«Almanaque » (2014)



en Garrido Gallardo, Miguel Ángel, Diccionario Español de Términos Literarios Internacionales, Madrid, CSIC

(http://www.proyectos.cchs.csic.es/detli/sites/default/files/Cordel.pdf

 

 

 

Guía  y semiología del tiempo a uno, el almanaque, como artefacto cronémico anual y único, es producto de la preocupación del hombre por conocer y regir el tiempo, para una más certera inscripción y, en la medida de lo posible, proyección individual en un futuro más o menos inmediato.

En los orígenes del almanaque está el cuidado por computar el tiempo, de que da cuenta la propia etimología de la palabra al-manak, o sea: contar, en  árabe; de ahí su componente descriptivo-normativo fundamental, con la contabilización y división del tiempo astronómico, religioso y civil en un calendario, para un reglamento público del tiempo y su apropiación individual, día a día. Según las épocas, fue más bien lunar o solar, religioso o civil, con toda clase de combinaciones y transacciones, todas relativas al orden del tiempo y su exposición. En el almanaque se pueden encontrar, pues,  los acontecimientos astronómicos del año entrante, las horas de orto y ocaso del sol y de la luna, las fechas de los días, el calendario religioso con sus prescripciones sobre las fiestas de precepto, las Cuatro Témporas, las Velaciones, y el Santoral, presentes también en los calendarios murales o manuales, con su sofisticado sistema de abreviaturas y pictogramas. Un discurso convencional y repetido, año tras año, cuando no pretende servir para periodos más extensos o ser perpetuo.

Este componente nuclear, mínimamente discursivo, pronto estuvo acompañado por una parte proyectiva-predictiva fundada ora en la ciencia de los astros  cuando de “astrología judiciaria se trataba, ora en la mera observación del clima.

La astrología judiciaria trata, según Pedro Mejía (Silva de varia lección, circa 1550) de « saber y poder certificar las cosas por venir que han de acontecer a los hombres, y en los tiempos, ansí de las particulares de cada uno como de las generales a todos ». Sus pronósticos, presuntamente fundados en la observación de la situación y aspectos de los planetas,  pretenden ser útiles para el hombre y la salud del cuerpo, como la figura astrológico-humana y tabla que presenta la Doncella Teodora en su disputa con el segundo sabio en la Historia homónima, pero, con la interpretación de acontecimientos determinados como eclipses o señales luminosas, también pudieron versar sobre sucesos relacionados con la casa real y la sociedad en general. Su forma más duradera fue el “Juicio del año” formulado para el año entrante: un como contrapunto conjetural y ritual del calendario normativo, escrito en verso, con una invariable conclusión: “DIOS SOBRE TODO” o la expresión de una idea similar. Redactado desde una concepción fatalista del año y de la vida por venir y bajo forma de generalidades y truismos, ha llegado a ser emblemático del género.

El almanaque es, pues, un discurso de palabras más que un discurso gráfico o pictográfico, un discurso generalista efímero y repetitivo, pero con la búsqueda, cada año, de unas nuevas formulaciones que constituyen la dimensión literaria de los textos ofrecidos donde se procura aunar los principios de autoría con los de autoridad.

Representativos de estas características primitivas del almanaque pueden ser el Lunari i Repertori del temps de Bernart de Granollachs (luego completado por Andrés de Li), cuya primera edición es de 1485 y fue de gran aceptación hasta finales del siglo XVI, y, después, los almanaques, lunarios, pronósticos o repertorios de los tiempos del catalán Juan  Alemán, de los valencianos Jerónimo Cortés y  Bartolomé Austit  o del aragonés Victoriano Zaragozano  (1545-1602) cuyo nombre es emblemático de un calendario popular hasta hoy. Para sus usuarios lo esperado es una capacidad efectiva o soñada de proyectarse en el futuro y amaestrarlo para fines agrícolas o personales, no exenta del placer derivado del mero consumo de los discursos ofrecidos por sus autores.

De Ptolomeo al Ermitaño de los Pirineos o al Copérnico español, pasando por los piscatores (por referencia al Piscatore de Sarrabal de Milano), el pronóstico del tiempo climático y social está relacionado con un principio de autoridad atribuida a algún autor —el almanaquero— productor de un discurso repetitivo pero repetidamente esperado por los cada vez más numerosos consumidores de estas « guías del tiempo ».

