« La literatura traducida : ¿es española ? », en: Marta Giné, Solange Hibbs (eds.), Traducción y cultura. La literatura traducida en la prensa hispánica (1868-1898), Bern, Peter Lang, 2010, pp. 27-40.

 


 

La literatura traducida (se entiende que al español y en España) : ¿es española [1]?

Sea lo que fuere la respuesta (¡no puede ser!, ¿por qué no?, sí lo es, etc.), conviene reflexionar sobre el estatuto de facto (deducible de la praxis) y de jure (sentado por el canon) de dicha literatura para poder entender las encontradas posiciones al respecto.

Limitándome a la situación del siglo XIX, partiré de una observación:

 

 “ce qui a pu être appréhendé comme un symptôme honteux de retard et dépendance, a donné lieu à une intense activité autoriale et éditoriale autour des textes, visant à les rendre accessibles à défaut d’autres textes originaux susceptibles de satisfaire une demande croissante, en suscitant parallèlement de salutaires réactions ou sursauts” (Botrel, 2006: 9),

 

con la siguiente consecuencia:

 

“ce phénomène qui n’est pas propre à l’Espagne, invite à s’interroger sur la circulation par delà les frontières de quantités de textes, mais aussi d’images, rarement considérés pour ce qu’ils sont, c’est-à-dire des appropriations dans d’autres langues, d’autres formes et par d’autres publics que celles et ceux d’origine, et des contributions significatives à la configuration d’une littérature et de lecteurs moins attentifs, dans leurs pratiques, à l’appellation d’origine que ne le sont la plupart des historiens de la littérature” (Botrel, 2006 : 9).

 

A través de la historia de la edición, de la prensa y del libro, de la historia de la lectura y de la historia literaria del siglo XIX, analizando e interpretando los indicios paratextuales y textuales, los discursos editoriales y autoriales y las prácticas lectoriales, o sea : desde un punto de vista pragmático y no dogmático,  como hispanista francés y bretón, traductor e intermediario cultural, procuraré entender, pues, por qué, a pesar de ser literatura de españoles, sigue la literatura traducida en España sin incluirse en la literatura española.

 

DESDE LA HISTORIA DE LA EDICIÓN, DE LA PRENSA Y DEL LIBRO 

 

 

Una vez más, el punto de partida será lo de “nación traducida” aplicado a España por Mesonero Romanos, en 1843, y aquel « furor traductoresco » español denunciado en la época.

La ingente pregnancia de una literatura traducida de origen extranjero  o de otros idiomas peninsulares durante todo el siglo XIX es en España (posiblemente más que en otros países) un hecho cultural incontrovertible, asentado ya por la historia de la edición y del libro (Infantes, Lopez, Botrel, 2003 : 627; Botrel, 2006: 10-12)[2]. Tanto la novela, como la literatura juvenil, la médica o la católica, por citar unos ejemplos, arrojan una fuerte proporción de textos traducidos —hasta el 80% para los folletines, un 50% para la novela en los años 1880-1990—, del francés fundamentalmente, al ser Francia entonces la nación de referencia dominante, hasta que a principios del siglo XX empiece a darse una clara diversificación de la literatura fuente.

Interesa comprobar que en las bibliotecas y colecciones publicadas por los editores españoles a duras penas se distinguen el origen no español de las obras ofertadas : en las casi 900 inventariadas por ahora, la referencia explícita al origen extranjero de la literatura publicada solo interviene en menos de 20 casos[3], asociada a menudo con español[4], o deducible del calificativo “mundial”, “internacional”, “universal” y de la referencia a un origen geográfico[5], a comparar con las denominaciones de afirmación « nacional » de otras[6]. En algunos casos, se precisa la característica como “Colección de novelas originales y traducidas…” (Botrel, 2001 : 39), pero todo lo demás —que es la inmensa mayoría— resulta indeterminado e incluye, por supuesto, una inmensa cantidad de textos traducidos, a veces casi exclusivamente[7].

En las secciones « Novelas y obras de recreo » de los catálogos de los libreros y editores Fe y Suárez (Botrel, 1988:), tampoco se distinguen los autores extranjeros de los nacionales, lo traducido de lo original, y es probable que en las tiendas tampoco se distinguieran físicamente, y menos aún en los kioscos.

En los catálogos, como se sabe, hasta después de los años 1880, se solían anunciar las obras por los títulos (en español, claro está) y luego el autor, con nombres de pila a menudo hispanizados[8] y, en su caso , no siempre invisible, el traductor.

Un examen bibliográfico analítico de los libros y de la prensa, permite observar que sí puede darse una referencia a la lengua original de la obra (“novela escrita en francés”, “traducida del francés/italiano”) o a la traducción (sin mención de origen lingüístico) y a su autor (“traducción de”, “traducido por”) y a la lengua meta (“versión española/castellana de…”) ; también puede precisarse: “tomado del francés” o “arreglado al castellano”[9]. Pero también se puede observar que falta a menudo tales precisiones (más en los folletines que en los libros), que son menos frecuente en las cubiertas que en las portadas, aunque, con el tiempo, al traductor se le va dando mayor personalidad e importancia (de la mención de sus iniciales, a menudo precedidas de “don”, hasta el nombre entero) así como a la calidad y originalidad de la traducción (“traducido expresamente para…”)[10].

Muy sintomática de la pregnancia del modelo de la novela traducida es la frecuente y distintiva precisión: « novela original » (cf Botrel, 2001, 37-38) [11].

            De lo dicho, se infiere que para los editores y libreros españoles, la literatura traducida e hispanizada —inclusive a nivel de autores— poco se distingue de la española: se confunde en la categoría Literatura o sucedáneos, aunque sí existen, subsidiarios, unos crecientes indicios que permiten la identificación de su extranjería.

 

DESDE EL PUNTO DE VISTA DEL LECTOR

 

A partir de dichas informaciones suministradas por el propio libro o por los editores en sus catálogos, que ni editorial ni bibliológicamente permiten  individualizar mucho la literatura traducida, ¿en qué medida el lector se entera de que se trata de una obra no española, como valor discriminante a la hora de elegir una obra ? [12]  

El lector, ¿ se guiará preferentemente por el género editorial (una novela, por ejemplo)?, ¿ se fijará en el título  que según la jerarquía por mucho tiempo vigente, como hemos visto, va primero en la cubierta y en la portada (cf. Botrel, en prensa)?  y ¿ solo después en el autor ?

Lo cierto es que en las cubiertas de los libros, los títulos dan pocos indicios sobre el origen de la obra traducida o no y, en la prensa, el examen de unos 70 folletines de los años 1880-90, permite observar que la precisión del traductor al menos al principio no era práctica corriente , aunque en el paratexto, sí pueden encontrarse precisiones que apunten al origen no español de lo publicado.

Del fenómeno de la progresiva hispanización/apropiación de los títulos y de los propios autores extranjeros dan cuenta algunos cambios significativos como Madame Bovary/¡¡¡Adúltera !!! y las huellas de la fonética en la ortografía[13].

En el propio texto y contexto de la narración cuando de novelas se trata , los nombres suelen traducirse y pero no los apellidos (aunque también se pueden hispanizar[14]), ni la toponimia, unos elementos textuales que no bastan para calificar el origen de una obra ya que pueden ser un mero recurso, fuente de exotismo, a cargo de autores muy españoles aunque lleven a veces un seudónimo extranjero.

En cuanto a la presencia del traductor , además de la  cubierta y de la portada, puede dar cuenta de él algún prólogo donde se suele marcar destacar la diferencia entre la traducción y el original —caso de Zola y Hugo [15]— o, excepcionalmente, alguna nota[16] .

