« Invención y cultivo de un objeto científico : la cultura del pueblo »


en : A. Cabello, M. Carrera, M. Guaraglia, F. López-Terra, C. Martínez-Gálvez (eds.), En los márgenes del canon. Aproximaciones a la literatura popular y de masas escrita en español. Siglos 20 y 21, Madrid, CSIC, Catarata, 2011,  pp. 15-30.

 




Invención y cultivo de un objeto científico: la cultura del pueblo[1].

 

         No siempre han sido las producciones, bienes y prácticas culturales del pueblo y de las masas objetos de investigación legítimos: trátese de la exaltación idealizada de un pueblo conservatorio de la tradición o de la creciente desconfianza hacia la democratización de los horizontes abiertos por la cultura de masas, durante mucho tiempo y no sé si todavía hoy, se ha dado, traducida en el mundo de la investigación y recurrente, además de una especie de desprecio esencial por la infraliteratura y las subculturas, un desconocimiento o ignorancia de la existencia y materialidad de un sinnúmero de bienes que si ya no están todos por inventar, quedan los más por identificar, lo mismo que las prácticas a que dan lugar.

         Mi experiencia y práctica de la faceta española de una cuestión internacional, tal vez me autorice para reconstituir para los más jóvenes la invención y el cultivo, fundamentalmente durante estos últimos 40 años (1970-2010),  de un objeto ya científico aunque no del todo legítimo aún.

         Voy a remontarme brevemente hasta los orígenes del interés del mundo académico o culto por la cultura del pueblo, para centrarme luego en el momento en que las prácticas culturales de un pueblo ya no exclusivamente considerado como depositario de una tradición en peligro, empiezan a tenerse por un objeto científico más o menos legítimo. Y reconstituir, como partícipe de esta corriente,  una cronología —más bien, algunos hitos— y las evoluciones del interés por el campo en España y en Francia, desde el primer folklore hasta el interés por las escrituras “ordinarias”, pongamos por caso.

 

La fase “precientífica” coincide con la extensión del "compartir social de las prácticas de lo escrito" dentro de una nueva cultura del libro y del impreso a base de la cuasi revolución (política, técnica y cultural) que se da en los años 1830-1850 con una masificación y diversificación de las formas impresas pero también una relativa homogeneización dentro de un mercado cada vez más nacional pero dependiente de bienes importados de fuera.  Estas prácticas están globalmente enfrentadas con la voluntad de construir una literatura nacional de referencia y se tienen por una amenaza para la sociedad tradicional. Consecuencia de todo esto es, en mi opinión, por una parte el discurso claramente despreciativo hacia la nueva cultura de masas por parte de los sectores conservadores, católicos, pero también liberales y hasta obreros,  y una pertinaz preocupación por conservar una tradición que peligra y  por afirmar un proyecto nacional apoyado en lo eterno de la intrahistoria.

Todo esto se puede observar y documentar tanto a propósito de los pliegos de cordel como de la prensa, del folletín, de la novela por entregas o a peseta, del género chico, y  luego del cine, desde un punto de vista ideológico y no científico.

Si al  romancero nos referimos, de Durán a Diego Catalán y Atero Burgos, pasando por Amador de los Ríos y Juan y Ramón Menéndez Pidal o Narciso Alonso Cortés, se puede observar una preocupación por recoger de la boca del pueblo lo que puede dar cuenta de una inmemorial tradición (y de paso, a veces, algo más), con notables evoluciones en la manera de tratar la materia y respetar al pueblo.

La corriente folklorista iniciada por Machado y Álvarez a finales del XIX  y su relativa generalización por toda España permite la “revelación” y la invención sistematizada de unas prácticas que las más remiten a un pueblo rural, considerado como un conservatorio, mientras las nuevas prácticas culturales urbanas y obreras, se ignoran o se contemplan con no poco recelo .

