La Europa de los hispanistas 


Cuadernos AISPI. Estudios de lenguas y literaturas hispánicas, 13-1 (2019), pp. 145-172.

https://www.ledijournals.com/ojs/index.php/cuadernos/article/view/1559

 


 

En junio de 2014 se constituyó en Lyon (Francia) la Red Europea de Asociaciones de Hispanistas (REAH) que hoy en día asocia a los hispanistas de Alemania, Benelux, Francia, Gran Bretaña e Irlanda, Italia, Polonia y Suiza. Un como eco a lo observado ya en 2003 (Botrel, 2004, 26) acerca de “la práctica ya más que incipiente de las miradas cruzadas a propósito de un objeto propiamente hispánico y/o de interés mutuo, dentro del ámbito europeo, [que] ha de ser, cada vez más, un cometido común para los distintos hispanismos nacionales y europeos ». Más de 60 años después de la fundación de la Comunidad Europea y de casi 30 años de existencia del programa Erasmus, y 15 del proceso de Bolonia.   

         Pero esta tardía iniciativa ¿no será como una primera culminación en un largo proceso histórico. Un proceso en el que

         -una marginada y a veces automarginada España, víctima de unas relaciones asimétricas con los principales países de Europa,  tardó bastante en recuperar posiciones perdidas y en proyectarse en Europa y América latina,  para promover la dimensión hispánica de Europa;

         -las inexistentes o interesadas miradas nacionales (Botrel, 1998) de los principales países del Norte de Europa, a menudo rivales hasta en África, también tardaron en captar y valorar toda la relevancia de lo hispánico dentro de lo románico en Europa o América.

         - y la aún dificultosa toma de conciencia por parte de los hispanistas europeos de que también son, colectivamente, los garantes y promotores de la dimensión románica, ibérica e hispánica de Europa y de su proyección americana a través de la lengua española —o portuguesa.

         A estudiar las consecuencias sobre el hispanismo científico en Europa de este proceso de al menos dos siglos, notablemente acelerado a partir de 1986, se dedica este ensayo[1].

 

EL ESPAÑOL, LENGUA NUESTRA. En este proceso, la evolución del estatuto de la lengua española dentro de Europa ha sido un factor determinante.

         Aunque hablada ya en 1820 por más de 35 millones locutores en el mundo, a finales del siglo XIX, en Europa, el español es una lengua poco conocida —lo lamenta el hispanista alemán Ferdinand Wolf en una carta a Amador de los Ríos en 1858[2]—, menos conocida que el francés, según Menéndez Pelayo (XI, 402), como máximo una lengua “meridional” no equiparable, en términos de prestigio, con las del norte de Europa o con el italiano.

         Poquito a poco, con relación al francés (para la diplomacia y el comercio) y al inglés (para el comercio), a lo largo  del siglo XIX, la lengua española fue cobrando el estatuto de lengua internacional con un fuerte y rápido desarrollo  de los hispanohablantes en el continente americano cuyo número quedó multiplicado por 4 entre 1820 y 1913[3], mientras la población de España crecía muy poco[4].  Desde su Independencia, los países hispanoamericanos ya habían ido despertando un creciente interés entre los sectores económicos de muchos países europeos: en Gran Bretaña e Irlanda, por ejemplo, que para la enseñanza, la traducción y la interpretación o la redacción de manuales y diccionarios, se valieron de locutores españoles nativos emigrados o exiliados. Este es el caso en 1788 de la Robert Taylor foundation for teaching an improving the European languages. Ya en 1776, el emigrado portugués Antonio Vieyra Transtafano había sido contratado por el Trinity College de Dublin para enseñar el español y el italiano.

         La presencia en Oxford entre 1858 y 1881 de Lorenzo Lucena Pedrosa (1807-1881),  católico convertido al protestantismo, y de Artega, ex Taylorian lecturer en Birmingham (Frost, 2018), es una primera ilustración de la cooperación, involuntaria o voluntaria, de España al desarrollo de su propia lengua fuera de sus fronteras. Solo después se dará una preocupación por la formación de profesores autóctonos, y  es característica de aquella época una concepción utilitaria de la enseñanza del español: la primera cátedra de español en Francia, la de Toulouse, fue creada por una Cámara de comercio en 1886, en Burdeos, en 1908, el curso de historia, civilización y colonización de América latina estaba sufragado por la Cámara de Comercio o que en Venecia, aunque de manera esporádica hasta 1939, el español se enseñó en la Regia Schola Superiore di Scienze Economiche e Comerciali de Venecia (Pittarello, 1993, 147).

         Progresivamente, por derecho propio aunque con estatuto subsidiario, y sin notorio protagonismo con respecto al francés o al  italiano, la lengua española, lo mismo que la portuguesa y la catalana, entró a formar parte del campo lingüístico románico estudiado por los filólogos romanistas: en Alemania, con Auerbach, Curtius, Spitzer, Vossler, Pfandl, etc. y después en Francia, de manera más institucional, con la fundación en 1870 en Montpellier de la Revue d’études romanes y por Gaston Paris y Paul Meyer de la revista Romania en 1872 (Zantedeschi, 1986) —con no pocas segundas intenciones nacionalistas. Entre alemanes, franceses, italianos (Pio Rajna) y españoles o catalanes (Menéndez Pelayo, Milá i Fontanals) quedó constuida una nutrida falange europea de romanistas.

         A través de estos estudios románicos, se pretendió incluso impulsar, dentro de Europa, la afirmación de una comunidad de civilización  que pudo llegar a tenerse por comunión y cobrar dimensiones más políticas, por ejemplo con el proyecto de delimitación de une espacio panlatino y de una confederación de los pueblos galo-latinos[5]. En España coincidió con una corriente iberista integradora y también una mayor identificación del catalán o lemosí como lengua románica.

         Conste que, dentro de las lenguas europeas e incluso románicas,  la lengua española (una de las lenguas “meridionales” para los franceses) tardará –bastante más que el italiano– en imponerse como especialidad, a pesar de su proyección americana (Dubois, 2015). Durante mucho tiempo, los profesores de idiomas, al ser teóricamente políglotas como Manuel Galo de Cuendias autor lo mismo de unas Etudes élémentaires et analytiques de langue anglaise (1836), de un Cours élémentaire de langue espagnole (1841) que de Spanien und die Spanier, ihre Sitten, Trachten, Volkssagen und Legenden… (Brüssel, C. Muquardt, 1849) o F. Leray, profesor de italiano, ruso y español en la Facultad de Letras de Rennes en 1946, se inscriben, de hecho, en un espacio linguístico europeo.

         Después de la segunda guerra mundial, se observa un auge, favorecido por el fenómeno de la hispanoproclividad (López García, 2007),  de la enseñanza de la lengua española como lengua extranjera en un número creciente de países europeos, desde Italia (Calvi, 2018, 119) hasta los países del Este de Europa. En 2016, se calculaba que había, en 25 países, más de 5 millones de estudiantes (la mitad en Francia) y 296 departamentos de español (84 en el Reino Unido, 76 en Alemania, 64 en Italia[6]). 

         A « nuestra lengua y todo lo que la rodea”, se refería J. A. Pascual (2015). Lo cierto es que un número creciente de Europeos han hecho suya la lengua española y que hoy, para los hispanistas, el español ‑–lingua franca– también es lengua nuestra.

 

DE LO ROMÁNICO A LO HISPÁNICO. Este al fin y al cabo tardío desarrollo de la lengua española fuera del espacio hispánico, no quiere decir que en muchos países europeos no existiera un interés específico por España e Hispanoamérica ni que muchos Españoles no mantuvieran relaciones con la Europa del norte.

