La librería del pueblo


in : Museo Etnográfico de Castilla y León. Zamora, Exposición 2002-2003. EnSeres,  Madrid, Junta de Castilla y León, Fundación Siglo para las Artes en Castilla y León, 2002, p.  82-87).

 

 

 

 

            Al margen de las canónicas bibliotecas y hemerotecas, con sus libros y periódicos al uso, y de la institución escolar con sus cartillas, enciclopedias y manuales, existe una librería del pueblo constituida a partir de bienes y formas que en parte preexisten a la segunda revolución del libro pero se encuentra notablemente enriquecida a partir de los años 1840 : con sus almanaques y calendarios, los llamados pliegos de cordel ( estampas, goigs (gozos), ventalls (abanicos), aleluyas (auques), romances, relaciones y sátiras, pliegos carnavalescos, motes y piropos, canciones "que se cantan en varios cafés", cartas de amor, décimas glosadas, trovos, seguidillas, jotas místicas, villancicos, poesías "para recitar", historias de cordel (unos 220 títulos), sainetes (221 títulos en casa de M. Borrás en Palma hacia 1880), pasillos dialogados, comedias sueltas, relaciones de comedias), sus argumentos , libritos, novenas, hojitas y folletitos de propaganda, sus "novelas" o "cuentos" (novelas por entregas, novelas de las de kiosco a peseta y baratas , sin que falten versiones del Quijote), pero también sus estampas, estampitas, láminas, pliegos de aleluyas, de soldados, de santos, piezas para sombras, "teatrillos", cartapacios, librillos de papel de fumar, cromos o  postales inspiradas en las Doloras de Campoamor o en Electra de Galdós... Este inventario -no exhaustivo- para fines del siglo XIX, se podría repetir, mutatis mutandis, para el siglo XX donde se hace aún más perceptible la presencia de "semioforos" o sea de soportes o signos de escritura en sentido amplio, más o menos efímeros, desde el cartel y la foto o el mapa hasta la pantalla de televisión.

            Son impresos no "canónicos" o "legítimos", que remiten a unas prácticas compartidas por los mismos analfabetos e iletrados y que quedan caracterizados por su escasa extensión (de una octavilla, un cromo o una tarjeta postal a 4 pliegos o 32 páginas), por su fragmentación (con multiplicación de elementos, de partes, de capítulos, etc.), llegando a libros también caracterizados por su escasa calidad (con su papel muy "económico"  (mecánico desde los años 1850), su descuidada tipografía (tipos gastados, erratas con los consiguientes " cambios " en el texto, pero con presencia de elementos icónicos (una viñeta de cabecera o una cubierta ilustrada "característica", al menos) y un precio reducido, limitado, en el siglo XIX, de una peseta para abajo, hasta dos cuartos, con una " puesta en libro " que remite -ya que lo remeda- al libro canónico y un sistema de difusión precario pero "asequible" (ciegos, repartidores, kioscos...), y una relativa abundancia. Lo cierto es que al lado de los panteones literarios (que suelen ser las historias de la literatura y las bibliotecas), hay cementerios e incluso fosas comunes, osarios de lo diminuto y efímero, yacimientos de formas, textos, bienes y prácticas dispersos, reliquias de usos por parte del pueblo que para el paleontólogo e historiador de la literatura y de la cultura, para el etnólogo, pueden resultar un mamut.

            Este conjunto, de crecimiento acelerado a finales del siglo XIX, de productos más bien fragmentados, efímeros, de consumo "aislado" y sucesivo (un acto, una hora, un pliego, una entrega, un capítulo, una canción), a veces incluso ínfimos pero relacionados entre sí en la medida en que las formas editoriales (lato sensu o sea incluyendo las formas orales y/o performanciales) acogen de manera "transgenérica", adaptándolos, unos "textos" o "motivos" del libro más o menos canónico que sufren así varios avatares (del teatro a la novela, de la novela a la historia de cordel, etc.), de consumo y uso local e individual aunque socializado, llega a formar por acumulación, difusión y circulación, gracias a la red cada vez más tupida de unos aparatos comerciales más o menos rudimentarios , una especie de almacén virtual de literatura local y " nacional " en el que cada cual puede in fine llegar a surtirse y acceder a la cultura al uso, sin llegar siempre a adoptar las prácticas instrumentales y culturales de referencia dominante.

