“Oratoria pasada por tinta : la difusión de la palabra viva en la prensa política y la opinión pública”




en: J.-A. Caballero López, J.-M. Delgado Idarreta, C. Sáenz de Pipaón Ibáñez (eds.), Entre Olózaga y Sagasta: retórica, prensa y poder, Logroño, Gobierno de la Rioja, Instituto de Estudios Riojanos, Ayuntamiento de Calahorra, 2011, pp. 277-294.

 


 

                                              

“Aquella mirada inquieta y vivísima,

aquella cabeza inteligente, peinada con estudiada coquetería,

aquella nariz aguda como su ingenio parlamentario,

aquellas manos que parecen clavarse en el corazón del adversario,

aquella sonrisa burlona, sarcástica, venenosa,

aquella agilidad que semeja la de una ardilla,

aquella bilis que ahoga al enemigo sin compasión,

el tono, el gesto, la postura…

Todo eso que hace de Sagasta un temible y elocuente tribuno”

 

Cañamaque, Los oradores de 1869.

 

 

 

Introducción. Aún más que hoy, el modo de comunicación oral era en la España del siglo XIX el predominante —incluso en ámbitos letrados—, con sus modalidades más codificadas como puede ser la oralidad y la oratoria cultas, ya que también puede haberla popular[1]. Si hoy se calcula[2], que el 75% de los intercambios académicos/científicos, por ejemplo, se hace a través de modalidades orales más o menos bastante codificadas, ¿qué sería en la España de Castelar donde la palabra está por doquier: en el Congreso, en el Foro, en la Cátedra, en el púlpito, en el Ateneo, en la Academia, en los círculos y sociedades, en los cafés, hasta en las bibliotecas…?

Una hipotética logometría retrospectiva[3], mucho más difícil de llevar a cabo que la ya dificultosa bibliometría también retrospectiva, habría de permitirnos censar no sólo aquellas palabras que han quedado plasmadas en una forma tipográfica, sino todas las que no han pasado del estado manuscrito y se han conservado o no, y, más aún, las que han volado sin dejar rastro alguno, y sin embargo existieron, fueron pronunciadas para unos fines que a menudo coinciden con la marcha corriente de la sociedad, pero también con proyectos de ilustración y progreso… Nos permitiría conocer mejor aquella boyante “sociedad del hablar” [4] donde imperaban las palabras, las frases y los discursos[5] —el “campo retórico”—, en una España por otra parte cada vez más afectada por el auge de la cultura escrita e impresa[6].

            De esta solo aparentemente paradójica situación de pertinaz pregnancia del verbo y desarrollo de lo escrito, en la línea de María Cruz Seoane[7], de Hernández Herrero[8] o Fernández López[9] pero con otra problemática, creo, pretenden partir las reflexiones que van a continuación, sobre la permanente interacción que se da, cara a la formación y evolución de la opinión pública, entre lo «dicho» en distintos espacios públicos y lo que se escribe sobre lo oído, muy especialmente en la prensa política: una especie de tensión o dialéctica efectiva, no muy tenida en cuenta que yo sepa a la hora de encararse, desde la historia cultural, con la denominada opinión pública decimonónica.

            No pretendo llegar a ninguna conclusión definitiva y menos excepcional, pero sí, a partir de un inventario de la mayor parte de aquellas situaciones de oralidad de que da cuenta la prensa, analizar, a través de algunos ejemplos tomados fundamentalmente, de la obra periodística de Clarín en los años 1875-1883[10], las peculiares modalidades de traducción e interpretación de las principales manifestaciones de oralidad culta, y, de ser posible, caracterizar la apropiación a que da lugar para un lector que no deja de ser oyente, hablador y hasta orador, siquiera como mero tertuliano, con las evidentes consecuencias de la palabra viva mediatizada, sobre la formación de la opinión pública.

 

1. Situaciones, espacios y modalidades de oralidad. Como contribución a la deseable logometría retrospectiva de marras, un mero inventario de la « oratoria de molde » relacionada con el mundo académico lato sensu (universidad, academias, Ateneo, etc.) en la prensa nos permite identificar, censar y calificar muchas situaciones de oralidad culta, los espacios en que se desenvuelve y sus principales modalidades.

Del uso de la palabra no informal puede dar cuenta la prensa a propósito de la llamada oratoria sagrada o forense, pero sobre todo de la seglar,  parlamentaria, docente y científica o meramente cívica y social, a través de secciones más o menos fijas como “Ateneo”, “Congreso”, etc. En espacios como el Parlamento, desde la tribuna de periodistas, y con la ayuda ulterior del Diario de sesiones, las Academias, un teatro, una cátedra, un salón[11], alguna «cacharrería»[12], los pasillos del Ateneo de Madrid[13], un café, o unas sociedades como El Sitio, y los demás casinos y círculos, etc., donde se desenvuelven, con muy desiguales condiciones acústicas, leídas o pronunciadas para oídas[14] y tal vez escuchadas, las distintas modalidades de la oralidad culta.

Estas se encuentran expresa o implícitamente codificadas por la institución o el recinto en que se dan: se programan (como en las secciones del Ateneo o en sus Cursos de estudios Superiores) y/o organizan y rigen, con esos levantarse y sentarse, los sorbitos de agua con o sin azucarillos, las obligadas rectificaciones, y la imprescindible campanilla. Puede tratarse de actos solemnes, como las “oraciones inaugurales” como la de Moreno Nieto[15], los discursos de apertura o de recepción o los leídos en el ejercicio de cualquier grado de doctor en Derecho publicado en la Revista Europea (3 entregas) en 1878, pero también de memorias, o de discursos sin más, de una duración hoy no acostumbrada ya que pueden durar horas y horas —muy cerca de tres horas para una mera rectificación del “muy adocenado orador” Sr. Carballeda, por ejemplo—, de series de lecciones o discursos como los de G. de Azcárate sobre la cuestión social, de clases como las de Castelar o Canalejas. Pueden ser lecturas y recitaciones (como en las Veladas), oraciones o discursos escritos «con pies y cabeza» como no lo fue, por ejemplo, el de Balaguer encargado de resumir como presidente de la Sección de literatura del Ateneo el debate acerca del naturalismo, o con “premura” como Moreno Nieto en alguna ocasión, y también “resúmenes de los debates”[16] leídos[17], semi-improvisados o espontáneamente improvisados de «viva voz» o sea: no escritos y leídos ni memorizados para recitados, para propuestas, refutaciones, rectificaciones. Solo faltan tal vez, las “conferencias de crítica”, como las que se estilaban entonces en París, “para exponer y juzgar obras de arte, libros y dramas”[18].         

