del  Antiguo al nuevo régimen cultural (1833-43) dirigido en la Universidad de Paris III por J.-R. Aymes, el estudio por Anne Lanquette (1999) del período de la Movida (con la nueva ley de propiedad intelectual de 1987) donde queda clara la relevancia de la "puesta en escena" de algunos escritores más que de la literatura, pueden ilustrar esta tendencia.  Pero ¿ quién se interesará por el período 1850-1870 ?

            Lo cierto es que está probado ya  -muchos trabajos lo confirman  (28) , que no escasean fuentes privadas y hasta públicas : el caso es ser pertinaz y no dejar de insistir para que se cree un Instituto o lo que sea para la conservación de la memoria de la edición contremporánea (29).

 

6. Conclusiones : La llamada historia del libro lato sensu ya tiene hecha la demostración de lo que puede aportar a la historia de la literatura : explotando archivo de la Casa Museo Galdós (las cartas, los  datos sobre ingresos por derechos de autores o ventas), descubriendo el de la casa Hernando o de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, y recurriendo a los textos y a los todos los libros disponibles de Galdós, se puede llegar a dar una visión del escritor (de su condición,  de su autovisión, de su estatuto) pero también  de sus públicos y lectores distinta de la tradicional . También quedan más claras -teóricamente y prácticamente hablando- las relaciones de la historia del libro y de la lectura con la historia cultural y el examen de la situación del libro en la España de fin de siglo (Botrel, 1998a) permite ofrecer una visión menos esquemática y menos desconsoladora de la modernidad, por situarla en una evolución del que es expresión y participa el libro, pero también las artes gráficas o no, las revistas, la pintura, la publicidad, etc., en el marco de una historia cultural.

            La futura Historia de la edición y la lectura desde los orígenes hasta 1914 (programada por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en su "Biblioteca del Libro" para el año 2000) permitirá medir los avances habidos desde la Historia ilustrada del libro español (Escolar (ed.), 1996) y los investigadores asociados ahora en PILAR (Prensa, Impreso y Lectura en el Area Románica) se ofrecen gustosos para establecer y mantener tan deseables y deseados contactos e interrelaciones  (30).

 

J.-F. BOTREL (Univ. Rennes 2/PILAR)

 

Notas :

 

1. "Falta en suma una historia de la cultura escrita así como análisis especificos sobre sus relaciones con otros lenguajes o modos de comunicación orales y visuales, trabajos más amplios sobre los modos de almacenamiento, trasmisión y apropiación del saber en las culturales orales primarias o analfabetas y las consecuencias cognitivas, sociales y culturales de la alfabetización en su perspectiva histórica" (Viñao, 1994, 47). Sobre esta problemática, véase también Viñao (1998), Martínez Martín (1998) y Romero Tobar (1998).

 

2. En la lista de estudios citados, sólo incluyo estos últimos, remitiendo al balance de las investigaciones sobre el libro y la lectura en España (siglos XVIII-XX) hecho en 1993 en mi estudio publicado en 1995 para todos los demás.

 

3. En Candelario, en el inventario post mortem de Angel Hoyos en 1862, se encuentran tres cuadros de " Pablo y Virginia " (evaluados en 12 reales) y  cuatro de otras historias (Cea Gutiérrez, 1993) y en Lleida, en distintos inventarios, 6 cuadros de la " Historia del Quijote ", 8 cuadros de la " Historia de Robinson ", 10 de la " Historia de Telémaco "  u 8 de la proclamación de Fernando VII (Botargues, 1998, 323-324). También se puede pensar en las devociones de pared, en las imágenes impresas en papel seda o en lo que supone el cartel litográfico homenaje a Pi i Margall (dibujado y litografiado por L. Rafols y B. Ginesta impreso a dos tintas (64x49) en Barcelona o los retratos de Rossini, tan omnipresentes en la sociedad galdosiana (cf. Botrel, 1989).