            Recuérdese que, como decía García Fernández de Oviedo, « los que no leen, por los cantares saben »,pero también que  los romances pudieron servir para el aprendizaje de la lectura , práctica recordada por Rodrigo Caro (« ¡ Oh noble marqués de Mantua, qué de veces repetido fue tu caso lastimero que en la escuela deprendimos ! ») y condenada con no poca indiganción, en el siglo XVIII por Campomanes o Iriarte, que los papeles sirven para leer « y algo más », ya que pueden ser papeles mágicos o papeles para jugar… (1).

            De esta manera, va constituyéndose el pueblo su literatura, con unas modalidades de apropiación de índole instrumental, social y vital muy específicas.  Con unas prácticas de lectura y escritura que permiten a los muy illiterati, con estrategias entre espontáneas y conscientes, incorporarse, indirecta o marginalmente, a veces de manera "mágica", al mundo de la cultura escrita/impresa.

            En ellas destaca el papel de la oralidad y de la memorización (característica de los aprendizajes autodidactas) a partir de una fuente oral o escrita para que el bien llegue a formar parte del propio ser como archivo unipersonal y compartido a la vez, y si cabe posteriores recitaciones : pocos libros entraban en las pobres estanterías de las bibliotecas campesinas, pero ¡cuántos saberes y textos movilizables en unas mnemotecas colectivas, familiares e individuales tan atinadamente inventariadas y conservadas por J. Díaz, J. Delfín Val y L. Díaz Viana en la provincia de Valladolid, por ejemplo (2) ! Sabemos que la plurisecular mnemoteca tradicional del pueblo español -de sus mujeres, sobre todo- fue enriqueciéndose y diversificándose con los pliegos de romances cantados/vendidos por los ciegos. Si la mnemoteca desaparece con la persona que la abriga, también sabemos que la plurisecular mnemoteca del pueblo español se fue trasmitiendo y sobre todo enriqueciendo con nuevos textos "inmateriales" o "virtuales" (porque su "existencia" depende de su plasmación a través de una "performancia") aprendidos a partir de pliegos de romances  impresos, pues- cantados/vendidos por los ciegos  o de argumentos y cantables de zarzuelas, por ejemplo, impresos también  que pueden dar lugar a un doble uso, oral y escrito y que tanto pueden permitir el acceso (dentro de lo que cabe) a la cultura capitalina como difundir, codificándola, la cultura industrial compartida de los cuplés.

            Piénsese en la lectura no tipográfica -el "grado cero de la lectura"- de una literatura de la imagen que a partir de representaciones meramente icónicas, suele asociar en un mismo mensaje una representación gráfica de unos momentos significativos y , cada vez más, un discurso verbal hasta convertirse en mera ilustración de un texto tipográfico. Es una interpretación de signos icónicos que pueden dar lugar a efectos estéticos, emocionales parecidos a los producidos por la lectura tipográfica de un texto impreso, si bien no solicita tanto la imaginación al proceder por analogía, y era de uso mucho más generalizado y compartido de lo que se supone, por ignorancia o ceguera.

            Una cubierta o una seudo-cubierta como es la viñeta que suele encabezar cualquier pliego de cordel, una lámina, una ilustración incluso desconectada del texto al que suele acompañar, que además de una función identificadora como cuasi "título" gráfico, tiene su propia función generadora de otras imágenes y pensamientos : caso del joven Ignacio, personaje de Paz en la guerra , cuando "lee" "los toscos grabados" de los pliegos de cordel para satisfacción de su "fantasía" o de la lectura en los años 1900 de la representación fotográfica en una tarjeta postal de Kaulak de una Dolora de Campoamor ("¡ Quién supiera escribir!", por ejemplo), con el placer adicional de acceder a la cultura legítima aunque sólo sea por las apariencias...