En este mismo marco, estas manifestaciones orales pueden hacerse más informales con los debates a base de declaraciones, intervenciones y discusiones que pueden marchar en completo y general desorden, “librándose formidables batallas hasta las puertas de la biblioteca”, pero se supone que también en las tertulias y los cafés.

            Para no hablar tres horas como el adocenado Carballeda, me voy a centrar en una situación (la oratoria académica y/o científica), un centro (el Ateneo de Madrid) y las modalidades asociadas en un periodo muy delimitado (los primeros años de la Restauración, entre 1875 y 1883).

El Ateneo[19], mejor que cualquier otra institución (incluso que la universidad en mi opinión), remite al «homo loquens» que según Hagège determina al homo sapiens[20], a aquellas «actividades de palabra» que forman parte de tecnología de la inteligencia, un universo de lenguaje en el que se ha de valorar el valor cognitivo de la palabra, para la producción de una «ciencia hablada», elaborada en el marco de una peculiar “sociedad de hablar”, una sociedad de talentos reunidos voluntariamente en una misma sala para escuchar los discursos de sus oradores y tribunos, comentarlos y si cabe, hacer uso de la palabra a su vez, pudiendo este como ritual redundar en una conversación entre todos, en una enseñanza mutua distinta de la ciencia hecha, dogmática o profesada, un pensamiento vivo, una “pensée en travail”. Un saber adquirido y una reflexión en movimiento que se apoyan en el «arte de la palabra» para su transmisión, una palabra «alada» vs la palabra muerta o helada de los libros –maestros muertos o disfrazados[21]— muy distintos de los «textos vivos» a los que precisamente se pretende acallar en los años que van a ocuparnos.

En efecto, a través de la prensa (y por supuesto de las publicaciones del Ateneo), se puede observar cómo en uno de los centros emblemáticos de una producción intelectual y cultural caracterizada por un intento más o menos riguroso de constante puesta al día en las novedades científicas, jurídico-científicas, filosóficas o literarias de la Europa avanzada, donde se debatieron los más arduos e interesantes problemas de la ciencia, la elaboración y contraste de nuevas ideas y conceptos se asentó en el uso codificado o informal de la palabra en todos los ramos del saber, mucho más que en la producción impresa y en la lectura, pero también cómo la propia oratoria experimentó los efectos de los progresos propugnados a través de la propia palabra hablada. Porque si puede considerarse la palabra como un mero instrumento o momento cara a su plasmación escrita que es la que cuenta y queda, también se puede plantear, a través de efímera huella de las reseñas en la prensa, la cuestión de su específica producción, de su evolución, e impacto, vinculándola con los adelantos observados en la ciencia, la literatura, la sociedad, la política, etc.

 

2. Los ecos de la palabra viva en la prensa

Puestos a examinar e interpretar las huellas impresas de la oralidad culta, cabe recordar rápidamente las principales características de esta doblemente peculiar tecnología: por ser culta y por ser arte de palabra.

            En la oralidad culta académica que pretende trasmitir o producir un saber se supone que útil, la palabra se encuentra institucionalizada, codificada, mucho más « enmarcada » de lo que parece, con un «alto nivel de elaboración (…), con su armazón de reglas explícitas y tácitas, visibles e invisibles»[22]. Incluso en situaciones aparentemente menos formales[23], con la necesidad, a partir de la mella que hace en los oyentes —alumnos o socios y periodistas— de preguntarse acerca de la relación entre las reglas que rigen en las formas orales en todos sus aspectos y el funcionamiento de lo que va en eso, esto es, la comunicación y apropiación del saber y también, tal vez, su elaboración[24].

            De la peculiar tecnología y dimensión cognitiva del hablar, tan brillantemente descrita por Françoise Waquet en su monografía titulada Parler comme un livre —metáfora de la aspiración de cualquier universitario—, solo destacaré sus consecuencias para sus trasuntos en la prensa, supeditada a la necesidad de trascender la forma taquigráfica para no volverse un Diario de sesiones bis y, por otra parte, no muy apta para tener en cuenta y valorar todo lo que acompaña la palabra: sus disfuncionamientos o flaquezas, la acción y los aspectos performanciales, el control o presión de la situación colectiva, inclusive las distintas formas de censura u autocensura; un difícil desafío para la prensa, pues, pero también una razón fundamental para que le prestemos un peculiar interés.

            Para los oradores catedráticos, ateneistas, académicos, etc. y demás líderes de opinión, plantéase el problema de la conservación de la huella y de la conservación de lo que dicen no siempre trasladado al impreso, como sucedió con Moreno Nieto según Clarín : « de sus estudios filosóficos, históricos y políticos sólo quedan algunas oraciones inaugurales y varios discursos, muy pocos, porque los más y los más admirados no fueron tomados por los taquígrafos; que no los hay en el Ateneo, principal teatro de los triunfos del llorado presidente. Así por culpa de la modestia y del poco cuidado por la gloria propia, va a ser la fama de Moreno Nieto dentro de pocas generaciones artículo de fe solamente”, pero “en la inteligencia viva de España quedan gérmenes de muchas ideas, ejemplos de bondad, sabiduría y animadora doctrina»[25]. Mutatis mutandis, para que nos entendamos, como si un Sócrates hubiese quedado sin Platón.

