La construcción de una nueva cultura del libro y del impreso en el siglo XIX



in : Jesús A. Martínez Martín (ed.), Orígenes culturales de la sociedad liberal (España siglo XIX), Madrid, Biblioteca Nueva/Editorial Complutense/Casa de Velázquez, 2003, pp. 19-36.

Reproducido en la BVMC: http://bib.cervantesvirtual.com/FichaObra.html?Ref=23558

 



La construcción de una nueva cultura del libro y del impreso en el siglo XIX (1).

 

1. La cultura del impreso.

         La extensión del "compartir social de las prácticas de lo escrito" dentro de una nueva cultura del libro y del impreso a base de la cuasi revolución (política, técnica y cultural) que se da en los años 1830-1850 con la emergencia de una concepción liberal y "nacional" del Estado español y su consiguiente organización -lo que ya estudié a través de los "nuevos lectores" (Botrel, 1996)-, creo se ha de contemplar cuestionando la tradicional historia del libro o de la prensa, o sea : procurando dar al campo su verdadera o exacta dimensión, ensanchándolo, contemplando no solo el libro venal literario -el que suele anunciarse en los catálogos- sino la presencia antigua y creciente de "semioforos", como los llama Krzysztof Pomian (1997), o sea : de soportes o signos de escritura en sentido amplio :  libros, publicaciones periódicas, carteles, rótulos, etiquetas, partituras, etc., pero también imágenes, cuadros, dibujos, estampas, fotos, mapas, planos, etc. las esquelas, dando peculiar relevancia a la variedad de prácticas, desde las más elementales y poco legítimas hasta las más legítimas a que da lugar la relativa masificación y diversificación del impreso.

         Tendrá dicho cuestionamiento un doble interés : un interés teórico, al romper con la "tradicional" compartimentación : historia del libro, historia de la prensa, historia de la educación, etc., para llegar a una historia de la cultura impresa/escrita y un interés específico, al contemplar el caso de la España analfabeta (con innegable retraso al respecto) desde otros supuestos, con la consiguiente relativización, y una posible nueva interpretación de la "anomalía" española, muy concretamente en el tránsito de una Antiguo a un Nuevo Régimen del escrito/impreso, nociones constrruidas a posteriori pero paulatinamente plasmadas y que no dejan de coexistir en la medida en que la impresión es que las "nuevas" prácticas observadas siempre cuestionan las "antiguas" y no puede contemplarse esa circulación por la librería sin referencias a la mnemoteca y el repertorio (Botrel, 2000).

         Así pues, lo mismo que el ciego de los romances puede empezar su relación por un paradójico "escucha lector", incluiré entre los nuevos lectores a que da lugar el proceso de incorporación en una sociedad cada vez más "escrita"/impresa todos aquellos lectores/leyentes/videntes/oyentes de algo relacionado con un objeto o bien impreso ; lectores nuevos, por sumarse a los anteriores y  por distinguirse de ellos con su diversidad de prácticas "lectoras" que obran en la construcción de una nueva cultura escrita y/o impresa.

         Demos por conocidos todos los tradicionales indicadores del número de lectores potenciales, de la potencia impresora instalada, del papel consumido, de los títulos publicados, etc.  así como las tendencias seculares de abaratamiento y diversificación del impreso, de urbanización o de paulatina y dificultosa construcción de un mercado nacional o de una red de lectura pública, etc. (cf. Martínez Martín, 1997) -que se han de seguir investigando y precisando-, y centrémonos sobre aquellas zonas intermedias de contacto, donde se van adecuando los usos antiguos y nuevos con los productos o bienes, analizando algunos casos entre 1833 y 1900...

