« La democratización de la cultura mediática en torno a 1898 »



en Zoraida Carandell et al. (eds.), La construcción de la democracia en España (1868-2014). Espacios, representaciones, agentes y proyectos, Nanterre, Presses Universitaires de Paris Nanterre, 2019, pp. 45-64.

 
LA DEMOCRATIZACIÓN DE LA CULTURA MEDIÁTICA EN TORNO A 1898.
 
La democratización de la cultura mediática (los usos que de la prensa y de otros medios como la llamada literatura de cordel, el teatro, las redes de sociabilidad, las voces vagas, etc. se hace) como principal vector para la expresión y la formación de la opinión pública —o de las opiniones públicas— y constituyente de un posible “régimen de opinión”, su creciente compartir, ¿es un elemento favorecedor de la democracia?
Una pregunta que el historiador puede hacerse a posteriori, a propósito de la España finisecular, e intentar contestarla valiéndose de los muchos trabajos de Carlos Serrano, Jacques Maurice, María Cruz Seoane (a quienes recordamos), Danièle Bussy-Genevois, Pilar Celma, Jean-Michel Desvois, Juan-Francisco Fuentes, Yvan Lissorgues, Josep Luis Gómez Mompart, Solange Hibbs, José Miguel Delgado, Paul Aubert, Javier Fernández Sebastián —clásicos ya— y muchos más  (también algunos míos) : aunque no les cite expresamente durante mi intervención, irán íntimamente unidos a este homenaje a Marie-Claude Chaput.
¿Por qué la España finisecular? Porque es un momento en el que, a pesar de que desde 1890 todos los españoles varones mayores de 25 años tiene derecho a voto, la democracia, siquiera formal, dista mucho de ser efectiva por causa de la casi estructural y ostensible manipulación de las elecciones dentro del sistema caciquil (las “mixtificaciones electorales” como las llamara Silvela) y el ideal democrático no se puede decir que esté unánimemente reivindicado y compartido. Como se sabe, incluso se contempla, en algún momento, ponerlo en entredicho.
Es un momento en el que de los casi cinco millones de electores, una tercera parte, como menos, no pueden ser lectores por no saber leer y escribir, como nueve millones de españoles más, aunque, de alguna manera, se podría rebatir tal incapacidad oficial y administrativa (Botrel, 2015). De ahí que, a falta de un sistema escolar suficiente y eficiente, el creciente si no arrollador papel de la prensa, con la incipiente prensa de masas o sea de empresa, se les antoje a muchos —no a todos— como un medio para contribuir a la expresión y formación de una “verdadera” opinión pública —y controlarla, si cabe—, un medio instrumentalizable para elevar el nivel cultural y mejorar el ejercicio de la democracia real o efectiva o, al contrario, manipularla.
Como sucede cuando una maltrecha  España está librando en Cuba y en Filipinas una batalla muy desigual por más que no lo quiera ver o reconocer y la prensa, al acompañar y acreditar, en su mayoría, una ciega visión patriotera nacionalista de la situación está faltando a la ética más mínima de la información y da repetidas pruebas de una claudicante interpretación de su trascendental misión.
En torno a 1898, se da, pues, una democratización objetiva de la cultura mediática, una democratización “dentro de lo que cabe”, no admitida del todo o controvertida y una crisis profunda que afecta a todos los sectores de la sociedad, inclusive los medios de comunicación, tres tendencias parcialmente encontradas cuya problemática pero reveladora articulación será analizada a continuación.
 
1. La relativa democratización de la prensa finisecular. De la democratización de la cultura mediática a través de la prensa desde que, en 1883, se decretara y regulara de manera más liberal la libertad de prensa, no cabe duda alguna, aunque obviamente se trata de un proceso, de modesto alcance además visto desde hoy o si se le compara con lo que había ocurrido o estaba ocurriendo en la Europa del Norte.
No voy a desarrollar algo que, tras los pioneros estudios de finales del siglo XX, ya se puede encontrar en los buenos manuales de historia del prensa o del periodismo; solo enumeraré unos posibles indicadores (que tanto me interesaron y a algunos más hace años) por los cuales se puede medir el fenómeno y cotejarlo.
A finales del siglo XIX, la oferta se caracteriza por el auge de una prensa plural, especializada en los más diversos gustos, materias y objetos (publicaciones científicas, económicas, literarias, religiosas, humorísticas, culturales, deportivas, taurinas, etc.) y con todos los matices políticos —incluso los de los distintos nacionalismos—, capaz, pues, de expresar las distintas facetas de la opinión pública. Según las estadísticas oficiales, el número de títulos ha pasado de unos 500 en 1868 a 1347 en 1900, y, entre 1893 y 1903, el número de editores de periódicos aumenta en un 65%, con un espectacular crecimiento de la prensa local y regional a raíz de la ley de 1883 y de la afirmación de las "provincias" (Botrel, 1992). En 1903, la potencia instalada en España (excepto Navarra y las provincias vascas) es de 1 419 000 hojas/hora en 1903 cuando en 1893 solo era de 1 126 000. Son publicaciones periódicas de toda clase, o sea : científica, literaria, diaria, semanal, etc., con predominancia relativa de los diarios políticos. La relación es de una publicación por cada 15.000 habitantes y cada 4.600 alfabetizados. Una cuarta parte se publica en Madrid (donde se van consolidando los llamados periódicos de empresa), y una tercera parte en Madrid y Barcelona , con una difusión proporcionalmente más importante de la prensa madrileña, por tratarse de una prensa nacional. Pero, en España, la difusión de la prensa sigue reducida : en vísperas de la Primera Guerra Mundial, Le Petit Parisien tiene una tirada diaria de 1.500.000 ejemplares cuando el total de los ejemplares de la prensa diaria en España es, según Urgoiti, de 1.200.000...  Tener una difusión de  más de 100.000 ejemplares, como El Imparcial, se percibe como algo excepcional. No extraña, por consiguiente, que el consumo de papel per cápita (0.85 en 1895) sea más de 7 veces inferior al del Reino Unido, 5 veces menos que en Francia y Alemania; que el consumo sea de 0.62 kg per cápita cuando es de más de 3 en Francia.