Para los periodistas reseñistas como para todos, plantéase, pues, el problema de captar lo inmaterial —ya que la palabra hablada vuela—, y la imposibilidad de transferir a la página impresa la vitalidad y el significado particular de dicha palabra[26] y, para nosotros, la dificultad de acceder retrospectivamente a esta dimensión.

 

El eco impreso en la prensa: Pese a dichas limitaciones, la prensa es la que, mejor incluso que las mejores pero, al fin y al cabo, contadas versiones taquigráficas de los discursos[27], nos da una idea de aquel maremagnum de palabras habladas y de la peculiar manera de elaborar y formular ideas y conocimientos[28], y de su directo o indirecto impacto sobre la opinión pública.

            Lo que mejor nos restituye la prensa a través de sus reseñas, pero también de sus referencias o alusiones a lo oído y a lo percibido y valorado, es la vida de la oratoria culta, una como crónica, día tras día de algo que muy a menudo no está recogido en otra parte: muchos discursos pero también muchos debates en las distintas sesiones que no han tenido taquígrafos. Nos restituye parte de lo que se nos escapó por no oficial, no formal pero que gravita alrededor de unas instituciones donde la palabra se halla más libre, toda la circulación silenciada de ideas que en tiempos de censura férrea de la prensa, antes de la ley de 1883, puede repercutir una prensa donde se pueden decir «todas las claridades compatibles con el decreto sobre imprenta».

Plantéase, por supuesto, el problema del acceso a la palabra, por las condiciones acústicas, para empezar, y el de la fiabilidad de lo que referido por escrito de lo que se ha oído. Lo prueban las variadas recepciones de una emisión única, como en el caso de las seis conferencias de Clarín sobre las «Teorías religiosas de la filosofía novísima» leídas en el Curso de estudios superiores del Ateneo en 1897, sobre las que no quedan más informaciones que el intento de captación taquigráfica, sin pretensión a síntesis ni comentario, por Mínimo (a) Manuel Ovejero en El Globo[29] y la reseña resumida —«lo que dijo en líneas generales»—  y más personal de Martínez Ruiz en El Progreso del 17 de noviembre[30] que, de refilón, nos permite “ver” y entender como la palabra del conferenciante le permite al joven periodista afirmarse, oponerse, aun cuando da cuenta de lo dicho… Interesa, al respecto, comparar lo que ambos dicen que dijo Leopoldo Alas a propósito del marxismo y del materialismo: «Hay una manera de entender la cuestión social, que es la predominante, la del socialismo marxiano, estudiada hoy con acierto, aunque ya en decadencia, por los discípulos de Carlos Marx», escribe Mínimo en El Globo[31], mientras Martínez Ruiz le presta esta afirmación: «Hay cierto modo de entender la cuestión social que me repugna, el marxista, hoy afortunadamente en decadencia»[32]. Según Rabaté lo mismo y, a veces, mucho menos coherente pasa con las reseñas de los “sermones laicos” de Unamuno.

Esta misma variabilidad y relatividad de lo traducido por escrito a partir de una palabra única sino unívoca, es precisamente lo que nos interesa para entender las peculiares modalidades de formación de la opinión pública en una situación de oralidad, luego comentada y amplificada por oral o por escrito.

Pero obviamente da para más como podemos observar a partir de las reseñas del “humilde revistero” Clarín entre 1875 y 1882 o sea cuando vive principalmente en Madrid[33], que lo mismo pueden consistir en algunas líneas en “Notas y notitas o una mera alusión en un Palique que en una rápida o más cabal reseña en una sección fija o en una serie de artículos, como los nueve dedicados a la cuestión social en el Ateneo[34], verdadero ensayo de Clarín a partir del discurso de Azcárate al que califica de «trabajo preparatorio».

Una reseña de referencia podría ser la de 20 de noviembre de 1877[35] acerca de la cuestión social con intervenciones en las discusiones de Fernández y García, Tubino, Revilla, Azcárate y del padre Sánchez.

Este tipo de reseña nos informa, claro está, sobre el contenido de lo dicho a propósito de las cuestiones debatidas (la cuestión social, la cuestión religiosa el posibilismo), el naturalismo, por ejemplo), siendo muy a menudo la única huella que ha quedado.

Pero, a través de las reseñas, también se trasluce el fenómeno ya evocado de la digresión o derivación, caso de la cuestión de las razas latinas tratada en la sección de ciencias morales en el Ateneo, que puede dar lugar a propuestas o afirmaciones como la de Arnao[36]: «no es característico del germanismo el individualismo, ni de nuestros pueblos el socialismo» o a un largo artículo no esperado sobre la doctrina posibilista («los posibilistas son los bacterios de la descomposición del cuerpo político traída por la reacción  (…) nacen de la muerte y la dan; cumplen su destino»), como eco al tema oficial también tratado en el Ateneo[37].

Otra situación similar nos la depara la serie de discursos y el debate sobre “Los orígenes del lenguaje”[38] donde se enfrentan dos concepciones: la del transformismo y de la teoría de la convención según Whitney y la doctrina de la intencionalidad de la que se declara partidario Clarín, por una parte, y la del «milagro lingüístico», por otra. El discurso de Moreno Nieto quien se declara partidario del origen de invención humana, colectivo, por selección y ocasional del lenguaje vs los partidarios de la revelación, le permite a Clarín, tras censurar la «profesión de fe filosófica hecha previamente» por el orador[39], aprovechar la posición expresada por el conocido filósofo católico para procurar marcarse un punto, utilizando la autoridad de Moreno Nieto para apuntalar a los progresistas: «¿por qué no estableció la relación de sus teorías sobre el origen del lenguaje y sus creencias de católico, mejor dicho, entre las teorías sobre lingüística y enseñanzas teológicas de la ortodoxia?», escribe el 4 de marzo de 1880, (…), y prosigue: «Compárese esta doctrina con la católica que supone a Adán hablando solo en el Paraíso o hablando con Dios y después con Eva, y dígase si no hay contradicción palmaria entre lo que dice Moisés y lo que dice Moreno Nieto, con datos más seguros que el legislador de los hebreos»[40]. Y es que si «Nieto sentado es un conservador; cuando se levanta para hablar, rompe el techo de la ortodoxia, y es lo que ha de ser todo filósofo que de verdad lo sea: un apóstol del pensamiento libre».   