Tal vez sea la lengua que tanto tiene que ver con la identidad nacional, la que infunde mayor conciencia, por la lengua resultante de la traducción, de que se trata originariamente de unas literatura y lengua extranjeras. No tanto por lo que dicen los traductores y críticos sobre lo difícil que resulta traducir tal o cual autor u obra, como por la lengua que, cuando de una traducción del francés se trata, suena a « gabacha »: aunque la traducción es un acervo de palabras y frases en español, se notaría, pues, que se trata de una obra traducida por la frecuencia de giros extraños, pero tal vez no más que en el caso de novelas en español de Hispanoamérica…

El problema —efectivo— de la mala calidad de las traducciones y de la adulteración del idioma es otro asunto. Contentémonos con registrar como elementos constitutivos de una opinión sobre las traducciones en el siglo XIX, las lamentaciones de los periódicos y de algunos periodistas conscientes (cf. Botrel, 2006: 14), a propósito de las malas traducciones de originales malos que solo sirven para corromper la lengua y el gusto y algo que vale aún más” como escribe El Laberinto en 1844 (Fernández Sánchez, 1997, 292), de  aquel «formidable aluvión de novelas bárbaramente traducidas ». Según Ochoa, los traductores « desvirtúan la genuina índole de nuestro idioma nacional », « corrompen la lengua, depravan el gusto ». En total —esta es la opinión de Mesonero Romanos[17], compartida por Alcalá Galiano—,  parece que « algunas traducciones de Barcelona y no pocas de Madrid que han quedado más gabachas que antes de pasar los Pirineos » (Montesinos, 1966, 96). A finales de siglo, el mismo discurso se puede encontrar bajo la pluma de Clarín quien ve en el folletín traducido —verdadero “contrabandista de locuciones y palabras extranjeras”, según Sellés— el “microbio de la lengua” y comprueba el advenimiento de una nueva lengua, al lado del volapuk : le folletinpuk,  « para que no lo entienda nadie » (Alas, 2006, 460).

Las mismas observaciones podrían hacerse a propósito de los elementos visuales (icónicos) también importados bajo forma de ilustraciones para novelas u obras científicas e incorporados a menudo con una mínima  transposición que contribuyen a la percepción de un mundo de referencia solo imperfectamente hispanizado pero aparentemente aceptado (Botrel, 1996, 1997a) o a propósito de los conocimientos “tomados de…”.

De lo observado, se deduce que para el lector español, nuevo o veterano, puede no existir la conciencia de que está leyendo algo no original, ni español que en cualquier caso es entonces lo dominante y que inclusive leer literatura de determinados autores extranjeros puede ser algo muy apetecible…

 

DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA HISTORIA LITERARIA.

 

 

Como decía Clarín, si “por los Pirineos se pasa, o por encima o por debajo, para las letras, no hay más paso que el túnel de la traducción… pero en esta sucede que el tren que entra en la cueva no es el mismo que sale por el otro lado”. Así y todo, de un texto escrito en español por… españoles se trata y, como consecuencia de los procedimientos, explicitados o no, aplicados a los textos-fuentes (traducción libre, versión, arreglo, compendio, etc.), a veces por autores renombrados, para quienes la traducción también pudo ser un ejercicio de formación [18], y de los cortes, censuras, contrasentidos, reescrituras (cuando de condensar o ampliar el texto se trata) resultantes, podemos arriesgar que el texto resultante es otro texto, asaz alejado del original para llegar a ser en alguna medida otro texto original[19]. Como decía Clarín, quien haya leído a Zola en español no ha leído a Zola, pero la mayoría de los lectores de Zola, ¿llegaban a percatarse de ello?

Convendría, como empezó a hacerlo Simone Saillard (1997) para los traductores de Zola y los textos azolados resultantes, hacer un estudio contrastivo de los textos-fuentes y de los textos-metas, pero también tener en cuenta el trabajo de escritura de los traductores y adaptadores que a veces también son escritores y creadores[20] y someter los textos resultantes a un análisis lingüístico para poder —tal vez— caracterizar esta literatura traducida con respecto a una literatura “original” o “nacional” dentro de una Literatura.

En cualquier caso, el trabajo de apropiación y aclimatación de muchas obras literarias extranjeras o de elementos de literaturas extranjeras en la España del siglo XIX fue bastante más allá de una mera traducción, buena o mala.

En toda la literatura española traducida habría que buscar todo lo que pudo ser escrito teniendo en cuenta un gusto propiamente español, pues no todos los autores de traducciones fueron tan explícitos como El-Modhafer quien, en 1843, ofrecía al público español Adela. “Novela histórica acomodada al gusto de los españoles por El-Modhafer, acomodador ilustrado”. Gracias a Simone Saillard (1997), se sabe ya cómo alguien tan radical aparentemente como Tomás Tuero pudo, a la hora de dar a leer en español tal o cual pasaje de Nana, ser más español que naturalista, reforzándonos en la idea de que la traducción es un metatexto original.

Por otra parte, las libertades tomadas con los originales pudieron, más allá de las naturales licencias del traductor, llegar hasta omitir la fuente del nuevo texto, lo cual deja a los investigadores —muy específicamente los de la literatura dramática— un amplio campo de intertextualidades por explorar, base para un fecundo proceso de imitación, plagio o adaptación de motivos, ideas, argumentos o géneros asimilados[21], característico de cualquier literatura.

            Conste que muchas expresiones españolas sobre asuntos vitales para el ser de España pudieron tener un origen francés, con fuentes o inspiradores franceses, incluso cuando de relaciones bilaterales y por ende neurálgicas se trataba: la Revolución[22], Napoleón[23], etc.

            ¿Cuál es la originalidad, quién es el autor de una obra de un trabajo de compilación u/o ensamblaje, caso de La Cara de Dios de Arniches adaptada por Valle-Inclán quien, para mayor afirmación de su autoría subsidiaria inserta  dos cuentos suyos (Sátanas y Ádega) en el texto, pero también  « fusila », reproduciéndola con gran liberalidad, Ame d’enfant, la traducción-adaptación  al francés por Halpérine-Kaminsky de Niétoschka Nezvánova (1849), la novela escrita en ruso por Dustoievski, traduciéndola al español?  ¿En qué quedamos, con qué nos quedamos ? ¿Con la denuncia de las páginas contaminadas o con la obra valleinclanesca resultado de un peculiar ensamblaje de un argumento de Arniches, textos suyos y ajenos pero al fin y al cabo concebido y escrito por él ? o ¿con el resultado textual de la transformación de varios discursos en otro que los engloba con cambios notables, supresiones, adiciones ? (Míguez Vilas, 1998, 53-61).

            ¿ Qué decir del traductor mimético que es como otra voz del escritor, casi fusionado con él ? ¿ O del traductor y autor-bis casi superior al autor original?

En todas las situaciones evocadas se trata de textos en español, escritos casi siempre por españoles nativos, impresos por españoles, vendidos por españoles, etc., percibidas y a veces presentadas como españolas, pero excluidas las más de la literatura española.

De ahí el interés por evocar, fiablemente, las distintas percepciones y perspectivas que obran en el consumo de la literatura y en la construcción de una literatura nacional.

 

 PERCEPCIONES DE LO TRADUCIDO 

 

Sin pretensión a agotar el tema, podemos comprobar que para un editor, como el de La Guirnalda, primer editor de las obras de Galdós, publicar, en 1875, la “Biblioteca de buenas novelas”, “una serie de novelas traducidas fielmente de distinta lenguas” es “prestar un gran servicio a la juventud del día”; que para efectos de autoría-bis  y de propiedad intelectual, las obras traducidas y publicadas pueden ser del español que las tradujo y/o compró los derechos, y se sabe que bregaron algunos por asociar su nombre al de determinados autores con fama (caso de Zola o de Colette)…y pudieron granjearse beneficios económicos pero también simbólicos a base de eso en su propio país; que muchos aprendices de autores pero también autores de nombradía se dedicaron a traducir obras ajenas, lo mismo el Poema del Cid que A la recherche du temps perdu, en el caso de Pedro Salinas (y Quiroga Plá); que pocos lectores de Jules Verne en el mundo se habrán preocupado por el origen nacional o lingüístico de una obra fuente de conocimientos y de placer sin fronteras ; que la misma crítica e historia de la literatura pudo reivindicar para España la obra de un Victor Hugo “gran poeta franco español” (Lafarga, 2008 : 126)[24], pero también la de Casimir Delavigne de quien, según Menéndez Pelayo (1947: 359-360), « algunas de (las) principales obras, traducidas generalmente bien y alguna vez de modo magistral por ilustres autores nuestros, como Bretón de los Herreros, Larra y Ventura de la Vega, alcanzaron triunfos ruidosos en nuestra escena y llegaron a tomar carta de naturaleza en nuestra literatura ».

