« Verdades de almanaque : de la evidencia al discurso de la pedagogía en los almanaques españoles (1799-1933) »


en Solange Hibbs, Carole Fillière (ed.),  Los discursos de la ciencia y de la literatura en España (1875-1906), Vigo,  Editorial Academia del Hispanismo, 2015, pp.  209-223.

 

 
         En 1894, en un extenso artículo titulado “La ciencia española”, observaba el químico José Rodríguez Mourelo (1894: 50), lamentándolo, el divorcio o separación entre la masa y los científicos: “dos clases aisladas, sin relación de ninguna especie y casi antagónicas : la masa ignorante, indocta, perezosa, viviendo de preocupaciones y de intransigencias” y « los pocos aislados, obscuros, que sin relación alguna con el mundo exterior siguieron el movimiento de las ciencias y en lo que les fue dado hacer, investigaron y estudiaron».
         Unos años antes, partiendo del mismo diagnóstico, aunque de manera menos tajante, González Serrano, en su ensayo sobre La sabiduría popular (1886: 20, 42), apuntaba la necesidad de que la práctica y la ciencia coincidieran a “enriquecer el tesoro común de la cultura”, la necesidad de « elevar la práctica, de sierva de la rutina a práctica doctrinal, según principios », sin dictaminar de manera precisa los medios para lograrlo.
    En este contexto de permanencia o predominio de las “preocupaciones populares” y de necesaria o proyectada promoción de una comprensión científica del mundo, no exclusivo de un paulatino progreso general del conocimiento racional, es donde hemos de situar la posible contribución de los almanaques y calendarios que, por ser “el libro de la gente que lee poco” (Bollème, 1969: 16), por su gran difusión[1] y por su relativa porosidad[2], ocupan “una zona intermedia entre la cultura de la gente común y la cultura de las clases instruidas” (Lyons, 2012: 159-163). Por esto mismo, pudo, pues, con otros vehículos que también se podrían tener en cuenta[3],  actuar como agente más o menos eficaz de vulgarización de los nuevos saberes[4]  al par que sus discursos implícitos o explícitos permiten observar las tensiones entre una visión conservadora o arcaica —imaginaria— del mundo y los adelantos del moderno conocimiento.
         Para intentarlo, he analizado un centenar de almanaques y calendarios españoles entre 1799 y 1933[5], en la larga duración, pues, fijándome preferentemente en aquellos que pertenecen a la categoría de los almanaques populares o rurales[6], como son los almanaques Zaragozanos, El Firmamento, el Calendario del Principado de Cataluña, el Calendario para Castilla la Nueva, la provincia de Extremadura, etc. (cf. Botrel, 2003, 2006, en prensa).
 
La enunciación editorial, entre conservadurismo y aggiornamento. Como género, el almanaque es muy conservador[7], con una arquitectura de la página correspondiente a cada mes casi ne varietur, inclusive los elementos codificados como la logografía por lo visto intangible y asimilada[8], o las abreviaturas utilizadas en el calendario religioso más que cósmico, lo mismo que se reproducen las rituales manifestaciones de meteoprognosis (los pronósticos meteorológicos) y del “Juicio del año” (que viene).
 
 

 
 
 
 
 
Al filo de los años, no obstante, se pueden observar algunas evoluciones no siempre explicitadas. Con respecto a los almanaques del Piscator de Salamanca, por ejemplo, se puede notar la casi general desaparición de las referencias al Zodiaco[9] y sus efectos sobre los hombres[10]. También una tímida laicización del calendario[11],  que progresivamente permite la inserción en un conjunto ya no estrictamente regional o local sino nacional y a veces universal,  con la consiguiente homogeneización de las referencias (tiempo medio civil, sistema métrico[12], valor legal de los ortos y ocasos del sol), diversificación y creciente precisión de la información ofrecida[13]. Va cambiando el marco ontológico y espacial de referencia, con la promoción de actividades intelectuales como la observación sistemática, la experimentación, la demostración, la inducción, la generalización, con la consiguiente ruptura parcial con una organización totalitaria por teológica de la relación con el tiempo calendar bajo la protección de santos y la preparación para otras maneras más racionales y científicas de contemplar el mundo circundante.
Estos adelantos se manifiestan, por supuesto, en la creciente preocupación por medir de manera exacta las distancias[14], las estadísticas sobre esperanza de vida para la adquisición de bienes nacionales, el  nuevo sistema de pesos y medidas o la conversión de maravedís en reales, con las operaciones mentales a que obliga o que agiliza, con la tímida y tardía aparición de representaciones gráficas de fenómenos naturales y una infografía (cuadros estadísticos, mapas, gráficos curvas, etc.), reservadas para los almanaques no populares, conste.
Los “conocimientos útiles” o sea: la trasferencia o puesta a disposición de informaciones autorizadas de inmediata aunque teórica aplicación (Fernández, 2003), también caben en algunos almanaques (más bien en los no populares), y hacen al caso que nos ocupa, porque la práctica que inspiran viene asociada con la idea de que se trata de unos conocimientos comprobados y asimilables, autorizados por la palabra escrita/impresa vs lo meramente trasmitido por la tradición oral o gestualmente o fundado en una presunta experiencia. Suelen ser más bien heteróclitos y de escasa utilidad general, pero el discurso científico que acompaña la receta es todo un cambio con respecto a la práctica rutinaria.
Tienen estas características, por ejemplo el largo artículo « Del conocimiento de los terrenos », publicado en el Almanaque rural o instrucción de los labradores, los “ Conocimientos científico-industriales para obtener un buena tinta para copiar”, los consejos para el uso de la “yerba callera” o acerca de la siembra de colza para proteger vides contra las heladas (en el Almanaque de la Biblioteca del proletario…), las informaciones meteorológicas retrospectivas para algunas provincias turísticas (Santander, Gijón, Sevilla, Cádiz, etc.), y, en general —son los más frecuentes— los consejos de cultivo para el agricultor o el pagés, cuando de almanaques catalanes se trata. También pueden ser informaciones curiosas de toda laya pero de cuño aparentemente científico, una práctica que se ha mantenido hasta hoy[15].
En cuanto al tiempo atmosférico y los pronósticos o predicciones “atmosféricas” o “barométricas”, se benefician de las informaciones cada vez más científicas suministradas por Real Observatorio astronómico de San Fernando, de las observaciones y centralización de los trabajos meteorológicos a partir de 1855[16], y también del equipamiento con barómetros y termómetros. Como declara el autor de El cielo en 1859, « mientras haya observatorio, la suya  (la escala que « todos los editores de almanaques hemos copiado como es natural ») es a la que debemos dar fe » y así lo reconocen, como veremos, muchos autores de almanaques populares. De ahí que los pronósticos, por muy fantásticos que parezcan en las formulaciones[17], se acoplen cada vez más a lo estadísticamente previsible[18]  y, cuando no, sirvan, como los “Juicios del año”, para la manifestación ingeniosa de algo carente de validez verdaderamente operativa. También interesa observar cómo, en los pronósticos para 1902 de El Firmamento,  los efectos de los distintos agentes atmosféricos objetivos (viento, lluvia, nubes, sol, nieve, helada ) se aprecian desde la sensibilidad del que va conocerlos : se anuncian un calor “picante”,  un tiempo “ desapacible”,  un frío “muy crudo”,  un viento “áspero” o unas  “temibles” heladas; las lluvias “benéficas”  “remedian y mitigan los ardores pasados”, las nubes serán “de buen cariz” y el tiempo “ de temple muy agradable”. Algunas formulaciones siguen siendo más neutras ( “ráfagas violentas”, “cielo despejado”), aliando una precisión total (« dominarán casi hasta el final del cuarto ») con la prudencia (« si el viento salta al NO, habrá… ») y las evidencias (« nieva en las alturas »). Lo más « científicamente expresado » es un anuncio, posiblemente no muy de fiar :  « El 98% de los enfermos crónicos del estómago e intestinos se curan con el Elixir estomacal Saiz de Carlos ».
Tradicionalmente se completan con un “Juicio del año” que es un como contrapunto conjetural y “ritual” del calendario normativo y está escrito en verso con una invariable conclusión: “DIOS SOBRE TODO” o la expresión de una idea similar[19]. Convendría hacer un examen sistemático de este componente, redactado desde una concepción fatalista del año y de la vida por venir, acompañada bastante a menudo por una especie de auto-irrisión traducida bajo forma de perogrulladas como  « pan que llevar a la boca/no ha de faltar... cuando lo haya" o "no morirán de sed/los que puedan beber agua", lo que la lengua española califica como “verdades de almanaque”. Con una clarividencia notoria como se puede comprobar por el “Juicio del año” en el Calendario para el Principado de Cataluña para 1898 [20].
Se ha de observar que al filo de los años el Juicio del año propende a transformarse en un balance del año transcurrido o en una especie de crónica de unos acontecimientos nacionales o internacionales (de octubre a octubre, por lo común), o a desaparecer.
Hasta aquí, lo sugerido por la mera “enunciación editorial” implícita, solo excepcionalmente explicitado o justificado, con términos y argumentos cuyo análisis también ayuda a entender los necesarios pero dificultosos avances de la ciencia y de la cultura científica.
 