Como vemos, a través de más o menos orientados comentarios periodísticos[41], los discursos y los debates son puntos de partida y, a veces, pretextos para expresiones más trascendentales, con clara dimensión filosófica, ideológica o política, como consecuencia de esa dimensión dialéctica muy propia de la génesis del conocimiento por la palabra viva y que, articulada en la cronología y la confrontación cronológicamente ordenada, permite percibir algo que de que no da cuenta la mera yuxtaposición de discursos

Este diálogo entre la palabra hablada en el Ateneo y la palabra escrita en la prensa —la palabra hablada se nutre de la palabra leída y viceversa—, no deja de plantear problemas, unos problemas como funcionales y casi deontológicos, por algunas dudosas prácticas como las denunciadas por Clarín[42] a propósito de Carballeda quien aludió «con palabras violentas a periódicos que han sufrido pena (…) y que no pueden defenderse en el Ateneo».

En cambio, respetando una especie de código de honor, el periodista Clarín se resiste, por ejemplo, a meterse desde La Unión con otro orador[43], con conciencia de lo irregular, heterogénea, y casi imposible que resulta la discusión de la tribuna a la prensa y de la prensa a la tribuna: «Con mucho gusto, escribe Clarín[44], veríamos enfrente en nuestro medio propio el periódico al Sr. Alborado y discutiríamos con él entonces de buen grado lo que mejor se trata con espacio y con la reflexiva calma que la polémica periodística facilita, que en las secciones del Ateneo, donde un raciocinio desenvuelto en largas disertaciones molesta más que convence, según prueba la experiencia».

En cambio, sin cortapisas ya, los discursos pueden ser bajo la pluma de Clarín, pretexto (como casi todo) para un meta-discurso más o menos jocoso. Como botón de muestra, véase por ejemplo su evocación  del discurso de De los Arcos: «Cuando yo llegaba a la tribuna (de periodistas), el Sr. De los Arcos, moderado de la época arqueolítica, prehistórico quiero decir, comenzaba su recitado de novena de aquellos que empiezan: Dolorosísima, dulcísima, misericordiosísima Virgen María, etc., solo que en vez de decir Virgen María, el señor los Arcos hablaba del amor de los moderados a las instituciones»[45], con una frecuente “literaturización” como señaló Simone Saillard[46], patente, por ejemplo, en Motivos parlamentarios[47] y un frecuente dialogismo e interpelaciones del lector.

            Pero —y no es poco—, las reseñas impresas nos informan como de rebote sobre lo que se pierde con la translación impresa: el estilo, la oratoria corporis y las condiciones de recepción por los oyentes —el respetable. Sirve para reconstituir lo que fue la oratoria performancial, o sea: lo que los especialistas de la oratoria[48] llaman dicción, voz etc. Si todo esto no se puede restituir (por faltarnos grabaciones), sí disponemos de evocaciones y valoraciones que nos permiten enterarnos de lo que ayuda o no a impactar o no. Lo mismo que para los actores, los reseñistas suelen valorar el arte oratoria y la elocuencia, con un abanico de calificativos aplicados a la voz, a la dicción, a la palabra o a la frase, trátese de elementos lingüísticos o de elementos no lingüísticos.

La palabra o frase puede ser “correcta”, “tersa”, “fácil”, “deplorablemente fácil”, “elocuente”, “abundante” , “premiosa”, “incorrecta”, “natural”, “pintoresca”, “galana”, “llena de ingeniosas sales”, “flexible”, “intencionada”, “enérgica y armoniosa en la contracción de sus periodos”, “fluyente”. Se hablará de una elocuencia “grandilocuente”, “florida y esplendorosa”, “animada y fogosa”, “incisiva”, “poderosa”, “implacable” o de una oración “asombrosa”, “elocuentísima”, con referencias a elementos lingüísticos, como la “verbosidad”, el “don de la palabra”, y extralingüísticos, como la dicción “jamás degenerada, correcta, numerosa, con sencillez y desenfado”, una “énfasis majestuosa” o la voz con “timbre desagradable” ¾la de Cañete, por ejemplo¾ o, al contrario, “magnífica” como la de Castelar[49].

            Con una apreciación de la profesionalidad o su contrario —los que vienen sin preparación como un tal Bugallal[50]—, además, por supuesto de la calidad de las ideas: así, por ejemplo, el Sr. Carballeda «aunque tiene la palabra fácil, deplorablemente fácil, jamás logra salir de los lugares comunes mandados recoger» (..) y entre el señor Carballeda y el señor Revilla «existe la misma diferencia que entre el arroyo Abroñigal y el Misisipi» comenta Clarín[51]. A comparar con las calidades atribuidas a Simarro: “gracia”, “profundidad”, “saber”, “intención”, “habilidad”, un «orador sin rival en la exactitud, corrección y facilidad de la frase»[52].

Sin que podamos atribuir un valor intelectivo nítido y definitivo a tales calificativos por faltarnos la suficiente cultura oratoria y un código sonoro adecuado y, aún más, reconstituir la interpretación de una composición oral sin base ni huella escrita o impresa, y caracterizar el efecto que pudieron producir en los oyentes.

En cuanto al aspecto performancial, también nos informan las más escasas aún pero efectivas observaciones y comentarios sobre la acción oratoria como complemento del "estilo", o sea: los movimientos de la fisonomía, el continente y las maneras del cuerpo y, sobre todo, los ademanes (la gestualidad), ya que hay una elocuencia gestual con su propio código, ya que sabemos que la oralidad ¾y la oratoria¾ no se reduce a la acción de la voz: el lenguaje verbal, lo acompañan un lenguaje paraverbal y no verbal. Como recuerda Zumthor[53], las posturas y los movimientos del cuerpo lato sensu, conscientes o inconscientes, están integrados en una poética. También habla el cuerpo.