Con el transcurso del tiempo, la parte predictiva vinculada con la astrología y el Zodiaco, consistente, por ejemplo, en pronosticar, para el 19 de febrero de 1760, “calenturas errantes, apoplegías y epilepsias”, fue perdiendo relevancia aun cuando pudo sobrevivir  (como en el Libro (¡ocho páginas in-8°!)  de los sinos para saber el porvenir de principios del siglo XX) o ser sustituidas por anuncios de charlatanes. Las propias pretensiones predictivas y « literarias »  de los almanaqueros serán pronto pretexto para burlas y parodias como en el Pronóstico “redículo” compuesto por el licenciado Chirimirli Garibandi Burlón, Graduado en arte chacotil (1656), pero el más eficaz re-modelador y renovador del esquema trivial y mecánico de las efemérides, con sus “insípidas” predicciones, será en el siglo XVIII Diego de Villaroël quien dará a un género muy denostado por los padres Feijoo y Sarmiento una fama literaria. Según G. Mercadier, la fórmula que rige en sus almanaques consiste en una dedicatoria, un prólogo al lector, una Introducción al pronóstico del año, cuatro « pronósticos », uno para cada estación donde se entremezclan predicciones divertidas, coplas, proverbios, adivinanzas de las que se encuentra también en las efemérides propiamente dichas, con los consejos habituales para el uso de los médicos o de los agricultores : de esta profusión de textos ofrecida al “señor vulgo”  resulta  una verdadera « juerga literaria anual ». Tendrá numerosos imitadores.

Algo queda de tan ingeniosa renovación del género en los almanaques del siglo XIX, muy especialmente con la revisión del obligado “Juicio del año”, cada vez más acompañado por una especie de auto-irrisión traducida bajo forma de perogrulladas como  « pan que llevar a la boca/no ha de faltar... cuando lo haya" o "no morirán de sed/los que puedan beber agua", y sin notoria clarividencia, caso del Calendario para el Principado de Cataluña para 1898 : “No lo dudéis! Brillará/la gloria, yo os lo aseguro”, pronostica. Esta parte predictiva se consume más bien como algo ritual, para recreación del lector: una especie de cita anual bajo forma de lo que los franceses califican de ressassement. Al filo de los años el “Juicio del año” propende a transformarse en un balance del año transcurrido o en una especie de crónica de unos acontecimientos nacionales o internacionales, o a desaparecer.

         Y es que, entonces, el nuevo almanaque, también denominado a veces calendario, pretende ser más útil aún.

Del propio discurso generalista que caracterizaba los primeros almanaques se van ofreciendo unas declinaciones más específicas en función de los distintos segmentos a que se dirige: geográficos locales o regionales, como el Calendario para el Reyno de Murcia (1797-1874) o sociológicos (como el Almanaque rural o instrucción de los labradores para el año de 1800) y también ideológicos (como el Calendari del Bon Mot o Calendario Antiblasfemo en su versión castellana). El rito general del nuevo año por describir y comentar se va transformando en un rito más localizado o gremial y también más individual, algo perceptible en la peculiar manera de expresar unas sensaciones asociadas con el tiempo que hace (un calor “picante”, un frío “muy crudo”,  un viento “áspero”, etc.), hasta en los almanaques más conservadores.

La parte predictiva se va aplicando cada vez más a la prognosis del

 tiempo climático a las previsiones “meteorológicas” para uso de los labradores, asociadas con consejos de cultivo y demás.

         Con el añadido de una parte informativa más o menos enciclopédica y autorizada, el almanaque se constituye en un verdadero medio de información: esta dimensión, ya presente en los Kalendarios manuales y las Guías de forasteros,  es característica de unos productos mixtos como los almanaques-guías y los indicadores, pero sobre todo las enciclopedias manuales que vienen a ser muchos productos ya editoriales, sin autoría única, que ofrecen unos saberes cada vez más científicos y laicos, si bien más o menos autorizados y de manera fragmentada y a veces bastante aleatoria. El año en la mano. Almanaque-Enciclopedia de la vida práctica publicado a finales del siglo XIX por Bailly-Baillière, editor también de agendas y anuarios, puede ser, como miscelánea  con trazas de enciclopedismo « popular », emblemático de este nuevo género de almanaque, que también puede dedicarse, bajo otras modalidades, a la divulgación agronómica para la formación los agricultores.