Los discursos sobre la dimensión científica de los almanaques.
Algunos almanaques o series proclaman en su títulos o subtítulos la orientación científica de su proyecto editorial como el Almanaque rural o instrucción de los labradores (1800), Almanaque higiénico (1851), o, en 1868, el Almanaque meteorológico y agronómico de España para el año de 1869 el más exacto en cálculos astronómicos “muy útil para todos en particular para los labradores : con una tabla de reducción para todas las provincias de España escrito por Don. Ramón María de Espejo y Becerra, profesor de física, química y agricultura y Autor de varias obras de estas ciencias”.
Pero lo más corriente es que  la intención del almanaquero o del editor haya que buscarla en ocasionales y aleatorias declaraciones de intención como la del Calendario para Mallorca , Menorca e Iviza para 1817, donde una concepción tradicional (no averiguada pero pertinaz) del determinismo climático pretende apoyarse en un método científico, el de las observaciones seriales[21], o en la presencia de una semiología fundada en la experiencia, pero sistematizada[22].
Varios años después, en 1844, el Almanaque popular de España[23] pretende aportar una doble ayuda, de tipo científico  y práctico, dando « reglas para apreciar el movimiento del Sol y de la Luna, para saber en qué días caen las fiestas movibles y para hermanar con las fiestas los días de la semana”. Y añade el editor, Mellado: “nos ha parecido que la explicación de los meteoros y fenómenos atmosféricos era del caso […] hemos creído también útil algunos apuntes sobre la geografía, historia, estadística y administración de España, unas materias que califica « de suyo áridas ». “Reglas”, “explicación, “útil”, “áridas”,  son vocablos o calificativos  que obviamente remiten a una concepción del conocimiento no revelado y exigente y de probable eficacia.
El propio Calendario piadoso para 1879, al pretender « hacer permanente el interés de suyo pasajero del Calendario piadoso, convirtiéndolo en libro de consulta para contrarrestar las pestilenciales doctrinas que se hace incesantemente por medio de publicaciones de esta clase”, atestigua indirectamente las tensiones y visiones disidentes con respecto a la doxa católica vehiculadas ya por algunos almanaques, al mismo tiempo que se ve obligado a incorporar informaciones que rompen de hecho con la tradición del almanaque católico, en pro de una visión más secularizada. Son tiempos en los que la “Biblioteca del proletario “ofrece (para 1883) un almanaque que quiere ser la: « antítesis del Calendario Gregoriano» y donde « no se menciona ningún santo sino grandes hechos, acontecimientos notables, descubrimientos e invenciones[24]”.
Así y todo, lo que sigue prevaleciendo es el calendario gregoriano, con su santoral, y  los tradicionales y poco de fiar pronósticos del tiempo, tardíamente rebatidos por el Calendario científico del clima para 1933 : « fácil sería lanzarse a pronosticar el tiempo que ha de hacer en 1933, diciendo cuatro vaguedades siempre aplicables cualquiera que sea el estado atmosférico del año. Pero no es ese nuestro propósito. Lo que vamos a decir es una descripción del tiempo que hizo en uno de los años anteriores ». De esta manera, como se precisaba para el año 1932, con base a los datos (averiguados)  de 1928 pero con un método tal vez científicamente discutible, « si el agricultor observa que el tiempo es este sigue iguales pasos que en 1928, ya puede prever que la cosecha no será buena, y en este caso se mostrará prudente».
La exactitud científica entendida como veracidad y efectividad, viene incluso a ser un argumento comercial : algún almanaque se autoproclamará, en 1869,  como « el más exacto en cálculos astronómicos » y en El cielo en 1859, Joaquín Yagüe se esforzará por demostrar, para su "Reseña de ...1856", "la exactitud que ha existido en mi Calendario y el [tiempo] que todos hemos presenciado" en. Aquel mismo año, en la "edición chica", había publicado un artículo en el que destacaba el valor “general” de sus pronósticos al cumplirse; "es decir que no quedaban circunscritos a nuestro clima sino que se alargaban a otros muy remotos". Lo demuestra con la ayuda del diario La Esperanza de 19 de abril de 1856 —autoridad por tratarse de algo escrito— donde se puede leer que el puerto de Odessa es navegable desde el 6, lo cual demuestra que el tiempo caluroso que Yagüe había fijado al Menguante del 29 de marzo había llegado igualmente a Crimea (!). En la edición para 1900 del Zaragozano de F. Hernández, queda subrayado que, en 1899, « El Copérnico español pronosticó abundancia de cereales y anunció a los labradores buena cosecha y ha cumplido sus pronósticos".
Sobre el método utilizado para la elaboración de los pronósticos que más se parecen a oráculos que a previsiones científicamente formuladas, no se suele decir nada. Únicamente —hasta ahora— he encontrado estas precisiones de J. Yagüe en  el « Juicio del año »  de El cielo en 1875 : « Dije en mis publicaciones que obro por analogía ; de aquí la afición a escudriñar en antigüedades : estas me enseñan que desde el 1695, cada 45 años, viene uno sumamente elado [sic] tocará la nueva rigidez al próximo 75 ; pero a veces vi en otra clase de observaciones, que el suceso se anticipaba o retardaba uno o dos años ; pero juzgo que sea duro y duradero el invierno del 75 al 76 ». Un método a todas luces dudoso, por las bases en que estriba, pero, por decirlo así, con pretensiones pre-científicas y que anuncia, en cierta medida, el método de extrapolación, fundándose en observaciones (seriales o no) ya sistematizadas y en similitudes, para pronosticar el tiempo del año venidero. Es lo que hace el Almanaque científico para 1933, cuando, tras haber elegido « uno de los años anteriores » —sin decir cuál— afirma que, « por razones basadas en el cielo solar, hay probabilidades que sea parecido el 1933 ». Una prefiguración de la meteorología ideal, ya que como se sabe la previsión más o menos exacta no puede ir más allá de unos pocos días…
 