A lo que veía Cañamaque a propósito de Sagasta, añadamos, como ejemplo, lo que Clarín percibe en un discurso de Toreno en 1879: «La mano suelta, vagorosa al viento, con la abierta nariz de fuego henchida, estaba el señor conde Toreno.. oradores célebres en esto de dar bofetadas al banco ; Candau, por ejemplo (…) pero los puñetazos y cachetes del conde son contundentes, incontrovertibles. Vean ustedes un espécimen del discurso de C. Paco: «Paréceme a mí, señores diputados (¡zas!) que la línea transversal es preferible a la de atajo ; pero sobre mí han pesado (¡zas!) personas respetabilísimas (…). Y paréceme a mí (¡zas!)  (…) y paréceme a mí (¡zas!) que el Sr. González ha hecho un discurso de oposición al ministro de Fomento, más bien que al artículo 3°, por todo lo cual me siento». Y se sentó el señor ministro, que tiene la elocuencia en las manos, según menea y lleva estas extremidades»[54].

También tiene incidencia, por supuesto, la atmósfera física y sonora, con su «calor» que no siempre es metafórico, sus gritos y toses, de aliento o de desaprobación, y sus aplausos, indicios de la mayor o menor aceptación de lo dicho y de la tibieza o del entusiasmo con que se recibe por los oyentes, el auditorio, el respetable.

Todo esto sirve para entender lo que podría llamarse capacidad de convicción a la que contribuye el arte oratoria en la estrategia de persuasión cara a la opinión pública, un como coeficiente a aplicar a lo dicho y oído y después leído.

El marco de referencia, lo constituye ¾¿qué duda cabe?¾, la oratoria al uso (o la de antes)[55], conformada por los tratados de elocuencia vigentes, que es una como piedra de toque que permite apreciar la conformidad o la no conformidad de lo presenciado y escuchado, las evoluciones observables, con variables pregnancia e impacto.

            Existe un tipo de orador que corresponde a “la acepción más admitida de la palabra” [56], digamos, el orador a lo Corradi, a cuyas Lecciones de oratoria pronunciadas en el Ateneo, reeditadas en 1882[57], vienen refiriéndose, desde los años 1840, los “muy adocenados oradores, distinguiéndose, dice Clarín, por hablar mucho, pero mal: atrás la oratoria corradinesca!. No hay mejor palabra que la que está por decir. Al buen callar llaman Sancho[58]. Quien mucho habla mucho yerra. En boca cerrada no entran moscas y ¡sonsoniche!”[59].

            Hacia tal oratoria “torrencial” y “obra de arte” y la “elocuencia grandilocuente, florida y esplendorosa” practicada por los émulos “huecos y campanólogos” de Castelar[60] ¾maestro por el cual siente Clarín una efectiva admiración¾, manifiesta el joven periodista una fundamental desconfianza: «Dudo que exista país en el mundo donde se hable tanto y tan bien como en España, pero seguro me encuentro de que en ninguno se recaba menos de tanta oratoria. Consiste esto en que la forma, el aspecto artístico de la oratoria española absorbe y avasalla su fondo científico», observa; de ahí que no crea posible «que la ciencia gane mucho en las sesiones del Ateneo donde sus más intricadas cuestiones se discuten» y se ratifica al afirmar que «los oradores españoles no hacen obra de ciencia, sino obras de arte»; de ahí que sólo despierten un «insignificante ardor científico»: el público «aplaude con frenesí los periodos tersos, las brillantes imágenes, la mímica fogosa ; en cambio, repugna el argumento recto y descarnado y el análisis detenido del asunto»; prefiere a los «magos de la palabra».

Cabe tenerlo en cuenta a la hora de hacer la historia cultural y política de aquel periodo.

Cierto punto de equilibrio, pudo encontrarlo Clarín en Manuel de la Revilla quien es «antes que nada orador»[61], y cuya «palabra fácil, correcta flexible intencionada, enérgica y armoniosa en la contracción de sus periodos jamás vale tanto como dirigiéndose a un auditorio», o en Moreno Nieto, con «su inspirada elocuencia, ya en discurso altisonante, ya en familiar debate»[62], su «elocuencia animada y fogosa en asuntos que, tratados por otros oradores, no suele hacer gran impresión en nuestro público más amigo del arte que de la ciencia; un orador de vibrada elocuencia»[63] y «elocuentes arranques»[64] que posee el don extraordinario de dar a las cuestiones más abstrusas y menos sensibles carne y vida para que sean vistas por todos y para todos interesantes»[65].

Pero para Clarín, el verdadero desafío es que con la oratoria culta se pueda llegar a “hacer obra de ciencia”. Por lo visto, en aquella época, el único en lograrlo (en opinión de Clarín) es Simarro, un joven médico, de «incisiva, poderosa, implacable elocuencia» que con sus formas de oratoria, «originales como pocas», «ha sabido desechar muchas preocupaciones, y entre otras la del efecto retórico». Los (efectos) de su elocuencia, que son infalibles, va a buscarlos al pensamiento y a la exposición no le deja más papel que el de mostrar con claridad y energía lo que la idea guarda. Cuando habla Simarro, “el oyente asiste a la interesante elaboración del discurso, parece que su alma tiene un cristal como cierto dios quería, y al través se puede ver la complicada maquinaria de aquel espíritu fuerte que ve tanto, que ve todos los lados de las cosas y tan bien expresa lo que ve”[66]. A comparar con uno de los oradores noveles, el Sr. Reina, el cual “el amor al estudio y claridad y precisión de ideas, por culpa de la inexperiencia, no siempre se reflejan en la expresión”[67].