 

1. Multiplicación/masificación.

         No es obviamente lo mismo restringir el campo de los lectores a los oficialmente alfabetizados o sea a todos aquellos que declaran saben leer y escribir : no son (lectores) todos los que están y no están todos los que son... ; la multiplicación de nuevos productos más o menos legítimos con referencia al libro y a la literatura de referencia dominante (Botrel, 1993b, 1996) y la gran diversidad de las maneras de leer (Botrel, 1998a) remiten a unas categorías no homogéneas de lectores que irán más allá de los oficiales... Pero también es cierto que los 55 000 nuevos alfabetizados anuales hasta 1877 y 90 000 hasta 1900 habrán tenido un impacto sobre el desarrollo de la oferta de lectura (con la aparición de colecciones semanales de novelas, por ejemplo) o sobre la evolución del leer, lo mismo que los 12 millones de analfabetos que van a persistir por mucho tiempo (Botrel 1993a) se sentirían cada vez más analfabetos puestos en contacto con una cultura escrita e impresa más cercana o pregnante ... Piénsese en lo que representaría el impreso en castellano para un analfabeto no castellánofono (un Español de cada tres a finales del siglo)...

         La historia del desarrollo de la práctica privada de la escritura a través de la correspondencia, con el examen e interpretación de los datos sobre cartas y objetos postales "circulados" (Bahamonde, 1993) , de la letra y los contenidos, de los modelos (como los Secretario(s) de los amantes, Poesía postal y demás), del protagonismo creciente de la escritura femenina (Simón Palmer, 1991) pero también de la actividad pertinaz a nivel local y regional de escritores y periodistas espontáneos o semi-profesionales cuya sociología está aún por hacer (cf. Botrel 1989b, 1992) permitirá completar el examen de la paulatina incorporación en la cultura escrita/impresa o al revés interpretar las resistencias habidas, dándoles una dimensión más antropológica...

         No será lo mismo referirse a los 1.478 títulos anunciados en Bibliografía española y a los 7677 impresos del Depósito legal (de relativo cumplimiento) en 1914. A nivel secular los 80 000 títulos inventariados, hasta ahora, por el Catálogo colectivo del Patrimonio bibliográfico española corresponderán a unos 180/240 000 libros, folletos, hojas sueltas, estampas, etc. y tal vez 360 000 objetos impresos, sin tener en cuenta las publicaciones periódicas...

         Gracias a los historiadores de la prensa conocemos mejor el impacto del relativo incremento de la difusión de la prensa nacional (Botrel, 1993a) , pero también el de toda la prensa de provincias :  el debate sobre si la prensa madrileña "exportaba" a provincias un 25% (Gómez Mompart, 1992) o las dos terceras partes de sus ejemplares antes de l9l4 (Seoane/Saiz, 1996), no ha de hacernos olvidar que, a pesar de muchas iniciativas innovadoras, el concepto de prensa de masas sigue siendo muy teórico hasta muy entrado el siglo XX ( en l892 en España -que no cuenta con " un sistema cultural estructurado ni con un sistema informativo integrado " (Gómez Mompart, 1992)- se producían diariamente un millón y medio de ejemplares de periódicos cuando en Francia un título como Le Petit Journal tenía por sí solo una tirada de 800 000). Pero piénsese, también, en lo que supone, a partir de 1833-36, la existencia en cada provincia de un Boletín oficial y , después de 1850,  como réplica tal vez, de un Boletín eclesiástico de las distintas diócesis, o de más de 300 títulos de periódicos en la provincia de Valladolid repertoriados y estudiados por Celso Almuiña en su pionero trabajo (1977) o  75 que existieron en León entre 1868 y 1898 (León Correa, 1988) o el que en el último cuarto del siglo XIX se dé un pacífico "levantamiento de las provincias", como en l820-l823, lo cual explica, entre otras causas, aquel espectacular aumento de publicaciones periódicas  (de unos 450 en l870 a unos 2 300 en l920) revelador de una especie de "periodicomanía" en la burguesía local que sumistra la cuasi totalidad del personal redactor , lectores con práctica de la escritura como entre todos aquellos abogados, médicos, ingenieros que participan en el concurso de sonetos del Madrid Cómico en l892 (Botrel, 1989b), o Sabino Ruiz o el llamado Griego "intelectuales riojanos con aficiones literarias" (cf. Martínez Latre, 1993) o todos aquellos poetas aragoneses estudiados por María Angeles Naval (1995).

         El compartir de la lectura puede acompañarse del compartir de la escritura y en el papel impreso que permite ya la "lectura" de cada día o de cada semana y que deja de servir por efímero, puede aún recortarse el folletín o envolver otros géneros...