         Sin remontarnos a la Hispania romana, ni al imperio de los Austrias, podemos observar que en el siglo de las Luces, por ejemplo, se van intensificando las relaciones intelectuales entre España y los demás países europeos.

         Si el autor del artículo “Espagne” en la Encyclopédie méthodique (Masson de Morvilliers) se mostró muy ignorante de « tout ce qui touche à l’Espagne” (Sarrailh, 1954, 380), también se sabe que la Introducción a la historia natural y a la geografía física de España, muy bien acogida por la España oficial y traducida al francés en 1776, es el fruto de unas observaciones llevadas a cabo por toda España, durante más de cuatro años, por el irlandés Guillermo Bowl, acompañado por su esposa alemana y del químico francés Augustin de la Planche y que Bouchon-Dubournial, a falta de poder restaurar el acueducto romano de Cádiz, llegó a traducir el Quijote, el Curioso impertinente y el Persiles (Sarrailh, 1954, 324-326), en una época en que Voltaire y Rousseau mantienen correspondencias con próceres españoles y el conde de Aranda, como embajador de España en Francia,  sabe aprovechar el interés que otros Franceses manifiestan por España (Sarrailh, 1954, 363). También es verdad que otros Españoles manifestaban bastante recelo hacia las ideas de la Enciclopedia y algunos “hombres buenos”.

         De la misma manera las bibliotecas francesas o italianas conservaban desde hacía tiempo muchos manuscritos o libros españoles —por ejemplo, los estudiados entre 1838 y 1844, por Eugenio de Ochoa en la Bibliothèque Nationale (Sánchez, 2017, 218-219)— y la famosa y controvertida Galería española del rey francés Louis Philippe I (1830-1848), es una colección de cuadros constituida con la cooperación de Españoles como Larra.

         Debido a las emigraciones provocadas por la situación política en el primer tercio del siglo XIX, Francia o Inglaterra ofrecieron alternativas editoriales para una producción en español, imposible o prohibida en la propia España[7]. El 29 de julio de 1858, Ferdinand Wolf aconseja a Amador de los Ríos, ya que « no hay esperanza ninguna de hallar un editor ni en Viena ni en Berlín, ni en otro lugar de nuestra Alemania” para una obra de tanta extensión como su Historia crítica de la literatura española, que lo busque en Inglaterra.

         Entre estos Españoles emigrados, se encuentran muchos de los traductores del español al inglés y al francés y del francés y del inglés al español.  Un fenómeno que no había de cejar hasta después del fin del franquismo, con una inscripción forzosa más o menos duradera de muchos eruditos o intelectuales Españoles en un espacio europeo no hispánico, cuando muchos eruditos, alemanes y franceses sobre todo, ya habían empezado a manifestar su interés por la literatura y la cultura españolas. De ahí que las primeras historias de la literatura española se elaboraran en Alemania donde existía una “gran hispanofilia extrauniversitaria”, como apunta Manfred Tietz (Loureda, 2017, 32) y que sus traducciones fueran luego apropiadas por España.

         Antes de que por reacción nacionalista, Amador de los Ríos empezara la publicación de su Historia de la literatura, ya circulaba por España la de Ticknor (1849), traducida al español por Pascual Gayangos y Enrique de Vedia[8], y después al alemán y al francés[9]. La visión de la literatura española de un protohispanista norteamericano compartida por casi toda Europa entre 1851 y 1872.         

         Para la circulación de la materia hispánica es de destacar, por supuesto, el papel de la literatura francesa que, como recuerda la Enciclopedia Espasa Calpe (tomo 27, 1776), prestó a la literatura española “el inestimable servicio de darla a conocer en Europa” y el de los traductores conocedores de la lengua española, como el checo Antonín Pikhart (1861-1909). Pero tampoco faltaron casos en que las traducciones de obras españolas se hicieron a partir de traducciones a otros idiomas europeos, como el francés, caso de la primera traducción al serbio del Quijote, en 1882.

         Por la por mucha incidencia en la representación de España y de lo hispánico que, para bien o para mal, de España y de lo hispánico llegaron a ofrecer e imponer fuera de España para los demás países europeos, los propios viajeros por España, no todos con motivaciones culturales, no poco contribuyeron, en la época romántica pero también después, a la divulgación de conocimientos sobre una España cada vez menos africana, por muy estereotipados que vinieran a ser. El muy denostado autor del Voyage en Espagne (1859), Théophile Gautier, durante su viaje por España pudo encontrarse con el anotador de la Historia de Ticknor, Enrique de Vedia y los viajes de Usoz del Río a Inglaterra y los de Benjamín Barron Wiffen a España y también la correspondencia mantenida entre ambos quakers, permitieron que, en Londres, se publicara una Colección de Reformistas antiguos españoles (1840-1850), con la compleja red europea de agentes clandestinos, copistas, impresores, transportistas, etc. a que dio lugar, más allá de unas fronteras mucho más permeables de lo que quisieran las autoridades (Botrel, 2016). Eso para uso supuesto de la muy católica España a donde también se exportaban muchas publicaciones romanas.   

         En otro campo, sin que se sepa si llegó a viajar a España, consta que el bibliotecario vienés Ferdinand Wolf (1796-1866) « famoso conocedor de la literatura española”, con obras publicadas en Viena, Berlin, Leipzig, Heidelberg y París (los dos volúmenes de su Floresta de rimas modernas castellanas, por ejemplo, en 1837) mantuvo relaciones epistolares con Fernán Caballero, Agutín, Durán, J. E. Hartzenbusch o Pascual Gayangos. Sus cartas, Cornelius August Wilkens las ofrecerá a Menéndez Pelayo, bajo forma de copias, el 16 de diciembre de 1883.

         En cambio sí se sabe que Juan Fastenrath (1839-1908), futuro hijo adoptivo de Sevilla y miembro correspondiente de distintas academias españolas, viajó repetidas veces a España (en 1864,1869, 1879 y 1881), y mantuvo relaciones con escritores, si bien su producción sobre lo español se hizo fundamentalmente en alemán. Se le debe la importación en Colonia, en 1898, de los Juegos florales.

 

LA EUROPA ERUDITA. Cuando después de 1870 vaya afirmándose en varios países europeos una corriente, más que hispanófila, ya claramente hispanista, centrada en la literatura, la historia y el arte españoles, se intensificaron estas relaciones interpersonales transfronterizas y europeas entre bibliotecarios, universitarios, literatos, libreros y anticuarios, trascendiendo, pues, lo meramente político y económico.  

         En una época en que España está añorando su proyección americana y africana (Arbaiza, 2010) y buscando una vocación europea, el primer catalizador español de esta incipiente corriente, será sin lugar a dudas el muy católico y español pero también genial y acogedor erudito Menéndez Pelayo, con una especie de requilibrio con respecto a la asimetría de marras. Pronto se le identifica a nivel europeo como experto y se le ofrece ser corresponsal de varias academias o sociedades en Francia e Italia (como en 1903, la Societá Bibliográfica Italiana) — y colaborar en revistas.

         Su propio quehacer muy hispanocentrado como se sabe queda inscrito en el ámbito europeo de las bibliotecas (estuvo en la Bibliothèque Nationale de París y en la Biblioteca Nazionale de Nápoles, por ejemplo), y con él entran en contacto y a veces mantienen correspondencia eruditos de toda Europa: de Italia (Croce,  Pio Rajna), de Gran Bretaña (Fitzmaurice-Kelly), de Irlanda (William E. Purser), de Alemania (Juan Fastenrath, Ernst Schaefer o Rostock, nombrado corresponsal de la Academia de la Historia en 1905, a propuesta del propio Menéndez Pelayo), de Polonia (Leo Sternbach), de Austria (Cornelius August Wilkens), de Portugal, de Francia, los más numerosos tal vez (Beltrán de Heredia, 1943), y de otros países europeos, como Stanislas Gizyce Gizyeki.