En cuanto a los precios de la prensa,  dentro de una tendencia general al abaratamiento (Botrel, 2004), los  5 céntimos que cuesta un diario se han de cotejar con las tres pesetas que se cobran por una novela publicada en libro, el precio de un kilo de pan (30/40 céntimos) o de garbanzos: más de una peseta,  cuando una suscripción mensual en Madrid cuesta una peseta.
            En las redacciones todavía impera un ambiente poco profesional, con unos periodistas que cobran poco si cobran, y la venalidad de ciertos periódicos adictos a los fondos de réptiles y a alguna que otra sinecura. “Este periódico se compra pero no se vende" proclama Don Quijote en 1892, en su cabecera. Todavía se acostumbra hacer chantaje amenazando con publicar calumnias, piratear los artículos de los demás periódicos nacionales y extranjeros (en provincias es una práctica casi sistemática hacer un periódico a base de tijeras), con la consiguiente uniformización de la información, al margen de la suministrada por las agencias.
            Morfológicamente hablando, la mayor parte de los periódicos siguen siendo de corte "antiguo" o sea: con 4 páginas formato "sábana", con sus 4/6 columnas alineadas, pero ya, a veces, unos titulares a toda plana para los acontecimientos mayores, con poca presencia aún de elementos icónicos, fuera de los tradicionales retratos, caricaturas y monos (en color, a veces)  como en Don Quijote con la personificación de España como mujer ora deseada ora miserable) y el famoso león famélico y cojo, crucificado, orinándose en un yanqui, entre ruinas, etc. o las cargas contra los chupópteros (los políticos). Las fotografías directas aún son excepcionales (se suelen copiar en grabados perfectos pero que "hacen siempre perder realidad y belleza a las cosas", según El Heraldo de Madrid en 1898. Ya pueden percibirse algunas evoluciones en las líneas de los dibujos, más modern style...., con las famosas virutas en las cabelleras y los elementos vegetales trepadores.
            En este objeto polimorfo, se nota la discreta emergencia del reporterismo (caso de Luis Morote, corresponsal de guerra en Cuba para El Liberal) al margen de la crónica —luego aparecerá el interviú y la encuesta— y un creciente protagonismo de la literatura, al margen del tradicional folletín, con la publicación generalizada de cuentos originales en los años 90 (este es el caso de los Cuentos morales de Clarín, por ejemplo), propedéutica para las futuras colecciones de novelas semanales.
            Lo más señalado porque ideológica y formalmente se distinguen de la prensa al uso, tal vez sean las nuevas revistas más o menos literarias y radicales  (unas revistas de "agitación cultural") cuyo objetivo común es, galvanizar la vida del país: Germinal, Vida Nueva, La Vida Literaria, Revista Nueva, Electra, Arte Joven, Juventud, Alma Española, unas revistas de “agitación cultural” que, hasta en los títulos y a pesar de su carácter más bien efímero (once meses en el caso de Revista Nueva), quieren ser unos laboratorios en los que el escritor experimenta su propia creación; unos brotes que no llegan a cuajar en libros. Son otras tantas profesiones de fe en la juventud y en la renovación o regeneración de España que van haciéndoles viejas a unas publicaciones como Madrid Cómico dirigido,  en su tercera época, por Clarín y luego Benavente.
            El cambio de siglo está marcado asimismo por un intenso desarrollo de la prensa obrera: La Revista Blanca (anarquista) se funda en 1898  y los Montseny tratan incluso de fundar un diario en Madrid, Tierra y Libertad en 1903. Los socialistas, por su parte, disponen de un número creciente de publicaciones semanales, además de El Socialista que hasta 1913 no se convertirá en diario.
            Pero sería erróneo considerar que basta con centrarse en la prensa como medio hegemónico: dado  el alto índice de analfabetismo (en l900 casi los dos tercios de la población española eran todavía oficialmente incapaz de leer y escribir ) y gran parte de la población española sigue contando con casi todas las formas más arcaicas de información como son los pliegos de cordel o las voces vagas. No se olvide, además, que existen distintas maneras de leer el periódico (en comunidades lectoras, por ejemplo) y que leer también supone comentar.
            Así las cosas, ¿cuál  pudo ser el papel de la prensa cara a la expresión y formación de la opinión?