Una “doctrina” científica a debate. En cuanto a « las ideas generales que constituyen el principio y fundamento de toda ciencia », [y] han de ser del dominio común, y en cada época es lo que enriquece la tradición científica y constituye la cultura, y como si dijéramos, el medio científico» (Rodríguez Mourelo, 1894: 49), a la “doctrina”, que son las que menos mella directa harían en el lector popular, escasean aún más.
         Afortunadamente las cuatro o cinco expresiones al respecto que he podido encontrar me parecen bastante representativas de las principales corrientes de pensamiento identificadas  a finales del siglo XIX.
Se trata de un artículo sobre « Los cometas »  donde  se observa que « desde que los conocimientos científicos, mezclados con nociones imperfectas y confusas, han penetrado más en nuestra sociedad, las catástrofes de que estamos amenazados por la multitud de los cometas han ocupado más que antes las imaginaciones ; pero esto temores han tomado una dirección menos vaga », como consecuencia de la aplicación de unos métodos científicos. Por ejemplo, sobre el cometa Donati, « fueron anotados todos los caracteres que presentaba día tras día, anotándose los menores detalles que presentaba y sacándose gran número de dibujos a fin de que, si vuelve a aparecer, sepan los astrónomos que es el cometa Donati y puedan unir los datos que encuentren a los ya adquiridos, que es así como adelantan las ciencias basadas en la observación[25]» .
Siguen, no obstante, unos comentarios que matizan lo aseverado y plantean las tensas y hasta conflictivas relaciones existentes entre ciencia e imaginación desde el punto de vista ontológico: « los motivos de seguridad que se han deducido del cálculo de las probabilidades, se dirigen al entendimiento ilustrado por medio de estudio razonado de esta materia, pero no pueden producir la convicción profunda que resulta del conocimiento de todas las fuerzas de nuestra alma, son impotentes sobre la imaginación ; y la acusación que se ha hecho sobre la ciencia moderna de querer ahogar las preocupaciones que ella misma ha producido, no está desprovista de razón. Lo inesperado, lo extraordinario harán siempre nacer el temor, jamás la alegría ni la esperanza : esta es una ley secreta de la naturaleza humana que no puede desconocer un grave investigador » sentencia el autor anónimo. Todo un equilibrio entre la proclamación de la bondad de la ciencia y del método científico y la (re)afirmación de los límites del conocimiento humano, sin referencia, no obstante, a una autoridad divina.
Al contrario, en “La medida del tiempo”, artículo publicado en el Almanaque para 1883 de la “Biblioteca del proletario”, queda afirmada la superioridad del conocimiento humano: « « la medida del tiempo sin que se conozca opinión contraria es una obra puramente humana y debida al procedimiento o método experimental o empírico. El hombre observó la regularidad de la mecánica celeste, la de las estaciones y la de sus necesidades particulares y sociales ; y como ser pensante, clasificó y nominó para su particular uso, las varias divisiones que naturalmente tenía el tiempo ; es decir, lo dividió fundándose, no en la arbitrariedad sino en la satisfacción natural de sus necesidades, como soberano que es del planeta, mediante su trabajo y alrededor del que, todo lo que existe, gira, pagando con largueza su actividad y su ciencia. Si los hechos no resultan tales no es culpa de la Naturaleza sino “de las relaciones sociales por que se rigen los hombres hoy[26] ». Se trata de un número único para una expresión de cuño materialista posiblemente aislada[27]. Sin embargo, unida con otras presentes en otros medios, explica tal vez las características de otro artículo, de José Cavanilles, titulado « De la ciencia » y publicado en Calendario piadoso para 1879, donde se afirma que: « no es verdad que a los católicos nos asuste la ciencia —de « preciado tesoro »  la califica— y se concede que « hay ramos de la ciencia que en un orden determinado de fenómenos dependen exclusivamente de la observación y de la experiencia « las matemáticas no necesitan apreciar en sus cálculos el factor espíritu; la botánica, física, química, zoología « dan soluciones igualmente ciertas para el incrédulo y el creyente » —una propuesta poco tomista para la época—, para, a continuación, (re)afirmar los límites del conocimiento humano:  « la ciencia es algo más que el conjunto de varias ciencias […] nadie puede vanagloriarse de poseerla en su conjunto además son muy pocos los casos en que puede pasarse del análisis a la síntesis » y esta conclusión: « lo que no se ve desde las alturas de la tierra se ve desde el cielo » .
La misma idea final se encuentra expresada en el  soneto ¡Ciencia !, única referencia a la ciencia en la serie 1882-1897 del Almanaque de El Carbayón[28] : « Tú horadarás el seno de Atlante/ Irás al astro que en lo inmenso gira (…) Tú pesarás los mundos (…) pero jamás podrá tu orgullo loco/sorprender el misterio de la vida/ni arrancar los secretos de la muerte”.
Representativo de los límites del conocimiento científico y de las preocupaciones que en aquella época se califican de populares me parece el texto publicado en el Calendario Zaragozano para 1901 (Ilustración 2), en una “Sección científica”, titulado « A los hombres sabios » donde el anónimo autor, con un razonamiento con trazas de método científico[29], parece querer llegar a unas posiciones pregalileanas demostrando que la tierra no gira, solo que partiendo de un supuesto erróneo[30].
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
Vemos, pues, cómo en los almanaques y calendarios el discurso sobre la ciencia como necesidad viene acompañado por toda clase de prudencias, concesiones y hasta reacciones en los campos más encontrados, al mismo tiempo que va cambiando insensiblemente el marco mental de sus lectores.