         Formalmente, el almanaque, dentro de un esencial conservadurismo, va cobrando bulto, una tendencia acrecentada aún con la incorporación de una parte recreativa obligada.

Esta es la principal novedad que aporta la “revolución del almanaque” que, corriendo pareja con el auge de la prensa periódica, se da en los años 1855-1865: el almanaque, como apéndice anual de una publicación periódica (de Madrid Cómico, por ejemplo),  o como producto autónomo muy diversificado aunque serial (almanaque del estudiante, del médico, del empleado, del topógrafo, del maestro, del abogado, etc.), ha de ser útil y deleitar al mismo tiempo. De ahí unos contenidos expresamente literarios y recreativos, hasta tal punto que el almanaque llega a constituirse como un género periodístico-literario sui generis y a caracterizar otros géneros, el “cuento de almanaque”, por ejemplo.

Con su creciente presencia, la parte recreativa literaria y gráfica, casi hace olvidar la parte de calendario: en el Almanaque de la Ilustración para 1889, por ejemplo, la parte relacionada con la finalidad primera de los almanaques (Año religioso, Año astronómico, Calendario) solo ocupa 20 páginas de las 144 de que consta el libro in 4° mayor en el que se acumulan contribuciones literarias de 27 autores de nota y abundan las ilustraciones (58 en total). Pero en los almanaques rurales tradicionales la parte “literaria” no suele pasar de algún proverbio o pensamiento.

El almanaque, de forma material y discursiva ya muy diversificada, es cada vez más un producto editorial colectivo  y heterogéneo, en el que se derivan aportaciones de procedencias y estatutos variados, sin declarada unidad ni coherencia, redundando a veces en un como batiburrillo.

Son años aquellos en los que los principales escritores y artistas del momento colaboran en el número-almanaque con textos o dibujos originales o reciclados (véase por ejemplo el Almanaque publicado en 1868 por el artista-fotógrafo Julia). La propia tradición del calendario religioso puede ya ser pretexto para expresiones más o menos ingeniosas como en el Almanaque de los Bufos madrileños que, para el 24 de marzo, como consejo agrícola, aconseja sembrar la cizaña en los teatros contrarios y especifica que “las velaciones teatrales se abren en Madrid del 15 al 20 de setiembre”, mientras en la presentación del calendario se van incluyendo cada vez más informaciones civiles sobre la vida de la comunidad nacional o regional. Pero solo excepcionalmente, como en el Calendario del obrero para 1910, se llega a cuestionar la estructura gregoriana del calendario y a prescindir del santoral.

Los almanaques acceden, pues, a un verdadero estatuto social y llegan a ser un argumento publicitario y, por lo vistoso o llamativo de sus cubiertas o ilustraciones, un objeto de lujo compartido, regalo para Navidad o el año nuevo. En algunos casos pudo transformarse el almanaque en un verdadero producto suntuario como en  Los doce meses (1889), donde un escritor y un artista colaboran en la celebración de un mes, con firmas literarias como Campoamor, Echegaray, Núñez de Arce, Castelar, Cánovas, Valera, Pérez Galdós, Pereda o Alarcón, y artistas gráficos como José Benlliure, Apeles Mestres, José Luis Pellicer, Alexandre de Riquer, etc.