            Sobre el particular, sobran los puntos de vista teóricos y escasean las informaciones prácticas.
El relevante papel que se atribuye a la prensa como configuradora de la opinión o de las opiniones, de un régimen de opinión en alguna medida competidor o al contrario constitutivo del sistema democrático,  ha dado lugar a muy contrastadas actitudes.
Se da, por ejemplo, una visión pesimista de la opinión y una desconfianza hacia la prensa, considerada como peligro: es la de los conservadores como Cánovas quien, en 1878 (Delgado, 2015), afirmaba que ”España no cuenta desgraciadamente con una opinión pública bastante hecha, bastantemente formada y bastantemente severa para ser “ capaz de poner coto y sancionar por sí misma los excesos de la prensa” ; de ahí que el Gobierno deba asumir subsidiariamente esta función de defensa del orden social. Es la « labor tutelar del Estado y sus instituciones sobre una sociedad inmadura”,  la que justifica los tejemanejes electorales de Romero Robledo » (Fuentes, Fernández, 1998, 138-9). Tal desconfianza es más patente aún en la Iglesia católica española, quien más allá de la condena de los rotativos liberales y, a pesar de las Encíclicas papales, mantiene una línea de supeditación de la prensa a un sistema más teocrático que democrático y manifiesta un pertinaz recelo hacia la lectura individual (el libro es "maestro o predicador disfrazado, obstinado, hábil e insinuante”) y denuncia " los espantosos estragos de la prensa impía y licenciosa", como dice aún el obispo de Oviedo, Fray Ramón Martínez Vigil, en l897. De ahí algunas visiones apocalípticas, aquellos " diluvios de tinta venenosa ; la inmensa ola negra, que lleva en su seno fuerza de explosivo, crece, sube y avanza sin cesar, llenando los más hondos valles, escalando las más empinadas alturas, sumergiendo el orbe en sus impuras heces y en sus amargos posos y corrompiendo la atmósfera con su deletéreas emanaciones" según la visión del obispo de Jaca en 1900 o la del Reverendo Padre Juan García quien, al considerar que con los periódicos de mayor circulación "se esparcía el humo y un tufo que oscurece las inteligencias y mata el corazón", se imagina que  los voceadores de periódicos son compuestos híbridos de hombre y ave de alas blanquinegras. Sobran ejemplos de tan pertinaz reticencia (cf. Hibbs-Lissorgues, 1995; Botrel, 1996).
            Esta misma desconfianza se observa por parte de los sucesivos gobiernos de  la Restauración  quienes se cuidan de aplicar unas medidas correctivas (los famosos “aparatos ortopédicos” de Cánovas) a la constitucional libertad de prensa. Recuérdese que entre 1875 y 1923, las garantías constitucionales y, por consiguiente la libertad de prensa,  quedaron suspendidas durante el equivalente de doce años y el período 1896-1905 será el más afectado ya que se calcula que la suspensión  de las garantías constitucionales se da durante la mitad del año como promedio (Botrel, Desvois, 1991). Algo muy revelador de la precaria libertad de expresión y del lento desarrollo de las libertades civiles. Sin tener en cuenta la capacidad de corrupción del poder, de una estructura subterránea con los fondos de reptiles y los periódicos sapos
Se nota, pues,  un claro desfase entre las libertades formales y el ejercicio real de las mismas y, hacia 1900, puede decirse que la libertad de expresión en España se halla constantemente amenazada y tiende a reducirse.
Bastante distinta es la visión que de la relación entre la prensa y la opinión y, por ende, el ideal democrático, tuvieron algunos sectores liberales como  los institucionistas (Azcárate, por ejemplo), al considerar la prensa como tribuna: no como cátedra ni púlpito sino como « instrumento de comunicación y de propaganda y, por tanto, «auxiliar poderoso de la cultura », «medio eficacísimo de ilustración y cultura », « una palanca poderosa para mover la opinión pública », «no para descubrir y contemplar las ideas y los principios sino obrar » (Fuentes, Fernández, 1998, 159-60).
La misma calificación de la prensa como posible o necesaria tribuna se encuentra en Leopoldo Alas, Clarín (2006, 549): “En España empieza a haber ahora una gran tribuna para la enseñanza popular y no se aprovecha : el periodismo” escribe y desarrolla una concepción muy clara de lo que podría ser la función del periódico en la España fin de siglo, y más generalmente su misión como medio para alzar el nivel cultural, para educar al hombre y al ciudadano, para mejorar el buen gusto y la moral, individual y pública. A tal función de tribuna, añade Azcárate, una concepción muy exigente de la prensa ya que para él los periódicos deben constituir “un espejo fiel delas ideas que agitan las sociedades” y caracterizarse por su desinterés, su cultura, su imparcialidad y su independencia (Fuentes, Fernández, 1998, 140). ¡Muchas virtudes!
            En cuanto a la prensa obrera, pretende la educación de sus afiliados para fortalecer una conciencia obrera para la reivindicación y afirmación de « otros derechos » , desde otra concepción de la democracia que la induce a no participar en el juego  o los tejemanejes de la democracia formal bajo control según Cánovas o Sagasta.