Representativo de esta corriente puede ser Ramón Menéndez Pidal quien, como ya se señaló  (Botrel, 2000a), se muestra interesado por recoger romances tradicionales pero no los de ciegos ni el romance “actual”,  ignora en sus informantes su actividad "performante" y no se preocupa por sacar consecuencias del que esta literatura donde coexisten muchos textos, antiguos y contemporáneos forma parte de su vida personal y social y ni de las modalidades de apropiación y peculiares usos a que da lugar. Esta práctica selectiva desde une concepción legítima y no pragmática sino dogmática de la literatura, y la preocupación  por salvar algo que peligra según el (equivocado) principio de que "Esto matará aquello" caracterizará duraderamente  la relación de muchos estudiosos con la cultura del  pueblo.

         Lo que predomina a lo largo del XIX y aún a principios del siglo XX, es la idea que el pueblo herderiano, esto es, un pueblo rural depositario de lo eterno y de la tradición, pacífico, puro, sometido, resulta corrompido por los aportes exógenos de las masas urbanas, de la cultura urbana peligro acrecentado por el auge de los nuevos comunicación de masas y la organización de las vanguardias obreras. Observemos que si “cultura de masas” lo mismo puede remitir a cultura de los más numerosos que a cultura de las clases populares en sentido gramcsiano, el pueblo no se disuelve en esta categoría magmática.

         Si bien por parte de los escritores del canon se da una dignificación o legitimación de hecho a unas nuevas formas literarias de masas, como las colecciones semanales, la literatura proletaria y también la de inspiración católica, como la Biblioteca Patria, y, si bajo la II República, empiezan a darse planteamientos más científicos, la literatura de cordel, pongamos por ejemplo, seguirá siendo cosa de coleccionistas hasta que, después de la guerra civil,  Julio Caro Baroja se apodere del tema (fuera de la universidad, conste) y eche las bases para una más adecuada postura.

         La aparición de una perspectiva más sociológica con el auge de las  ciencias de la comunicación y algo de marxismo, aplicada a las principales manifestaciones sociales, inclusive la literatura, es lo que a principios de los años 70 provoca un primer salto cualitativo.

        

La fase sociológica (1970-90). A base de los aportes de la Escuela de Francfurt, de R. Hoggart o de R. Mandrou, en España empiezan a publicarse en la prensa unos artículos sobre la fotonovela, la “otra novela” (de quiosco, rosa, del oeste), los cómics, la canción popular[2], con un marcado interés por la sociología de la literatura y de la comunicación, ejemplificado en algunos estudios pioneros de Díez Borque y Sanz Villanueva (1970), Ferreras (1973), Gastón (1974), etc., y en las jornadas de sociología de marzo de 1971 organizadas en Zaragoza por F. Yndurain , los coloquios sobre “Creación y público” (1972) de “considerable eco nacional” (Mainer, 1973), que favorecen la relativa legimitación académica y científica, de la llamada cultura de masas como objeto científico. De hecho (como consecuencia)  se trata de reivindicar de manera cuasi militante otra literatura (y después otras culturas), otros productos, otros autores para otros públicos blancos o víctimas de una estrategias industriales de alienación  o cooperadores dentro de un sistema de comunicación. Desde una visión jerarquizada de la sociedad, de los valores, del gusto y del canon: de ahí los significativos calificativos  de infra, sub, trivial literatura. Pero al correspondiente público ya se empieza a reconocerle, si no  una identidad, un efectivo protagonismo de la que la hegemonía del autor (ahora llamado “productor”) le había privado, con lo que empieza a perfilarse una reivindicación teórica y general del pueblo, de las masas y de una cultura específica a tener en cuenta en sí, por lo que es, tal y como se manifiesta. Se trasparentan otras actitudes por parte de los investigadores, entre apocalittici e integrati, según U. Eco o miserabilistas y legitimistas, según Passeron. Esto como fenómeno contemporáneo con rápidas consecuencias sobre la manera de enfocar la literatura, retrospectivamente. Anuncia un giro más radical, del que será emblemático, para el mundo hispánico, el estudio de Martín Barbero (1987).

Un somero análisis de la bibliografía permite comprobar que a finales  de los 80 ya se dispone de algunos inventarios de impresos de cordel (cf. Botrel, 2006), de novelas por entregas, de representaciones teatrales en provincias, de poesía popular (A. M. Freire) y de canciones (Díaz Viana, 1986), que se sabe de la literatura obrera e incluso de la literatura satírico-burlesca de finales del siglo XIX en Santander (Montesino, 1986), y que se está notando un interés incipiente por las prácticas culturales más contemporáneas (la novela rosa, del Oeste, la canción, etc.).