Para Clarín, buen observador de las prácticas oratorias y orador de dudoso reconocimiento en su tiempo—hablaba como escribe y escribe como hablaba[68]—,“el verdadero orador es el que improvisa y sabe exponer su pensamiento en la forma más clara y precisa de que es capaz en la improvisación misma”[69], caso de Simarro, Moreno Nieto y Revilla

Todo esto no solo sirve hoy para entender lo que se cotizaba, las características, las cualidades, los matices, sino que llama nuestra atención sobre un factor no tenido en cuenta en los procesos de constitución de la opinión pública y es el poder de convicción, pero también el sistema de correspondencia entre la ruptura epistemológica y las maneras orales de expresarlas: ¿quién hacía más mella? ¿Castelar o Simarro?

 

Conclusiones: Sin dar ninguna respuesta —aunque la sospechamos—, solo conste por ahora que, en la época que nos ocupa, la palabra hablada no es una mera herramienta ni un momento fugaz de escasa relevancia: tanto como la escrita o impresa (y en algunos sectores, como la Iglesia católica, incluso más) es la palabra referencia y punto de partida, tanto o más que la prensa o el impreso en general para muchas actividades intelectuales y científicas neurálgicas. Entre hablar y escribir no hay fronteras estancas: el lector también es un oyente y a menudo un orador de por oficio u ocasional con una cultura oratoria inculcada en la escuela y fortalecida por la sociabilidad, incluso la más juvenil: no hay que perderlo de vista y pensar en calificar lo escrito desde lo dicho.

Lo mismo que pudo existir algún literato hablado ¾lo es Ramón Correa, según Clarín[70]¾, existe, a menudo, latente y solo sospechada y por cierto desconocida y por reconstituir unas obras habladas (aunque solo de borradores orales a menudo se trate), la de Moreno Nieto o de L. Alas. Con la consiguiente necesidad (en mi opinión) de hacer una como arqueología de la palabra viva. Mucho puede ayudar en esto la prensa…

Estas obras habladas han tenido un doble impacto sobre la opinión pública: un impacto directo[71], y un impacto indirecto a través de la mediación de la prensa (del Diario de sesiones pero sobre todo de la prensa política), y de los nuevos debates a que por toda la geografía española, con el modelo del Ateneo madrileño, habrán podido dar lugar, en casinos, círculos, salones, pasillos, bibliotecas, etc. en los que nuevamente priva la palabra. Aquella «sociedad de hablar» de la que conviene saber de qué hablaba pero también cómo hablaba, con esa específica hermenéutica y dialéctica que el historiador de las ideas y de la opinión pública ha de tener en cuenta y, si cabe, reconstituir.

            La prensa con los ecos y comentarios que acoge nos permite, pues, reconstituir el extraño y misterioso poder de la palabra hablada, incluso en la cátedra, y plantearnos las condiciones de su amplificación, vulgarización, recepción y apropiación. Para la historia de la cultura, incluso de la cultura escrita, importa poder tener en cuenta el eslabón que «falta». No sólo porque algunas ideas se quedaron en el aire (sin llegar a expresarse por escrito ni a estabilizarse duraderamente para una comunicación más perenne y multitudinaria), sino porque la propia forma quedó influenciada por su origen oral o por su realización oral por parte de oradores que también eran periodistas, catedráticos, diputados, abogados, poetas, novelistas, científicos, etc.

Así que, no por parecernos de difícil o imposible acceso las palabras que volaron, dejaremos de abogar por una hermenéutica no dicotómica sino dialéctica o sea que no separe las formas orales de pensamiento y expresión de las escritas/impresas de las que nos solemos valer y viceversa.

            Ya que, como no dijo la Génesis (III, 19), al referirse a los universitarios, palabras somos y palabras seguiremos siendo, a no ser que llegue a sustituirnos algún dudosa “maestro disfrazado” como podría ser Sir Power Point. He dicho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] J.-F. Botrel, “Oratoria popular e improvisación”, en La voz y la improvisación. Imaginación y recursos en la tradición hispánica, Urueña, Fundación Joaquín Díaz, 2008.

[2] F. Waquet, Parler comme un livre. L’oralité et le savoir (XVIe-XXe siècle), Paris, Albin Michel, 2003.

[3] Ya están repertoriadas, por ejemplo, 1757 intervenciones orales de Sagasta.

[4] Ángel Bahamonde, J. A. Martínez Martín, Historia de España, Madrid, Cátedra, 1994, pág. 491.

[5] De estas “sociedades de hablar”, el Ateneo es, tal vez, lo más emblemático y sintomático, como “respetable cráneo que sirve de cajón al cerebro a España” y por el que van y vienen “gran cantidad de ideas y pedacitos de masa gris, de hongo unos, y otros de sombrero de copa”, escribe jocosamente Clarín en su “Guía de forasteros” (El Imparcial, 7 de febrero de 1881).

[6] J.-F. Botrel, "La construcción de una nueva cultura del libro y del impreso en el siglo XIX", in : Jesús A. Martínez Martín (ed.), Orígenes culturales de la sociedad liberal (España siglo XIX), Madrid, Biblioteca Nueva/Editorial Complutense/Casa de Velázquez, 2003.

[7] M.C. Seoane, Oratoria y periodismo en la España del siglo XIX, Madrid, Fundación March, 1977.

[8] Véanse J. A. Hernández Herrero et al. (eds.), La recepción de los discursos: el oyente, el lector y el espectador, Cádiz, Universidad, 2003 ; “La recepción de los discursos oratorios”, en J. A. Hernández Herrero et al. (eds.), La recepción de los discursos: el oyente, el lector y el espectador, Cádiz, Universidad, 2003, págs. 31-38 y, del mismo autor, El arte de callar, Cádiz, Diputación de Cádiz, 2008.

[9] J. Fernández López, “La retórica en España en el siglo XIX: panorama y bibliografía”, en J.A. Caballero López (ed.), Retórica e historia en el siglo XIX. Sagasta: oratoria y opinión pública, Logroño, Gobierno de La Rioja, Instituto de Estudios Riojanos, Ayuntamiento de Calahorra, 2008, págs. 37-109.