Desde el campo conservador, es conocido el desdén de Cánovas hacia la muchedumbre indocta, las masas neutras, las mayorías silenciosas supuestamente incapaces de forjarse opiniones propias » (Fuentes, 140), hacia la opinión mayoritaria por lo que tiene de contingente, pasajera, voluble et insustancial » (Fuentes, Fernández, 2002, 484) y sus alegatos contra el sufragio universal, al que tiene que resignarse. Si bien conservadores como Silvela , en su famoso artículo “Sin pulso”, se muestran preocupados por la falta de opinión, “la atonía de las masas hacia la marcha de la cosa pública ».
            Una defensa explícita del ideal democrático en la prensa, la podemos encontrar bajo la pluma de Clarín en su prólogo de 1900 a Ariel de Rodó (Alas, 2006b, 1145) : « La democracia es ya un hecho vencedor, es algo definitivo […] lo que piden el progreso y la justicia debe ser la igualdad en las condiciones, igualdad de medios para todos, a fin que la desigualdad que después determina la vida nazca de la diferencia de las facultades, no del artificio social […]”.Con una cauda inspirada por la teoría de los mejores y prefiguradora de lo que será pocos años después el compromiso de los intelectuales: “ Pero no se crea que la desigualdad […] supone en los privilegiados por la naturaleza el goce de ventajas egoístas […] no, los superiores tiene cura de almas y superioridad debe significar sacrificio ». Unas  opciones muy claras pero también muy minoritarias, que se encuentran asumidas de manera vergonzante cuando de la prensa de empresa se trata y, en alguna medida, rebatidas por Costa y la Liga Nacional de Contribuyentes ya que si afirma que  “ha pasado la hora de llamar pestilencia y abominación a la democracia » (Serrano, 1987,  278)  y rechaza la hipótesis de un dictador, también se decanta por un gobernante de verdad, antes de llegar al “cirujano de hierro”.
            Si intentamos fijarnos ahora en la prensa como es y en sus usos efectivos, podemos comprobar que la democratización arrojada por los indicadores y las cifras, tiene efectiva correspondencia en las prácticas.
Otra vez, para entender lo que está pasando con la prensa y la opinión, nos sirven las reflexiones de Clarín al respecto, cuando observa en 1894 (Lissorgues, 2006, 25) “la importancia que va cobrando la prensa periódica, innegable para toda la vida de la cultura nacional, cualquiera que sea la opinión que se tenga de su influencia benéfica o nociva ». « Las masas leen atentas los periódicos no los periódicos rojos, socialistas, etc. ,la prensa sensata, liberal, pero no soñadora. El obrero español lee El Liberal, El Imparcial, La Correspondencia, El Globo, etc. Y los lee atento, esperando algo más, algo más suyo, pero con la inteligencia dócil, ansiando enseñanza » (Lissorgues, 2006, 32). De ahí que deba aprovecharse este fenómeno feliz para propagar todo lo que se pueda los principios de una cultura popular digna del mundo moderno para « influir en la cultura elemental del pueblo menos culto” , lo que califica de “cura de almas”.
Pero también denuncia el espíritu mercantil de la prensa adicta al sensacionalismo, al exclusivismo (al tratar exclusivamente un acontecimiento), y al efimerismo o sea: la explotación de la curiosidad pública también denunciada por El Socialista (Lissorgues, 2006, 27, nota 45),  con el riesgo de “dejarse llevar por las opiniones dominantes, y hasta cortejar a un público no educado para incrementar a todo trance sus tiradas (Fernanflor, 1898).
Como consecuencia del creciente protagonismo que va adquiriendo la prensa como medio de comunicación social y principal configurador de la opinión pública, se da, pues,  un debate intenso acerca de su papel en la sociedad, con intentos de implantación de un nuevo modelo periodístico que se pretende independiente y se caracteriza por su diversidad y su calidad de tribuna para unos pre-intelectuales cuya condición se modifica precisamente a raíz de encontrar cada vez más en la prensa un cauce remunerador y factor de independencia.
A pesar de su escaso —relativamente— impacto por los pocos lectores que tiene,  la prensa ya pretende, pues, cada vez más,  conquistar la opinión , pero también hacerla o reflejarla.
Y llegan los últimos años de la guerra de Cuba con su barahúnda nacionalista (la excitación de las pasiones bélicas, la vindicación del honor nacional, el menosprecio a la fuerza militar de los yankees) que van a dar sobradas pruebas de la fragilidad de tales intenciones por parte de una prensa de la que desaparece la función de control mutuo en pro de una especie de casi unanimidad. Una prensa “muy proclive a hacer el pavo real recordando hechos de nuestra historia, muchos de los cuales no tienen nada de prestigiosos », como escribe El Socialista (Fuentes, Fernández, 1998, 184), y en la que fueron muy pocos los publicistas que apelaron a la cordura y mantuvieron la cabeza fría y opusieron la  “razón política” a “la pasión patriótica”, como diría J. Martínez Ruiz.
 
2 .La claudicante prensa del 98 y la opinión.