Se puede observar, por ejemplo, que el principio de autoridad en el que estriba la pretensión a pronosticar los fenómenos atmosféricos va evolucionando  de una base unipersonal, identificada como dogmática, a base de revelaciones del famoso astrónomo D. Mariano Castillo, del Copérnico español o del Astrólogo Fray Ramón el ermitaño del Pirineo, a una base colectiva, anónima, y experimental: la autoridad acatada del Real Observatorio Astronómico de Marina con su Almanaque náutico y efemérides astronómicas para el año… calculadas de orden de S. M. por el Observatorio Real de Cádiz[31],
o la derivada de la observación sistemática. Es lo que pretende Ramón María de Espejo y Becerra, con su Almanaque meteorológico y agronómico de España para el año de 1869
cuando afirma la necesidad de « luchar contra las preocupaciones de la ignorancia” y las “predicciones dictadas al acaso »  y escribe : “podemos asegurar el triunfo de las leyes fundamentales que presiden a las predicciones de los fenómenos atmosféricos que demuestro en mi interesante obra de Meteorología aplicada a la Agricultura, a la Marina, a la Medicina, después de mis muchas observaciones meteorológicas practicadas en latitudes extremas del globo, he llegado a penetrar en el arcano de esas leyes que rigen los fenómenos atmosféricos, a las corrientes que determinan los cambios de temperatura, y con ellos casi todos los meteoros que aparecen en la atmósfera”. De las mismas consecuencias positivas que promete a sus lectores, se puede deducir que la intención manifestada de luchar contra las « preocupaciones de la ignorancia » viene a ser para el lector o usuario un argumento susceptible de moverle a preferir este u otro almanaque, aun cuando no esté libre de características charlatanescas. Pero también podemos observar que el lector queda cada vez más implicado, con, en determinadas circunstancias, una verdadera delegación de responsabilidad.
         Así, por ejemplo, « siempre que se quiera », el usuario del Almanaque y Pronósticos atmosféricos podrá apoyarse en los 900 pronósticos que este conlleva para “vaticinar siempre con todas las probabilidades posibles las variaciones atmosféricas”, interpretando “las numerosas señales  precursoras de los cambios atmosféricos que la práctica y observaciones de dilatado número de años han conseguido arrancar a los secretos de la naturaleza[32]»,  invocando la autoridad de los « acertados trabajos » de un  tal Rodríguez Zamorano, pero no responde de la exactitud del Pronosticador del Almirante (Robert) Fitz-Roy (1801-1865) que no ha “experimentado”, precisa el autor del almanaque. 
También se invita a una práctica experimental acompañada, con la observación e interpretación de los signos con que los animales (abejas, golondrinas) anuncian las mutaciones de los tiempos, a la elaboración de un « Barómetro animal y curioso” (con sanguijuelas), antes de llegar en 1933 al observatorio meteorológico del aficionado[33]
En esta línea, el almanaque pudo dar pie para unas iniciativas individuales que lo trascienden, en pro del autoconocimiento y de la puesta en tela de juicio y  superación de los conocimientos suministrados o disponibles.
No son muchos los ejemplos analizables que he encontrado por ahora a base de huellas de lectura, pero algo dicen sobre la relación de los usuarios con el almanaque y el conocimiento.
Las cruces rojas, por ejemplo, marcadas en el margen del almanaque o calendario que remiten a la auto-observación y previsión por una mujer de su  ciclo menstrual para todos los efectos.
En un Lunario meteorológico nuevo y curioso para el año de 1813… Obra utilísima para la Náutica, Agricultura y Medicina, se puede seguir, casi día tras día, el cuestionamiento sistemático de la supuesta autoridad del almanaque gracias a la observación del tiempo que hace vs el tiempo pronosticado[34].
         Unas huellas de lector conservadas en un almanaque Firmamento para 1927 (Ilustración 3) nos suministra otro ejemplo de utilización del almanaque para unas actividades más trascendentales, una actividad científica de observación de un astro y una inscripción ya no en el tiempo sino en el sistema planetario acompañada y como suscitada por la propia organización del impreso. En la primera página de dicho Firmamento están sujetas con un clip de la época cuatro hojitas manuscritas (tamaño 7x8 y 7.5x11). Se trata de los resultados de unas observaciones, si no sistemáticas, periódicas, hechas en todos los meses menos enero y apuntadas con tinta y pluma por alguien muy avezado a las abreviaturas comerciales.
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
            El discurso científico disponible también se ha de apreciar, pues, por sus consecuencias, su puesta por obra, su eficacia. Convendría apreciar, por ejemplo, el impacto real de los  “Consejos de cultivo”, o acerca del tiempo propicio para el cultivo de la tierra, en los adelantos de la agricultura y ganadería, ya que no es lo mismo aconsejar para algún mes las operaciones agrícolas convenientes y dar informaciones sobre los beneficios de los progresos mecánicos en el riego y de las aplicaciones de la electricidad a la agricultura  —un discurso de acciones, por decirlo así— o, a partir de un nuevo marco mental incitar a la construcción de una estrategia original, propia de unos usuarios convertidos en actores.
         No cabe duda de que son muchas las resistencias, las inercias[35], y también la relatividad de las verdades científicas formuladas en un momento determinado[36], pero esta tendencia secular de aproximación a una visión científica del mundo también hace que, más allá del consumo de las cifras y de las palabras en sí,  como “divertimiento”, puedan cambiar de sentido  los discursos más tradicionales y ser interpretados como remanencias de otros tiempos, y, con el transcurso del tiempo, un sentimiento como nostálgico. Una comparación sistemática de un mismo producto —o parecido— en distintos momentos permitiría corroborar lo que hasta aquí se ha procurado destacar: la lenta evolución del entorno  científico  hacia una aprensión más racional del cosmos y del mundo circundante.
        