         Piénsese, ahora, en lo que representa la "librería del pueblo constituida a partir de bienes y formas que en parte preexisten a la segunda revolución del libro pero se encuentra notablemente enriquecida a partir de los años 1840 : con sus almanaques y calendarios (cf. Vélez, 1997, Botrel, 2003), los llamados pliegos de cordel ( estampas, goigs, ventalls, aleluyas (auques), romances, relaciones y sátiras, pliegos carnavalescos, motes y piropos, canciones "que se cantan en varios cafés", cartas de amor, décimas glosadas, trovos, seguidillas, jotas místicas, villancicos, poesías "para recitar", historias de cordel (unos 220 títulos), sainetes (221 títulos en casa de M. Borrás en Palma hacia 1880), pasillos dialogados, comedias sueltas, relaciones de comedias), los argumentos , libritos, novenas, hojitas y folletitos de propaganda, las "novelas" o "cuentos" (novelas por entregas, novelas de las de kiosco a peseta y baratas , sin que falten versiones del Quijote), pero también las estampas, estampitas, láminas, pliegos de aleluyas, de soldados, de santos, piezas para sombras, "teatrillos", cartapacios, librillos de papel de fumar, cromos o  postales inspiradas en las Doloras de Campoamor o en Electra de Galdós... (Botrel, 2000c).

         Son impresos no "canónicos" o "legítimos", que remiten a unas prácticas compartidas por los mismos analfabetos e iletrados y  que quedan caracterizados por su escasa extensión (de una octavilla, un cromo o una tarjeta postal a 4 pliegos o 32 páginas), por su fragmentación (con multiplicación de elementos, de partes, de capítulos, etc.), llegando a libros también caracterizados por su escasa calidad (con su papel muy "económico"  (mecánico desde los años 1850), su descuidada tipografía (tipos gastados, erratas con los consiguientes " cambios " en el texto , pero con presencia de elementos icónicos (una viñeta de cabecera o una cubierta ilustrada "característica", al menos) y un precio reducido, limitado de una peseta para abajo, hasta dos cuartos, con una " puesta en libro " que remite -ya que lo remeda- al libro canónico y un sistema de difusión precario pero "asequible" (puestos, kioscos, ciegos, repartidores...), y su relativa abundancia.

         Este conjunto, de crecimiento acelerado a finales el siglo, de productos más bien fragmentados, efímeros, de consumo "aislado" y sucesivo (un acto, una hora, un pliego, una entrega, un capítulo, una canción), a veces incluso ínfimos pero relacionados entre sí en la medida en que las formas editoriales (lato sensu o sea incluyendo las formas orales y/o performanciales) acogen de manera "transgenérica" (Botrel, 2000b), adaptándolos, unos "textos" o "motivos" del libro más o menos canónico que sufren así varios avatares (del teatro a la novela, de la novela a la historia de cordel, etc.), de consumo y uso local e individual aunque socializado, llega a formar por acumulación, difusión y circulación, gracias a la red cada vez más tupida de unos aparatos comerciales más o menos rudimentarios , una especie de almacén virtual de literatura local y " nacional " en el que cada cual puede in fine llegar a surtirse y acceder a la cultura al uso.