            Huelga aquí hacer una antología de la insensatez jingoista con las reacciones de la prensa de todos los matices desde la republicana (excepto la federal) hasta la conservadora, ante la insurrección cubana y, sobre todo, la guerra con EE-UU. De sobra se sabe que la tónica general era la confianza absoluta en el poder bélico del ya casi ex-imperio, al tiempo que el desdén continuado hacia los contrincantes. Digamos con Marta Palenque (1998, 272) que "de una forma  otra, todas [las revistas de la época] se refieren de un modo encendido a la superioridad española, difundiendo la imagen del enfrentamiento como el de un imperio invencible y noble [...], cuyas enseñas son el arrojo y la valentía, frente a unos indígenas confundidos, desagradecidos e interesados. Junto a ellos, los norteamericanos son advenedizos, simples mercaderes, sin poder bélico, sin un ejército real, pues solo cuentan con mercenarios, y se representan siempre unidos a la imagen del cerdo, con lo que se alude a la alta producción de derivados de este animal que había en Chicago". De ahí lo de USA (Unos Solemnes Animales) en la prensa de Lugo o lo de Manuel del Palacio : “Es injusto con los cerdos/ a los yanquis comparar,/porque el cerdo es provechoso/y el yanqui perjudicial” ( Blanco y Negro, núm. 367, 14 de mayo de 1898). En resumidas palabras, nuevos quijotes contra tocineros.
Más ejemplos o más pruebas se podrían aducir. Remitamos al mal llamado Cancionero  del 98 (García Barrón, 1974) o a las “Murmuraciones europeas” publicadas en 1898 en La Ilustración Ibérica por el propio Emilio Castelar o a la literatura de cordel de la época (Botrel, 1982, 1998), sin olvidar el teatro patriótico como Banderín de enganche o mujeres a Cuba, juguete cómico lírico estrenado en el Teatro principal de Jaén , Amor y patria, drama de actualidad o ¡ Aun hay Patria, Veremundo ! improvisación poética en un acto y tres cuadros de Navarro Gonzalvo, el incipiente cine con actualidades reconstituidas, la interesante pantomima militar de actualidad (con 150 figurantes) titulada La trocha o La muerte de Maceo  representada y firmada en Barcelona (Salgues, 2010) o la famosa jota "Si mandaran las mujeres en vez de mandar los hombres serian balsas de aceite los pueblos y las naciones", en un plan de adhesión ya no tan evidente.
            Pues hay que interrogarse sobre el  grado de adhesión por parte de la opinión a este tipo de manifestaciones patrioteras. Aparentemente efectivas, y lo cierto es que las tiradas aumentan de un modo extraordinario: en 1898, la tirada de Blanco y Negro, por ejemplo, sube hasta los 70 000 ejemplares, en vez de los 20 000 iniciales.
No vayamos a pensar, sin embargo, que la expresión dominante equivale a opinión unánime ni que la prensa lo encarna todo. Existieron, aunque escasas, algunas expresiones disidentes que no creo que llegaran a contrapoderes en el momento. Convendría mencionar, por ejemplo, la denuncia por El Imparcial o El Diario de Barcelona del alto número de bajas que la guerra estaba causando, recordar que la prensa obrera o los republicanos  federales de Pi y Margall se muestran contrarios a la guerra, que El Socialista denuncia la falsa política de un gobierno que envía a la guerra a aquéllos que no pueden redimirse (« se ha dado el caso raro de que los socialistas hayan tenido que defender, contra la conducta de la clase directora, no sólo los intereses de los proletarios, sino los de ella misma [de la burguesía] » 12-VIII-1898). También se nota la discordancia de voces ya autorizadas, como la de Unamuno, con lo de “Hay que matar a Don Quijote para que resucite Alonso Quijano el Bueno" (lo escribe en 1895) o la, tan digna y dolorida, del gran intelectual y periodista Clarín quien justo antes de la declaración de guerra, se ha decidido a ser director del Madrid Cómico y estrena su flamante función convirtiendo sus jocosos paliques en algo muy serio, denunciando para el pueblo inexperto el "final de tercer acto" que algunos quisieran preparar, la seudo-opinión,  la patriotería que conlleva la literatura averiada, procedente de empeños líricos, novelescos y dramáticos fracasados illo tempore" , y propone "embarcar a los diputadotes para Cuba ; a ver  si disparaban discursos contra barcos yankees y los echaban a pique a fuerza de solecismos sin humo". Más expresiones al respecto se pueden encontrar en Botrel (1999).
Tampoco faltan  otras manifestaciones de otra opinión. Por ejemplo, en los dibujos de J. L. Pellicer como en “Lo de Cuba” donde dos pageses dicen: « Ja tením lo fill a salvar la patria y a nosaltres ¿quí ‘ns salvará ?” (Serrano, 1987, 16), en la Campana de Gracia o en Gedeón (el periódico de menos circulación en España), en algunas aleluyas, si no críticas, escépticas( Serrano, 1987, 93), en cartas como las de Zoilo Gallart en las que pide a sus padres que consigan , incluso con dinero, que el “servicio del rey” lo haga en España, porque “las enfermedades matan más que la propia guerra” y da una lista de compañeros muertos (Cala Carvajal, 2006), lo cual permite comprobar, de paso, que poca censura podía ya ejercer el Ejército.