            La instauración de secuencias de imágenes con "explicación" oral o impresa es otra fase etapa -logográfica- en el camino hacia la lectura tipográfica : este es el caso de los llamados cartelones con sus 6/8 imágenes explicadas por la vara del lazarillo y la voz del ciego y el romance que recita y de los pliegos de aleluyas, más desarrollados ya que llegan a tener 48 viñetas, con una relación más individual con la lectura pero de forma primitiva, o sea con una lectura más o menos memorizada en voz alta : "Aquí puedes ver lector",  "Aquí veréis, bien contada/la historia de una criada", dístico arquetípico por lo lacónico y ramplón y nula preocupación estética pero de total eficacia al ser "la cantidad métrica más automatizada y socializada";

            No faltan, por otras parte, referencias a situaciones de lectura comunitaria o sea de lectura comunicativa en alta voz, con la mediación de un lector para una "sociedad de lectores", de lectores -oyentes, los mismos a quien se dirige el autor de los romances de ciegos al decirle "escucha lector", porque leer, de cualquier forma, en aquella época es "hablar las palabras escritas".

            Sabemos, muy concretamente, cómo en 1577, en Segovia "junto a las casas del liçençiado Gutiérrez" leyó Pedro Baca, escribano público ante une "muela de gente" y unos frayles de la Trinidad que las trayan y también hacen las veces de lectores en otros lugares, las coplas de la muerte y entierro de dicho liçençiado y que estas mismas coplas impresas en Valladolid bajo el título de Caso admirable y espantoso ... de Martín Muñoz de las Posadas, se leyeron pública o individualmente en varios parajes (3).

            De la misma manera, en el gabinete de lectura pública establecido en el suprimido convento de San Francisco de Zaragoza, en 1840,  "no sólo los que saben leer, sino también los que nos saben leer (podrán) leer en la prensa periódica los conocimientos e ilustración que tanto conviene propagar en todas las clases", y las lecturas en voz alta se organizan tanto en las tradicionales veladas campesinas como en las fábricas y talleres, por iniciativa de los mismo obreros y a veces de los patronos preocupados por las "buenas lecturas" pero también reticentes cuando los oyentes dejan el trabajo para escuchar mejor, o en la misma calle donde la Emperadora -personaje de la novela Tormento de Galdós- "oía leer" los periódicos.

            Lo interesante de estas situaciones que se dan hasta los años 1960 en España es que sugieren unas estrategias positivas conscientes por parte de los actores o de grupos preocupados por el desarrollo de la lectura y de sus prácticas.

            Esa delegación de "las palabras y la voz", como la llama A. Manguel (4), comparada con la situación "normal", remite a un oyente sumiso a un lector ; el acceso al texto se hace a través de un discurso verbalizado que ha de competir con posibles ruidos circundantes, que requiere la movilización del oído -ser todo oídos- y una notable tensión/atención. La relación con el texto se establece de una manera ordenada, ya que el hecho de leer en alta voz obliga al lector a ser muy escrupuloso, a leer sin saltar frases y para el lector-oyente es estrictamente cronológica, sin posibilidad de detenerse sobre un detalle, de volver hacia atrás para comprobar el sentido de una palabra o de una frase que ha de ser necesariamente cogido al hilo de la lectura del otro. Se produce unas trasmisión y recepción controladas del sentido, desde una pedagogía de la comprensión, de la "justa recepción", apoyada si cabe por comentarios hechos con la voz o la cara. Es probable que despierte el deseo de leer por sí...

            En cuanto a las dimensiones sociales de la apropiación de la literatura, se inscriben a menudo en ruptura con respecto a las formas "legítimas" hasta en el proceso de derivación de una obra legítima hacia nuevas formas, textos y usos,  con la adaptación de un bien para otros fines : por ejemplo, abaniquearse en una feria con un ventall donde viene impreso un burdo trasunto del cuadro que Girodet dedicó a la Atala de Chateaubriand con una décima explicativa...