         Está  aún por explotar el inmenso yacimiento de los impresos efímeros o "no libros" (Petit, 1997) o sea : el texto impreso que por su vocación de actualidad o de confidencialidad tiene un "porvenir incierto" -ninguno, casi siempre-, como son las publicaciones de circunstancia, pasquines, carteles, libros prohibidos, periódicos de difusión confidencial, etc., todo lo que sirve para la organización de la vida social y justifica la presencia y /o la supervivencia de muchas imprentas locales (Botrel, 1993a). ¿ Cómo se da la publicación oficial (a través de las Gacetas y de otros impresos) del acervo de textos reguladores de la vida social (13 000 ejemplares para un Real Decreto de 20-10-1852, por ejemplo) que seguirán siendo pregonados y leídos en voz alta por los pregoneros y tergiversados por los ciegos con sus pregones y recitaciones más o menos melódicas ? ¿ Cómo cambia el paisaje "escrito" urbano con los rótulos o pancartas, las inscripciones para la identificación de las calles, los papeles pegados en lugares especializados o no, etc. y luego aquellas placas de hojalata que, a partir de 1890, pregonan por ejemplo la sidra "El gaitero", o los grandes carteles de tipo callejero como los realizados para el Anís de Mono o Cordoniú en 1898, que irrumpen con fuerza, sobre todo en los últimos cinco años del siglo XIX, con aquella "primavera de affiches", vista por Rubén Darío en Barcelona, verdadero "grito en la pared" ? ¿ Qué efecto produciría hacia 1890 en la población de Lugo la inscripción en el frontón de un edicifio modernista recién construido en el casco antiguo, con letras en mosaico con colores y de diseño modernista también, de la razón social de la "Eléctrica lucense" ? Con la multiplicación de la "palabra impresa" -hasta con los sellos de goma para la reproducción "autónoma" de mensajes escritos con caracteres de imprenta dibujados- al lado de la palabra escrita u oralizada -ya que las nuevas prácticas no acaban de improviso con las antiguas- se produce una especie de aculturación por impregnación ambiental más perceptible en las ciudades, por supuesto, que no requiere la verdadera aptitud lectora de un alfabetizado, pero sí la prepara convirtiéndola en una "necesidad" por frustración ; está cambiando la misma noción de autoridad civil o eclesiástica vs individual y laica y también, con la irrupción además de la reproducción del sonido y la aparición del cinematógrafo a finales del XIX, la percepción del mundo pero, aún más, los "objetivos" a alcanzar para una población aún mayoritariamente al margen de la modernidad.

         Una posible consecuencia de esa visión "ecológica" sería, pues,  que ni a nivel de producción, ni a nivel de recepción es recomendable limitarse al estudio de una ínfima parte de la producción impresa, por muy importante que sea, ni considerar cada objeto (el libro, la prensa, etc.) de manera aislada. Es necesario privilegiar el estudio de la relación, entre prensa y libro, pero también dentro de un mismo impreso como pasa con la imagen y el texto, no olvidar que leer música es leer, observar cómo unos libritos de papel de fumar pueden ofrecer una  historia coleccionable de Atala o de la Vida de un jugador (con imagen, por supuesto (Botrel, 2000a), recordar que la relación entre impreso y oralidad es definitoria del romance de cordel (Díaz Viana, 1987), que entre espectáculo e impreso existen múltiples vínculos (desde la obra manuscrita hasta el argumento, pasando por la edición en libro y las "partes" de los actores), etc.

 

2. Esto no mata aquello.

         Una segunda serie de observaciones podría versar sobre cierta concepción cronológica de la historia como suele ser la historia de la literatura, incluso la que conlleva la explicación de lo novedoso, y sobre la falacia de la visión resultante que da la impresión de que "esto mató aquello", cuando sabemos que la acumulación y la coexistencia es lo que predomina (cf. Botrel, 1989b), con las respectivas y evolutivas estrategias de discriminación y elección. Es esta una idea base de la historia cultural (cf.  Salaün/Serrano, 1988), con el problema aún no resuelto de la articulación de los distintos tiempos, de su periodización, y de la escritura de una historia que dé cuenta al mismo tiempo de todos aquellos tiempos. Desde luego no vale para este cometido el mero inventario de las novedades e innovaciones por muy importantes que sean : es preciso tener en cuenta en cada momento lo disponible -la oferta- representable bajo forma de líneas de productos con su mayor o menor pregnancia y relacionarlo con una demanda puesta por obra en las prácticas de consumo pasivo/activo, entre otras las de lectura.

         Por ejemplo el que, en 1901-02 en Villabrágima (provincia de Valladolid), cuando se iniciaban los dolores o se alargaba el parto, se dieran a "comulgar" a la parturienta unas estampitas del tamaño de sellos de correos con la imagen de Na Sra del Perpetuo Socorro o con oraciones de San Ignacio, según la encuesta del Ateneo (Merino, Herrero, 1999, 29-30), no es exclusivo que se recorten escenas del Corpus christi de un pliego para un teatrillo portátil , de que se oiga un romance de ciego y se compre, que se adquiera el "argumento" impreso de una obra lírica que a lo mejor jamás se verá ni oirá , que se pregonen los bandos y se fijen impresos en las paredes, que se "lea" u oiga leer el periódico en el café, que después de la cartilla se llegue al Rueda o sea, Escuela de instrución primaria (7a ed. en 1875), de que lleguen algunas entregas por mediación del farmacéutico como en Moraleja del Vino (Zamora) quien habrá podido regalar algún calendario, hasta llegar a comprar un libro en una lejana librería o recibirlo como regalo como suscriptor de un diario o, ya en los años 1960, como cliente de "La Lechera"....