Sin olvidar, como recuerda Serrano (1987), las manifestaciones “físicas”: las deserciones (9.776 prófugos en 1897) o los motines contra las quintas (“O todos, o ninguno” fue el grito) que nos permiten comprobar que por muy anestesiada se encontrara una opinión desinformada, estaban obrando unos anticuerpos, antes de que existieran las llamadas redes sociales.
Nada más terminada la guerra de la manera que se sabe, plantéase el problema de saber —tema debatido entonces y hoy—  si los periódicos habían arrastrado a la opinión en su insensatez o si se habían dejado llevar por ella (Seoane, Saiz, 1996, 33), o sea la respectiva responsabilidad de la prensa de gran circulación y de la opinión pública ya evocada por Silvela cuando afirmaba en “Sin pulso”: « con visible simpatía mira gran parte del país la censura previa ; no porque entienda defiende el orden y la paz, sino porque le atenúa y suaviza el pasto espiritual que a diario le sirven los periódicos y lo pone más en armonía con su indiferencia y flojedad de nervios » (Fuentes, Fernández, 1998, 185). Algo también expresado por  Isidoro Fernández Flores cuando escribe que: “la culpa fue de todos : cuantos lectores suyos hay en España son sus lectores no por mejorar el juicio, sino por recrearse […]; el público solo ama su opinión”. Un fallo de responsabilidades compartidas, pues.
En todo caso, sirve esta crisis finisecular que también es una crisis de la prensa y del periodismo, para tener en cuenta el desfase entre los objetivos más o menos proclamados, incluso desde el punto de vista de la deontología, y las prácticas efectivas no tan circunstanciales tal vez, pero también entre una recepción presuntamente instrumentalizada y los usos que efectivamente de la prensa hace la opinión que en seguida va a caer en la cuenta de que los medios le han engañado, con el consiguiente desprestigio de la prensa que se observa , pero también el subsiguiente  y relativo sursum corda y reforma de la misma.
 
3. El sursum corda y la reforma de la prensa. Después del Desastre vuelve la realidad con la ineludible evocación de los pobres soldados que regresan de Cuba, desnudos y hambrientos aunque también se dan consoladores coros de repatriados. Después de que se dispararan las tiradas de los  rotativos madrileños, sufre la prensa entonces una pérdida de credibilidad y un reflujo de las tiradas y de la audiencia (" la crisis de público ", según Maeztu) con acusaciones posteriores de desinformación y de belicismo. Se cumple lo que predijera Fernanflor el 13 de noviembre de 1898 (después de consumado el Desastre): « el periodismo no posee hoy los corazones y es sospechoso a los ojos. Esto dificultará su tarea futura » (Seoane, 1996, 275). Se ha llegado a afirmar que, en aquel momento,  hace quiebra el modelo periodístico decimonónico.
            En efecto,  rápidamente se produce una especie de reacción en pro de una democratización acentuada y un creciente protagonismo de una opinión pública más respetada.
Otra vez vale recurrir a los acostumbrados  indicadores “objetivos”  para dar cuenta de este renacimiento y desarrollo de la prensa. Se observa un aumento notable del número y proporción de las publicaciones científicas, literarias, artísticas y profesionales. En 1913, el número de publicaciones será de 1980 (1847 en 1900), el 58% de las publicaciones periódicas tiene menos de 5 años de existencia, con una concentración en la prensa política (en 1903 ya solo hay 24 títulos en Madrid por 86 en 1886) y un protagonismo creciente de Barcelona cuyo número de publicaciones se duplica entre 1900 y 1913 (Gómez Mompart, 1992). Parece ser que la difusión progresa de manera significativa : de 418.000 ejemplares en 1892, la prensa madrileña ya suma 1.362.000 ejemplares en 1920. Con la multiplicación por más de cuatro del consumo de papel con respecto a 1895: en 1908, el  consumo de papel per cápita es ya de 3, 80 (multiplicado por 4. 5 con respecto a 1895) aunque sigue siendo muy inferior al del norte de Europa (casi tres veces menos que Bélgica)  al mismo tiempo que la política voluntarista del Estado en punto a instrucción pública hace que entre 1900 y 1920, aumente el número de alfabetizados: en 3.700.000 (de ellos más de 2 millones son mujeres) o sea tanto como en los 40 años anteriores (aunque subsiste un núcleo de 12.000.000 de analfabetos).
También se dan unos nuevos géneros periodísticos, con una oferta muy diversificada y completa : tanto  en la prensa madrileña, como en la catalana o de provincias, se encuentran diarios de empresa, de partido (conservadores y liberales, republicanos, católicos, integristas y carlistas, político-militares, nacionalistas) , obreros (anarquistas o socialistas), periódicos de organizaciones patronales, revistas gráficas de información general,  de espectáculos, de humor, eróticas, de sociedad, infantiles, culturales y literarias, de economía, prensa de sucesos o para mujeres.
No es una iniciativa anodina, por ejemplo, el que en noviembre de 1898 salga a luz el primer número de Vida galante con la pretensión de oficializar el erotismo : según Zamacois, “hay que amar, amar siempre”, buscando el placer individual no como concepto frío sino como goce, "la intensidad del placer, con la carne acicateada por el deseo”, con "los nervios crispados" (Robin, 1997). Con  estas "fiestas del cuerpo",  el erotismo se vuelve un como arma de combate, al arrancar los velos y mostrar la realidad desnuda, con una desmitificación de los tabúes sexuales, incluso con la imagen (Ezama Gil, 1988).