Así, pues, ¿qué es lo le falta a una obra traducida en lengua española/castellana por españoles (a veces por autores españoles del canon), con toda la originalidad para bien y para mal de una creación textual sui generis, impresos y vendidos en España para unos lectores españoles y también hispanoamericanos que se la apropian desde unas expectativas también cultural y vitalmente españolas para que se la tenga por española ?

 

LITERATURA TRADUCIDA Y LITERATURA NACIONAL

 

 

Volvamos a la pregunta inicial : La literatura traducida, ¿ es española ?

            Recordemos primero que la traducción es mucho más que una técnica —es literatura—, que inclusive la literatura nacional no puede existir en su producción o construcción sin otras literaturas y es el resultado un concepción restringida de la literatura,  fruto de múltiples y sucesivas exclusiones, inclusive dentro del propio espacio nacional.

            Que dentro de la literatura nacional, el traducir o el no traducir tiene una clara dimensión ideológica[25] —casi filosófica[26]— y geopolítica, desde la activa o pasiva importación de textos hasta una política cultural de  proyección hacia fuera[27].

            Como recuerda Pedro Aullón de Haro (Romero Tobar, 2008 : 22-23), “es una mera realidad palpable de la vida cultural que las traducciones literarias conforman un cuerpo de obras que pasa a integrarse en la lengua que las recibe creando un modo de relación inmediata y de facto en virtud de la cual resulta engrosado el objeto preexistente . La traducción, que ciertamente amplifica y enriquece la superficie textual, el conocimiento y enriquece la superficie textual, representa un requisito de primer orden para el estudio de cualquier literatura nacional, al igual que para toda literatura comparada y por supuesto universal » A pesar de esto, « la traducción no ha sido incorporado por el género de la historia literaria ».

La literatura traducida sirve para revelar y cuestionar nuestras relaciones con la noción de autoría y de literatura y más aún con la lengua (« nuestra » lengua );  puede uno preguntarse si la relación inconscientemente mantenida con la « lengua  materna » no es al fin y al cabo el factor más dirimente, lo cual explicaría que una obra escrita en catalán, gallego o español de Argentina no pueda tenerse por española.

Entre el dogma y la praxis se mueve/anda, pues, la literatura traducida : entre una visión concepción autárquica, proteccionista o nacionalista y una visión « liberal » y más abierta; entre el canon literario nacional y las prácticas editoriales y lectoriales mayoritarias. Lo traducido no puede entrar en el canon literario de referencia y sin embargo está dentro de la literatura, inmerso, ni mejor ni peor que mucha literatura « genuina ». Es lo que puede ayudar a entender la historia cultural al observar que en un mismo momento pudieron/pueden coexistir una aspiración por la emergencia y afirmación de una literatura original y nacional y unas prácticas de importación y consumo de unos textos « extranjeros » pero hispanizados[28]. y que no hay –no puede, no debe haber- limpieza de sangre textual (ni siquiera lingüística)…  ¿Jus sanguinis o jus soli ? ¿Manuel Fernández y González y no Alejandro Dumás ? ¿ O los dos al mismo tiempo ?

Una prudencial medida consistiría en reivindicar la traducción y lo traducido no solo como técnica sino como parte del patrimonio literario, por ejemplo con el anunciado Diccionario histórico de la traducción en España o dedicándole una capítulo en las historias de la literatura : ya que la literatura traducida al ser de los españoles, también es española.

 

          REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

 

 

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BOTREL, J.-F. (1987): L'œuvre espagnole de Paul Féval. Éditions de Paul Féval en espagnol. Douze images févaliennes de l'Espagne", in : Paul Féval (1816-1887), Rennes, Bibliothèque municipale, 89-101 y 127-131.

 

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---- (2001) : "La novela, género editorial (España, 1830-1930)". Aubert P. (ed.), La novela en España (siglos XIX-XX), Madrid, Casa de Velázquez, 35-51.

 

---- (2006) : « L’acclimatation du roman populaire français en Espagne ». Angels Santa (coord.), Réception de la littérature française en Espagne . Oeuvres et Critiques, Tübingen,  XXXI, 2, 9-23.

 

---- (2008): « La “Biblioteca de Autores Españoles” (1846-1878), ou la difficile construction d’un panthéon  des lettres espagnoles », Histoire et Civilisation du Livre. Revue Internationale, IV,  201-221.

 

---- (2009): «  Siglo XIX/La literatura  del pueblo ». Boixareu, M., Lefere, R. (coords.), La Historia de Francia en  la Literatura Española. Amenaza o modelo, Madrid, Castalia, 495-516.

 

---- (en prensa): -« Los novelistas del Gran Realismo y sus libros » (Actas del I Congreso Internacional "La Literatura de E. Pardo Bazán").

 

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INFANTES, V., LOPEZ, F., BOTREL, J.-F. (dirs.) (2003): Historia de la edición y de la lectura en España 1472-1914, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez.

 

LAFARGA, F. (2008) : Traductores y prologuistas de Victor Hugo en España (1834-1930). Antología de un discurso crítico, Barcelona, PPU.

 

LAFARGA, Francisco, PEGENAUTE, Luis (2009) : Diccionario histórico de la traducción en España, Madrid, Gredos.

 

MENENDEZ PELAYO, M. (1947): Historia de las ideas estéticas.V, Madrid, CSIC.

 

MIGUEZ VILAS, C. (1998), “Valle-Inclán y la novela popular: La cara de Dios”, Santiago de Compostela, Universidade de Santiago de Compostela

 

MONTESINOS, J. F. (1966): Introducción a una historia de la novela en España, en el siglo XIX, Madrid, Castalia.

 

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LA LITERATURA TRADUCIDA : ¿ES ESPAÑOLA ?

 

JEAN-FRANÇOIS BOTREL

Université Rennes 2-Haute-Bretagne

 

 

 

 

La literatura traducida (se entiende que al español y en España) : ¿es española [29]?

Sea lo que fuere la respuesta (¡no puede ser!, ¿por qué no?, sí lo es, etc.), conviene reflexionar sobre el estatuto de facto (deducible de la praxis) y de jure (sentado por el canon) de dicha literatura para poder entender las encontradas posiciones al respecto.

Limitándome a la situación del siglo XIX, partiré de una observación:

 

 “ce qui a pu être appréhendé comme un symptôme honteux de retard et dépendance, a donné lieu à une intense activité autoriale et éditoriale autour des textes, visant à les rendre accessibles à défaut d’autres textes originaux susceptibles de satisfaire une demande croissante, en suscitant parallèlement de salutaires réactions ou sursauts” (Botrel, 2006: 9),

 

con la siguiente consecuencia:

 

“ce phénomène qui n’est pas propre à l’Espagne, invite à s’interroger sur la circulation par delà les frontières de quantités de textes, mais aussi d’images, rarement considérés pour ce qu’ils sont, c’est-à-dire des appropriations dans d’autres langues, d’autres formes et par d’autres publics que celles et ceux d’origine, et des contributions significatives à la configuration d’une littérature et de lecteurs moins attentifs, dans leurs pratiques, à l’appellation d’origine que ne le sont la plupart des historiens de la littérature” (Botrel, 2006 : 9).

 

A través de la historia de la edición, de la prensa y del libro, de la historia de la lectura y de la historia literaria del siglo XIX, analizando e interpretando los indicios paratextuales y textuales, los discursos editoriales y autoriales y las prácticas lectoriales, o sea : desde un punto de vista pragmático y no dogmático,  como hispanista francés y bretón, traductor e intermediario cultural, procuraré entender, pues, por qué, a pesar de ser literatura de españoles, sigue la literatura traducida en España sin incluirse en la literatura española.

 

DESDE LA HISTORIA DE LA EDICIÓN, DE LA PRENSA Y DEL LIBRO 

 

 

Una vez más, el punto de partida será lo de “nación traducida” aplicado a España por Mesonero Romanos, en 1843, y aquel « furor traductoresco » español denunciado en la época.