[10] Durante este periodo, al Congreso o al Ateneo, dedicó Clarín unos 40 artículos (14 en 1880) en secciones dedicadas como « Congreso », “Motivos parlamentarios”,” El Ateneo (Notas y notitas)” o “Ateneo (Sección de ciencias morales y políticas/Sección de literatura, etc.) o también en algún “palique”.

[11] Como el utilizado por los demócratas de la Unión democrática en Oviedo  (Leopoldo Alas Clarín, Obras completas. VI. Artículos (1879-1882). Edición de J.-F. Botrel e Y. Lissorgues, Oviedo, Nobel, 2003, págs. 129-131) o el « espacioso aunque irregular salón dedicado a la cátedra en el Ateneo de Madrid, con sus bancos y sillas de paja » (Alas, op.cit., pág. 592).

[12] Por ejemplo, el 23 de diciembre de 1878 en el Ateneo, la rectificación del Sr. Carballeda duró “muy cerca de tres horas” (Leopoldo Alas Clarín, Obras completas. V. Artículos (1875-1878). Edición de J.-F. Botrel e Y. Lissorgues, Oviedo, Nobel, 2002, pág. 1211) y Moreno Nieto podía hablar “horas y horas” (Leopoldo Alas Clarín, Obras completas. IX. Artículos (1895-1897). Edición de Y. Lissorgues y J.-F. Botrel, Oviedo, Nobel, 2005, pág. 96).

[13] Como Núñez de Arce quien en los pasillos —no en la sección— hablaba con gran calor en pro del idealismo vs el naturalismo (Alas, 2003, op.cit., pág. 499).

[14] “De labios tan autorizados como los de Moreno Nieto (enemigo del krausismo) hemos oído grandes alabanzas de la teoría jurídica de esta escuela” (Alas, 2003, op. cit., pág. 226); “el joven orador (Moya) si no oí yo mal” escribe Clarín el 29-XI-1879 (Alas, 2003, op. cit., pág. 297); “Los que oímos al Sr. Mourelo (joven químico, determinista franco y radical) de todo corazón aplaudimos” (Alas, 2003, op. cit., pág. 288).

[15] Cfr. Alas, 2003, op. cit., pág. 280-1.

[16] Véase, por ejemplo, el resumen de los debates leído por Campoamor en mayo de 1883 (Leopoldo Alas Clarín, Obras completas. VII. Artículos (1882-1890). Edición de J.-F. Botrel e Y. Lissorgues, Oviedo, Nobel, 2004, pág. 379).

[17] No como Moret quien “en cierta ocasión fingió leer un discurso de apertura sobre un cuaderno en blanco” (Leopoldo Alas Clarín, Obras Completas. V. Artículos (1875-1878), Edición de J.-F. Botrel e Y. Lissorgues, Oviedo, Nobel, 2002, pág. 845).

[18] Alas, 2003, op. cit., pág. 409.

[19] Véase los clásicos estudios de F. Villacorta Baños, El Ateneo de Madrid (1885-1921), Madrid, CSIC, 1985 y “Los ateneos liberales: política, cultura y sociabilidad intelectual”, Hispania, LXIII/2, 214 (2003), págs. 415-442.

[20] F. Waquet, op.cit., pág. 18.

[21] F. Waquet, op.cit., págs. 260 y 273.

[22] F. Waquet, op.cit., pág. 184.

[23] Interesaría, por ejemplo, compararla con la oratoria popular en J.F. Botrel, op.cit., págs. 95-105.

[24] F. Waquet, op.cit., pág. 155.

[25] Alas, 2003, op.cit., págs. 901-902.

[26] F. Waquet, op.cit., pág. 288.

[27] Valga como ejemplo el discurso de Clarín sobre “Alcalá Galiano y el periodo constitucional de 1820 a 1823” (Leopoldo Alas Clarín, Obras completas. X. Artículos (1898-1901). Edición de Y. Lissorgues y J.-F. Botrel, Oviedo, Nobel, 2006, págs. 725-762), « desairado resbalón » según Bremón o « plancha » (Y. Lissorgues, Leopoldo Alas, Clarín en sus palabras (1852-1901). Biografía, Oviedo, Ediciones Nobel, 2007), pronunciado en 1886 y publicado por el Ateneo a partir de una versión taquigráfica (cfr., pág. 739, “las fuerzas me faltan y no me siento bien. Permitidme que aquí suspenda mi narración”, “hay que confesarlo, señores”, “Risas”, “Repetidos y entusiastas aplausos”). « Cuando el discurso se publique hablaré de él con detenimiento », escribe Clarín a propósito de una intervención sobre el naturalismo, con un significativo oxímoro.

[28] Véase, como ejemplo lo que dice Clarín a propósito del discurso de recepción de Castelar en la Academia: « el mejor discurso posible (de ahí el posibilismo) pero yo opino que tratándose de Castelar debió invertirse el orden, y antes de escribir el discurso… debió decirlo… y después que lo escribieran los taquígrafos ».

[29] Alas, 2005, op.cit., págs. 981-1012.

[30] Alas, 2005, op.cit., págs. 986-988.

[31] Alas, 2005, op.cit., pág. 990.

[32] Alas, 2005, op.cit., pág. 987.

[33] J-F. Botrel, "Clarín, entre Madrid y Asturias (1871-1883)" en A. Coletes (ed.), Clarín, visto en su centenario (1901-2001). Seis estudios críticos sobre Leopoldo Alas y su obra, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2002, págs. 113-130.

[34] Alas, 2002, op.cit., págs. 1101-1140.

[35] Alas, 2002, op.cit., págs. 856-859.

[36] Alas, 2003, op.cit., pág. 367.

[37] Alas, 2003, op.cit., págs. 363-396.

[38] Véase La Unión de 7 y 14 de enero de 1880 (Leopoldo Alas Clarín, Preludios de "Clarín". Selección, introducción y notas por J-F. Botrel, Oviedo, I.D.E.A., 1972, págs. XLIV-XLV).

[39] Seguramente para curarse en salud y luego expresarse al margen —si no en contra— de la ortodoxia: lo permitía el recinto del Ateneo.