También es significativo que, en 1903, Alma Española, además de "regeneracionista", se jacte de ser la mejor y la más barata revista ilustrada, con unas referencias explícitas a Blanco y Negro, y la utilización masiva de la fotografía : en el primer número se publica, por ejemplo, un reportaje de Joaquín Dicenta sobre las minas de Almadén con ocho fotografías, cuatro de ellas en una página entera, con la colaboración del afamado reporter-fotógrafo danés Christian Franzen y la mitad de los 10 textos que ilustran bajo la modalidad regional el alma española viene acompañadas por fotos, que pueden ser, cuando de Asturias se trata, de establecimientos industriales o de un puente metálico : unas indudables señas de modernidad y de voluntad de desvelo, como observa Maurice (1998).
            Pero la modernización de la prensa, se hace sobre todo a base de prensa de empresa o industrial al lado de las demás prensas : en 1905, comienza a publicarse a diario "el" ABC, impulsado por Torcuato Luca de Tena, artífice del éxito de Blanco y negro (Bussy-Genevois, 2001) con la inclusión diaria de fotos en el famoso cuaderno aún existente. En 1906, la creación de la Sociedad editorial de España  —el trust de la prensa-—con un capital de 10 millones de pesetas agrupará con claros fines económicos y políticos a El Imparcial, El Liberal (con sus ediciones de Bilbao, Murcia y Sevilla), y El Heraldo de Madrid, tres de los más importantes diarios del momento. En adelante, será difícil tener éxito en la prensa diaria empezando de la nada : predominará el gran capital y para crear un gran diario de ámbito nacional como El Debate, la Iglesia católica tendrá, después de poner de acuerdo sus distintas tendencias, que dejar el modelo más o menos militante e invertir capitales y competencias profesionales.
La prensa tiene ya que obedecer mucho más a corrientes generales de la opinión y  procurar “reflejar la mayor parte de las preferencias de ideales, de clase y de opinión », como observa Rafael Mainar (Fuentes, Fernández, 1998, 189). Esta transformación del periódico ya iniciada en el último cuarto del siglo XIX "de órgano de un núcleo político en periódico de una empresa industrial » se aprecia  de manera contrastada cara a su participación en la constitución de una opinión pública y por ende de un funcionamiento democrático más intenso y sincero : para algunos, como La España Moderna, estos periódicos hacen de la información una legítima mercadería al servicio de la orientación de su principal propietario capitalista  o sea: para la detentación oligárquica del poder parlamentario y periodístico", sin haber llegado a ser todavía un gran órgano social (Seoane, Sáiz, 1996, 69-70).
Para otros, la prensa es ya un reflejo más sincero de la opinión, hasta volverse, como lo apunta una nota de 1902 a Alfonso XII, un “barómetro”.
También se dan unas notables evoluciones en la morfología, como en el caso de ABC, con otro formato, más páginas (de 4 a 8, 12 o 16) , con fotografías directas y una confección que deja de ser amazacotada para hacerse más horizontal, más dinámica.
            Una especie de aggiornamento global (ético y material) que, no obstante,  solo de refilón concierne a la prensa católica que en alguna medida se mantiene aún en sus trece.
Con su desconfianza visceral y dogmática hacia la libertad de prensa y la denuncia de la influencia deletérea de la mala prensa impía y licenciosa, pero también cierto realismo al considerar la prensa que es "la gran palanca que hace girar a su capricho las sociedades civilizadas” como un mal necesario, y soñando con un "periódico diario, callejero, popular, gratuito o al menos baratísimo, escrito en católico puro y en español rancio ». A través de las actas de la primera Asamblea de la prensa celebrada en 1904 en Sevilla, se ve cómo la Iglesia tiene el poder de organizar la reflexión pero no el de realizar : no se puede escarmentar en prensa ajena. A través de la relativa explicitación de las causas del predominio de la prensa liberal, diaria pero también semanal, y de la consiguiente necesidad de reaccionar y tomar medidas para la prensa católica, tenemos expresada una concepción ya mayoritaria de un periodismo moderno articulado alrededor del llamado noticierismo : abundancia, variedad y amenidad, este es el trípode en que ha de estribar un discurso periodístico cada vez menos retórico, más breve y eficaz.
.           Pero más puede el inmovilismo de la Iglesia católica frente a los problemas de comunicación social moderna : "Somos una legión de Macabeos armados con carabinas de pistón para combatir a los cañones Krupp", lamenta José Dueso en l9ll y aboga por la necesidad no tanto de propagar "nuestra" prensa ni, por supuesto, las llamadas cruzadas, sino de empezar a crearla. Más que "buena prensa" es preciso "prensa buena".
            La publicación a partir de l9l0 de El Debate dirigido a las "honradas masas neutras de la derecha española", después de la celebración de una segunda asamblea de la Buena Prensa en Zaragoza, será una primera, pero tardía, respuesta al problema (Botrel, 1996). Pero desde una concepción de la democracia expresada aún en 1928 por su director, Ángel Herrera, en una entrevista al Heraldo de Madrid : « la democracia es una de tantas ideas deslumbradores sin pizca de sentido real. Bien está el pueblo en el gobierno, pero moderadamente. Intentar otra cosa es ir a una subversión de potestades —los más pobres sobre los mejores, la cantidad sobre la cantidad sobre la calidad—sencillamente monstruosa » (Seoane, Saiz, 1996,124).