Se entiende que, bajo esta forma más aún que bajo las más convencionales, para el lector y usuario, el almanaque ha perdido mucho del carácter teóricamente efímero que se le suele atribuir : se sabe que el almanaque pudo llegar a ser obra de consulta y que, por motivos funcionales o de superstición, se conservaron muchas colecciones. Según afirman los editores del siglo XIX,  un Almanaque “se lee y relee”, se “repasa de cabo a rabo” o “se pasa por él la vista muchas veces al año”; y según Pedro Calvo Asensio,  “es ojeado constantemente durante un año por el hombre de estudio, por el artista, por el artesano, por la madre de familia, por el niño que deletrea, por el estudiante, por el fámulo y por toda persona de cualquiera clase, sexo o edad que sabe leer: y si ese libro contiene artículos curiosos, amenos e instructivos se guarda después con aprecio para ser consultado en muchas ocasiones: en una palabra, ese libro forma el paladar literario y político del niño, y da campo a la meditación en las inteligencias ya formadas” (Almanaque de “La Iberia” para 1860, p. 18). Da campo a una consulta ordenada y escalonada,  día tras día, como con las hojitas de los calendarios de tacos —el del Mensajero del Sagrado Corazón de Jesús, por ejemplo—,y es en sí un  potente instrumento de construcción de esquemas comunes y compartidos. Pero también da pie para lecturas aleatorias, fragmentadas y repetidas, autónomas, cuando el lector va espigando en él unidades de consumo para la satisfacción de unas necesidades corrientes o extraordinarias : para muchos Españoles habrá sido el único contacto con la cultura escrita y una herramienta para una relativa emancipación con respecto a otras autoridades. Con estas lecturas, el propietario del almanaque, colgado de una pared, o guardado en una estantería, pretende informarse útil e inmediatamente pero también progresar. Pero no se puede descartar  un mero consumo de discursos de palabras, de unas unidades elementales presentadas con toda solemnidad y autoridad, con la puesta por obra de palabras y  procedimientos métricos y retóricos que rompen con lo habitual y pueden llegar a veces a una visión burlona irónica de lo que tanto le importa al lector propietario usuario, la capacidad de hacerse dueño  de su limitado futuro. Puede leer unos anuncios de medicinas pero no tomarlas: un consumo desvinculado de la intención editorial, transgresor. Dentro de la circularidad que caracteriza las relaciones entre cultura “culta” y cultura “popular”, pudo servir además de depósito de frases hechas y ha llegado a marcar el propio lenguaje con expresiones como “verdades de almanaque” o “hacer calendarios”.

 El almanaque puede definirse, pues, como una “máquina textual”, caracterizada por una “gran porosidad, una sorprendente permeabilidad a los saberes sociales, a los discursos literarios, filosóficos, científicos y demás, a géneros y discursos múltiples y diversos”. Unívoco en su finalidad (la medida y socialización el tiempo), es un género que resulta muy complejo y ambiguo en su constitución al incluir tanto las formas de representación más arcaicas y cuestionables del tiempo como elementos de un saber novedoso y rompedor, al par que elementos encaminados a la distracción más inane. Con una arquitectura entre asentada y evolutiva, y unos contenidos cada vez más variopintos, pueden dar lugar por parte de los usuarios a unas apropiaciones que rompen con el propio programa editorial consustancial del género.

Fue un “mueble sino indispensable, por lo menos preciso” y de gran difusión. Libro de la gente que lee poco”, ocupa “una zona intermedia entre la cultura de la gente común y la cultura de las clases instruidas” y con su publicación y adquisición anual ha llegado a ritmar significativamente la vida cultural y social.

“Reglamento público del tiempo para las ocupaciones religiosas y civiles”, este libro que para muchos es un “libro que habla” permite, a partir de unos pocos indicios verbales o gráficos, sino ya adivinar y vaticinar, “saber el tiempo que falta hasta conseguir su objeto”, regirlo en alguna medida y construir una inscripción más o menos segura y cierta en el cosmos. Con el tiempo y la diversificación y enriquecimiento de sus contenidos informativos y recreativos, este “año en la mano” también pudo llegar a ser para muchos una ejemplificación del horaciano precepto de instruir deleitando y una como enciclopedia popular, un libro multiusos. Sin que, para los autores de almanaques y menos para sus lectores, desapareciera esa consustancial relación “sesgada” con la autoridad que caracteriza los discursos ofrecidos y las actitudes de los que los consumen, como manera irónica y a veces jocoseria de ocultar la inquietante y metafísica relación del hombre con el tiempo, con su tiempo.

 

                                            Jean-François BOTREL (VII-2014)

 

Resumen: El almanaque o el calendario es la «guía del tiempo» que permite inscribirse y proyectarse en el tiempo astronómico, religioso y civil, el tiempo para todos al mismo que el tiempo apropiado por cada uno, con unas pretensiones predictivas, pronto puestas en duda y burladas por otros almanaqueros. Con la inserción de elementos informativos y recreativos, ha llegado a ser un género periodístico y literario original, el libro multiusos de la gente que lee poco. 

 

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