         Dentro de esa problemática de nuevos y antiguos bienes/antiguos y nuevos usos, el examen de la evolución del estatuto de la imagen, de la imagen con texto hacia el texto con imagen, también resulta aleccionador : lo primero habrá sido la reproducción de la imagen para su generalización y posible apropiación de la esfera pública hacia la esfera privada vs la imagen única inmóvil o poco móvil (como los altares portátiles)  afectando principalmente a la cultura religiosa impresa, con sus estampitas, pero también la seglar con la multiplicación de la estampa, incluso bajo forma de series para enmarcar y colgar (Botargues, 1998), favorecida por los progresos de la litografía y de la xilografía. Pero luego, ¿qué papel habrá desempempeñado en el aprendizaje de lo escrito y en la construcción del sentido la "invasión" del texto por la imagen, bajo forma de láminas o de ilustraciones insertas, para una nueva puesta en libro de los textos con imágenes, la posibilidad de inserir los elementos gráficos en el mismo texto, induciendo de hecho una nueva lectura mixta al lado de las lecturas alternadas (láminas exentas) o disociadas (aleluyas) (Botrel, 1995, 1998a).

         ¿ No será un indicador de nuevas expectativas  y de nuevos usos el discurso sobre la relación entre la cantidad de lectura, el precio y la calidad del producto editorial ? Y de nuevos comportamientos de las clases tradicionalmente lectoras la presencia creciente de libros de recreo (al lado o en detrimento de usos profesionales o edificantes) en los inventarios de bibliotecas estudiados por Moreno Martínez en Lorca (1989) y Martínez Martín (1991) en Madrid, con una posible afirmación del derecho al ocio (Uría, 1996).

         Resistiéndonos a una visión "nacional" -tendencia muy cultural para un francés- asociada con un proyecto liberal por realizar y por ende "anticipada" y falaz, no hemos de olvidar en efecto la específica existencia a lo largo del siglo XIX -¿ más que en el XVIII ?- de una cultura provinciana o en "las provincias" como decía, en l879, el periodista malagüeño Casimiro Franquela al denunciar "el papel de parias" que éstas vienen haciendo, tanto en la esfera social como en el orden político, como en la administración como en artes como en todo ", expresando el resentimiento "del sabio que vive en provincias, del orador eminente, del sabio médico, del concienzudo artista, del inspirado vate que mientras vivieron en provincias jamás encontraron un sincero aplauso en la prensa cortesana".

         Bueno será recordar que esta visión amplia -incluso geográficamente- de todos los usos y prácticas, no es rémora para una paralela y complementaria jerarquización desde el canon "editorial" y desde los usos, por referencia a la pauta/cultura dominante(por cierto, la representación, la idea del libro existente entre los analfabetos supone otras palabras con otros sentidos, como se observa en el uso de "papel", "novela", "cuento"), con visión y visos "ascendentes" : como conciencia de que existen formas superiores de cultura escrita con la consiguiente aspiración a acceder a ellas, siquiera simbólicamente como en el caso del maestro alpargatero estudiado por M. Botargues (1998), a relacionar con la emergencia de bibliotecas de artesanos (cf. Martínez Martín 1991), la función del libro de lance (Botrel, 1988), el consumo de apariencias a través de los títulos emblemáticos -"la" Atala, por ejemplo- (Botrel 2000a), la puesta a disposición de textos en formas asequibles, antes de que se llegue a la posesión del objeto libro con todas las de ley.

 

3. Aculturación y apropiación.

         El propio impreso/libro permite entrar en la lógica de tal proceso -permanente- de aculturación/apropiación y la interpretación de las estrategias editoriales o lectoriales a deducir de los discursos o de los mismos bienes resultantes pueden ser base para un análisis de aquellos usos que apuntan hacia un compartir social de la cultura escrita/impresa "conforme"...