Utilidades del almanaque. Volvamos, para concluir, a las reflexiones de González Serrano sobre la « sabiduría popular, especie de experiencia estratificada, por la acción del tiempo, merced a la suma o adición de los datos y observaciones que individuos y colectividades recogen en la vida», caracterizada por la “animadversión y odio a todo género de innovaciones” y la “estabilidad de la rutina y estática de la inteligencia ».  ¿Habrán conseguido los almanaques que « a la aplicación experimental de esta espontaneidad”, se haya añadido “el estudio teórico de nuestras potencias, poniendo en acción nuestro pensamiento mediante la reflexión »,  que “práctica y ciencia coincidan a enriquecer el tesoro común de la cultura”, que se eleve la práctica “de sierva de la rutina a práctica doctrinal, según principios » y llegue a « la reflexión personal que caracteriza a la ciencia », a « la luz refulgente de la verdad científica[37] »?
Obviamente no: el discurso de los almanaques y calendarios se ha de confrontar con el autorizado y sabio acerca de los errores y preocupaciones, lo cual permite medir la distancia entre ciencia y práctica que solo progresivamente se va acortando.  Pero tampoco vale exigir del almanaque lo que la escuela aún no pretendía de manera generalizada y sistemática, una responsabilidad no siempre asumida de los « sabios » y políticos al respecto. Así y todo, el almanaque sí pudo contribuir de manera puntual a lo que Alejandro Pontes y Fernández, licenciado en ciencias y profesor normal, emprendió en sus Errores y preocupaciones populares y explicación de algunos fenómenos de la naturaleza, señalando « una pequeña parte de los innumerables errores que la humanidad encierra » , “los extravíos de la imaginación”, rebatiendo con prudencia las preocupaciones populares. Haciendo que paulatinamente evolucionara el marco mental de sus lectores y usuarios, de un dogmatismo conservador a un relativismo basado en la observación, la experimentación y la ciencia, de alguna manera. Con los años el mismo conservadurismo o arcaísmo del género llegó incluso a cobrar otro sentido como  pasa hoy con El Firmamento, todavía a la venta cada año, ya que la tendencia a hacer que el discurso de los almanaques se vuelva más científico o casi científico no es rémora para que prosiga con una dimensión charlatanesca llena de « preocupaciones de la ignorancia ». Con un consumo del discurso de los almanaques no por sus efectivas consecuencias sino  por las palabras que lo constituyen, por muy convencionales, repetitivas, acientíficas etc. que sean, lo mismo los pronósticos que el Juicio del año o las verdades « de almanaque ».  
En el almanaque, detrás o más allá del almanaque, está la dimensión antropológica y casi ontológica de su razón de ser y usos: la permanente tensión entre lo « sabido » (por más lastrado de errores que esté dicho saber) y lo « por saber », el tiempo que se vive o que hace y el tiempo venidero. Los mismos consumidores de elementos de conocimiento derivados de la astronomía todavía pueden compaginarlo con el consumo de la astrología…
Una conclusión razonable podría ser, pues, recordar, con palabras del autor de “Utilidades del Almanaque”, a principios del siglo XIX, que « según el cómputo de Sturm, de Hervás y de otros cada año mueren 3 millones de personas, cada día 82 mil y cada ora 340, por lo que bien podemos temer ser contados entre ellos. Con esta seria consideración no seremos tan curiosos de saber si el presente año será fértil o estéril, saludable o enfermizo, bueno o malo ; estando ciertos que para quien vive bien no puede haber año malo, ni año bueno para quien vive mal ; y por consiguiente, ahora que tenemos tiempo, obremos bien, haciendo buen uso de este calendario, antes de que venga la noche de la muerte, en que nadie puede obrar nada[38]».
                                  
