« Escribir una postal »


en : Juan Antonio Yeves Andrés (dir.), Correspondencia sin privacidad. Billetes, tarjetas postales y epístolas literarias en la colección Lázaro, Madrid, Fundación Lázaro Galdiano, 2013, pp. 75-84.

 


 

Sello quisiera ser yo

por el goce celestial,

de que tus labios me besen

al pegarme en la postal.

 

Diego de Marcilla, Poesía postal

(Barcelona, 1916, p. 37).

 

El auge del compartir social de lo escrito en España durante el siglo XIX, además de un creciente consumo de impresos[1], favoreció el desarrollo de la práctica epistolar[2], reforzada desde fines del siglo XIX por el recurso al envío e intercambio de tarjetas postales ilustradas con mensajes manuscritos más o menos extensos, cuyo uso incrementó proporcionalmente mucho más : según Bahamonde[3], si entre 1898 y 1935 el número de cartas circuladas aumentó en un noventa y nueve por ciento –de 131 millones a 261–, el de las tarjetas postales lo hizo en un ciento treinta y cuatro por ciento –de 9 millones y medio a 22 y medio–. A este incremento y relativa democratización de la práctica de la escritura correspondencial contribuyen por supuesto los progresos de la alfabetización, el abaratamiento tendencial de los productos impresos y de las tarifas postales –el franqueo de una postal es «la mitad del precio señalado a las cartas»[4]– y también, la creciente movilidad de la población con la emigración –en 1886, por ejemplo, según Bahamonde y Otero[5], el sesenta por ciento de los madrileños han nacido en otra provincia–, sin olvidar el naciente turismo.

Del uso meramente correspondencial de la tarjeta –los «enteros postales»–, con fines comerciales o personales, como medio barato y rápido de enviar un mensaje corto y sencillo –una especie de prolongación del billete–, a partir de 1873, se llega con la tarjeta ilustrada con motivos artísticos o fotografías –ya presentes en las llamadas «tarjetas de visita»– a la noción añadida de obsequio de un objeto simbólicamente más cotizado que la carta, por su valor estético y venal.

Sirve para casi todo: se le asignan fines comerciales –para propaganda de Carlos Molinero Marmolista-Lapidario o del Toberal del Dr. Aparicio– y personales para felicitar el santo, los días, Navidad, el Año nuevo, etc. En 1913, por ejemplo, la joven Cándida «desea a su querida profesora un feliz día de su santo» en una preciosa postal troquelada[6].

También sirve para enriquecer la colección o el álbum del destinatario. Este es un mensaje propuesto por Diego de Marcilla en Poesía Postal[7]:

Te envío una colección

de postales de las finas

como pequeño recuerdo

de mi pura simpatía.

Se utiliza, además, para enviar «Recuerdos de…» ya que, progresivamente, la distancia que pretende salvar la correspondencia se asocia con una escritura nómada o semi-nómada del remitente viajero o turista de cuya lejanía da cuenta el matasellos, para unos destinatarios –familia, amigos, colegas de trabajo– sedentarios. Un coleccionador suplicará a su amigo que viaja que le remita una postal de color «marcándome en más o menos la impresión que te causó las costumbres o el paisaje», sugiere el autor de Poesía postal[8] y algún corresponsal podrá haber escrito:

Por la postal que te envío

dónde me hallo puedes ver[9].

En las librerías y los kioscos está a disposición de los remitentes un amplio abanico de tarjetas y postales: postales de vistas fotográficas, algunas de actualidad –sobre el Congreso Eucarístico Internacional de 1910, por ejemplo–, de personajes típicos, postales de fantasía y saludo, artísticas –con reproducciones de cuadros–, «artísticas-literarias» donde a las ilustraciones acompaña el texto[10], blocks o carnets postales en los que se puede apuntar el nombre del destinatario, postales-librito –en los años 1930–, sin olvidar las tarjetas galantes, eróticas y pornográficas menos circuladas, eso sí[11].