La ingente pregnancia de una literatura traducida de origen extranjero  o de otros idiomas peninsulares durante todo el siglo XIX es en España (posiblemente más que en otros países) un hecho cultural incontrovertible, asentado ya por la historia de la edición y del libro (Infantes, Lopez, Botrel, 2003 : 627; Botrel, 2006: 10-12)[30]. Tanto la novela, como la literatura juvenil, la médica o la católica, por citar unos ejemplos, arrojan una fuerte proporción de textos traducidos —hasta el 80% para los folletines, un 50% para la novela en los años 1880-1990—, del francés fundamentalmente, al ser Francia entonces la nación de referencia dominante, hasta que a principios del siglo XX empiece a darse una clara diversificación de la literatura fuente.

Interesa comprobar que en las bibliotecas y colecciones publicadas por los editores españoles a duras penas se distinguen el origen no español de las obras ofertadas : en las casi 900 inventariadas por ahora, la referencia explícita al origen extranjero de la literatura publicada solo interviene en menos de 20 casos[31], asociada a menudo con español[32], o deducible del calificativo “mundial”, “internacional”, “universal” y de la referencia a un origen geográfico[33], a comparar con las denominaciones de afirmación « nacional » de otras[34]. En algunos casos, se precisa la característica como “Colección de novelas originales y traducidas…” (Botrel, 2001 : 39), pero todo lo demás —que es la inmensa mayoría— resulta indeterminado e incluye, por supuesto, una inmensa cantidad de textos traducidos, a veces casi exclusivamente[35].

En las secciones « Novelas y obras de recreo » de los catálogos de los libreros y editores Fe y Suárez (Botrel, 1988:), tampoco se distinguen los autores extranjeros de los nacionales, lo traducido de lo original, y es probable que en las tiendas tampoco se distinguieran físicamente, y menos aún en los kioscos.

En los catálogos, como se sabe, hasta después de los años 1880, se solían anunciar las obras por los títulos (en español, claro está) y luego el autor, con nombres de pila a menudo hispanizados[36] y, en su caso , no siempre invisible, el traductor.

Un examen bibliográfico analítico de los libros y de la prensa, permite observar que sí puede darse una referencia a la lengua original de la obra (“novela escrita en francés”, “traducida del francés/italiano”) o a la traducción (sin mención de origen lingüístico) y a su autor (“traducción de”, “traducido por”) y a la lengua meta (“versión española/castellana de…”) ; también puede precisarse: “tomado del francés” o “arreglado al castellano”[37]. Pero también se puede observar que falta a menudo tales precisiones (más en los folletines que en los libros), que son menos frecuente en las cubiertas que en las portadas, aunque, con el tiempo, al traductor se le va dando mayor personalidad e importancia (de la mención de sus iniciales, a menudo precedidas de “don”, hasta el nombre entero) así como a la calidad y originalidad de la traducción (“traducido expresamente para…”)[38].

Muy sintomática de la pregnancia del modelo de la novela traducida es la frecuente y distintiva precisión: « novela original » (cf Botrel, 2001, 37-38) [39].

            De lo dicho, se infiere que para los editores y libreros españoles, la literatura traducida e hispanizada —inclusive a nivel de autores— poco se distingue de la española: se confunde en la categoría Literatura o sucedáneos, aunque sí existen, subsidiarios, unos crecientes indicios que permiten la identificación de su extranjería.

 

DESDE EL PUNTO DE VISTA DEL LECTOR

 

A partir de dichas informaciones suministradas por el propio libro o por los editores en sus catálogos, que ni editorial ni bibliológicamente permiten  individualizar mucho la literatura traducida, ¿en qué medida el lector se entera de que se trata de una obra no española, como valor discriminante a la hora de elegir una obra ? [40]  

El lector, ¿ se guiará preferentemente por el género editorial (una novela, por ejemplo)?, ¿ se fijará en el título  que según la jerarquía por mucho tiempo vigente, como hemos visto, va primero en la cubierta y en la portada (cf. Botrel, en prensa)?  y ¿ solo después en el autor ?

Lo cierto es que en las cubiertas de los libros, los títulos dan pocos indicios sobre el origen de la obra traducida o no y, en la prensa, el examen de unos 70 folletines de los años 1880-90, permite observar que la precisión del traductor al menos al principio no era práctica corriente , aunque en el paratexto, sí pueden encontrarse precisiones que apunten al origen no español de lo publicado.

Del fenómeno de la progresiva hispanización/apropiación de los títulos y de los propios autores extranjeros dan cuenta algunos cambios significativos como Madame Bovary/¡¡¡Adúltera !!! y las huellas de la fonética en la ortografía[41].

En el propio texto y contexto de la narración cuando de novelas se trata , los nombres suelen traducirse y pero no los apellidos (aunque también se pueden hispanizar[42]), ni la toponimia, unos elementos textuales que no bastan para calificar el origen de una obra ya que pueden ser un mero recurso, fuente de exotismo, a cargo de autores muy españoles aunque lleven a veces un seudónimo extranjero.

En cuanto a la presencia del traductor , además de la  cubierta y de la portada, puede dar cuenta de él algún prólogo donde se suele marcar destacar la diferencia entre la traducción y el original —caso de Zola y Hugo [43]— o, excepcionalmente, alguna nota[44] .

Tal vez sea la lengua que tanto tiene que ver con la identidad nacional, la que infunde mayor conciencia, por la lengua resultante de la traducción, de que se trata originariamente de unas literatura y lengua extranjeras. No tanto por lo que dicen los traductores y críticos sobre lo difícil que resulta traducir tal o cual autor u obra, como por la lengua que, cuando de una traducción del francés se trata, suena a « gabacha »: aunque la traducción es un acervo de palabras y frases en español, se notaría, pues, que se trata de una obra traducida por la frecuencia de giros extraños, pero tal vez no más que en el caso de novelas en español de Hispanoamérica…

El problema —efectivo— de la mala calidad de las traducciones y de la adulteración del idioma es otro asunto. Contentémonos con registrar como elementos constitutivos de una opinión sobre las traducciones en el siglo XIX, las lamentaciones de los periódicos y de algunos periodistas conscientes (cf. Botrel, 2006: 14), a propósito de las malas traducciones de originales malos que solo sirven para corromper la lengua y el gusto y algo que vale aún más” como escribe El Laberinto en 1844 (Fernández Sánchez, 1997, 292), de  aquel «formidable aluvión de novelas bárbaramente traducidas ». Según Ochoa, los traductores « desvirtúan la genuina índole de nuestro idioma nacional », « corrompen la lengua, depravan el gusto ». En total —esta es la opinión de Mesonero Romanos[45], compartida por Alcalá Galiano—,  parece que « algunas traducciones de Barcelona y no pocas de Madrid que han quedado más gabachas que antes de pasar los Pirineos » (Montesinos, 1966, 96). A finales de siglo, el mismo discurso se puede encontrar bajo la pluma de Clarín quien ve en el folletín traducido —verdadero “contrabandista de locuciones y palabras extranjeras”, según Sellés— el “microbio de la lengua” y comprueba el advenimiento de una nueva lengua, al lado del volapuk : le folletinpuk,  « para que no lo entienda nadie » (Alas, 2006, 460).

Las mismas observaciones podrían hacerse a propósito de los elementos visuales (icónicos) también importados bajo forma de ilustraciones para novelas u obras científicas e incorporados a menudo con una mínima  transposición que contribuyen a la percepción de un mundo de referencia solo imperfectamente hispanizado pero aparentemente aceptado (Botrel, 1996, 1997a) o a propósito de los conocimientos “tomados de…”.

De lo observado, se deduce que para el lector español, nuevo o veterano, puede no existir la conciencia de que está leyendo algo no original, ni español que en cualquier caso es entonces lo dominante y que inclusive leer literatura de determinados autores extranjeros puede ser algo muy apetecible…

 

DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA HISTORIA LITERARIA.