J.-F. BOTREL
 
 
 
 
Almanaques y calendarios citados :
 
Almanaques asturianos  de El Carbayón 1882-1897,  Gijón, Mases, (1987).
 
Almanaque de Segovia para el año bisiesto de 1868. Almanaque religioso, astronómico, histórico y estadístico de Segovia y su provincia dispuesto para el año de 1868, dedicado a la diputación de la provincia para utilidad de los establecimientos de beneficencia,  Segovia, Imprenta de Pedro Ondero, 1867.
 
Almanaque Higiénico para el año 1877 con las predicciones meteorológicas del conocido zaragozano Don. J. Yagüe. Se distribuye en el laboratorio y farmacia Simón, Madrid, Caballero de Gracia, 3, 1876, 40 págs.
Almanaque meteorológico y agronómico de España para el año de 1869…, Madrid, Imprenta de José Noguera, 1868, 48 págs.
 
Almanaque rural o instrucción de los labradores para el año de 1800. Contiene varias noticias astronómica, morales, de Religión y agricultura, útiles a la gente del campo y a toda clase de personas, Madrid, En la Imprenta de los Señores Torres y Brugada
 
Almanaque y Pronósticos atmosféricos por D. A. L. de Arce. 1870 a 1880. Económico y útil para los labradores, cosecheros, comerciantes, viajeros y en general para toda clase de personas. Contiene los diez calendarios que han de regir desde el año 1870 hasta el 1879 inclusive  (…) un extenso tratado para poder con su auxilio pronosticar acertada y oportunamente siempre que se quiera, las lluvias, sequías, granizos, tormentas y demasiados fenómenos atmosféricos , Valencia, Imprenta de Victorino León.
 
Biblioteca del Proletario. Almanaque para 1883. Contiene el calendario civil y varios otros escritos útiles a los proletarios. Tirada de 40 000 ejemplares, Madrid, Imp. de la Vda de J. M. Pérez, 1882 (BNE D/19875)
 
Calendario científico del clima de España para 1933. El Séneca (BNE D/ 19939)
 
Calendario de Ortiz de la Vega (…) para el año 1860 bisiesto…, Barcelona, Imprenta de Tomás Gorchs, 1859.
 
Calendario del Obrero para 1910, Madrid, Imprenta de Gaceta Administrativa, s. f.
 
Año 1879. Calendario piadoso revisado en la parte litúrgica por el Dr. D. Miguel Martínez y Sanz Madrid Imp. De D. Antonio Pérez Dubrull, editor, 1879
 
Calendario religioso, astronómico y literario Arreglado al Meridiano medio de Cataluña, según el horario oficial de España, con todo el Santoral completo del Martirologio Romano Español 1928 Año 53 de su publicación.
 
El cielo en 1859. Calendario de Joaquín Yagüe conocido por el Zaragozano. 14 de setiembre de 1857, Tudela, Imprenta Tudelana, 1857, 39 págs.
 
El cielo en 1875. Calendario arreglado al santoral y meridiano de Cataluña por D. Joaquín Yagüe, conocido por el antiguo y verdadero Zaragozano. Revisado por la Autoridad Eclesiástica Barcelona Imp. De Luis Tasso, 1874.
 
Lunario meteorológico nuevo y curioso para el año de 1813… Obra utilísima para la Náutica, Agricultura y Medicina Palma Imprenta de Villalonga Año de 1813 (BNE D/ 6146).
 
Estudios citados:
 
Bollème, Geneviève (1969), Les almanachs populaires aux XVIIe et XVIIIe siècles, essai d'histoire sociale, La Haye, Mouton et Cie.
 
Botrel, Jean-François (2000), " Pueblo y literatura. España, siglo XIX ", en F. Sevilla y C. Alvar (eds.), Actas del XIII° Congreso de la Asociación  Internacional de Hispanistas. Madrid 1998. II, Madrid, Ed. Castalia, 49-66.
 
Botrel, Jean-François (2003), « Almanachs et calendriers en Espagne au XIXe siècle : essai de typologie », en H.-J. Lüsebrink, Y.-G. Mix, J.-Y. Mollier y P. Sorel (dir.), Les lectures du peuple en Europe et dans les Amériques (XVIIe-XXe siècle), Bruxelles, Ed. Complexe, 2003, 105-115.
 
Botrel, Jean-François (2004), « Lector in libro », en L. Bénat-Tachot, J. Vilar (dir.), La question du lecteur. XXXIe Congrès de la Société des Hispanistes Français. Mai 2003, Marne la Vallée, Presses Universitaires de Marne-la-Vallée, 99-121.
 
Botrel, Jean-François (2006), « Para una bibliografía de los almanaques y calendarios », Elucidario, I/1, 35-46.
 
Botrel, Jean-François (en prensa), « Los almanaques populares en la España contemporánea » en : R. Gutiérrez Sebastián, B. Rodríguez Gutiérrez (eds.), Frutos de tu siembra. Silva de varias lecciones. Homenaje a Salvador García Castañeda, Santander, Sociedad Menéndez Pelayo, Centro de Estudios Montañeses, ICEL19, 2015, pp. 367-384.
Casali, Elide (2003), Le spie del cielo. Oroscopi, lunari e almanacchi nell’Italia moderna, Torino, Einaudi.
 
Fernández, Pura (2003), « Lecturas instructivas y útiles », en  V. Infantes, F. Lopez, J.-F. Botrel (dirs.), Historia de la edición y de la lectura en España 1472-1914, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 672-681.
 
González Serrano, Urbano (1886), La sabiduría popular (1a ed. : 1881), Madrid, Librería Universal (Biblioteca del Pueblo).
 
Lüsebrink, H.-J., Y.-G. Mix, J.-Y. Mollier y P. Sorel (dir.) (2003), Les lectures du peuple en Europe et dans les Amériques (XVIIe-XXe siècle), Bruxelles, Ed. Complexe.
 
Lyons, Martyn (2012), Historia de la lectura y de la escritura en el mundo occidental,
Buenos Aires, Editoras del Calderón.
 
Pontes y Fernández, Alejandro (1889), Errores y preocupaciones populares y explicación de algunos fenómenos de la naturaleza. 3a ed., Madrid, Viuda de Hernando y Ca.
 
Rodríguez Mourelo, José (1894), « La España científica », en Juan Valero de Tornos, España en fin de siglo, Madrid, Rivadeneyra, t. I,  29-89.
 