A todo esto hay que añadir las aportaciones de algunos hispanistas franceses sobre el romancero de la guerra civil (Salaün), la poesía anarquista (Maurice), el Cuento semanal (Magnien 1986), el folletín (Lécuyer), la literatura de cordel (Botrel), la novela por entregas (Ferreras, Botrel), etc.,  quienes tomaron la iniciativa de organizar varios coloquios encaminados a ilustrar y teorizar lo que ya aparece como un fenómeno con mayor legitimidad al menos nominal, sin que el problema de su recepción o apropiación se haya explícitamente profundizado más allá de los esquemas interpretativos heredados de la sociología más o menos mecanicista. Son: Creación y público (Casa de Velázquez, 1972) que será el número 5 de la colección significativamente titulada "Literatura y sociedad"[3]), el encuentro en torno a Lo popular (Casa de Velázquez, 1973), el seminario sobre L'infralittérature (Université de Vincennes, 1974), el coloquio sobre las Productions populaires (Université de Pau, 1983), con el texto de Serge Salaün titulado "Problématique de l'infraculture", el sobre Culturas populares (Casa de Velázquez, 1983), con una apertura a la antropología y al campo no estrictamente hispánico. Sintomáticamente le congreso de la Société des Hispanistes Français (Pau, 1986) tendrá por tema "Les productions populaires en Espagne et en  Amérique Latine"  y los coloquios franco-españoles celebrados en la Casa de Velázquez en 1987 sobre Clases populares se inscriben ya muy a las claras en el campo de la historia cultural, de una historia cultural de las clases populares, más precisamente.

Al hacer evidentes (dándolos a ver) unos bienes y prácticas culturales hasta entonces ignoradas o denegadas porque eran indignas e ilegítimas, pero también al enfocar de manera distintas unos géneros ya muy conocidos como los romances o las canciones y otras muchas formas métricas y sonoras del pueblo, se da una toma de conciencia del carácter masivo de la subliteratura o subcultura, incluso retrospectivamente.

         Con esa irrupción de las masas y de las producciones seriales —el número vs las obras únicas y distinguidas por las elites— se trata de describir, de medir, de abarcar, más para entender e interpretar que para clasificar ( incluso se ponen en tela de juicio las categorías habituales). Se incluyen estas producciones en una cadena de comunicación,  lo que viene a otorgarles a los aparatos de mediación y al receptor-consumidor (en singular, entonces), al lector, oyente o espectador, una importancia que hasta entonces no tuviera, al mismo tiempo que se impone la necesidad de no estudiar el “hecho literario” fuera del contexto en que fue producido y difundido y sucesivamente recibido y consumido de manera “cada vez” más plural, estudiarlo “en situación”.

         De ahí que se procure reconstituir lo que fue el consumo efectivo del pueblo o de las masas; todas sus facetas con su exacta dimensión, como se puede comprobar con lo inventarios y estudios  ya disponibles a finales del los años 80 y que en cierta medida van a prolongarse y completarse, sobre los impresos de cordel (cf. Botrel, 2006), el teatro[4], la novela[5], la canción, etc.

Mientras el interés pidalino por el romancero no ceja[6], va afirmándose la voluntad de devolverle la palabra al pueblo, observable ya en los años 70  en el trabajo de recolección llevado a cabo en Castilla por J. Díaz, L. Díaz Viana y J. D. Val, de boca de “informantes” rurales, que permite documentar unas prácticas contemporáneas (romances tradicionales pero también “palabras para vender y cantar”),  herederas de una tradición muy remota o muy influenciadas por la industria más o menos uniformadora de la literatura de cordel[7]. Con un creciente interés por  las modalidades de transmisión o apropiación via la memorización, de fuentes orales y escritas, las restituciones orales via unas performancias, y de paso la reivindicación de aquella “otra cultura, la del pueblo de la intrahistoria hasta conferirle una dimensión identitaria (castellana). Desde el CSIC con la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, Caro Baroja hasta su muerte en 1995, Antonio Cea Gutiérrez y Luis Diaz Viana siguen explorando científicamente la sociedad tradicional y el hombre español más contemporáneo.