         Estas correspondencias pudieron completarse con visitas a Madrid o Santander (como Leo Stenbarch, desde Cracovia), permitidas por la mejora del sistema de transportes dentro de Europa y España, de comunicación de informaciones y publicaciones, de obsequios de libros y revistas, de consultas, de servicios prestados, como copiar un manuscrito o hacer que se prestara. A Menéndez Pelayo, le ruega Juan Fastenrath desde Colonia, el 28 de noviembre de 1893, que se desprenda por unos días de la Atlántida del gran vate argentino Andrade o que le envíe una copia que se haga a (sus) expensas » (M. Pelayo, XII, 354):  lo necesita para un libro sobre el 4° Centenario del Descubrimiento que está preparando.

         Al filo de los años se va constituyendo una especie de red europea de eruditos cuya cabeza es indudablemente Menéndez Pelayo (Clarke, 2015), para un sistema de relaciones fundamentalmente bilaterales pero que en algunos casos pudieron implicar a protagonistas de varios países europeos.

         En la biblioteca de Oporto, Michaelis de Vasconcellos  (la única mujer con quien está en contacto si descontamos a la más mundana Maria Letizia Ratazzi de Rute) copia, a petición de Menéndez Pelayo, ”as poucas linhas de que consta a dedicatoria de Torres Naharro ao Cardeal Carvajal” en la biblioteca de Oporto y da cuenta del « prazer que me dá o poder contribuir para as vastissimas e magnificas construcções de grande mestre com alguns grãozinhos de saibro» (M. Pelayo, XX, 307). Pero también tiene la capacidad de proyectarse en ámbitos que rebasan las fronteras de Portugal, al aludir en una carta, a propósito de su estudio sobre Garcilaso, a las páginas de Justi que “ VE leu con certeza” y al cuadro conservado en Kassel que tal vez reproduzca (M. Pelayo, XX, 47). En cuanto a Alfred Morel-Fatio, desde París, escribe a Menéndez Pelayo unas cartas de presentación  de los franceses Ernest Mérimée o Reynier, pero también de Petrof, Buchanan, John D. Fitzgerald, etc., y, a falta de aprovechar más su archivo conservado en Versalles, se sabe, por ejemplo, que mantuvo una correspondencia con Arturo Farinelli.

         Tal vez sea Farinelli –“studioso europeo” según F. Simone[10]– el representante más emblemático de aquella Europa erudita e hispanista: italiano, nacido en Intra, con formación en filosofía y filología románica y alemana recibida en Zurich y París y tesis publicada en Berlín,  fue profesor de filología románica en Insbruck hasta 1904 –en Barcelona estuvo también– y luego de alemán en Torino. Si su producción como hispanista remite más bien a las relaciones entre Italia y España (es autor de Italia e Spagna, publicadi en 1925), también se le debe la conocida bibliografía sobre los viajeros en España y mantuvo relaciones epistolares con Morel-Fatio y Menéndez Pelayo pero también con un tal Cotta en Stutgart o el Dr. Prietsch quien trabajaba en el Museo Británico de Londres y le pregunta por una revista española que podría publicarle algunos documentos. Sabe que el Dr. Hitzig de Zurich está trabajando sobre una biografía de Pausania y, el 15 de enero de 1894, dice que necesitaría un códice conservado en biblioteca de Salamanca, etc.  No importa que, a Menéndez Pelayo le escriba en italiano (como el 23 de noviembre de 1892) o en un “feísimo español”: es una época en la que todavía se podía comunicar en latín, como Leo Sternbach desde Cracovia, el 24 de julio de 1897.

         Sin que se pueda hablar de una hermandad europea de hispanistas, sí se puede afimar que más allá de las fronteras y de las diferencias ideológicas, se fueron fraguando unas solidaridades y amistades. Caso de Morel-Fatio y Menéndez Pelayo: entre aquél que para Menéndez Pelayo tenía la « desgracia de ser un ateo y positivista furibundo como muchos franceses » y el  « católico a machamartillo » a quien Morel-Fatio dedicaba "sus arañazos más o menos caritativos”, dixit Menéndez Pelayo, las relaciones pudieron llegar a ser tensas pero fueron duraderas e intensas (273 cartas cruzadas entre 1877 y 1908), y siempre corteses (Botrel, 2012 2018); una “belle leçon d’entraide scientifique”[11], comenta Marcel Bataillon (1953, 203).  

         Esta visión amplia y abierta,  europea y patriótica al mismo tiempo, la ofrece el propio Menéndez Pelayo desde las páginas de la muy eurófila revista la España Moderna de Lázaro Galdiano (Botrel, 2010), en la que, mensualmente,  pretende dar cuenta de los « trabajos de erudición española que en España o fuera de ella vayan apareciendo », inclusive, por consiguiente las publicaciones de hispanistas « extranjeros », suplicándole, por ejemplo, a Arturo Farinelli que le « haga sabedor de todo lo importante que en Alemania vaya publicándose sobre nuestras cosas, sin excluir tesis, programas y artículos de revistas ». Una como respuesta a una propuesta del propio Farinelli quien, el 21 de octubre de 1893, le sugería a Menéndez Pelayo que se pusiese al frente de la redacción de una hoja o fascículo semanal del tipo de la nueva Rassegna bibliografica della letteratura italiana de D’Ancona: esto le haría « un favor a la Europa erudita », comentaba Farinelli. Como un primer observatorio del hispanismo, pues, por más que la escasa difusión de La España Moderna le restara el ambicionado impacto al proyecto.

         Esto no fue óbice, por supuesto, para que Menéndez Pelayo mantuviera relaciones transatlánticas, con Milton Buchanan (Toronto), Philip H. Churchman (Cambridge), John D. Fitzgerald (Columbia University) y la misma Hispanic Society of America cuyo fundador el multimillonario y fervoroso hispanista norteamericano Archer M. Huntington, comprara en 1902 la biblioteca toda entera del Marqués de Jerez, « una pérdida mayor que la de las colonias », y « de efecto desastroso para nuestro crédito en el mundo literario, hasta por la circunstancia de ser un norteamericano el comprador », como le comentaba  Menéndez Pelayo a Francisco Rodríguez Marín (M. Pelayo, XVI, p. 247).

         Se trata de una época en la que ya ha empezado España a competir con otros países europeos en el mercado hispanoamericano, en casi todos los campos: la literatura pero también los libros de texto (con Hernando) y pronto la medicina (con Salvat), al mismo tiempo que después del “Desastre” de 1898, está emergiendo en Europa un movimiento neolatino.

 

LA EUROPA LATINAY LA HISPANIDAD. Cuando en Alemania, sigue la corriente románica enriquecida por la visión de conjunto y comparatista de un Karl Vossler, por ejemplo, de mucho impacto entre filólogos españoles (Diana Sanz, 2014), después del Desastre de 1898, rebrota en Francia el panlatinismo con su avatar del neolatinismo, una manifestación transnacional lingüística e históricamente fundada, en pro de una Europa latina frente a una Europa germánica y a una Europa eslava. Al mismo tiempo, frente al imperialismo norteamericano, se afirma la identidad hispánica del subcontinente americano.  De resultas, a partir de 1898, las lenguas “meridionales” van cobrando cierta relevancia dentro del sistema de enseñanza francés. Una ilustración de cómo la dimensión geo-estratégica de una noción lingüística puede incidir en la enseñanza de los idiomas con toda su dimensión diplomática y de relaciones internacionales (Heyman, 2017, 6).