Sin adherirse, por supuesto, a tan restrictiva concepción de la democracia, pero sí, tal vez, a la carlyliana teoría de los mejores y a eso de la “cura de almas”’, muchos intelectuales van a implicarse —comprometerse—, incorporándose decididamente al periodismo (cf. Aubert, 1996), contribuyendo de esta manera a lo que predijera Fernanflor: la prensa a pesar de su claudicaciones de marras, « entrará con fe y desinterés en la tarea colosal de nuestro renacimiento ». Lo hacen con el imperativo moral de predicar sus ideas a sus conciudadanos desde la tribuna pública que es el periódico: ser, como Ortega, aristócrata en la « plazuela intelectual que es el periódico » (Seoane, Saiz, 1996, 63), con la voluntad de compartir saberes y culturas. Sin que los periódicos de nota renuncien del todo al sensacionalismo, como negocio, lo que  sirvió de pretexto para que algunos Gobiernos, de la primera década del siglo, recortaran la libertad de imprenta,  y sin que los sucesivos gobiernos democráticamente constituidos por una representación nacional democráticamente elegida renunciaran  a tergiversar el propio sistema democrático y a controlar los órganos de expresión con la censura, o la fuerza (caso del Ejército) o con la corruptela:  “periódicos sapos”, los siguen habiendo, lo mismo que periodistas que se dejan corromper por los fondos de reptiles.
Como recordara Mainar en 1906, ante todo hay que hacer periódico y abundan los que aceptan ejercer el periodismo como medio cuando escasean los que lo toman como fin  (Fuentes, Fernández, 1998, 189).  
 
Conclusión. A principios del XX, la prensa española y la cultura mediática distan mucho de tener las características de la prensa y de la cultura mediática anglosajona, por ejemplo. Por motivos obvios de nivel cultural, de concepción de la exigencia democrática y ciudadana.
Pero con la crisis del 98 que también supone una crisis para la prensa y el periodismo, algo ha pasado que, por mucho que persistan opciones y prácticas anteriores (el sensacionalismo, la corrupción), va a hacer que la prensa se vuelva más moderna (en su organización o en su morfología) y democrática y que la relación entre prensa y opinión quede más explícita y exigente, que los intelectuales se apropien cada vez más la prensa como tribuna, etc. Así se va constituyendo, al margen de un bloque inmovilista, eso sí,  un régimen de opinión que empieza a chocar de manera repetitiva y explícita con otro poder legítimo, el de las urnas, habilitado por la Constitución a encarnar, expresar y defender el « interés general ». Esto se puede comprobar durante la Semana trágica en Barcelona cuando la prensa se manifieste de manera plural y contrastada (la prensa del trust tomó partido contra un gobierno que desde el principio había intentado amordazarla) o después, cuando la Guerra de Marruecos (Desvois, 1988), cumpliendo con más ahínco su papel democrático de información. A pesar de  la represión ejercida por un poder también oficialmente democrático, pero renuente a consentir lo que se califica como excesos y propenso a imponer una concepción de la democracia donde privan los intereses superiores de la Nación (ya no la Patria), con, por ejemplo, la Ley de  jurisdicciones (Ley para los delitos contra la Patria y el Ejército), aprobada en 1906, con drástica limitación de la libertad de imprenta, combinada con una censurable cuquería ante los asaltos por los militares de las redacciones de determinados periódicos.
Con la supervivencia, de manifestación ya más episódica, al margen de la prensa que cada vez más incorpora los aspectos sensacionalistas de unos romances de cordel más o menos noticieros que, sobre todo en períodos de restricción o de censura de la información, pueden ser una compensación para el vacío así creado : como se dirá, con motivo de la Guerra de Marruecos de 1909 : "Los periódicos callan ; cantan los ciegos".
Sea por resignación sea por convicción de la necesidad de ayudar a construir la democracia y una práctica democrática, con altibajos y reticencias, a pesar del control o de la represión por parte del Poder legítimo, consigue la prensa mantener la exigencia democrática del derecho a expresar puntos de vista disidentes, por mor de la Verdad. Su progresión en términos de audiencia corre pareja con una aceleración del proceso de alfabetización, y parte de ella asume su papel de voz democrática desde una deontología y el proyecto más o menos asumido de despertar a la opinión pública, de formar una opinión pública como primera libertad y primer deber según Luis de Zulueta (Fuentes, Fernández, 2002, 486). No tanto como poder sino como fuerza social susceptible de ejercer  influencia, si bien mucho le falta todavía para alcanzar un nivel europeo.
Pero esto podría contribuir tal vez a explicar que los seis millones y pico de electores de abril de 1931 fueran más lectores —entiéndase mejor informados y más ciudadanos— que los casi cinco millones de 1891, cuarenta años antes.
                                                                                             J.-F. Botrel
                                                                                  (Université Rennes 2/PILAR)
 
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