         En total, todo esto pudo suponer una apertura casi revolucionaria del campo cultural que se solía deslindar desde una posición dominante dándole por sentado, una apertura hacia otra cultura, nada menos que la cultura de los más, orientada hacia el conocimiento y el placer, con una nueva focalización con respecto a lo canónico, sin jerarquización a priori” (Botrel, 2000c). Para el investigador “ se trataba de ser a la vez el explorador, cartógrafo y geólogo, no de un jardín a la francesa, ni de un parque a la inglesa sino de un campo sin deslindar y solo parcialmente roturado” (Botrel, 2000c).

Pero dentro de la universidad (desde la filología, porque la historia (contemporánea) todavía no se ha hundido a la corriente), aún existe una especie de dicotomía esquizofrénica: aún falta para que de la infraliteratura o de las literaturas marginadas (G. de Enterría, 1983) se llegue al concepto de literatura del pueblo, con, tras el giro de los años 90, una casi acabada legitimación y cientifización del objeto y un interés más antropológico (o semiótico) que sociológico ya.

 

 La fase antropológica. En la siguiente fase, el trabajo de reconstitución y rehabilitación continúa: si la última campaña (en la provincia de León) de D. Catalán (2001) es de 1984-8, se observan muchas iniciativas locales u autonómicas en Galicia , Cádiz, Ciudad Real, etc., con otros investigadores que han tomado el relevo de manera más compartida y  con otras características, como veremos.

Al propio tiempo que una visión más antropológica permite comprobar la inmensa diversidad de las prácticas populares, históricas y actuales[8]. El propio G. Brenan dedica en 1995 un libro a La copla popular española,

         En el campo de la literatura y de la cultura de masas, es donde más se nota los efectos bibliográficos y científicos de la ya potente corriente. En Francia, en la línea iniciada por Louis Urrutia, ya se pueden dedicar tesis a La Novela Corta  (Mogin, 1987), o a la literatura “popular y ligera” (Rivalan, 1995), prefiguración de la pionera Bibliografía e historia de las colecciones literarias en España (1907-1957) publicada en 1996 por Alberto Sánchez Álvarez-Insúa, el mismo año que el estudio de Pérez Bowie sobre La Novela Teatral[9], pero también de la Narrativa breve socialista (1998), de algunas de las múltiples monografías publicadas por Gonzalo Santonja sobre la novela social o proletaria, etc. Una literatura que, ,o obstante, aún  puede calificarse de menor (Aparici, Gimeno,1996). 

En esta ya ingente corriente investigadora aun inscrita mayoritariamente  dentro de la problemática de la cultura de masas —o mediática—,   se viene percibiendo cada vez un cuestionamiento de sus aspectos más simplificadores, en beneficio de una cultura “popular”, o sea:  la de los más, una cultura común o para todos y compartida vs la “alta cultura”, la culta o escolar, con  una nueva manera de ver el pueblo que, según Caro Baroja (1969, 50), “conquistó su derecho a interesar y después interesó, no como un menor de edad (…) sino como un adulto, con personalidad fuerte”, y va perdiendo su estatuto de objeto pasivo para hacerse sujeto y actor, capaz incluso de dotarse de un canon propio, el canon del pueblo (Botrel, 2002a). Con tal individualización, los actores de carne y hueso, incluso desaparecidos, dejan de ser unas unidades estadísticas: se intenta dar una cara al pueblo y a las masas; se les reconoce unos sentimientos que les impelen a reír o llorar, a experimentar el placer,  tener aspiraciones, un gusto, unas estrategias, para estudiar incluso retrospectivamente las específicas si no originales  relaciones que establecen o mantienen con un bien cultural, una obra. Un trabajo de arqueología y antropología histórica.