         Un ejemplo, ya utilizado en mi trabajo sobre "Los nuevos coleccionistas" (Botrel, 2002), el del libro-folletín, puede dar cuenta de una práctica lectora derivada de un impreso periódico adquirido más bien diariamente y por suscripción (lleva un número seguido y una fecha).

         A partir de los años 1840, la prensa diaria acentúa su polimorfismo y polivalencia incluyendo como argumento publicitario la publicación progresiva bajo forma de columnas truncadas o de páginas numeradas o no, en el espacio creado del "folletín", donde, de manera casi siempre continua pero fragmentada, se imprime y dar a leer un texto que, cada vez más, resulta ser una novela.

.        El que las "páginas" del folletín estén numeradas puede ser la prueba de que la lectura en el mismo periódico, si puede efectivamente existir a veces, no es la práctica mayoritaria ni el objetivo final que sería la conservación a través de una colección específica : no se conserva la colección del periódico sino que solo se colecciona una parte, el folletín. El resultado puede ser una serie ordenada de columnas o páginas impresas con, en el verso, un texto ajeno a la obra que se pretende completar y conservar (por el sistema del recorte) o, cada vez más, organizadas de tal manera que se utilicen las dos caras. La disposición de las páginas casi requieren en este caso la separación para una ulterior encuadernación que suele ser prevista por el periódico quien propone folletines encuadernables e incluye portada e índice, reparte cubiertas y propone a veces hasta las tapas de encuadernación.

         De ahí una práctica coleccionadora derivada del mismo impreso al que se arranca ( la prensa puede ser víctima del libro...) cortándosela,  la parte de la plana primera o primera y segunda, por lo general, en la que va impreso el texto codiciado.

         Las prácticas efectivas de los lectores se pueden observar en los baratillos más que en las bibliotecas, en los folletines encuadernados (o no) conservados : desde una sencilla puntada (luego serán grapas o clips de latón) hasta una encuadernación "canónica" a la holandesa -muy a menudo pobre y elemental- o con cubiertas editoriales.

         En estos libros confeccionados artesanalmente se distinguen de los editorialmente producidos por la irregularidad del corte de la tijera o del imperfecto guillotinado, por la variación en los márgenes, por la incorrecta colocación (ladeada) y correspondencia superposición (entre páginas par e impar) de las manchas, por lo rudimentario de la encuadernación (cf. la escasa calidad del cartón y del papel jaspeado, etc.).

         Las menciones manuscritas añadidas para subsanar los posibles fallos editoriales (en la paginación, por ejemplo) o para marcar la propiedad permiten adivinar unas referencias a un producto canónico del cual el autolibro derivado del folletín hace y no hace simbólicamente las veces.

         El que se trate de una práctica derivada -segunda y subordinada- traduce una compleja jerarquía, con el carácter accesorio del libro resultante con respecto al impreso fuente pero también su carácter al fin y al cabo superior por la transformación y conservación del mero impreso en libro.

         Llama la atención el hecho que el papel se trate al fin y al cabo como el tejido, con la perspectiva de una confección a partir de unos patrones y figurines suministrados por el periódico y el libro -cortar y coser son labores propias de la mujer, labores de "su sexo"-, a partir de un objeto abandonado por el jefe de familia y trasferido a la o a las mujeres de la casa, pudiendo llegar hasta las criadas como le pasa a Petra con las tías de Ana Ozores en La Regenta. La habilidad de la mujer en casa, costurera y lectora de periódicos de moda (complejísimos por la variedad y heterogeneidad del material) se aplica con asiduidad y facilidad a la prensa, con una actividad lectora públicamente programada desde unos presupuestos interclasistas (" precioso album digno de ocupar un lugar preferente lo mismo en el gabinete de la aristocrática familia que la mesa de labor de la menos acomodada señorita ").

         Pronto reivindicarían los lectores -o las lectoras- unos folletines más largos (cf. La Iberia, 3-1-1856, apud Magnien, 1995).