         En las recién creadas revistas dedicadas a lo hispánico en Francia (la Revue Hispanique y el Bulletin Hispanique) se observará, sobre todo en la Revue Hispanique, la preocupación por aglutinar alrededor del objeto a unos colaboradores de otros países europeos: Fitzmaurice Kelly, Farinelli, José Leite de Vaconcellos, John D. Fitz-Gerald, Ramón Menéndez Pidal, Edgar Allison Peers, Ludwig Pfandl (13 colaboraciones entre 1910 y 1933, incluso en alemán), Ángel Valbuena Prat o Carolina Michaëlis, y también Alfonso Reyes, con una frecuente utilización del español como lengua de comunicación científica, pero sin excluir artículos en francés o italiano e incluso en inglés y catalán. Continúa la circulación transfronteriza de informaciones que permite por ejemplo, en 1899, a un profesor de Cracovia recabar informaciones sobre el misticismo español a través de Giner de los Ríos y Unamuno (Unamuno, 2017, 980). Después de Leopoldo Alas “Clarín” (Botrel, 2001), Unamuno destaca de manera muy precoz por su gran cultura europea (Unamuno, 2017, 59-64), y su correspondencia con Pedro de Múgica, lector de español en Alemania y traductor del alemán, le permite librarse en alguna medida de lo que mucho lamenta por otra parte: « lo europeo todo se nos viene a través de París, seleccionado, escogido y no pocas veces estropeado », le escribía, en 1898, a Narcís Oller (Unamuno, 2017, 714, ). La propia actualidad española se europeiza, caso del proceso y ejecución de Francisco Ferrer en 1909 y las rivalidades entre Francia y Alemania que afectan hasta a los hispanistas (Bataillon, 2009) tiene sus traducciones en el mismo territorio español. 

         En España, ya se empieza a valorar de manera global las aportaciones del hispanismo y de los hispanistas norteamericanos y europeos:  lo hace Rafael Altamira,  distinguiendo a los hispanófilos de los meros hispanólogos (Botrel, 2014); lo hace también Menéndez Pidal en 1920, en el discurso leído en la universidad de Toulouse (Francia), con motivo de la recepción del título de Doctor honoris causa, sobre « El hispanismo en Alemania, Estados Unidos, Inglaterra, Francia e Italia en sus tres aspectos literario, lingüistico y utilitario”.  

Y si bien observaba Romera, en 1917,  que  la fiebre españolista en Alemania había descendido, en 1926, Miguel Artigas, puede comprobar que « en los congresos de filologia moderna [tienen] ya fuerza los hispanistas para sentirse con personalidad y derecho de grupo independiente »  y en 1927, hace, en el Centro de intercambio intelectual germano-español, el elogio del hispanismo alemán y al mismo tiempo una profesión de fe españolista : « A nosotros, a España, le interesa que la ciencia alemana aplique a los productos de la cultura española sus métodos y laboriosidad, que los hombres científicos, los historiadores de la historia política, literaria y artística, vuelvan los ojos hacia España, que nos ayuden a restaurar nuestra personalidad, y que nuestros grandes e indudables valores espirituales, morales, literarios y artísticos se incorporen al caudal en uso en el mundo. El verdadero nacionalismo nuestro debe consistir en dos cosas : en aprovechar cuanto sea posible lo que las otras naciones han creado, pero a la vez en hacer correr por el mundo los valores españoles ».

         El espacio en que se inscribe lo hispánico es cada vez más europeo. En 1925, por ejemplo, en el artículo dedicado al hispanismo en la Enciclopedia Espasa Calpe (tomo 27, pp. 1767-1778), se ofrecen ya informaciones sobre el hispanismo en Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica (Lucien-Paul Thomas), Suecia (Munthe, Walberg y Lisfors) y Finlandia (Oliva J. Tallgren), si bien las tres cuartas partes del artículo se dedican al hispanismo norteamericano[12].

         No poco contribuye a esta inscripción en Europa de lo hispánico la política de la Junta de Ampliación de Estudios encaminada a favorecer la movilidad física de los científicos españoles por Europa (Alemania, Inglaterra, Francia, etc.). Cuando se plantea la creación en Madrid del Institut Français y después de la Casa de Velázquez,  en París, en 1917 se crea oficialmente, con el apoyo de personalidades españolas, el Institut d’Etudes Hispaniques (Niño, 2017), con la consiguiente presencia de profesores españoles. En Burgos, la universidad de Toulouse crea unos Cursos de español para extranjeros (Pérez Manrique, 2008). Las relaciones intelectuales anudadas entre Jacques Chevalier y Miguel de Unamuno hacen que en 1935, la universidad de Grenoble le otorgue a este el título de Doctor Honoris Causa. Entre 1924 y 1930, se traducen muchas obras de Unamuno en los principales países europeos, hasta en Hungría y Yugoeslavia (Unamuno, 2012). Desde 1920, el musicólogo británico John Brand Trend estaba instalado en España si bien el British Council solo se crea en Madrid en 1940[13]. En 1927, según Miguel Artigas (1927),  existe un Spanische Arbeitgemeinschaft.

         Bien se ve, pues, que España y lo hispánico han ido cobrando relevancia y protagonismo dentro de Europa.

         El propio subcontinente suramericano se encuentra cada vez más enmarcado en las preocupaciones hispánicas de distintos países europeos. Lógicamente España pretende recobrar posiciones perdidas en sus antiguas colonias, pero antes de que se celebre en Sevilla, en 1914, el Congreso de geografía e historia de Latinoamérica, en París, en 1908, el hispanista Ernest Martinenche es elegido secretario general del  Groupement des Universités et des Grandes Ecoles de France pour les relations avec l’Amérique latine. El Instituto Iberoamericano de Berlín será inaugurado en 1930. El interés de Francia, Alemania e Iglaterra por el mercado del libro en Hispanoamérica, ya observable en el siglo XIX (Ceballos, 2009), compite cada vez más con la política de exportación de España.

         En 1925, en la Enciclopedia Espasa Calpe (tomo 27, p. 1777) observa el redactor del texto sobre el hispanismo en Alemania que esta “ha dado un nuevo empuje a su hispanismo, no solo en agradecimiento a la neutralidad observada por España durante el conflicto, sino también por la esperanza de expansión de su comercio a la América Central y Meridional y demás países de lengua española, habiendo declarado oficial la enseñanza de esta”. La misma África del Norte, aunque con preocupaciones más económicas y geopolíticas,  no se libra de esta convergencia de intereses rivales por parte de España, Francia y Alemania, bajo la supervisión de Suiza en algún momento.

         Desde España, bajo la dictadura de Primo de Rivera, emerge otra interpretación del hispanismo entendido como proyecto ideológico y voluntad de proyección propios de España : de ahí la asociación por Andrenio entre nacionalismo e hispanismo, o un panhispanismo, defendido por Rafael Altamira[14] y fundamentado en una supuesta hispanidad (1926) como lazo espiritual entre pueblos hispánicos lato sensu ya que pudo englobar a Portugal[15], —como un seudo sustituto al iberismo decimonónico. Esta doble concepción del hispanismo explica, en alguna medida, los intentos por el hispanismo ideológico de instrumentalizar el hispanismo científico, perceptible hasta el final del franquismo, como se verá.