Para efectos de orientación de las investigaciones, eso supone una evolución de la problemática de la recepción a la de la apropiación y metabolización, haciéndo de los agentes de marras unos actores de su cultura. Se tienen en cuenta las prácticas culturales incluso autobiográficas de las gente “ordinaria”, con nombre propio, y a veces hasta con foto, unas prácticas particulares (privadas o públicas), por más que no resulten “originales”.  Esto se puede comprobar muy especialmente en las nuevas recolecciones de romances: las prácticas individuales ya se tienen en cuenta, y de cómo han quedado apropiadas, con su lengua propia,  se parte a la hora de publicar la literatura resultante,  desde el  gusto ya más respetado del informante, yendo del público al sujeto[10]. Algunas formas hasta entonces despreciadas incluso pueden pretender a formar parte del patrimonio español (Botrel, 2006).

         Al mismo tiempo, se va imponiendo la necesidad de revisar la propia inserción de España en la llamada cultura de masas contemporánea: cuando en la librería del pueblo, subsisten, apenas transformados, unos "géneros" más o menos arcaicos como los impresos "menores" (pliegos de cordel, pliegos de aleluyas u auques, almanaques, etc.) que por diminutas que resulten sus huellas suponen en total un verdadero mamut solo en vías de reconstitución (Botrel, 2002b), se puede observar el auge de los infinitos nuevos semioforos que están pidiendo a gritos que, tras los estudios y/o exposiciones dedicados, por ejemplo, a los teatros de papel, las ephemera, los carteles, las entalladuras valencianas, o las tarjetas postales, se emprenda un inventario razonado[11].

         De otra práctica cada vez más compartida dentro del auge de la cultura escrita como es la propia escritura para finalidades públicas y sobre todo privadas, ya se empiezan a saber más cosas, con el acopio de algunas fuentes susceptibles de permitir la corrección de tan palmaria laguna[12].

         Todo esto que resulta tan esperanzador se lleva a cabo a través de algunas investigaciones originales y de fondo, pero sobre todo gracias a iniciativas que permiten la reunión y confrontación alrededor de temas específicos: como el número de Anthropos dedicado a la “Literatura popular” en  1995, los encuentros científicos como los celebrados en el centro Etnográfico Joaquín Díaz en  Urueña o el dedicado a la literatura de cordel en el CSIC (1999), varias exposiciones permanentes, en Urueña y luego en el Museo Etnográfico de Castilla y León en Zamora, o puntuales como las sobre los carteles o las en la Biblioteca Nacional de España o sobre las nodrizas , los títeres, La Era del bien o del mal, o los quintos, etc. en Urueña o los ex-votos en Zamora, con sus catálogos, unas nuevas tesis, como la de García Collado sobre la literatura de cordel (1997) y los tradicionales inventarios[13]. Algunos historiadores, como Jorge Uría (1996, 2003) o Antonio Castillo (2007), empiezan a prestar una sostenida atención a la cultura popular contemporánea escrita y demás, con  bases documentales y metodológicas (teóricas) ya totalmente firmes.

         Los planteamientos científicos a que dan lugar son  cada vez más transversales o al menos pluridisciplinares[14],  y transnacionales[15], en una perspectiva más transmediática , aun cuando, a veces, se siguen acatando las divisiones genéricas y seculares.
         Cada vez más se aúna lo particular (y local) con una dimensión comparatista, como en el Encuentro de Wolfenbuttel en 1991 (Chartier, Lusebrink, 1996), y se empieza a plantear dentro de un ámbito europeo y  mundial, la originalidad del caso español, habida cuenta de su tardía y muy paulatina incorporación a la cultura escrita generalizada y de la supervivencia de zonas no castellanófonas: la permanencia y pregnancia de unas formas y prácticas culturales orales o espectaculares influidas por la creciente penetración de la industria cultural (teatro, género chico, canción), bastante antes de la generalización de la radio o de la tele, en una población entonces mayoritariamente rural que “solo una visión reductora de la cultura de masa puede ignorar” (Botrel, 2006).

         Incluso se da una especie canonización, con el muy útil Diccionario de literatura popular de 1997,  y también una como recuperación de lo popular para un público más amplio, ofreciéndole al pueblo de hoy una posible imagen y más fiel idea de lo que, en siglos anteriores,  le gustara a otro pueblo[16]., celebrando con motivos de coloquios, los organizados por M. Trapero en torno a las prácticas vivas de los decimistas, por ejemplo. Ya se empiezan a reeditar los clásicos como la colección Usoz de pliegos de cordel (Estepa, 1998) o los Cuentos populares de Aurelio M. Espinosa (2009).  Después de M. Chevalier, con los Cuentos folklóricos reelaborados  en el siglo XIX (Amores, 1997), se estudia los efectos de la permeabilidad entre el mundo culto y el mundo popular, con sus mutuas influencias.