A la postal, más que a la carta, queda asociada una fuerte carga intencional relacionada con el dinero y tiempo invertidos en escogerla, comprarla, escribirla, enviarla, etc.: «Se la regalo a Mercedes prohibiendo que ella se la regale a otra persona» escribe Sebastián en Madrid, el 30 de diciembre de 1909[12].

Lo cierto es que, a principios del siglo XX, la postal ilustrada –artículo de lujo todavía– se ha puesto de moda: según Emilia Pardo Bazán, no se escribe, se «postalea »[13]. Como apunta Roger Chartier[14], se trata de unas «prácticas escriturales que introducen el orden de lo escrito en la cotidianeidad de las existencias».

Partiendo de las muy agudas observaciones hechas por el sociólogo Nicolas Hossard en su ensayo sobre los usos contemporáneos de la tarjeta postal[15], y a falta del análisis de una muestra representativa de postales circuladas en los albores del fenómeno, se puede esbozar una caracterización de las prácticas de escritura relacionadas con la postal en la España de principios del siglo XX.

Con el mensaje icónico y textual enviado y la intención de que da cuenta, se pretende cultivar o fortalecer reforzar un vínculo social, basado en las relaciones familiares, la amistad pero también el amor sugerido o proclamado de manera más o menos púdica, con menos intimidad y confidencialidad que en la carta cerrada por estar a la vista potencial de terceras personas:

…esta postal declara

mi amistad constante y fuerte

que en distancias no repara.[16]

Es lo que sugiere Diego de Marcilla al proponer para manifestación del desprecio definitivo el uso de la postal :

Si a su carta impertinente

contesto en esta postal

es para que francamente

vea que soy consecuente

en decir NO a su ideal. [17]

Como observa Hossard[18],  la postal es «un medio de comunicación que no comunica gran cosa», por la concisión y casi laconismo elíptico o la autocensura a que abocan el corto espacio aprovechable y su ausencia de confidencialidad, ya que la «desnudez » de la postal permite que sea contemplada y leída por más personas que el destinatario oficial. Pero comunica más cosas que la información textual, por otro canal que la mera escritura. En el efecto pretendido se ha de tener en cuenta el impacto de la imagen escogida en función del destinatario: la imagen muestra lo que, por causa de la concisión impuesta, no pueden contar las palabras; «el continente puede compensar el déficit de contenido»[19]. De ahí que a la hora de valorar la comunicación interpersonal con postales se haya de contemplar los posibles ecos o interacción entre el anverso –la imagen, el motivo artístico, etc.– y el reverso –la parte textual–, tanto en la producción del remitente como en la recepción por el destinatario. Conste que en algunos casos como en las tarjetas de felicitación o en las « artístico-literarias », los mensajes impresos que acompañan los motivos icónicos permiten prescindir de formulaciones manuscritas. Con palabras de Emilia Pardo Bazán quien mucho lo lamentaba en 1901: «La estampita es el asunto : lo escrito nada importa : y ya, si lo reemplazan los versos de Campoamor, se llega al ideal de decirlo todo por boca ajena, y con una firma y un sello de cinco céntimos, tan campantes»[20].

Ciñéndonos a la práctica de la escritura propiamente dicha, en su dimensión histórica, podemos observar que, desde el punto de vista formal, fue condicionada por la propia tarjeta postal y sus evoluciones, con la consiguiente necesidad de calibrar el texto para acoplar la escritura material al espacio disponible: primero fue la cara reservada a la correspondencia en los « enteros »; después, con la invención y generalización de la tarjeta ilustrada donde el elemento icónico llena el anverso de la postal –con la dirección del destinatario en el reverso– en la cara ilustrada, en las partes en blanco, previstas por el editor, o en las zonas más claras ya que muy pronto se dio la necesidad de personalizar apropiación de lo múltiple con la aposición de una firma o de mensajes breves y convencionales, pero también, a veces, más largos que superponen a la vista fotográfica y casi la ocultan. La posibilidad a partir de 1906 de utilizar para mensajes escritos la mitad izquierda del reverso dividido en dos hará que la cara con motivos icónicos se respete más, aunque con una cruz se puede señalar la ubicación de uno en el paisaje. Se puede observar una verdadera estrategia discursiva para adaptar el mensaje al espacio disponible, inclusive a la hora de cortar las palabras[21], y una preocupación constante por darse a leer con una letra cuidada –con pluma pero también con lápiz y luego bolígrafo–, con líneas rectas –con o sin pauta–, procurando evitar los rasguños, cuidando el aspecto estético de la postal para dar una buena imagen de sí mismo ya que la presentación del mensaje es una como «una (re)presentación de sí mismo»[22]. También se puede notar una creciente preocupación por aprovechar al máximo el espacio, prolongando la escritura de líneas horizontales con líneas verticales o circulares, y llenar cualquier intersticio. Hasta se pudo llegar a cruzar las líneas, horizontal y verticalmente[23], siempre dentro de lo que cabe.