 

 

Como decía Clarín, si “por los Pirineos se pasa, o por encima o por debajo, para las letras, no hay más paso que el túnel de la traducción… pero en esta sucede que el tren que entra en la cueva no es el mismo que sale por el otro lado”. Así y todo, de un texto escrito en español por… españoles se trata y, como consecuencia de los procedimientos, explicitados o no, aplicados a los textos-fuentes (traducción libre, versión, arreglo, compendio, etc.), a veces por autores renombrados, para quienes la traducción también pudo ser un ejercicio de formación [46], y de los cortes, censuras, contrasentidos, reescrituras (cuando de condensar o ampliar el texto se trata) resultantes, podemos arriesgar que el texto resultante es otro texto, asaz alejado del original para llegar a ser en alguna medida otro texto original[47]. Como decía Clarín, quien haya leído a Zola en español no ha leído a Zola, pero la mayoría de los lectores de Zola, ¿llegaban a percatarse de ello?

Convendría, como empezó a hacerlo Simone Saillard (1997) para los traductores de Zola y los textos azolados resultantes, hacer un estudio contrastivo de los textos-fuentes y de los textos-metas, pero también tener en cuenta el trabajo de escritura de los traductores y adaptadores que a veces también son escritores y creadores[48] y someter los textos resultantes a un análisis lingüístico para poder —tal vez— caracterizar esta literatura traducida con respecto a una literatura “original” o “nacional” dentro de una Literatura.

En cualquier caso, el trabajo de apropiación y aclimatación de muchas obras literarias extranjeras o de elementos de literaturas extranjeras en la España del siglo XIX fue bastante más allá de una mera traducción, buena o mala.

En toda la literatura española traducida habría que buscar todo lo que pudo ser escrito teniendo en cuenta un gusto propiamente español, pues no todos los autores de traducciones fueron tan explícitos como El-Modhafer quien, en 1843, ofrecía al público español Adela. “Novela histórica acomodada al gusto de los españoles por El-Modhafer, acomodador ilustrado”. Gracias a Simone Saillard (1997), se sabe ya cómo alguien tan radical aparentemente como Tomás Tuero pudo, a la hora de dar a leer en español tal o cual pasaje de Nana, ser más español que naturalista, reforzándonos en la idea de que la traducción es un metatexto original.

Por otra parte, las libertades tomadas con los originales pudieron, más allá de las naturales licencias del traductor, llegar hasta omitir la fuente del nuevo texto, lo cual deja a los investigadores —muy específicamente los de la literatura dramática— un amplio campo de intertextualidades por explorar, base para un fecundo proceso de imitación, plagio o adaptación de motivos, ideas, argumentos o géneros asimilados[49], característico de cualquier literatura.

            Conste que muchas expresiones españolas sobre asuntos vitales para el ser de España pudieron tener un origen francés, con fuentes o inspiradores franceses, incluso cuando de relaciones bilaterales y por ende neurálgicas se trataba: la Revolución[50], Napoleón[51], etc.

            ¿Cuál es la originalidad, quién es el autor de una obra de un trabajo de compilación u/o ensamblaje, caso de La Cara de Dios de Arniches adaptada por Valle-Inclán quien, para mayor afirmación de su autoría subsidiaria inserta  dos cuentos suyos (Sátanas y Ádega) en el texto, pero también  « fusila », reproduciéndola con gran liberalidad, Ame d’enfant, la traducción-adaptación  al francés por Halpérine-Kaminsky de Niétoschka Nezvánova (1849), la novela escrita en ruso por Dustoievski, traduciéndola al español?  ¿En qué quedamos, con qué nos quedamos ? ¿Con la denuncia de las páginas contaminadas o con la obra valleinclanesca resultado de un peculiar ensamblaje de un argumento de Arniches, textos suyos y ajenos pero al fin y al cabo concebido y escrito por él ? o ¿con el resultado textual de la transformación de varios discursos en otro que los engloba con cambios notables, supresiones, adiciones ? (Míguez Vilas, 1998, 53-61).

            ¿ Qué decir del traductor mimético que es como otra voz del escritor, casi fusionado con él ? ¿ O del traductor y autor-bis casi superior al autor original?

En todas las situaciones evocadas se trata de textos en español, escritos casi siempre por españoles nativos, impresos por españoles, vendidos por españoles, etc., percibidas y a veces presentadas como españolas, pero excluidas las más de la literatura española.

De ahí el interés por evocar, fiablemente, las distintas percepciones y perspectivas que obran en el consumo de la literatura y en la construcción de una literatura nacional.

 

 PERCEPCIONES DE LO TRADUCIDO 

 

Sin pretensión a agotar el tema, podemos comprobar que para un editor, como el de La Guirnalda, primer editor de las obras de Galdós, publicar, en 1875, la “Biblioteca de buenas novelas”, “una serie de novelas traducidas fielmente de distinta lenguas” es “prestar un gran servicio a la juventud del día”; que para efectos de autoría-bis  y de propiedad intelectual, las obras traducidas y publicadas pueden ser del español que las tradujo y/o compró los derechos, y se sabe que bregaron algunos por asociar su nombre al de determinados autores con fama (caso de Zola o de Colette)…y pudieron granjearse beneficios económicos pero también simbólicos a base de eso en su propio país; que muchos aprendices de autores pero también autores de nombradía se dedicaron a traducir obras ajenas, lo mismo el Poema del Cid que A la recherche du temps perdu, en el caso de Pedro Salinas (y Quiroga Plá); que pocos lectores de Jules Verne en el mundo se habrán preocupado por el origen nacional o lingüístico de una obra fuente de conocimientos y de placer sin fronteras ; que la misma crítica e historia de la literatura pudo reivindicar para España la obra de un Victor Hugo “gran poeta franco español” (Lafarga, 2008 : 126)[52], pero también la de Casimir Delavigne de quien, según Menéndez Pelayo (1947: 359-360), « algunas de (las) principales obras, traducidas generalmente bien y alguna vez de modo magistral por ilustres autores nuestros, como Bretón de los Herreros, Larra y Ventura de la Vega, alcanzaron triunfos ruidosos en nuestra escena y llegaron a tomar carta de naturaleza en nuestra literatura ».

Así, pues, ¿qué es lo le falta a una obra traducida en lengua española/castellana por españoles (a veces por autores españoles del canon), con toda la originalidad para bien y para mal de una creación textual sui generis, impresos y vendidos en España para unos lectores españoles y también hispanoamericanos que se la apropian desde unas expectativas también cultural y vitalmente españolas para que se la tenga por española ?

 

LITERATURA TRADUCIDA Y LITERATURA NACIONAL

 

 

Volvamos a la pregunta inicial : La literatura traducida, ¿ es española ?

            Recordemos primero que la traducción es mucho más que una técnica —es literatura—, que inclusive la literatura nacional no puede existir en su producción o construcción sin otras literaturas y es el resultado un concepción restringida de la literatura,  fruto de múltiples y sucesivas exclusiones, inclusive dentro del propio espacio nacional.

            Que dentro de la literatura nacional, el traducir o el no traducir tiene una clara dimensión ideológica[53] —casi filosófica[54]— y geopolítica, desde la activa o pasiva importación de textos hasta una política cultural de  proyección hacia fuera[55].

            Como recuerda Pedro Aullón de Haro (Romero Tobar, 2008 : 22-23), “es una mera realidad palpable de la vida cultural que las traducciones literarias conforman un cuerpo de obras que pasa a integrarse en la lengua que las recibe creando un modo de relación inmediata y de facto en virtud de la cual resulta engrosado el objeto preexistente . La traducción, que ciertamente amplifica y enriquece la superficie textual, el conocimiento y enriquece la superficie textual, representa un requisito de primer orden para el estudio de cualquier literatura nacional, al igual que para toda literatura comparada y por supuesto universal » A pesar de esto, « la traducción no ha sido incorporado por el género de la historia literaria ».

La literatura traducida sirve para revelar y cuestionar nuestras relaciones con la noción de autoría y de literatura y más aún con la lengua (« nuestra » lengua );  puede uno preguntarse si la relación inconscientemente mantenida con la « lengua  materna » no es al fin y al cabo el factor más dirimente, lo cual explicaría que una obra escrita en catalán, gallego o español de Argentina no pueda tenerse por española.