[1] He aquí algunas declaraciones al respecto: « No hay libro ni álbum, ni crónica más leída ni releída en todo el universo mundo que el Almanaque : ¡quién  no lo consulta, quién no lo repasa de cabo a rabo ! Beamos sino el joven, las viejas, el estudiante, los que van a casarse, la gente achacosa, todo el que espera para saber el tiempo que falta hasta conseguir su objeto”; « Los almanaques son de uso tan general que no puede haber persona a quien no les convenga (…); acerca de los almanaques no hay como en política diverjencia de opiniones ; todos estamos de acuerdo en que es un mueble si no indispensable, por lo menos preciso » (Almanaque popular de España, 1844); « Como el Calendario es un reglamento público del tiempo para las ocupaciones religiosas y civiles, rara es la familia a no ser de mendigos, que no adquiera este papel, y pase por él la vista muchas veces al año. Por eso es un medio segurísimo de instruir a toda clase de personas, quando se dan en él noticias generalmente útiles » (hacia 1817); « Cinco años hace hubiera sido un delito entre nosotros cristianos, dar a la prensa una lista decentemente ataviada de los santos cuya memoria recuerda la Iglesia en cada día del año, y de las fiestas que en su decurso celebra destinada a servirnos en el ejercicio de las prácticas religiosas, y unir a ella alguna lectura instructiva o amena por cuyo medio tratase de difundir los conocimientos útiles y los sanos principios hasta en aquellas familias que no conocen otro libro que esta lista » (Calendario de Ortiz de la Vega, 1859). En 1875, el almanaque de Yagüe declara una tirada de 500 000 ejemplares ; en 1902, el autoproclamado “calendario de mayor circulación” El Firmamento se precia de una tirada de 1.270. 000 ejemplares  entre todas sus ediciones. En 1890, un almanaque popular  se vende por 5 céntimos en 1890 (el precio de un periódico).
[2] Lüsebrink define el almanaque como una “máquina textual”, caracterizada por una “gran porosidad, una sorprendente permeabilidad a los saberes sociales, a los discursos literarios, filosóficos, científicos y otros, es decir a géneros y discursos múltiples y diversos” (Lüsebrink et al., 2003: 345).
[3] Como las cartillas, las colecciones ilustradas de vulgarización científica, las revistas ilustradas, las Lecturas útiles e instructivas o “Biblioteca del Pueblo” inaugurada por U. González Serrano en 1881.
[4] Con palabras de González Serrano (1886: 20): si « a la aplicación experimental de la) espontaneidad” (de la sabiduría popular)  se ha añadido “el estudio teórico de nuestras potencias, poniendo en acción nuestro pensamiento mediante la reflexión ».
[5] En 2013,  el catálogo del Patrimonio Bibliográfico Español registraba 446 títulos de almanaques y 600 de calendarios para el periodo 1800-1936.
[6] En 1900, el llamado sector primario condiciona globalmente la estructura de la sociedad : casi las dos terceras partes de la población pertenecen a dicho sector (el 67% de los 18, 5 millones de Españoles vive en núcleos de menos de 10 000 habitantes).
[7] Por ejemplo, en la división y en la presentación del tiempo astronómico y social, poco cuestionado y reproducido año tras año (Ilustración 1). El propio Almanaque de la “Biblioteca del Proletariado”, tras recordar la Revolución francesa del calendario, se resigna a numerar y nombrar a los meses “con su nombre de hoy” y a aceptar “la división por semanas y los nombres de sus respectivos días”.
[8] Para la representación convencional de las distintas fases de la luna, del sol, y de los eclipses, por ejemplo.
[9] Para el 19 de febrero de 1760, por ejemplo, el Gran Piscator de Salamanca pronostica: “Luna llena a las 5 y 33 ms de la mañana en Virgo. Rebuelto con ayres, y nubes. Calenturas errantes, apoplegías y epilepsias ».
[10] No obstante, el Almanaque higiénico para el año 1877, con las predicciones meteorológicas del conocido zaragozano Don J. Yagüe, advierte (p. 23) que « con el tiempo primaveral empiezan a manifestarse las enfermedades congestivas, las hemorragias de órganos importantes, los estados febriles y las enfermedades nervisosas, sobre todo en las personas débiles y anémicas ».
[11] Con la desaparición de la mención “Revisado por la autoridad eclesiástica”, la afirmación de una autoridad civil (la del Real Observatorio de San Fernando) o, en el Calendario científico para 1933, una referencias al año civil  (11 de febrero: proclamación I República, 14 de abril, 1° de mayo, etc.).
[12] El sistema métrico se instaura y propaga, en España, a partir de 1849.
[13] Con la introducción de listas alfabéticas  (en los almanaques no populares y de manera tardía), o de representaciones gráficas de los fenómenos atmosféricos y naturales atmosféricos; con la ampliación y creciente precisión de la información ofrecida (sobre mareas, por ejemplo), con la restricción del espacio contemplado (España, Principado de Catalunya, provincia de…, arreglado al meridiano de…). En el Calendario piadoso para 1877 , por ejemplo, se puede encontrar (p. 5) la siguiente formulación:  « El eclipse parcial (de la luna) principia en la tierra a 12h 50 m 11, tiempo medio astronómico de San Fernando, y el primer lugar que lo ve se halla en la longitud de 81° 10’ al E. de San Fernando y la latitud 34° 2’ N”.
[14] Por ejemplo, en el Almanaque de Segovia para el año bisiesto de 1868, se precisa la distancia de Segovia a San Petersburgo, vía Bruselas…
[15] Véase en el Calendario del Corazón de Jesús para 2000, la hojita del 2 de octubre dedicada en el “taco” a:  “¿Cuánto viven los animales?”, con esta conclusión  « En cuanto al hombre, vivirá eternamente, si muere en amistad con Dios ».
[16] Con la publicación del Resumen de las observaciones meteorológicas para 1864-5 (1866), de las series estadísticas del Boletín del Servicio Meteorológico Español (desde 1866),  de las Observaciones meteorológicas efectuadas en el Real Observatorio de Madrid (1868), y las demás publicaciones del Instituto Geográfico y Estadístico creado en 1873. 
[17]  Valga como ejemplo el siguiente pronóstico, para Julio,  del Almanaque higiénico para el año 1877 : « Como este año es tan propenso a lluvias en lo general de España, a pesar del calor anunciado es posible que aquellas refresquen algún tanto la atmósfera, por lo que habrá que aprovechar los días a propósito para baños ».