 

Conclusión: Sígase inventando y describiendo lo que pertenece a la cultura y a la literatura del pueblo[17]: es una necesidad y no puede uno contentarse con que, por ejemplo, se haya organizado una (bella y sólida) exposición de 2003 sobre las Ephemera, recuperado la memoria de un “trotamundos de la poesía”[18], que la muerte de Corín Tellado haya sido una noticia comentada por el propio Vargas Llosa o que el Ministerio de cultura acabe de publicar La memoria de los cuentos y producido un documental sobre “Los últimos narradores orales”[19]: es preciso conocer más los saberes (lectoriales y demás), las expectativas, los sistemas de valores, las prácticas efectivas, o sea: un horizonte de espera del que no estuvieran ausentes el placer y unos criterios de selección que fueron y son del pueblo y  avanzar en la construcción y afirmación, del “otro canon”, el canon del pueblo. Esto en la larga duración , como lo suelen practicar grupos como Litterae en la Universidad Carlos III de Madrid o el SIECE en la Universidad de Alcalá de Henares. Hasta hacer que se tenga en cuenta en las historias de la literatura y en las historias a secas.

En cuanto a posibles actitudes “rompedoras”, terminaré recordando, lo ya dicho en 1998 (Botrel, 2000a),  que ”el pueblo y las masas no pretenden tener una literatura ; se la atribuimos con la culta y cada vez menos excluyente etiqueta de "popular" o “de masas”. Lo cierto  es que el pueblo y las masas, por muy iletrados que sean y aun sin institución que se la "canonice", tiene una literatura, la que se constituye va constituyendo. No es, pues, un problema doctrinal dogmático de esencia, sino otro más pragmático, de existencia : existe una literatura del pueblo y de las masas constituida dentro de una cultura, a través de prácticas y estrategias culturales nunca homogéneas”.

         No se trata, pues,  de redimir, dignificar o exaltar al pueblo y a las masas desde un punto de vista literario, "democratizando el canon", por decirlo así, sino de intentar construir una visión científica no legitimista ni populista, sino relativista de las relaciones entre el pueblo y la literatura, retrospectivamente y —si cabe— en la actualidad.

         Estudiando cada bien o conjunto de bienes culturales no de manera aislada sino como para cualquier cosa viva o moviente/movediza, de manera ecológica y trans- o inter-mediática y reconstituir e interpretar las modalidades de la apropiación individual o peculiar que puede no ser la lectura canónica —conste— y no excluye la subversión o la disidencia

         Sin encerrar a España en unas inútiles fronteras y adoptando, de ser posible, una perspectiva comparatista.

         Y, sobre todo, prestándole una atención al otro que no fue y no es como pensamos, con la consiguiente necesidad de ser antropólogo o etno-sociólogo al par que historiador y filólogo.

 

         Jean-François Botrel

         Université Rennes 2/Cátedra de excelencia de la Universidad Carlos III de Madrid.

 

Obras citadas:

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[1] En esta visión panorámica, recojo algunas ideas e informaciones de algunos estudios míos o colectivos anteriores (Botrel, 2000abc, 2002ab, 2006 y Botrel, Etienvre, Salaün, 2009), donde se encontrarán las referencias bibliográficas no reproducidas en este trabajo.

[2] Con el Cancionero general 1939-1971 de M. Vázquez Montalbán (1972), por ejemplo.

[3]  En su prólogo, observa Francisco Yndurain el interés que "las aplicaciones del punto de vista sociológico al estudio de la Literatura" están suscitando, sea lo que fuere su "filiación ideológica, marxista, neo marxista, conservadora o reaccionaria" (p. 8) y destaca la importancia de la Historia en los métodos puestos por obra, así como las "alteraciones en el status respectivo y por la ósmosis en ambas direcciones" entre "literatura y sub-literatura" o "literatura inferior". "En resolución, afirma, la llamada subliteratura es tan hecho literario como la más evasiva y minoritaria" (apud Botrel, Salaün, 1974, 8).