Entre el dogma y la praxis se mueve/anda, pues, la literatura traducida : entre una visión concepción autárquica, proteccionista o nacionalista y una visión « liberal » y más abierta; entre el canon literario nacional y las prácticas editoriales y lectoriales mayoritarias. Lo traducido no puede entrar en el canon literario de referencia y sin embargo está dentro de la literatura, inmerso, ni mejor ni peor que mucha literatura « genuina ». Es lo que puede ayudar a entender la historia cultural al observar que en un mismo momento pudieron/pueden coexistir una aspiración por la emergencia y afirmación de una literatura original y nacional y unas prácticas de importación y consumo de unos textos « extranjeros » pero hispanizados[56]. y que no hay –no puede, no debe haber- limpieza de sangre textual (ni siquiera lingüística)…  ¿Jus sanguinis o jus soli ? ¿Manuel Fernández y González y no Alejandro Dumás ? ¿ O los dos al mismo tiempo ?

Una prudencial medida consistiría en reivindicar la traducción y lo traducido no solo como técnica sino como parte del patrimonio literario, por ejemplo con el anunciado Diccionario histórico de la traducción en España o dedicándole una capítulo en las historias de la literatura : ya que la literatura traducida al ser de los españoles, también es española.

 

          REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

 

 

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[1]  La misma pregunta se podría hacer a propósito de Francia que también “tradujo torrencialmente” (Montesinos, 1966: 115) o de Letonia.

 

[2] Algunos datos complementarios, más concretos: en 1900, de 218 autores propuestos por F. Aguilar (Valencia), 62 son « extranjeros (43 de ellos franceses, con 104 títulos de Montepin o 41 de Dumas. Compárese con la muy específica oferta de Renacimiento en 1915, con solo 17 autores extranjeros de un total de 134, en 1915. La “Biblioteca escogida de la juventud” o la “Biblioteca de la Infancia” de Subirana se componen casi exclusivamente de traducciones y,  en 1907, las “Buenas novelas de Herder “ están todas traducidas del alemán. En 1874 de 42 tratados de medicina anunciados por Jubera, 38 son traducciones. En 1874 el  42, 24% de las obras de política, jurisprudencia y derecho del catálogo de L. López son obras traducidas (un  42, 11% en 1875 y un  50, 14% en 1879).

 

[3]  “Colección de autores célebres extranjeros”, “Colección de autores extranjeros”, “Novel.la estrangera”, “Novela extranjera”, “Biblioteca de cuentos y leyendas de autores ingleses y norteamericanos traducida por M. Juderías Bender”, “Biblioteca selecta de Autores Extranjeros”, por ejemplo.

 

[4] Como “Biblioteca de filósofos españoles y extranjeros”, “Biblioteca sociológica de autores españoles y extranjeros”, “Biblioteca Nacional y Extranjera”.

 

[5]  Como “Novela parisien”, “La novela Paramount”, “La Novela Metro Goldwin”.

 

[6] Como las  colecciones o bibliotecas de “Novelas históricas originales españolas”,   d’escriptors catalans ,  de autores vascongados, extremeña, Lletres valencianas, la Biblioteca canaria, de autores españoles, de clásicos españoles , de los mejores autores españoles (publicada por Baudry en París), etc., menos de 30 en total, de las que se puede conjeturar que no incluyen autores « extranjeros » o de fuera, aunque habría que comprobarlo porque para la afirmación nacional pueden servir textos extranjeros (como en Cataluña, con los textos traducidos al catalán por L’Avenç).

 

[7] Como la “Biblioteca de Instrucción y Recreo” (1871), la de “Ambos Mundos”, la « Biblioteca de autores ilustres », « Novelas populares » , “Biblioteca contemporánea”, etc.

[8] Eugenio Sue, Pablo Feval, Alejandro Dumas, Javier de Montepin, Carlos Dickens, etc., pero en 1915, Renacimiento tanto anuncia obras de Jorge Ohnet, Alfonso Daudet, Mauricio Barrès como  Anatole France, Maurice Maeterlinck, Paul Bourget… El hecho es que Carlos Pablo de Kock no suena más extranjero que Eugenio Hartzenbusch , Santiago de Liniers, o Pedro Groizard.

 

[9] Un estudio sistemático de estos indicios paratextuales está por hacer.

 

[10] Doy a continuación algunos ejemplos de lo que puede suministrar un examen preciso, desde la bibliology, de ejemplares de obras traducidas conservados en mi biblioteca, para el estudio de la traducción: El trapero de Madrid. Drama en cuatro actos, precedido de un prólogo, imitado del francés por D. Juan Lombía, y representado en el Teatro de la Cruz el 10 de noviembre de 1847 (Tercera edición), Madrid, 1846 (Biblioteca dramática); Gaspar , Enrique (?), Corregir al que yerra, Madrid,1863. Nota: “Varios de los recursos que juegan en esta obra están tomados de la comedia francesa titulada La Papillonne, de Mr. Victorienne Sardou”; Lo positivo Comedia en tres actos tomada del francés por don Joaquín Estébanez Sexta edición, Madrid, 1881; El matrimonio interno Comedia en tres actos original de MM. Paul Gavault y Robert Chavay arreglada al castellano por Vital Aza; M. J. Moynet, El teatro por dentro. Maquinaria y decoraciones. Versión española por Cecilio Navarro, Barcelona, Biblioteca de las Maravillas, Cortezo y Cía, 1885;Arthur A. Matthey El casamiento del suicida (El ahorcado de la Baumette), Madrid, 1886 (portada : versión española de Francisco Carles con cuerpo igual, incluso más visible); Folletín de La Correspondencia Militar : Un crimen de la juventud por Ponson du Terrail, Madrid, 1867, Tipografía de Diego Pacheco, Plaza del Dos de Mayo, 5; Biblioteca de Las Ocurrencias, Un expósito por Fielding. Traducción de B. Fernández Miguel  (en la cubierta,  el traductor tiene más protagonismo que el autor, no así en la portada); Charles Mérouvel, El marqués Gaetano. Versión castellana de El Cosmos Editorial; Ponson du Terrail ,El capitán de los penitentes negros . Novela escrita en francés por Ponson du Terrail. Traducción de Fermin Berástegui, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro Editor (en cubierta: Ponson du Terrail El capitán de los penitentes negros) (Biblioteca "El Correo”) ; La Novela de La Libertad. Suplemento al número... : 44 fascículos de 32 p., entre los cuales Los majos de Cádiz de Armando Palacio Valdés ( 3 fascículos) ; El amigo Fritz por Emilio Erckmann y Alejandro Chatrian. Traducción hecha expresamente para La Libertad. Ilustraciones de C. S. Tejera; El misterio de las damas verdes por Jorge Sand. Ilustraciones de C. S. de Tejada; La moral social … por Adolfo Garnier, traducida por D. Manuel Angelón, Madrid, Barcelona, 1858; Teresa Raquin. Versión castellana de Antonio de Nait, quien firma un prólogo (Maucci, 1895); Novelas y cuentos, Año V 1933 . Revista literaria. publicación mensual: La venganza de un muerto por Arsenio Houssaye (Novela folletinesca) (con noticia biográfica), y obras de Emilio Gaborieau, André Amandy ( Andrés en la noticia biográfica), Federico Soulie, Ivan Gontcharof, Carlos Merouvel, etc. (colección facticia encuadernada con título manuscrito).

 

[11] Sintomática de una voluntad de afirmación contra la omnipresencia de personajes “extranjeros” puede ser la siguiente precisión a propósito de Guerra a muerte, la maquinista continuación de El crimen de Talabarte de Pedro J. Solas: « narración dramática cuyos personajes son españoles…”.

 

[12] No obstante, el presentar aparte las  Obras de Paul de Kock (87 títulos en 1876 en el catálogo de la Librería Perdiguero) o de Chateaubriand o J. Verne, puede ser un indicio de que existe cierta demanda más experta de obras de autores extranjeros con fama.

 

 

[13] Observa Clarín que la mayor parte de los españoles “dicen Zola como suena en castellano, con z española, no francesa, y sin hacer la voz aguda ». También se puede encontrar Victorienne (por Victorien) Sardou o Pablo Febal (por Feval). 

 

[14]  « no hemos traducido ni los apellidos ni los nombres de calles y edificios  consagrados ya por el uso y que nada significan en castellano; porque esta pretensión de españolizarlo todo nos parece singularmente extravagante. Llamar en castellano al pintor Mr. Gros el Sr. Gordo, a Mr. Le Sage el Sr. Sbio, al mariscal Mortier el mariscal Almírez , equivaldría a llamar en francés a nuestro divibo Caldeón Mr. Grand-Chaudron o cosa por el estilo”, precisa Eugenio de Ochoa, traductor de Notre Dame de Paris (Lafarga, 2008: 29) pero los personajes se llaman Gringorio, Flor de Lis, Claudio Frollo, capitán Febo, Juan Valjean, Javert.