 

4. Sobre este concepto acuñado por D. Mac Kenzie, véase Botrel, 1995b.

 

 5. Desde mi estado de la cuestión de 1992.

 

6. La edad de oro de la prensa regional y sobre todo comarcal ( el doble perfil centralista e periférico -litoral- se puede observar desde l82O) se ha de situar a todas luces  a finales del siglo XIX y principios del presente ya que en 5O años el número de publicaciones periódicas en España queda multiplicado por 5 (de unos 45O títulos a unos 2 3OO) y en l892 un 7O % de los títulos se publican en las provincias (fuera de Madrid que publica la mitad de los ejemplares de periódicos y Barcelona)(las dos terceras partes en l9l3) y un 27% de éstos se publican fuera de las capitales de provincias

 

7. Cf.el libro de Santos Gayoso (1990) o por María Paz Teijeira & María de la Torre,  A prensa en Lugo. Dous séculos de historia. La Rioja, por ejemplo, tiene un patrimonio periodístico de casi 25O títulos más o menos duraderos o sea víctimas del llamado "mal de imprenta", desde el principio del siglo XIX hasta la IIa República (cf. Miguel Delgado, 1987). La creación de un periódico como La Rioja ilustrada en l907, cuyos 105 números fueron nuevamente editados en l993 en edición facsímil por María del Pilar Martínez Latre en el Instituto de Estudios Riojanos, es la manifestación por parte de la sociedad logroñesa liberal de darse a ver en una "Galería de riojanos ilustres" o a través de los interiores y fachadas del comercio, por ejemplo, pero sobre todo darse a leer según pautas periodísticas, estéticas, etc. exigentes, nacionales (véase por ejemplo los comentarios sistemáticos de las entregas del Cuento semanal dirigido a un público esencialmente nuevo) e incluso internacionales ( la toilette de la Torre Eiffel, el l6 de julio de l9O7) y la consiguiente afirmación del protagonismo de la región (XIII) y del "sprit nouveau de la provincia (XIVb). Porque si la prensa local o regional obedece a varias lógicas (oficiales, como en el caso de los Boletines eclesiásticos, político-electorales "sucursalistas" vinculadas con el sistema del caciquismo, corporatistas como en el caso de la abundante prensa "de educación", meramente comerciales de ferrocarriles o balnearios) lo más significativo acaso sean aquellas iniciativas de la buena sociedad que a través de la satisfacción de sus propias necesidades en cuanto a recreo, cultura, etc. consigue distinguirse (en el sentido que le da Pierre Bourdieu) con una especie de "escenificación" impresa de su propio ser social y una buena dosis de mimetismo pero también de afirmación de autonomía que no deja de afectar, por otra parte, a las clases socialmente inferiores, como se ve en el caso de los artesanos y, luego, de los obreros.

            Es interesante comprobar que el lector provinciano no vacila en adquirir un producto proporcionalmente más caro que la prensa nacional, precisamente por ser local o provincial y satisfacer unas necesidades peculiares no satisfechas en un diario más barato.

 

 8. A lo sugerido en "Prensa e historia : para una historia de la prensa" (1981), añadiría yo que dicha historia, aún por hacer en gran parte, ha de estar atenta al entorno impreso y escrito, a las prácticas. Para el historiador de la prensa y de la cultura, pero también para los especialistas de la comunicación social hoy, los antropólogos y los sociólogos -cada ciudadano-, el problema es al fin y al cabo el "horizonte de espera" de los lectores de la prensa local y regional, concepto habitualmente aplicado a la literatura y que puede ser muy fecundo para un estudio de la recepción periodística... Ejemplos de esta renovación de las perspectivas son los trabajos de Marie Franco (1995) y François Malveille (1997).

 

 9.  La oferta de una gran partida  de papel para envolver a 10 reales arroba en 1898 por la imprenta del El Lucense, nos recuerda también que las ventas no acompañan exactamente las tiradas... 

 

10.  Cf. Hacia una literatura del pueblo : del folletín a la novela donde se estudian todas sus consecuencias sobre la trasformación de la novela de Timoteo Orbe Almas muertas en Redenta (Magnien (ed.), 1995).

 

11. Con el proceso previo de vulgarización del cuadro por la estampa y su reproducción y adaptación, como en el caso de "Atala" de Girodet en ventalls (Botrel, "La cultura del pueblo..." ) o de la foto (cf. los llamados Portfolios cuyo propósito es hacer asequibles a la vista unos monumentos/obras de arte lejanos).

 

12. Algún día, se podrá estudiar la colección que empezó hace años, Rafael Ortegaun librero anticuario en Córdoba,quien va archivando todo lo encontrado en los libros adquiridos, antes de venderlos.

 

13. La encuadernación puede ser interpretada desde una perspectiva de dignioficación, de distinción o de uniformización (cf. Botrel, "Los nuevos coleccionsitas...").