[18] Veremos que algún almanaquero ofrece la proyección en el año que viene a partir de lo ocurrido en algún año anterior “representativo” y fehaciente.
[19] Entre 1799 y 1838, en el Calendario para Mallorca, Menorca e Iviza, el “Juicio del año”, ocupa una página entera, a dos columnas, y consta de unos 76 versos. Sobre los orígenes de este género, véase Casali (2003:  42 y ss.).  
[20] “No lo dudéis! Brillará/la gloria, yo os lo aseguro! […] Será un año sin calor y sin frío y sin fatigas […] ¿Cómo ser este año Malo/si tendremos quien nos mande,/y al que muy recio no ande/lo enderezarán de un palo ? […] Yo profetizo, y auguro/para España tiempos buenos » (véase Botrel : 2001).
[21] « El conocimiento de los efectos que pueden causar sobre nuestra salud, y sobre los frutos de la tierra los diferentes temperamentos de las Estaciones, es uno de los que más importan a los hombres, y el Marqués de Poleni nos dexó a este fin unas tablas, que son el fruto de las continuas observaciones que hizo cuarenta años seguidos. Por esto hemos creído hacer un obsequio al público, poniendo aquí el resultado de ellas, sin temor de que se nos moteje de Judiciarios o Agoreros, especialmente por aquellos que sepan la íntima unión que tienen entre sí todas las partes de la naturaleza, y la mutua dependencia de sus movimientos ».
[22] Como los “Signos con que los animales anuncian las mutaciones de los tiempos ».
[23] Se trata de un obsequio de 108 páginas a los suscritores de el Museo de las Familias de Mellado.
[24]  En 1910, el Calendario del obrero, más radical, ofrece un calendario solo con ortos y ocasos, sin ninguna mención de santos o efemérides.
[25] El cielo en 1875, pp. 21-31.
[26] Precisa que para las cantidades infinitamente pequeñas (para poder apreciar las necesidades de la vida moderna) se ha recurrido a la mecánica ya que la Naturaleza no ofrecía posibilidades.
[27]  En 1910, el Calendario del obrero, bajo la pluma de un tal Rigel, comenta los métodos al uso de la siguiente manera :  « es mucho más cómodo atribuir a cualquier astro, Sol, Luna, planetas o estrellas o al primer hecho que a mano venga una virtud o influencia decisiva […] que entretenerse años y años en rastrear las leyes de la Naturaleza, investigando sus causas y estudiando relaciones de esta a aquellas » ; recuerda que « alguna vez lloverá o despejará antes o después, que siempre no ha de permanecer tristón y encapotado el cielo ». « ¿Quién quita al inocente metereologista de pega la satisfacción de penetrar los arcanos del tiempo con una sencilla ley de elevación o baja en la presión ? ». Pero, para « estar en condiciones de predecir con alguna probabilidad de éxito, hace falta conocer el complicado mecanismo de los movimientos ciclónicos, sus teorías mecánica y física ; poseer en el momento en que se haga la predicción datos de la distribución de los elementos meteorológicos en extensa comarca y luego aplicar con tino aquellas teorías » (pp. 29-30). Y denuncia « la simplicidad y tontería inherentes a todo envanecido evocador del porvenir, agitado por el delirio de la visión sobrenatural », lamentando la « estulticia humana ».
[28] Almanaque de El Carbayón para 1884, pp. 54-55.
[29] Véase las fórmulas utilizadas: ” pues bien”, “Si tiramos”, “por consiguiente”, “ahora bien”, “lo que aquí expresamos es completamente matemático : luego ¿la tierra gira o no gira ?”.
[30] « Si le mouvement de rotation sur elle même de la terre entraîne l’atmosphère, c’est simplement parce que sol, océan, eau ont été mis en mouvement ensemble lors de la formation de la planète et ont donc conservé ce mouvement » (Carta de Pierre Léna a JFB de 13 –XI-1999).
[31] Madrid : Imprenta Real, 1791-1851.
[32] Se presentan « coleccionadas y en orden » las señales de serenidad/de lluvia/ de viento/de tempestad/de nieve y granizo/ de frío y hielo/de deshielo/de terremoto/ de pestilencia y enfermedades/de esterilidad/de fertilidad/de cometas, etc.
[33] Calendario científico para 1933, p. 96.
[34] Para el 23 de enero, el pronóstico es: “Viento O. Nubes con relámpagos” y la observación, apuntada con pluma y tinta: “Día claro viento N y E”. Para el 1° de febrero: “Viento NE nieve o lluvia a la que siguen viento de S y O”/ “Sereno”; para el 1° de julio: “Vientos del N”/ “de Levante”; para el 6 de julio: “Tronada tempestuosa con vientos de ES y OS”/ “nada” (Botrel, 2004: 111-112). ¿Quid, por supuesto, de todos aquellos que no escribieron sus propias observaciones y sin embargo pudieron darse cuenta de la inexactitud de lo pronosticado ?
[35] En unos documentos conservados en el Instituto de Estudios Gienneses, se encuentra  una recomendación hecha en 1815  a Francisco Martínez de la Escalera para que anuncie el “nuevo descubrimiento astronómico (el espectroscopio) sin incluir de modo alguno el santoral, ni advertencias que tengan que ver con la vida civil y religiosa », y los siguientes comentarios, de 30 de octubre de 1815,  sobre “otro calendario y pronóstico publicado hasta ahora por trimestres en el Reyno de Jaén y cuyo editor ofrece verificarlo en adelante de 6 en 6 meses”: el tener «  alucinado el público con el anuncio más frecuente de las alteraciones atmosféricas y teniendo además en él la parte principal del santoral” es una “circunstancia que influye mucho para su mayor despacho ».Véase, también,  lo que refiere el Calendario del Obrero para 1910 (p. 30): la Academia de Ciencias de Berlín cayó en la cuenta de que “era deshonroso para su fama incluir los pronósticos (de un año para otro forzosamente). Suprimieron estos y… efectivamente no vendieron sino un muy exiguo número de ejemplares, y hubo que hacer nueva tirada incluyéndolos, para poder vivir”.
[36] Obviamente lo que puede aparentar cientificidad en algún momento del conocimiento científico, puede resultar erróneo con el transcurso del tiempo, como lo dicho sobre la combustión espontánea de los cuerpos o el consumo de alcohol por Pontes (1889) y sobre “Fenómenos meteorológicos: los ciclones y modo de guardarse de ellos según observaciones hechas durante los últimos 87 años en los Estados Unidos» en el Almanaque  de la “Biblioteca del proletario”.
[37] González Serrano,1886: 12, 17-18, 20, 20, 42, 12, 14, respectivamente.
[38] Lunario meteorológico nuevo y curioso para el año de 1813…