 

[15] En los prólogos a las traducciones de obras de Hugo, aunque no siempre se destaca el que se trata de un autor « extranjero », casi siempre se marca la diferencia entre el original y la traducción (Lafarga, 2008: 62, 102) y la dificultad de traducirlo, pero, como dice un prologuista, « no hay lengua a que no se traduzcan cuantas obras salen de su pluma. España no ha de ser menos » (Lafarga, 2008: 61).

 

[16]  Como en la primera traducción de O primo Basílio,  cuando Eça de Queiroz dice que Saavedra « a todas preferia a mulher espanhola », el traductor escribe “a todas las mujeres prefería las españolas », poniendo la siguiente nota : « Saavedra daba pruebas de buen gusto » (p. 194).

[17] “Me obligo desde hoy a hablar un lenguage Galo-Hispano que es el que conviene a nuestra patria, a fin de librarla de su bárbara lengua”, escribía el autor de Mis ratos perdidos o bosquejo de Madrid en 1820 y 1821. Obra escrita en español y traducida al castellano por el autor (Madrid, 1822).

[18] La traducción, como ejercicio de imitación e impregnación, es parte integrante parte de la formación del escritor y lo acompaña durante toda su vida creadora (véase las traducciones de Racine por el joven Alas, las “versiones” de Gerardo Diego, las “imitaciones” de Jorge Guillén, las traducciones de Eminescu por Alberti, etc. (Díez de Revenga, 2007), por ejemplo.

 

[19]  Véase, por ejemplo, la presentación editorial de la versión castellana de Los miserables en la Biblioteca de novelas populares  publicada en Valencia: « La novela … está completa”; « la parte novelesca , la parte de acción, interesante, romántica, generosa, es la que publicamos íntegra, entiéndase bien, ÍNTEGRA en este Biblioteca. Lo suprimido son las reflexiones que sugieren al poeta personajes, lugares y sucesos”. En esta edición no solo se ha incluido « todo lo esencial, sino una buena parte de reflexiones y disquisiciones accesorias, pero pertinentes ». Conclusión: “el que, aparte lirismo y reflexiones pseudo-filosóficas, humanitarias, entusiastas y generosas, quiera leer la novela, la parte de acción, la dramática historia de Juan Valjean, compre esta edición, en la seguridad de salir bien servido » (Lafarga, 2008 : 140-1), siendo la « única traducción completa que conocemos » la de Fernández Cuesta.

 

[20]  Véase, por ejemplo, el primer inventario de escritoras-traductoras españolas en Ramírez (2007).

[21] Como las miméticas “Fisiologías” o los “Misterios”.

 

[22] Con, por ejemplo, la anónima historia de cordel Historia de Luis XVI, rey de Francia. Sacada del Cementerio de la Magdalena, seguida por otra de 3 pliegos, la Historia de la revolución francesa (Episodios de 1793 a 1804) por M. B., cuya fuente es obviamente la Historia de los Girondinos de Lamartine (Botrel, 2009: 500-501).

 

[23] Durante la Guerra de la Independencia, lo que sale de la imprenta de Murat en España, escrito directamente en español o traducido : ¿es o no es español ?

 

[24] Más expresiones al respecto de la doble nacionalidad de V. Hugo en Lafarga, (2008: 79 y 125).

 

[25] Se entiende, por ejemplo, que Le capitaine Fantôme, novela de Paul Féval que trataba de la Guerra de la Independencia desde un punto de vista marcadamente francés sea casi la única novela de este autor no traducida al español (Botrel, 1987, 1992: 50-51).

 

[26] La traducción es obviamente un elemento de democratización y universalización  de la literatura (da acceso a textos a lectores que nunca no podrían leerlos en su versión original). Las reacciones nacionalistas y salutíferas que suscitaron las traducciones del siglo XIX no han de llevarnos a denegarles un estatuto literario.

 

[27] Véase, por ejemplo, las respectivas políticas de traducción y publicación de Francia y Alemania en España antes de la Primera Guerra Mundial.

 

 

[28] Convendría poder documentar la emergencia de una posible conciencia de vender o leer literatura extranjera, por parte de los libreros y de los lectores, como indicador de la pregnancia de un modelo nacional de literatura.

[29]  La misma pregunta se podría hacer a propósito de Francia que también “tradujo torrencialmente” (Montesinos, 1966: 115) o de Letonia.

 

[30] Algunos datos complementarios, más concretos: en 1900, de 218 autores propuestos por F. Aguilar (Valencia), 62 son « extranjeros (43 de ellos franceses, con 104 títulos de Montepin o 41 de Dumas. Compárese con la muy específica oferta de Renacimiento en 1915, con solo 17 autores extranjeros de un total de 134, en 1915. La “Biblioteca escogida de la juventud” o la “Biblioteca de la Infancia” de Subirana se componen casi exclusivamente de traducciones y,  en 1907, las “Buenas novelas de Herder “ están todas traducidas del alemán. En 1874 de 42 tratados de medicina anunciados por Jubera, 38 son traducciones. En 1874 el  42, 24% de las obras de política, jurisprudencia y derecho del catálogo de L. López son obras traducidas (un  42, 11% en 1875 y un  50, 14% en 1879).

 

[31]  “Colección de autores célebres extranjeros”, “Colección de autores extranjeros”, “Novel.la estrangera”, “Novela extranjera”, “Biblioteca de cuentos y leyendas de autores ingleses y norteamericanos traducida por M. Juderías Bender”, “Biblioteca selecta de Autores Extranjeros”, por ejemplo.

 

[32] Como “Biblioteca de filósofos españoles y extranjeros”, “Biblioteca sociológica de autores españoles y extranjeros”, “Biblioteca Nacional y Extranjera”.

 

[33]  Como “Novela parisien”, “La novela Paramount”, “La Novela Metro Goldwin”.

 

[34] Como las  colecciones o bibliotecas de “Novelas históricas originales españolas”,   d’escriptors catalans ,  de autores vascongados, extremeña, Lletres valencianas, la Biblioteca canaria, de autores españoles, de clásicos españoles , de los mejores autores españoles (publicada por Baudry en París), etc., menos de 30 en total, de las que se puede conjeturar que no incluyen autores « extranjeros » o de fuera, aunque habría que comprobarlo porque para la afirmación nacional pueden servir textos extranjeros (como en Cataluña, con los textos traducidos al catalán por L’Avenç).

 

[35] Como la “Biblioteca de Instrucción y Recreo” (1871), la de “Ambos Mundos”, la « Biblioteca de autores ilustres », « Novelas populares » , “Biblioteca contemporánea”, etc.

[36] Eugenio Sue, Pablo Feval, Alejandro Dumas, Javier de Montepin, Carlos Dickens, etc., pero en 1915, Renacimiento tanto anuncia obras de Jorge Ohnet, Alfonso Daudet, Mauricio Barrès como  Anatole France, Maurice Maeterlinck, Paul Bourget… El hecho es que Carlos Pablo de Kock no suena más extranjero que Eugenio Hartzenbusch , Santiago de Liniers, o Pedro Groizard.

 

[37] Un estudio sistemático de estos indicios paratextuales está por hacer.