 

14. La frecuentación física del libro -de muchos libros- permite  tomar nota de cualquier dato -aleatorio- en un trabajo casi de arqueólogo) : así puede revelarse algún lector de los Episodios Nacionales de Galdós quien señala el día y hora (con minutos) en que comienza y acaba su lectura, la cantidad de lectura hecha diariamente a las modistas de un taller zaragozano (Botrel, 1993b), o las maniáticas apostillas de Antonio de Valbuena al propio Cervantes o al Diccionario de la Real Academia Española descubiertas en el desván de una casa de Pedrosa de la Reina, hace años.

 

15. También ha de tenerse en cuenta el discurso editorial analizable a partir de los prospectos de novelas por entregas, de los anuncios en la prensa, de los catálogos (con su sistema de clasificación) e incluso de los escaparates de librerías, etc. (cf. Botrel, "La novela, género editorial..."). También interesa conocer el discurso organizado del gremio a través de la Asociación de la Librería Española, sobre el supuesto subdesarrollo del sector, la dependencia con respecto a Francia y los conatos de emancipación e hispanización al lado de otras prácticas de reproducción o aclimatación (Botrel, 1997d), de penetración del mercado latino-americano, etc.  

 

16. Desde aquel entonces algo hemos podido progresar en el conocimiento de cada una de las "clases" o categorías más implicadas : las mujeres  poco presentes en inventarios, pero reveladas en sus prácticas de lectura (cf. Porro Herrera, 1991) y de escritura (cf. Hibbs, 1997) ;  los jóvenes (cf. García Padrino, 1992, pero también Borrás Llop, 1996) -es de observar cómo el consumo infantil del libro y el libro infantil tardan en emanciparse de la tutela no tanto escolar (porque la práctica es escasa y casi no pasa de la relación de aprendizaje con el libro) como de la Iglesia (Jesuitas o Salesianos), así como de la intención educadora-moralizadora que define las empresas periodísticas para jóvenes (incluso protestante como El amigo de la infancia (cf. Cazottes, 1982) y que aún es perceptible en el fondo de Calleja, por ejemplo ;  los obreros cuyo conocimiento, después de los estudios de J. Maurice y su equipo de la universidad de París VIII-Vincennes, ha quedado recientemente enriquecido por los trabajos de A. Mato Díaz (1991), J. Uría (1996) y Arias & Martín (1998). En cuanto a los ex-illiterati, más allá de lo que permite vislumbrar el fundamental  y clásico trabajo de Martínez Martín (1991) sobre la categoría de los artesanos en Madrid (aun cuando tal incorporación quedaría por periodizar) ) o lo que revela sobre aspiraciones y/o usos de estos "nuevos lectores" el labrador Joan Besa, el chocolatero Joan Biguera, el maestro sastre Anastasi Bosch, el maestro latero Ignaso Gayo, el maestro alpargatero Esteve Menós o el maestro calderero Pere Senrama entre las 45 personas que adquieren 123 libros (247 et ss) la almoneda de 1832  estudiada por Botargues (1998), queda aún por encontrar algún Menocchio español y decimonónico...

 

17. Véase también, desde una perspectiva biográfica, Cabrera (1994). Algunas obras personales como  la de Augusto Jurado (1998) que permite al neófito o poco al tanto de enterarse de las dimensiones técnicas, de la terminología, etc. de la imprenta gracias a abundantes ilustraciones y pedagógicas explicaciones, la historia del papel de Gonzalo Gayoso Carreira (Lugo, Diputación provincial, 1994), el trabajo sobre Alcoy (Castello Candela, 1997) resultan muy útiles a los investigadores por la información aportada. No hay que olvidar que la historia del libro linda a menudo con la historia del arte como bien se ve en la ya abundante bibliografía sobre el cartel al que añado la referencia dal trabajo de P. Ayrault (1997).

 

18.  Cf., por ejemplo, el programa de investigación dirigido en la Universidad Complutense por J.-F. Fuente sobre los públicos de la prensa a principios del XIX (cf. como ínfima muestra, Rojas, Fuentes, 1996) o el dirigido por J. A. Martínez Martín, también en la Universidad Complutense, sobre la edición en Madrid.

 

 

19. Según Carolina Sevilla (1996), la producción editorial en Valencia entre 1874-1894 se desglosa de esta manera : Humanidades : 630, Ciencia : 169, Otras materias : 397 ; total : 1196 títulos, a comparar con Granada : 721 para 1874-1894 (2836 para todo el XIX) (Delgado, Cordón, 1990) y con Málaga, Jaén, Córdoba (obras literarias solamente (poesía, teatro, narrativa, misceláneas) : 411, 115, 1256 para todo el XIX) (Porro Herrera, 1996) ; aun cuando la relación para las humanidades no es tan dispar para el período 1974-94 : 630/503. Entre 1855 y 1869, se publicaron 617 títulos en Canarias, según Vizcaya y Hernández (toda publicación con pie de imprenta) (Luxán & Hernández, 1990) .