         En este hispanismo, aún fundamentalmente europeo aunque el norteamericano está cobrando mucha fuerza, se puede observar que las miradas tradicionalmente orientadas hacia España o Hispanoamérica desde un país determinado, y con preocupaciones nacionales, por decirlo así, empiezan a entrecruzarse. Desde Francia, el germanista y futuro hispanista Camille Pitollet dedica sus dos tesis al hispanismo alemán[16] y Jean-Joseph-Achille Bertrand (1884-1960), saludado en 1957 por Hans Juretsche (1957) como el “historiador más meritorio del hispanismo en el espacio cultural que forman los países de habla alemana”, es autor de Cervantes et le romantisme allemand (1914) y Ludwig Tieck et le théâtre espagnol (1914), antes de dedicarse de lleno a la cultura catalana[17], ya que muchos hispanistas no acompañan la interpretación unitaria de la hispanidad y no dudan en constituir lo catalán como objeto específico[18]. Una como respuesta al interés del hispanismo francés por el hispanismo alemán la da desde Alemania Max-Helmutt Neumann con su Cervantes werke in Frankreich (1852-1910), publicado en la Revue Hispanique (t. LXXVIII, 1-309). Entre 1915 y 1919, durante la I Guerra mundial, esta revista supo mantener, reduciendo el número de páginas, eso sí, una concepción abierta de lo hispánico con colaboraciones de Hjalmar King, Paul Högberg, J-H Probst, A. H. Harrison, Ayres de Sá,  J. Fitzmaurice Kelly, H. Thomas (en inglés), Alfredo Giannini, Ad . Coster y lo mismo se observa en la revista Romania donde se pueden encontrar artículos de  G. Bertoni, C. de Boer, A. Langlors, A. Parducci, C. Salvini, J. L. Weston, L. Spitzer, A. Thomas, además de varias reseñas de libros alemanes, de  H. Schuchardt, por ejemplo. No así en el Bulletin Hispanique donde queda ilustrado lo formulado por Imbart de la Tour (1899, 122) (si « la science n’a pas de patrie, le savant en a une[19] »), con artículos muy comprometidos con la causa francesa[20], si bien, nada más acabado el conflicto bélico, J. A. Bertrand se interesa, en 1919, por los viajeros alemanes por España y da cuenta, en 1920,  de Spanien. Zeitschrift fur Auslandskunde publicada por el recién creado Instituto iberoamericano de Hamburgo, convidando a Francia a “hacerlo mejor”. En 1923, con perspectivas más anglocentradas, el Bulletin of Hispanic Studies vendrá a fortalecer la corriente científica de interés europeo por lo hispánico.

         La Guerra civil española y la segunda guerra mundial, propiciarán, no obstante,  la manifestación de un clivaje más o menos latente y casi desvinculado de la dimensión nacional, hasta dentro del propio hispanismo europeo, entre los partidarios de una Europa católica y los demócratas antifranquistas y resistentes al dominio nazi, con efectos coyunturales, como la exaltación por la universidad de Venecia de España como “sorella latina”, o más duraderos, con el exilio de tantísimos intelectuales españoles o el distanciamiento de muchos hispanistas con respecto a la España franquista.

 

DESPUÉS DE 1945, UNOS HISPANISMOS DE SUSTITUCIÓN. Después de la Guerra civil española y de la II guerra mundial, dentro del hispanismo europeo se notan dos tendencias fundamentales: una distancia marcada con la España franquista que puede llegar al boicot, si bien existen unos núcleos partidarios de colaborar, y por otra parte, cierto desarrollo de la enseñanza del español como lengua extranjera, en Italia, por ejemplo (Calvi, 2018), con un desplazamiento del interés de los hispanistas hacia Latinoamérica, muy característico de los hispanismos emergentes en Europa. Y, por supuesto, la incorporación, malgré eux, de muchos Españoles exiliados al hispanismo “de fuera”, en Estados Unidos y México pero también en muchos países europeos, como Salvador de Madariaga en Oxford o Antonio Otero Seco en Rennes (Otero Seco, 2013, 9-40), con una notable evolución del hispanismo que viene a ser un hispanismo de sustitución.

         Representativos de la primera tendencia, entre muchos ejemplos,  son el “espeso silencio” observado en las relaciones entre Marcel Bataillon y Dámaso Alonso entre 1936 y 1949 (Ruiz Gálvez, 2013) y la tensa correspondencia entre Fernando Castiella y Marcel Bataillon (Bataillon, 2009), o las reticencias manifestadas por muchos hispanistas hacia el Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo (Botrel, 2009), pero también las relaciones mantenidas por C.-V. Aubrun con la universidad de Murcia y algunos hispanistas alemanes[21].

         De la segunda tendencia da cuenta, muy significativamente, la orientación de la enseñanza y de la investigación en los hispanismos emergentes;  caso de Polonia, de la República Checa, con su Centro de Estudios iberoamericanos fundado en 1967 y la revista Ibero Americana Pragensia, y más tardíamente de Serbia[22], pero también de Alemania donde al lado de los Vollromanisten (“romanistas completos”) aparecen a mediados de los años 1980, con la fragmentación de la filología románica, los primeros hispanistas stricto sensu (Loureda, 2017, 35).      

         Esta situación no redundó, hasta fechas muy recientes, en una mayor cooperación entre los distintos hispanismos europeos cuyos países de referencia ya no pueden tener el protagonismo de marras (España) o se encuentran físicamente muy alejados (Hispanoamérica). La progresiva organización en asociaciones de los hispanistas de distintos países europeos a partir de 1955  se hace lógicamente desde presuposiciones nacionales[23], aun cuando la dimensión linguística (entiéndase el inglés para Irlanda, el francés para Bélgica o el alemán para Austria) permite cierta superación de las fronteras. Un examen sistemático de las principales revistas europeas dedicadas en Europa a lo hispánico y de la lengua de comunicación científica preferentemente utilizada (la nacional/el español) podría corroborar lo que no pasa de una impresión[24], a matizar por la orientación en Italia de Studi Ispanici, por ejemplo[25], o las opciones en punto a lengua de publicación en las revistas dedicadas a los hispánico a partir de 1969[26]. Esto no impide que en el Homenagem a M. Bataillon de 1975 colaboren investigadores de Italia, Bélgica, Gran Bretaña, Portugal y España además de Francia, o que The spanish civil war de Hugh Thomas (1961) se traduzca a muchos idiomas europeos. La literatura comparada y el comparatismo en general permite según John Elliott (1997), « encontrar relaciones y paralelismos con las historias de las otras sociedades contemporáneas de suerte que la propia España se vea integrada en el contexto más amplio de la historia y civilización europeas ».

         Cuando Europa se va construyendo y consolidando económica y políticamente, sin la participación de España o Portugal, el hispanismo ofrece, deslocalizándolos, unos espacios de debate e intercambio, caso de los coloquios de historia contemporánea de  Pau (Francia) entre 1970 y 1980 (Aubert, Desvois, 1985).

         Contrasta con esta situación en la que al fin y al cabo cada hispanismo nacional camina por su propia senda (en 1957, por ejemplo, se organiza en la Biblioteca Nacional de Madrid, una exposición de la bibliografía hispanística (Alemania, Austria y Suiza) en parte costeada por la República Federal Alemana),  la voluntad por parte del estado español de dar más coherencia al hispanismo, organizándolo bajo su tutela.

         Por hispanismo la España oficial sigue entendiendo, según definición dada por  José Joaquín Sendra Esplá[27], un “movimiento social cuyo fin fuera continuar la obra de la Hispanidad;  España por medio del hispanismo asume la iniciativa de hacer resurgir este imperio espiritual común”, siendo la  Hispanidad una nueva unidad espiritual, con el respaldo del conjunto hispanoamericano, de la Raza, como entonces se pretendía. Algo desarrollado en los discursos de Martín Artajo como motivo del Día o Fiesta de la hispanidad entre 1947 y 1955[28].