[40] Alas, 2003, op.cit., pág. 446.

[41] Véase, por ejemplo, lo que le sugieren a Clarín los debates sobre el posibilismo (Alas, 2003, op.cit., pág. 395) o sobre la cuestión político-religiosa (Alas, 2003, op.cit., págs. 592 y 603) o lo que dice Moreno Nieto a propósito del testamento de Littré (Alas, 2003, op.cit., pág. 600). Lógicamente, para Clarín, el mismo profesor no puede contentarse con exponer, como quisiera El Liberal, « lealmente todas las opiniones en el estado actual de la ciencia », porque entonces no sería un profesor, sino “un bazar de ropas hechas”, y, a esta concepción, opone lo que decía Giner: “como las ciencias están en un periodo de formación el profesor ha de tratar, no lo admitido por todos, sino lo que abarque el objeto, necesita pensar por sí mismo, crearse un criterio propio” (Alas, 2003, op.cit., págs. 176-180).

[42] Alas, 2002, op.cit., pág. 1211.

[43] “El discurso del señor Aguilar (sobre los orígenes del lenguaje) merecería muy duro correctivo, y si no fuera por razones particulares yo pondría de mi parte lo que pudiera para que no le faltase el cumplimiento de su derecho a la pena” (Alas, 2003, pág. 409).

[44] Alas, 2003, op.cit., pág. 419.

[45] Alas, 2003, op. cit., pág. 369. Véase también la evocación del rector de la Universidad de Oviedo “elocuente en papel de barbas” (Alas, 2002, op . cit., pág. 763) o de Silvela, que es como orador, “el curare de la elocuencia. Va a hacer fama de descubrir un Pasteur para las estocadas de don Paco. ¿Qué clase de microbios tendrá Silvela en la punta de la lengua? ” (Alas, 2005, pág. 526).

[46] S. Saillard, Leopoldo Alas, Clarín, collaborateur du journal "El Día". Du journalisme au roman. Thèse pour le Doctorat d'Etat Université de Toulouse-Le Mirail, 1973.

[47] Alas, 2002, op. cit., págs. 493-502.

[48] J-F., Botrel, 2008, op . cit.

[49] Según Clarín (Alas, 2003, op. cit., pág. 365), el timbre de la voz de Cañete es “algo parecido al chasquido de la serpiente de cascabel, aunque confieso que nunca he visto semejante clase de serpiente aunque no se me figura que debe sonar así”, a comparar con la voz de Castelar, “una voz que saltaba desde una nota grave, profunda como el rodar de un trueno, y otra aguda, incisiva, taladrante, como el rechinar de una sierra. Una voz que subía y bajaba súbitamente que recorría con deleitosa agilidad toda la escala sonora”, según B. Jarnés.

[50] Cfr. Alas, 2003, op. cit., pág. 323.

[51] Cfr. Alas, 2002, op. cit., pág. 1211.

[52] Cfr. Alas, 2002, op. cit., pág. 356.

[53] J-F. Botrel, "El hablar de manos, ¿es de villanos?", en M. Trapero et al., La voz y el ingenio. El humor, el chiste, la ironía, el gesto intencionado, Urueña, Fundación Joaquín Díaz, 2008, págs. 48-56.

[54] Alas, 2003, pág. 278.

[55] Clarín insiste en la necesidad de “colocar los debates a la altura en que estuvieron en tiempos no lejanos, con oradores probados a quienes la experiencia y el superior criterio que dan los años permitirán llevar el debate por más seguro y más elevado rumbo” (Alas, 2003, op. cit., pág. 324).

[56] Canalejas, por ejemplo, no era, según Clarín, “orador en la acepción más admitida de la palabra” (Leopoldo Alas Clarín, Obras completas. VIII. Artículos (1891-1894). Edición de Y. Lissorgues y J.-F. Botrel, Oviedo, Nobel, 2005, pág. 395).

[57] F. Corradi, Lecciones de Oratoria pronunciadas en el Ateneo Científico y Literario de Madrid, Madrid, Eduardo Mengibar editor, 1882.

[58] Sobre tal arte, véase J.A. Hernández Herrero, 2008, op.cit.

[59] Alas, 2004, op.cit., pág. 204.

[60] Alborado, por ejemplo, es, según Clarín (Alas, 2003, op.cit., pág. 419), un “joven y ya muy distinguido orador que posee dotes envidiables para cultivar con brillante éxito ese género de elocuencia grandilocuente, florida y esplendorosa que tantos triunfos y tan legítimos le han valido al jefe de la escuela así política como retórica del joven posibilista”.

[61] Alas, 2003, op.cit., pág. 409.

[62] Alas, 2004, op.cit., pág. 332.

[63] Alas, 2002, op.cit., pág. 199.

[64] Alas, 2003, op.cit., pág. 444.

[65] Alas, 2003, op.cit., págs. 428-429.

[66] Alas, 2003, op.cit., pág. 375.

[67] Alas, 2003, op.cit., pág. 323.

[68] Alas, 2006, op.cit., pág. 988. Según Azorín, Leopoldo Alas “habla con facilidad, con palabra sobria, con frase exacta y expresiva. Da calor al discurso cuando la materia lo exige, y llega a la elocuencia, no ruidosa y de aparato, como aquí se entiende, pero sí conmovedora, que es lo que importa”, pero, para otros, su oratoria es más bien “insólita oratoria, encadenadas digresiones sin fin o hasta perderse, ritmo entrecortado, hilo discursivo que se enreda, se corta, se reanuda, etc.” (Alas, op.cit., pág. 978). Véase también S. Saillard, op.cit., págs. 92 y ss. e Y. Lissorgues, op. cit.

[69] Alas, 2002, op.cit., pág. 1024.

[70] Alas (1891-1894), 2005, op.cit., pág. 759.

[71] Las palabras vuelan, efímeras e inasequibles, pero para aquel que las haya oído, más que ausencia o pérdida, son huella fecunda dejada algún día por la palabra viva (F. Waquet, op.cit).