 

20. En Málaga se publican  1256 obras literarias (Porro Herrera, 1996) y en Granada sólo 503 obras de humanidades.

 

21.  En Málaga se publican  497 obras de teatro y 421 títulos de narrativa (véase Botrel, "Producción y consumo...").

 

 22.  En 1860 cuando el análisis de las firmas de 60 testamentos y 153 "actas" da una tasas de alfabetización de 81,5% para hombres y 43 para mujeres el censo de 1860 (teniendo en cuenta los hombres y mujeres de más de 10 años arroja un porcentaje de 64 y 47,8 %  respectivamente.

 

23. La explotación de los archivos del ejército permitiría, tal vez, conocer mejor el fenómeno del iletrismo y completar o matizar la fundamental síntesis de Vilanova & Moreno (1992).

 

24. A comparar con la situación en Orense (cf. María del Carmen Benso Calvo, " Educación y sociedad en Orense a mediados del siglo XIX ", Historia de la educación, 9, 1990, 197-217). Sobre bibliotecas, véase también Faus Sevilla (1988) y Botrel (1997b).

 

25.  Además de los conocidos catálogos publicados con fines comerciales (cf. Botrel, 1988) y el inventario de la biblioteca de J. Muruais con sus 3 000 libros y una "cantidad fabulosa de periódicos y revistas" (con una tercera parte de libros franceses adquiridos desde 1870) (Lavaud, 1972), disponemos de los inventarios de bibliotecas privadas analizados por Martínez Martín (1991), Moreno Martínez (1989), Botargues (1998), y de la publicación de alguna que otra biblioteca (cf. Martínez Martín (1995, 1996) o Fuentes ( 1993)) y Yeves (1998ab).

 

26. La librería "La Voz de la verdad" en Lugo permitiría hoy (1998) una apasionante observación in vivo de las expectativas y prácticas de cierta categoría de "lectoras" y "lectores".

 

27. Una buena bibliografía interna puede suministrar más informaciones de lo que se supone : cf., por ejemplo, las publicadas sobre  Valle Inclán por E. Lavaud (1974), Ganivet (Santiañez, 1996), Blasco Ibáñez (Espinós, 1998, con su excelente introducción sobre Blasco editor (p. 11-31)) o Manuel Ibo Alfaro (Bravo Vega, 1997).

 

28.Con motivo del centenario de La Barraca aparecen, por ejemplo, unas cartas de Blasco Ibáñez a los editores Sempere y Llorca (cf. Herráez, 1998,abcde) y 77 al editor francés Calmann-Lévy (Botrel, "La recepción... de Blasco...").

 

29. Como el Institut de la Mémoire de l'Edition Contemporaine (IMEC) en Francia. Es imposible no recordar ahora que lo principal de lo hecho sobre libro y prensa,y el impreso en general, consistió en explotar fuentes conocidas o tradicionales (Bibliografía Española, Archivo municipal de Barcelona ), explorar otros sectores (como los Registros mercantiles, en sí y como modo de acceso a los protocolos, o el Archivo de Hacienda), "inventar" archivos privados gracias a la pertinacia, al azar, y a veces a la audacia (Ollendorff, Hernando, Madrid Cómico, Gregorio del Amo, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, etc.), no desperdiciar oportunidad alguna para tomar nota de un dato (en bibliotecas, en librerías, en ferias) mirando, pescando, acopiando datos, con una bibliofilia documental que hice extensiva a cualquier impreso o manuscrito sin ser bibliófilo, y sin llegar por supuesto a ser ningún Rockfeller. Una manera pragmática, experimental de elaborar y poner por obra un método que no pretende ser un modelo, pero sí una aportación de un hispanista a la historia y al conocimiento de la historia de España (cf. Botrel, 1998c)..

 

30. No pretendo con estos apuntes dar cuenta exhaustivemente de todo lo aprovechable en cuanto a investigaciones sobre el libro y la lectura en los siglos XIX y XX : me he limitado a poner en perspectiva los trabajos de los que he llegado a tener noticia y agradezco, por supuesto, cualquiera información y dato sobre investigaciones habidas o en curso... aprovechables por PILAR y un servidor.

 

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