            También se sospecha que entonces como hoy la dimensión ética y pragmática de la relación establecida con los textos inducirá al lector a una actitud de participación, de identificación admirativa o de repulsión para con los personajes de ficción cuando los hay, en resumidas palabras, desde una estética libre de referencias literarias adquiridas e indisociable de una ética, muy presente también a la hora de apropiarse para fines teóricamente instrumentales los libros útiles.

            Para unos usos que pueden vincularse con la vida cotidiana material (el calendario, por ejemplo) o espiritual ( una novena, una estampita) o con momentos extraordinarios a menudo codificados por el calendario oficial y/o comunitario : el ciclo de las edades de la vida, las veladas, las fiestas patronales, que, por muy orales o espectaculares que resulten, se las tienen que ver, en un momento u otro, con un texto escrito/impreso, como en el caso de las corderadas (5). Desde unas expectativas que abarcan todo lo humanamente vivido y sentido : aprender a leer con los héroes de las historias de cordel, comerciar con "cuentas hechas", aunque no se haya aprendido a calcular, tragarse una estampita con oraciones de san Ignacio una parturienta, como enVillabrágima, según la encuesta del Ateneo de Madrid de 1901, copiar a mano y doblar el papel del Enigma del corazón abierto (6), deleitarse con las celebradas fechorías de Diego Corrientes, "el que a los ricos robaba y a los pobres se lo daba" leídas pero también adquiridas bajo forma de romance, coplas o historia de cordel, etc. Una literatura, no sólo legible, sino audible, visible, cantable, bailable, etc.

            Con estas y otras prácticas no "formales" que podrían sacarse a colación, poquito a poco, la lectura, de excepcional y como práctica colectiva viene a ser instrumental y de uso individual : de una lectura intensiva, ordenada, colectiva ( con una presencia a menudo frontal y autoritaria a través del maestro, del clérigo, del padre o de la madre de familia o de cualquier lector, pero también una posible mutualización), una lectura, por consiguiente, oralizada, desde la lectura comunicativa en alta voz hasta la práctica egocentrada de la subvocalización se llega a la lectura extensiva, rápida, individual y solitaria y casi siempre silenciosa. Pero, en ambos casos de leer y lecturas se trata y conviene no perderlo de vista.

            Así, pues, el pueblo, con los humildes impresos de su librería y los textos virtuales de su mnemoteca, se proyecta en un tiempo remoto inmemorial, actualizándolo desde sus propias necesidades y frustraciones, cara a un futuro cuyas necesarias evoluciones va intuyendo y/o admitiendo, quiera que no, desde unos espacios sólo aparentemente acotados ya que se encuentran cada vez más imbricados en un espacio de referencia dominante nacional y, progresivamente, mundializado.

 

J.-F. Botrel

 

1. Cf. Carmen Ortiz García, , « Papeles para el pueblo. Hojas sueltas y otros impresos de consumo masivo en la España de finales del siglo XIX », en Luis Díaz G. Viana (coord.), Palabras para el pueblo. I. Aproximación general a la literatura de cordel, Madrid, CSIC, 2001, p. 145-190.

 

2. Catálogo folklórico de la provincia de Valladolid. "Romances tradicionales", Valladolid, Institución Cultural Simancas, 1978 ; Catálogo folklórico de la provincia de Valladolid. Cancionero musical,Valladolid, Institución Cultural Simancas, 1982.

 

3. Pedro M. Cátedra, Difusión y recepción de la literatura popular impresa (siglo XVI), Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2002.

 

4. Una historia de la lectura, Madrid, Alianza Editorial/Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 1998.

 

5. Cf. Joaquín Díaz, José Luis Alonso Ponga, Autos de Navidad en León y Castilla, León, Santiago García ed., 1983.

 

6. Cf., José Manuel Pedrosa, Las dos sirenas y otros estudios de literatura tradicional, Madrid, Siglo XXI, 1995, p. 285-313.