 

[38] Doy a continuación algunos ejemplos de lo que puede suministrar un examen preciso, desde la bibliology, de ejemplares de obras traducidas conservados en mi biblioteca, para el estudio de la traducción: El trapero de Madrid. Drama en cuatro actos, precedido de un prólogo, imitado del francés por D. Juan Lombía, y representado en el Teatro de la Cruz el 10 de noviembre de 1847 (Tercera edición), Madrid, 1846 (Biblioteca dramática); Gaspar , Enrique (?), Corregir al que yerra, Madrid,1863. Nota: “Varios de los recursos que juegan en esta obra están tomados de la comedia francesa titulada La Papillonne, de Mr. Victorienne Sardou”; Lo positivo Comedia en tres actos tomada del francés por don Joaquín Estébanez Sexta edición, Madrid, 1881; El matrimonio interno Comedia en tres actos original de MM. Paul Gavault y Robert Chavay arreglada al castellano por Vital Aza; M. J. Moynet, El teatro por dentro. Maquinaria y decoraciones. Versión española por Cecilio Navarro, Barcelona, Biblioteca de las Maravillas, Cortezo y Cía, 1885;Arthur A. Matthey El casamiento del suicida (El ahorcado de la Baumette), Madrid, 1886 (portada : versión española de Francisco Carles con cuerpo igual, incluso más visible); Folletín de La Correspondencia Militar : Un crimen de la juventud por Ponson du Terrail, Madrid, 1867, Tipografía de Diego Pacheco, Plaza del Dos de Mayo, 5; Biblioteca de Las Ocurrencias, Un expósito por Fielding. Traducción de B. Fernández Miguel  (en la cubierta,  el traductor tiene más protagonismo que el autor, no así en la portada); Charles Mérouvel, El marqués Gaetano. Versión castellana de El Cosmos Editorial; Ponson du Terrail ,El capitán de los penitentes negros . Novela escrita en francés por Ponson du Terrail. Traducción de Fermin Berástegui, Madrid, Alfredo de Carlos Hierro Editor (en cubierta: Ponson du Terrail El capitán de los penitentes negros) (Biblioteca "El Correo”) ; La Novela de La Libertad. Suplemento al número... : 44 fascículos de 32 p., entre los cuales Los majos de Cádiz de Armando Palacio Valdés ( 3 fascículos) ; El amigo Fritz por Emilio Erckmann y Alejandro Chatrian. Traducción hecha expresamente para La Libertad. Ilustraciones de C. S. Tejera; El misterio de las damas verdes por Jorge Sand. Ilustraciones de C. S. de Tejada; La moral social … por Adolfo Garnier, traducida por D. Manuel Angelón, Madrid, Barcelona, 1858; Teresa Raquin. Versión castellana de Antonio de Nait, quien firma un prólogo (Maucci, 1895); Novelas y cuentos, Año V 1933 . Revista literaria. publicación mensual: La venganza de un muerto por Arsenio Houssaye (Novela folletinesca) (con noticia biográfica), y obras de Emilio Gaborieau, André Amandy ( Andrés en la noticia biográfica), Federico Soulie, Ivan Gontcharof, Carlos Merouvel, etc. (colección facticia encuadernada con título manuscrito).

 

[39] Sintomática de una voluntad de afirmación contra la omnipresencia de personajes “extranjeros” puede ser la siguiente precisión a propósito de Guerra a muerte, la maquinista continuación de El crimen de Talabarte de Pedro J. Solas: « narración dramática cuyos personajes son españoles…”.

 

[40] No obstante, el presentar aparte las  Obras de Paul de Kock (87 títulos en 1876 en el catálogo de la Librería Perdiguero) o de Chateaubriand o J. Verne, puede ser un indicio de que existe cierta demanda más experta de obras de autores extranjeros con fama.

 

 

[41] Observa Clarín que la mayor parte de los españoles “dicen Zola como suena en castellano, con z española, no francesa, y sin hacer la voz aguda ». También se puede encontrar Victorienne (por Victorien) Sardou o Pablo Febal (por Feval). 

 

[42]  « no hemos traducido ni los apellidos ni los nombres de calles y edificios  consagrados ya por el uso y que nada significan en castellano; porque esta pretensión de españolizarlo todo nos parece singularmente extravagante. Llamar en castellano al pintor Mr. Gros el Sr. Gordo, a Mr. Le Sage el Sr. Sbio, al mariscal Mortier el mariscal Almírez , equivaldría a llamar en francés a nuestro divibo Caldeón Mr. Grand-Chaudron o cosa por el estilo”, precisa Eugenio de Ochoa, traductor de Notre Dame de Paris (Lafarga, 2008: 29) pero los personajes se llaman Gringorio, Flor de Lis, Claudio Frollo, capitán Febo, Juan Valjean, Javert.

 

[43] En los prólogos a las traducciones de obras de Hugo, aunque no siempre se destaca el que se trata de un autor « extranjero », casi siempre se marca la diferencia entre el original y la traducción (Lafarga, 2008: 62, 102) y la dificultad de traducirlo, pero, como dice un prologuista, « no hay lengua a que no se traduzcan cuantas obras salen de su pluma. España no ha de ser menos » (Lafarga, 2008: 61).

 

[44]  Como en la primera traducción de O primo Basílio,  cuando Eça de Queiroz dice que Saavedra « a todas preferia a mulher espanhola », el traductor escribe “a todas las mujeres prefería las españolas », poniendo la siguiente nota : « Saavedra daba pruebas de buen gusto » (p. 194).

[45] “Me obligo desde hoy a hablar un lenguage Galo-Hispano que es el que conviene a nuestra patria, a fin de librarla de su bárbara lengua”, escribía el autor de Mis ratos perdidos o bosquejo de Madrid en 1820 y 1821. Obra escrita en español y traducida al castellano por el autor (Madrid, 1822).

[46] La traducción, como ejercicio de imitación e impregnación, es parte integrante parte de la formación del escritor y lo acompaña durante toda su vida creadora (véase las traducciones de Racine por el joven Alas, las “versiones” de Gerardo Diego, las “imitaciones” de Jorge Guillén, las traducciones de Eminescu por Alberti, etc. (Díez de Revenga, 2007), por ejemplo.

 

[47]  Véase, por ejemplo, la presentación editorial de la versión castellana de Los miserables en la Biblioteca de novelas populares  publicada en Valencia: « La novela … está completa”; « la parte novelesca , la parte de acción, interesante, romántica, generosa, es la que publicamos íntegra, entiéndase bien, ÍNTEGRA en este Biblioteca. Lo suprimido son las reflexiones que sugieren al poeta personajes, lugares y sucesos”. En esta edición no solo se ha incluido « todo lo esencial, sino una buena parte de reflexiones y disquisiciones accesorias, pero pertinentes ». Conclusión: “el que, aparte lirismo y reflexiones pseudo-filosóficas, humanitarias, entusiastas y generosas, quiera leer la novela, la parte de acción, la dramática historia de Juan Valjean, compre esta edición, en la seguridad de salir bien servido » (Lafarga, 2008 : 140-1), siendo la « única traducción completa que conocemos » la de Fernández Cuesta.

 

[48]  Véase, por ejemplo, el primer inventario de escritoras-traductoras españolas en Ramírez (2007).

[49] Como las miméticas “Fisiologías” o los “Misterios”.

 

[50] Con, por ejemplo, la anónima historia de cordel Historia de Luis XVI, rey de Francia. Sacada del Cementerio de la Magdalena, seguida por otra de 3 pliegos, la Historia de la revolución francesa (Episodios de 1793 a 1804) por M. B., cuya fuente es obviamente la Historia de los Girondinos de Lamartine (Botrel, 2009: 500-501).

 

[51] Durante la Guerra de la Independencia, lo que sale de la imprenta de Murat en España, escrito directamente en español o traducido : ¿es o no es español ?

 

[52] Más expresiones al respecto de la doble nacionalidad de V. Hugo en Lafarga, (2008: 79 y 125).

 

[53] Se entiende, por ejemplo, que Le capitaine Fantôme, novela de Paul Féval que trataba de la Guerra de la Independencia desde un punto de vista marcadamente francés sea casi la única novela de este autor no traducida al español (Botrel, 1987, 1992: 50-51).

 

[54] La traducción es obviamente un elemento de democratización y universalización  de la literatura (da acceso a textos a lectores que nunca no podrían leerlos en su versión original). Las reacciones nacionalistas y salutíferas que suscitaron las traducciones del siglo XIX no han de llevarnos a denegarles un estatuto literario.

 

[55] Véase, por ejemplo, las respectivas políticas de traducción y publicación de Francia y Alemania en España antes de la Primera Guerra Mundial.

 

 

[56] Convendría poder documentar la emergencia de una posible conciencia de vender o leer literatura extranjera, por parte de los libreros y de los lectores, como indicador de la pregnancia de un modelo nacional de literatura.