         Unas reflexiones parecidas se podrían hacer sobre el libro por entregas, el periódico-libro, las bibliotecas, teniendo en cuenta la persistencia e incluso desarrollo de los impresos de cordel (Botrel 1997a) o sea de lo nuevo y de lo antiguo a la vez, para medio siglo después comprobar que el viejo fondo de cordel está debilitándose dejando paso a los mismos textos, pero con nuevas formas editoriales más llamativas (con cubiertas de color) como son las colecciones de novelas Maucci y luego Sopena (Botrel, 1998c), además de las colecciones semanales de novelas, las policíacas, la del oeste, rosa, etc., sin que desaparezca del todo el sistema de la comercialización por entregas : se observa una evolución de un sistema relativamente homogéneo desde los años 1840 hasta vísperas de la guerra de 1936-1939, con una relación continuamente construida con la colección y el libro que obviamente no se dirige a las mismas categorías sociales al principio (los 2.000 y 3.000 clientes de la edición del Judío errante por la Sociedad Literaria) y al final (con el autoproclamado "Palacio de la novela" de la Editorial Castro), pero que todas contribuyen a permitir el acceso al libro y generar otras aspiraciones.  O sea : con una diversificación de las formas editoriales (con incidencias sobre un mismo "texto" -concepto teórico-) y también, en menor medida, sobre las formas discursivas y estéticas, por decirlo así.

         Lo cierto es que aún no disponemos por parte de la historia del libro de un preciso inventario cronológico y evaluativo de la producción impresa (más allá de las grandes tendencias y de los principales géneros), condición para que la historia cultural sea capaz de medir, en cortes sincrónicos complejos, y en la larga duración el impacto de tal o cual forma, desde tal o cual capa de la sociedad, en visión dinámica.

4. Hacia una historia de la cultura escrita/impresa.

         No obstante, la generalización en España, como en otros países, de una oferta diversificada y cada vez más masiva, por acumulación (que no por sustitución) de impresos, crea una tendencia si no arrolladora, que sí implica un número creciente de actores más o menos "activos" por impregnación y participación, dentro de una situación de relativo atraso de España con respecto al tiempo medio y a los modelos de la Europa del Norte.

         Sin desestimar, pues, las imprescindibles aportaciones de la historia material o "institucional" del libro, de la prensa, del impreso y de lo escrito en general o de la educación, conviene -creo- para poder entender la situación específica de España, plantearse una historia social de la cultura escrita sin fronteras o sea, articulada con la cultura oral y espectacular (3), contemplada desde el punto de vista de los usuarios, teniendo en cuenta sus propias prácticas y evolutivas construcciones y actitudes con la aspiración a conquistar nuevos productos pero también nuevos textos en el amplio abanico de los productos disponibles.

         Tal vez sea la perpectiva que nos ayude a dar cuenta de la especificidad del caso español, cotejando los habituales parametros "de derecho" con las prácticas de "hecho", y destacando el protagonismo de las mediaciones "informales" que subsanan las carencias del Estado liberal (cf. Martínez Martín, 1998) y de la mayoría de una población más deseosa de lo que parece -y desde luego que las autoridades del país- de acceder a la autonomía y a la dignidad que suministra la inserción activa en la cultura escrita, del impreso o del libro.

 

         J.-F. BOTREL (Univ. Rennes 2/PILAR)

 

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Notas :

 

1. Esta síntesis recoge ideas, datos y, a veces, hasta párrafos de varios estudios míos, ya anteriormente publicados, ya inéditos, que se citan en la bibliografía. Ni que decir tiene que las deudas intelectuales o factuales para con otros estudiosos del campo quedan debidamente señaladas en dichos estudios o en la misma bibliografía.

 

 2. Presentado en el seminario de Historia del libro dirigido por María Luisa López-Vidriero y celebrado en Salamanca (Fundación Duques de Soria) del 5 al 9 de abril de 1999 sobre "La impronta en el libro. La huella del lector y del coleccionista".

 

3. Conste con A. Viñao (1994), que "analizar la difusión de la cultura escrita y las consecuencias cognitivas o mentales del tránsito desde lo oral a lo escrito teniendo en cuenta las relaciones entre oralidad y escritura" -también podría incluirse la "espectacularidad"- está aún en gran parte por hacer...