En cuanto a la escritura de la dirección, cada vez más normalizada con una pauta impresa, es la prueba más clara de ese acatamiento de una norma social/postal dictada o progresivamente elaborada y consentida si no buscada. La transgresión de la norma incita a veces a llenar todo el reverso de una o varias tarjetas postales debidamente numeradas poniéndolas en un sobre pero con el valor simbólico intacto y como acrecentado. Esta transgresión de la norma.

En cuanto al contenido de las postales, resulta doblemente condicionado, por el corto espacio de que dispone el que escribe y la falta de confidencialidad al ser la escritura en postales una escritura en cierta alguna medida «expuesta»[24].

En el mínimo espacio de que dispone, el enunciador procura dar la información máxima, pero de manera más bien convencional y repetitiva y, por lo general, neutra o positiva ya que parece ser que las malas noticias difícilmente caben en una postal. El espacio restringido y en gran medida expuesto de que dispone el o la que escribe no permite que se explaye en un relato extenso ni muy íntimo. Con respecto a la conversación, la escritura postal que no siempre fue tan rápida y menos espontánea, se vale de frases breves y de palabras más bien «escogidas» a las que se dedica un tiempo de reflexión, a veces con un borrador, cuando no se recurre a las expresiones convencionales socialmente más legítimas por ser convencionales, tal vez más que en la carta, por el riesgo de ser leído por terceras personas, al ser expedidas «al descubierto»[25]. También puede tratarse de versos copiados de algún manual como Poesía postal, pero conste que la expresión versificada también pudo ser original como en el caso del padre que dirigió a su hijo los siguientes versos:

Aunque bien o mal les cuadre

ésos tiene que barrer…

Ramón, no te quiere ver

de militar tu buen padre.

[P. Sebastián][26].

Escribir una tarjeta postal es, pues, exponerse —exponerse a ser expuesto—con fórmulas que, por consiguiente, consienten pocos secretos o confesiones ni declaraciones muy íntimas que pueden ser leídas hasta por el cartero. Lo sugiere la siguiente formulación:

Suplico a usted, caballero

no me escriba más postales

pues tiene aviso el cartero

de que al ver sus iniciales

las entregue al basurero[27].

De ahí que los mensajes de las postales puedan considerarse como banales, de poca monta. Conviene no olvidar, sin embargo, que el mensaje escrito no lo dice todo: la imagen escogida puede contener en filigrana un mensaje; tiene un sentido para el que la escogió y para el que la recibe. Establecer una relación entre la imagen y la enunciación puede ser una pretensión por parte del que escribe. Lo que se cotiza es la intención.

Parece ser incluso que, como otros objetos, la postal pudo tener su propio lenguaje, lo mismo que sus colores[28].

Convendría poder corroborar para las primeras escrituras en postales lo que luego se ha podido observar[29], como el predominio de verbos conjugados en presente y la abundancia de los deícticos temporales y espaciales –«Por el paisaje de esta postal donde me hallo comprenderás»– o de las fórmulas de despedida con besos y abrazos verbales.