         Nada más concluida la Guerra civil, Joan Estelrich proyecta en París, en 1939, la publicación de una Revista internacional de hispanismo como órgano de propaganda de la España franquista (Botrel, en prensa a), y en 1941 quedó destinado como lector de español en la universidad de Ginebra, Ángel Arbex Gusi, agente del servicio exterior de Falange Española, luego lector en la de Lausana hasta 1969-70, cuyo « fervor por la Hispanidad » se destaca (Rodríguez, 2011).

         En 1947, el Consejo de la Hispanidad queda sustituido por Instituto de Cultura Hispánica, con sus revistas Cuadernos hispanoamericanos y Mundo hispánico, dirigido entre 1972 y 1982, por Manuel Muñoz Cortés, anteriormente director adjunto del Institut d’Etudes Hispaniques de París. Es una época en la que no todos los hispanismos le resultan gratos al aparato franquista, como consta en la denuncia por un tal Juan Roger, en 1947, del “imperialismo inconsciente” y del “deseo de propaganda” del hispanismo francés  (Botrel, 1998, 59). En 1950, se funda, por iniciativa del Ministerio español de Asuntos Exteriores, una Asociación del Hispanismo Internacional, con su revista Clavileño (Mainer, 2002) y es conocida la pretensión por parte del estado español de incidir en la marcha de la Asociación Internacional de Hispanistas (AIH) en 1962 y también la negativa de los iniciadores del proyecto a dejarse instrumentalizar (Botrel, 2014b). En 1953, comenzó sus nuevas actividades la Fundación Universitaria Española, fundada en los años 20 y organizadora el 12de octubre de 1938 de la Fiesta de la Hispanidad, con una Biblioteca del hispanismo « que se propone valorizar, actualizar y poner al alcance de los lectores españoles obras debidas a hispanistas extranjeros” y un proyecto de  Centro de cooperación hispanista, entendiéndose el hispanismo moderno como el que se dedica a todos los ámbitos de la cultura española modernamente y con carácter científico, con exclusión de los viajes por España, de los hispanófilos, del turismo, de los libros de impresiones, etc.; un hispanismo científico (Bataillon, 1977, 9).

         En 1962, en un momento en el que ya ha empezado a cejar el boicoteo a España se fundó en la Universidad Internacional Menéndez Pelayp (UIMP), la primera organización vinculada con lo hispánico, con vocación explícitamente europea: la Asociación Europea de Profesores de Español con sus boletines, actas de congresos y revistas (Saz, 2007), cuya actividad se ha prolongado hasta hoy, con una organización que no excluye las asociaciones nacionales, como la de Finlandia creada en 1980.

         Esta activa aunque no tan constante política cultural hacia el exterior dio lugar a que, en noviembre de 1983, cuando ya había triunfado la democracia en España, coincidiendo con un congreso que congregó en Madrid a 50 especialistas procedentes de 30 países, no todos europeos, por supuesto, se constituyera el Consejo General del Hispanismo.

         Aunque con preocupaciones aún muy nacional-centradas, los distintos hispanismos europeos cuyo personal ya incluía a muchos Españoles o Hispanoamericanos e hijos y hasta nietos de emigrados o exiliados, ya había empezado a tener en cuenta lo que hacían los hispanistas de al lado: en la madrileña y francés Casa de Velázquez ya participaban en las reuniones científicas investigadores de otros países que Francia y España, y en 1974, en el 1er Congreso de la AISPI, Marcel Bataillon y Jorge Guillén fueron nombrados socios de honor.  Este mismo año pudo celebrarse en Salamanca el IV congreso de la AIH con una memorable conferencia plenaria sobre Unamuno de Geoffrey Ribbans. Unas presencias aún casi simbólicas, pero anunciadoras de una intensificación de las relaciones intraeuropeas alrededor de lo hispánico.

 

LA EUROPEIZACIÓN DE LOS HISPANISTAS. Con el restablecimiento de la democracia y la posterior incorporación de España y Portugal en la Comunidad Europea, se dio una nueva ilustración de lo que Américo Castro señalara, en 1929 (en francés): el hispanismo « a évolué avec la nature de l’objet qui lui fournissait son thème » y los hispanismos de sustitución se convirtieron progresivamente en unos hispanismos de cooperación donde España empezó a marcar la pauta, con una inversión de la asimetría anterior. Sintomáticamente, a partir de 1984, los coloquios de Pau se celebraron en España. En 1983, ya se celebrara, en España, el II Congreso de historiadores hispano-soviéticos. Esto no quitó,  por supuesto, el que siguiera haciendo falta una perspectiva « desde fuera », la que ofrece el hispanismo, como bien puntualizó Morales Moya (Álvarez Barrientos, 2011).

         Con la conciencia de que en esta Europa de los hispanismos, España ocupa un lugar peculiar, por tener el mayor número de hispanistas potenciales pero pocos hispanistas conscientes —suelen ser filólogos—  y ninguna asociación de hispanistas españoles y, sobre todo, por ser el catalizador ora pasivo ora activo de todos los afanes hispanistas desde casi el principio.

         Si bien pudo tardar, como siempre, en modificarse en la opinión general las representaciones y los estereotipos, la muy dinámica política cultural de España dentro de Europa, con las múltiples manifestaciones en las principales ciudades europeas, como Trésors de la Biblioteca nacional (Paris, mars-avril 1988), la política del Centro de las Letras Españolas a favor de las traducciones, la creación en 1990, en Bélgica, por la Fundación Duques de Soria de una cátedra Carlos V de Estudios hispánicos o la del Instituto Cervantes en 1991, con sedes a veces múltiples en 24 países europeos,  hizo que la percepción de la ya oficialmente europea España se hiciera aún más europea y compartida entre los hispanistas de Europa.

         El permanente y creciente interés de España por dichos hispanistas se ha manifestado a través de repetidos balances como en la revista Arbor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Álvarez Barrientos,  2001) y, en una perspectiva ya histórica o epistemológica, en revistas y libros (Saz, 1998; Mainer, 1998; Rey Castelao, 2008; Pérez, Zapalaín, 2008 García Cárcel, 2009; García Cárcel, Serrano, 2009) o en torno a la impronta de los historiadores franceses, hispanistas o no (Pellistrandi, 2002; Aymes, Esteban, 2003; García González, 2009).

         Del desarrollo de la enseñanza del español y del hispanismo en Europa son reveladoras no solo las cifras, sino las iniciativas tomadas en punto a organización en asociaciones, más o menos visibles y permanentes, eso sí: en Grecia (1997) —muy poco presente en los eventos del hispanismo europeo—, en Portugal (2006), en el Benelux (2004) —una mini-Europa hispanista dentro de Europa—,  o en Serbia (2007). En 2009, en Timisoara, se consituyó la Red Regional de Hispanistas de Hungría, Rumanía y Serbia que en 2012 llegó a integrar hispanistas de dieciséis universidades de la Europa Central[29]. En 2004, 2007 y 2017 se celebraron en Madrid, Estocolmo y Cádiz unos congresos de hispanistas y lusitanistas nórdicos.

         Las asociaciones nacionales de hispanistas, como la SHF, la AISPI o la AHGBI, empezaron a celebrar algunos de sus congresos en España, y cundió la costumbre de convidar a los congresos anuales de cada asociación nacional y europea a unos representantes de las demás. Algunas asociaciones se abrieron, para la parte científica, a la participación de investigadores no socios, como la DHV, en cuyos congresos, desde 2003, un tercio de los ponentes o más vienen del extranjero tanto europeo como sur y norteamericano, o la Asociación Polaca de Hispanistas, por ejemplo en sus congresos de 2005 y 2006.