 

[4] Por ejemplo, con las 21 tesis dirigidas, desde 1991, por J. Romera Castillo.

[5]  Con el Catálogo de novelas y novelistas españoles de Ferreras (1979) o el recuento hecho por Pilar González Mendoza (1988) de las novelas publicadas en España entre 1960 a 1980.

[6] Véase la summa dedicada a El archivo del romancero, patrimonio de la humanidad, por Diego Catalán (2001).

[7] Ya en La flor de la marañuela, Romancero general de las islas Canarias (1969) se había empezado a  recopilar los romances de ciegos.

[8] Véase, por ejemplo, las publicaciones del Centro etnográfico de documentación de la Diputación de Valladolid, los estudios de Concha Casado, de  Pedrosa o de Luis Díaz Viana.

[9] Véase además de la impresionante "Colección Literatura Breve", publicada por el CSIC (16 títulos en 2007), los estudios de Didier Corderot (2007) y el número monográfico de Cultura escrita & Sociedad coordinado por Christine Rivalan Guégo (2007).

[10] Véanse, por ejemplo, además del Romancero editado en Crítica (con grabaciones de « informantes »), por Paloma Díaz (1995),  los Romances de cegos recopilados (con CD) por Rivas Cruz (1998-99), el  Romancero de la provincia de Cádiz (1996), los Romances de ciego recuperados en Santiago Pontones por Olayo Alguacil, el Romancero oral de la comarca de Martos (2005), los romances tradicionales y « de ciego y de tema truculento », recopilados por  J. y S. Anaya en la provincia de Ciudad real, o el libro de Juan González Castaño (2004) sobre los aspectos más contemporáneos del tema

[11] El acopio, por pionera iniciativa privada, de unos 50.000 de ellos vinculados con la vida social, cultural, política, religiosa, comercial española entre 1880 y 1980 —¡10.000 para la sola ciudad de Mula!— lo recomienda a todas luces.

[12] Véanse los trabajos iniciados por el SIECE en Alcalá de Henares, en colaboración con una ya tupida Red de Archivos e Investigadores de la Escritura Popular (RedAIEP), sobre la escritura « ordinaria » a través de las cartas familiares y demás, de los que puede ser emblemática la tesis de Verónica Sierra Blas sobre "Letras huérfanas. Cultura escrita y exilio infantil en la Guerra civil española" ( Palabras huérfanas, Madrid, Taurus, 2009).

[13] Como el muy exquisito librito en el que se dan Noticias de una pequeña biblioteca (García-Plaza, Amaro, 2005).

[14] Como los celebrados en  Urueña sobre la voz (La voz y la memoria, la noticia, la improvisación, el ingenio).

[15] Como los organizados por el Centre d’Histoire Culturelle des Sociétés Contemporaines sobre los almanaques (2003) o las culturas de masas  (2006), el IV Congreso internacional Lyra Mínima, dedicado a las « Literaturas populares (ss. XV-XVIII) » (20-23-X-2004), o  las II Jornadas de literaturas marginais celebradas en Oporto (12-13-X-2006).

[16] Como las antologías de romances de ciegos de Isabel Segura (1981), las Coplas de ciego publicadas por J. Díaz (1992), los facsímiles de Romances y coplas de ciegos en Andalucía (1992), y las publicaciones de Mendoza Díaz Maroto (2001), o Compte (2000), las leyendas reunidas por J. Díaz (Erase que era) o por Luis Díaz Viana (2008), pero también  películas como Farsantes o El viaje a ninguna parte, y, por supuesto, numerosas grabaciones audio de producciones del pueblo o inspiradas en ellas.

[17] Como el  Catálogo tipológico del cuento folklórico español  de Julio Camarena Lauricia y Maxime Chevalier de 2008, por ejemplo.

[18] Véase mi reseña de Benito Madariaga de la Campa, Aventuras y desventurasde un trotamundos de la poesía. Recuerdo y homenaje a Pío Fernández Muriedas, Santander, Gobierno de Cantabria, 2009, 90 págs., Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, LXXXV, Enero-Diciembre 2009, pp. 577-578.

[19] Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2010.