Obsérvase que al exponer su escritura a la vista de unos terceros el remitente repara menos en el riesgo de exponerse a una mirada indiscreta que en el valor simbólico de la asociación de una firma con un motivo icónico de cierta categoría, indicio de que pertenece ya al mundo de referencia de los cultos o de los turistas, con el envío de un obsequio a compartir y una vanidosa representación de si mismo al mismo tiempo. Una afirmación valorizante –a descubierto– del yo, de sus aptitudes tanto manuales –buena letra– como intelectuales –una correcta ortografía y un estilo conforme o ingenioso– o de sus calidades. El envío de un objeto escrito-visual del que se imagina la lectura deseada por el destinatario, pensando en la indiscreta mirada de otros lectores –los padres, el cartero, etc.–, con la consiguiente autocensura.

Para los menos expertos, la tarjeta postal con mensajes impresos o la copia de mensajes para cualquier circunstancia, como los ofrecidos por Diego de Marcilla en su Poesía postal para «expresar o redondear la idea justa del caso en que se halla el firmante de una postal»[30] permite delegar a una autoridad la expresión de alguna intención con el refrendo personalizado de una firma, por muy burda que sea.

Una prolongación más sofisticada de tal función serán los dípticos y trípticos de cartulina ilustrados y con mensajes impresos, puestos bajo sobre, con la posibilidad incluir un mensaje más personal, como en ¡No te asustes amor mío! [31].

Se puede observar cómo, al filo de los años el contenido informativo de lo que llaman las « noticias » o « escritura libre » o sea todo lo que no es firma del remitente y las señas del destinatario se fue enriqueciendo y diversificando, más allá de las fórmulas estereotipadas –Recuerdo de…, « Mil felicidades te desea en Navidad y Año Nuevo tu amiga que te quiere » Susana, etc.–, siempre dentro de lo que cabe. La postal y las series a que da lugar[32] pudieron incluso prestarse para una escritura periódica –no episódica– o como soportes para una expresión más prolija, encerrados ya en un sobre, con todas las características de una carta, pero con el añadido de un siempre codiciado o apreciado elemento icónico. La edición de postales personalizadas, prolongación de las llamadas «tarjetas de visita», permitirá incluso al remitente autoponerse en escena, para darse a ver…

Según Hossard[33], estos mensajes tendrían unas constantes, como es la referencia al contexto vivido de que da cuenta la imagen, con la idea por parte del remitente de compartir de alguna manera con el destinatario y lector la experiencia vivida en primera persona del singular o del plural. Pero escribir una postal es, sin duda, más que crear la ilusión de una conversación por escrito sugerida por la presencia formal del destinatario en los enunciados: la puesta a distancia cultural que conlleva la enunciación por escrito para todos y más aún para lo no letrados afecta el estilo postal, por muy familiar o relajado que parezca, y cuenta para mucho la imagen de si mismo que se da a leer al lector conocido o potencial.

En tiempos de postales virtuales, falta saber cómo este recibió, leyó y conservó la postal de toda la vida. Pero es un tema aparte.

 

 

 

 

 



[1] Botrel, Jean-François: «La construcción de una nueva cultura del libro y del impreso en el siglo XIX», en Martínez Martín, Jesús A. (ed.): Orígenes culturales de la sociedad liberal (España siglo XIX), Madrid, Biblioteca Nueva; Editorial Complutense; Casa de Velázquez, 2003, pp. 19-36.

[2] Castillo Gómez, Antonio: «Me alegraré que al recibo de ésta…». Cuatrocientos años de prácticas epistolares (siglos XVI a XIX)», Manuscrits. Revista d’història moderna, 29, 2011, pp. 19-50. Castillo Gómez, Antonio: «La carta en la historia. Las prácticas epistolares a través del tiempo (siglos XVI-XX)», en Castillo Gómez, Antonio y Sierra Blas, Verónica (dirs): Cinco siglos de cartas. Historia y prácticas epistolares en las épocas moderna y contemporánea, Huelva, Universidad de Huelva, 2013, pp. 23-50.

[3] Bahamonde Magro, Ángel (dir.): Las comunicaciones en la construcción del Estado contemporáneo en España : 1700-1936, Madrid: Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente, 1993.

[4] Guereña, Jean-Louis: «Imagen y memoria: La tarjeta postal a finales del siglo XIX y principios del XX», Berceo, 2005, n. 149, pp. 35-58, véase p. 40.