         La primera manifestación de alcance europeo tal vez fue la organización conjunta en Maguncia, los 9-12 de marzo de 1989, de un coloquio que reunió a hispanistas franceses y alemanes de la SHF y de la DHV, con la presencia programada del entonces ministro de cultura español, Jorge Semprún “sobre quien seguía pesando la terrible experiencia de Buchenwald”, se acuerda Manfred Tietz  (Loureda, 2017, 96-105). Como quedó precisado en el prefacio a las actas publicadas en 1991, la finalidad era “superar […] las limitaciones que conlleva a nivel científico y docente la ausencia o insuficencia de intercambios” y « poner  manifiesto la relativa falta de sentido de la todavía hoy vigente endogamia académica”, con el deseo de que “en esta Europa soñada y temida se dé una mayor movilidad al profesorado en el espacio universitario europeo ». No hubo II Encuentro Franco-Alemán de Hispanistas, pero sí varias reuniones o seminarios en distintas universidades alemanas y francesas. Dos años después, estas relaciones europeas formales entre hispanistas, por iniciativa de la Fundación Duques de Soria, se ampliaron a distintos países de Este de Europa (Checoslovaquia, Ucrania, Serbia, Alemania), con una mesa redonda celebrada en Salamanca. Este interés por contrastar puntos de vista dentro de la Europa central y del Este dio lugar a una reunión en Leipzig, en 2001, y en Ratisbona, en 2003, con representantes de la hispanística (otro vocablo para referirse al hispanismo) de la República Checa, Eslovaquia, Rumania, de la Federación Rusa y de Polonia. En 2005, a los "Retos del Hispanismo en la Europa Central y del Este" se dedicó parte del coloquio celebrado en Cracovia. Por muy parciales, geográficamente hablando, que resultaran dichas reuniones, incluso con países que no pertenecían aún a la Unión Europea, son sintomáticas de la necesidad de superar el marco estrictamente nacional, observable aún en el programa de reflexión propuesto en 2018, desde la universidad francesa de Le Mans, en torno a “Imaginaire, conception et panorama de l’hispanisme dans les pays euro-méditerranéens”.

         Se ha llegado a plantear desde esta u otra asociación nacional o grupo de investigación unos temas de interés común dentro de Europa, como “Los estudios doctorales en el Hispanismo europeo”  (Jornadas de estudio de la SHF celebradas en Santiago de Compostela en 1996), el Coloquio anglogermano sobre Calderón celebrado en Utrecht-Amsterdam en 2011, las jornadas anuales de PILAR (Prensa, Impresos y lectura en el área románica) o el XXXI Congreso de la SHF de 2003, parcialmente dedicado a « La investigación en el ámbito de la hispanística en Europa », con la presencia de representantes de los hispanismos alemán, italiano, suizo, británico y francés: cuando la dimensión internacional de la investigación se impone como una necesidad absoluta, es fundamental que los hispanismos de los distintos países puedan unirse, afirmaron de consuno el presidente de la SHF, Jacques Soubeyroux,  y la presidenta de la AIH, Aurora Egido.

         Algunos resultados de la investigación hispanista ya quedan incorporados en problemáticas europeas cuando de cultura popular o de historia del libro se trata, por ejemplo[30], y/o traducidos a otros idiomas, con una proyección europea y trasatlántica acrecentada, ya que si la lengua española es la clave fundamental para la mutualización de los resultados de la investigación en el campo de la hispanística, tampoco se desestima el recurso a otras lenguas, como el inglés.

         Si la edición española asume la mayor parte de la publicación del hispanismo europeo, no faltan iniciativas nacionales e incluso transnacionales, por parte de editoriales como Vervuert (con sede en Madrid y Francfurt) o Peter Lang.

         A muchas revistas nacionales les cuesta, no obstante, abrirse a hispanistas que no sean españoles, caso de HispanismeS (11 números desde 2013, con artículos en francés, en español y en portugués) donde las colaboraciones de hispanistas no franceses ni españoles se reducen, por ahora, a las del n° 6 dedicado a Los hispanismos europeos y a la de Marteen Steemeijer (universidad de Nimega) en el Homenaje a G. Champeaux. En el Bulletin of Hispanic Studies entre 2002 y 2017, con excepción de los dos números dedicados a Cervantes en 2004 en los que colaboran dos hispanistas franceses (Jean Canavaggio y Michel Moner),  no se ve que contribuyan muchos hispanistas extranjeros que no sean norteamericanos o españoles.

         En esta progresiva pero llamativa evolución de un sistema de relaciones bilaterales hacia otro de relaciones multilaterales dentro del hispanismo europeo que el autor de estas líneas podría ilustrar con muchas y gratas experiencias personales, no poco han incidido el apoyo de varias entidades españolas como el Instituto Cervantes o la Fundación Duques de Soria[31], la AIH con las reuniones de asociaciones de hispanistas —europeas las más­— celebradas en 2003, 2007 y 2015[32], y, por supuesto, las políticas entre incitativas y directivas de la Unión Europea, con sus distintos programas en pro de la educación, de la investigación y de la movilidad (Erasmus, Acciones integradas, Bolonia, etc.), y también los paulatinos y dificultosos progresos de la “idea de Europa”. 

 

¿UNA  EUROPA DE LOS HISPANISTAS?  De todo lo evocado anteriormente es sin duda deudora y actora al mismo tiempo la Red Europea de Asociaciones de Hispanistas (REAH), constituida en 2014[33], con posteriores reuniones en Exeter (2015), Milán (2015), Cracovia (2016) y Munich (2017). Esta “coordinación sin estructura burocrática”, según Johannes Kabatek (Loureda, 2015, 223) –ni siquiera tiene una página web—, como la Asociación Asiática de Hispanistas, configura un espacio geográfico continental dentro del hispanismo internacional, pero en el contexto de una Europa educativa y científica institucionalmente definida. Según sus fundadores tiene por objetivo promover el intercambio de información entre las asociaciones nacionales, el desarrollo del hispanismo y el diálogo con instancias europeas, pero también “intentar vertebrar el hispanismo europeo dentro del proceso de Bolonia” (Lagarde, 2015). Un como lobby del hispanismo en Europa que implica una ruptura con el sistema dominante estatonacional o biestatal  en pro de una visión y organización conjunta, aunque no homogénea.

         ¿ Podrán estos objetivos prácticos y corporativos llegar a ser aún más trascendentales? En la conclusión de un estudio sobre la asociaciones europeas de hispanistas (Botrel, 2003), titulada “¿Hacia un hispanismo europeo?”, se emitía la hipótesis de que « con la atenuación de las diferencias nacionales dentro de un nuevo espacio europeo democrático y el desarrollo de las comunicaciones físicas y electrónicas, se [podía] esperar que, gracias a la pluridimensionalidad y globalidad de su mirada, se privilegi[ara] la función mediadora de un hispanismo europeo ya sin fronteras y cooperador, como productor de un saber sui generis, por supuesto, pero también como pasarela y como instrumento de resistencia y de afirmación de una latinidad lingüística y cultural renovada, en un mundo en vías de una preocupante uniformización ».

         La creciente movilidad dentro del espacio europeo, la propia evolución de la condición de hispanista con su creciente hispanización, las nuevas maneras de mirar al otro, todo propicia  la multiplicación e intensificación de las miradas cruzadas sobre el devenir de lo hispánico lato sensu (lo español y lo portugués, pero también lo catalán, gallego, etc.) dentro del espacio europeo, en pro de una Europa multingüe y multicultural[34], pero también sobre lo que ha de ser un hispanismo europeo atento a su proyección al otro lado del Atlántico.