[5] Bahamonde Magro, Ángel y Otero Carvajal, Luis Enrique (dir.): La sociedad madrileña bajo la Restauración, Madrid: Cidur, 1989.

[6] Museo Municipal de Madrid.

[7] Marcilla, Diego de: Poesía postal. Versos para escribir toda clase de postales, Barcelona: Millá y Piñol, 1916, p. 71.

[8] Ibídem, p. 109.

[9] Ibídem, p. 70.

[10] Palenque, Marta: «Ephemera o la sutil permanencia de la literatura. El Estudiante de Salamanca en tarjetas postales», Ínsula, 2011, n. 772, pp. 23-27, véase p. 24.

[11] Guereña, Jean-Louis: Un infierno español. Un ensayo de bibliografía de publicaciones eróticas españolas clandestinas (1812-1939), Madrid, Libris, 2011.

[12] Museo Municipal de Madrid.

[13] Palenque, Marta: «Ephemera o la sutil permanencia de la literatura. El Estudiante de Salamanca en tarjetas postales», Ínsula, 2011, n. 772, pp. 23-27, véase 26a.

[14] Chartier, Roger (dir.): La correspondance: les usages de la lettre au XIXe siècle, Paris: Fayard, 1991, p. 453.

[15] Hossard, Nicolas: Recto Verso. Les faces cachées de la carte postale, Paris: Arcadia Editions, 2005.

[16] Marcilla, Diego de: Poesía postal. Versos para escribir toda clase de postales, Barcelona: Millá y Piñol, 1916, p. 95.

[17] Ibídem.

[18] Hossard, Nicolas: Recto Verso. Les faces cachées de la carte postale, Arcadia Editions, 2005, pp 60-62.

[19] Ibídem, p. 62.

[20] Palenque, Marta: «Ephemera o la sutil permanencia de la literatura. El Estudiante de Salamanca en tarjetas postales», Ínsula, 2011, n. 772, pp. 23-27, véase 26.

[21] Guereña, Jean-Louis: «Imagen y memoria: La tarjeta postal a finales del siglo XIX y principios del XX», Berceo, 2005, n. 149, pp. 35-58, véase p. 52.

[22] Hossard, Nicolas: Recto Verso. Les faces cachées de la carte postale, Arcadia Editions, 2005, p. 129.

[23] Guereña, Jean-Louis: «Imagen y memoria: La tarjeta postal a finales del siglo XIX y principios del XX», Berceo, 2005, n. 149, pp. 35-58, véase p. 36.

[24] Castillo Gómez, Antonio: «Desde el muro. Formas y mensajes de la escritura expuesta en la ciudad altomoderna», en Puigvert, Gemma y Mota, Carme de la (eds.): La investigación en Humanidades, Madrid, Biblioteca Nueva, 2010, pp. 91-110.

[25] Guereña, Jean-Louis: «Imagen y memoria: La tarjeta postal a finales del siglo XIX y principios del XX», Berceo, 2005, n. 149, pp. 35-58, véase p. 40.

[26] En una postal que representa a unos quintos barriendo el patio de un cuartel. Museo Municipal de Madrid.

[27] Marcilla, Diego de: Poesía postal. Versos para escribir toda clase de postales, Barcelona: Millá y Piñol, 1916, p. 93.

[28] Ibídem, p. 111 y ss.

[29] Hossard, Nicolas: Recto Verso. Les faces cachées de la carte postale, Arcadia Editions, 2005, véase p. 150.

[30] Marcilla, Diego de: Poesía postal. Versos para escribir toda clase de postales, Barcelona: Millá y Piñol, 1916, p. 5.

[31] Véase http://www.botrel-jean-francois.com/No_libro_non_livre/Ephemera.html.

[32] Palenque, Marta: «Ephemera o la sutil permanencia de la literatura. El Estudiante de Salamanca en tarjetas postales», Ínsula, 2011, n. 772, pp. 23-27.

[33] Hossard, Nicolas: Recto Verso. Les faces cachées de la carte postale, Arcadia Editions, 2005.