         Sea la REAH el foro virtual y físico donde se verifique, entre hispanistas europeos, este imprescindible, permanente y fructífero debate acerca de la entrañable y trascendental dimensión hispánica de Europa[35].

 

Jean-François Botrel (Université Rennes 2).

(http://www.botrel-jean-francois.com)

 

 

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[1] Agradezco a Maria Vittoria Calvi, Pedro Calvo-Sotelo, Trevor Dadson, Jean-Marc Delaunay, Antonio Gargano, Claire Taylor y Manfred Tietz el haberme permitido ampliar y completar mi información. Soy consciente de que, por más que me haya esforzado en abarcar todos los hispanismos europeos, mi visión peca de excesivamente francocentrada.Valgan, pues, estas primeras reflexiones como unas propuestas a completar y matizar desde otras perspectivas nacionales —pero ¡europeas!

 

 

[2] “una lengua tan poco conocida entre nosotros”, decía.

[3] 82 millones multiplicados por 2 en 1950; 161 millones multiplicados por 2 en 1980 (300 millones).

[4] 15 millones en 1820, 20 millones en 1910, menos de 38 millones en 1980.

[5] Véase Aprile, Sylvie, C. Cassina, Ph. Darriulat, R. Leboutte (dirs.), Europe de papier. Projets européens au XIXe siècle, Villeneuve-d’Ascq, Presses Universitaires du Septentrion, 2015.

[6] El español en la República checa, Embajada de España en la República checa, 2016, pp. 58-59.

[7] Véase, por ejemplo, Llorens (1954) y Vauchelle Hacquet (1985, 2003).

[8] Historia de la literatura española, Madfid, Imprenta de La Publicidad, 1851-1856.

[9] Geschichte der spanischen Literatur, Leipzig, 1865; Histoire de la littérature espagnole, Paris, A. Durand y Hachette et Cie, 1864-1872.

[10] En Letteratura italiana I. I critici, Milano, 1949.

[11] “Una hermosa lección de ayuda científica mutua ».

[12] Hispanismo se da como equivalente de hispanofilia, aunque en esta se destaca, como matiz, « cierto afecto o cariño por la literatura, historia e instituciones culturales de España y en este sentido se ha de aplicar esencialmente a Estados Unidos y a Alemania ».

[13] Información de Jean-Marc Delaunay

[14] Véase su prólogo a Santiago Margariño, Panhispanismo: su trascendencia histórica, política y social, Barcelona, 1926.

[15]  Véase Conde de Santibáñez del Río, Portugal y el hispanismo, Madrid, 1920).

[16] Contributions à l’étude de l’hispanisme de G. E. Lessing, Paris, Alcan, 1909 y La querelle caldéronienne de Johan Nikolas Böhl de Faber et José Joaquín Mora …, Paris, Alcan, 1909.

[17] Véase, por ejemplo, La littérature catalane contemporaine (1833-1935), Paris, Belles Lettres, 1933.

[18] De ahí, por ejemplo, que la Deutscher Katalanistenverband (Asociación Germanocatalana) forme parte de la Red Europea de Asociaciones de Hispanistas.

[19] “Si la ciencia no tiene patria, el sabio sí la tiene”.

[20] Véase, por ejemplo, los artículos firmados por St C. « Notes et réflexions sur notre propagande et l’état de l’opinion en Espagne » (1916) o « La main de l’Allemagne en Espagne » (1917).

[21] De ahí, tal vez, que sus Mémoires hayan sido publicadas en Alemania, a cargo de Sebastian Neumeister (Hitzroth Marburger Romanistiche, 1991).

[22] La enseñanza del español como materia facultativa en la cátedra de lenguas románicas empezó en 1951 en la universidad de Belgrado y la primera tesis de estudios hispánicos se leyó en 1984.

[23] La primera fue la Association of Hispanists of Great Britain and Ireland, y después la Société des Hispanistes Français de l’Enseignement Supérieur (1963), la Sociedad Suiza de Estudios Hispánicos (1969), la Associazione Ispanisti Italiani (1973), la Deutscher Hispanistenverband (1977) y la Polskie Stowarzyszenie Hispanistów (1985) (cf. Botrel, 2003). Otras asociaciones se crearán después de 1986.

[24] En el Bulletin Hispanique, entre 1899 y 2007, se notan frecuentes colaboraciones de hispanistas europeos no franceses ni españoles: D. Briesemeister, Giovanni di Stefano, Alison Peers, Teresa Eminowicz, Edward M. Wilson, Philip Deacon, Olga Anokhina, Elsa Dehennin, Jules Horrent, William J. Entwistel, Zdenek Hampejs, Margherita Morreale, J. E. Varey, Yakov Malkiel, Harri Meier, J. A. van Praag, etc.

[25] Desde 1976, Studi Ispanici tiene por propósito abrirse “de un lado al hispanismo internacional y del otro a un comparatismo que integra el fenómeno literario en una red de relaciones culturales que da razón de su existencia y de su peculiaridad” y publica artículos en espagnol, pero también en italiano y en francés y tiene colaboradores de casi todos los países. Rassegna iberica empezó a publicarse en 1978.

[26] Las lenguas utilizadas en las revistas del hispanismo alemán (Iberoromania desde 1969, Hispanorama, desde 1972, Iberoamericana, desde 2001, Tranvía, 1986-2003), son fundamentalmente el español y también el alemán, el inglés, el portugués y el catalán.

[27] Hispanidad e hispanismo, Alicante, 1948.

[28] Dedicados a « la hispanidad »,  a « la gran familia hispánica », a « la comunidad hispánica », a « la supranacionalidad hispánica », y, una vez, a « los pueblos hispánicos ».

[29] Desde 2010, esta Red regional de hispanistas de Hungría, Rumania y Serbia publica una revista científica anual en español: Colindancias, cuyo n° 8 se publicó en 2017.

[30] Como los coloquios organizados en 1991 en la Herzog-August Bibliothek de Wolfenbütel sobre los impresos de amplia difusión y la literatura de cordel en la Europa de los siglos XVI-XIX o, en 1999,  en la universidad de Versailles-Saint-Quentin sobre los almanaques populares en Europa y en las Américas (siglos XVII-XIX).

[31] Como las “tribunas” organizadas en 2017-2018, en Madrid,  por el Instituto Cervantes en torno a los hispanismos británico, italiano, francés y polaco +portugués (12-II-19) o, por iniciativa de la FDS,  el solemne y Homenaje al hispanismo internacional celebrado en la RAE y el Palacio del Pardo el 26 de septiembre de 2018 en el que más de la mitad de los participantes eran hispanistas europeos. De esta reunión ha surgido un proyecto de Observatorio Permanente del Hispanismo.

[32] En la reunión de 2007, organizada en el Instituto Cervantes de París con el apoyo del Banco Santander y de la FDS, surgió la idea de un “anillo” del hispanismo que asociara todas las asociaciones nacionales de hispanistas.

[33] Conste para la (pequeña) historia de la REAH y rectificar lo escrito por Johannes Kabatek (Loureda, 2017, 223-4) que no me invitaron a ese acto fundacional ni era yo en aquel entonces presidente de la AIH.

[34] Solo menciono el por otra parte imprescindible debate acerca de las consecuencias, cara a la política lingüística europea y a la didáctica, de la proximidad entre las lenguas románicas y de la posible intercomprensión románica (cf. Calvi, 1995 ;  Lopez García, 2007, 139) y de los posicionamientos de los hispanistas con respecto a su propia lengua nacional o… al inglés (cf. Botrel, Calvi, en prensa b).

[35] Agradezco a Cuadernos AISPI que desde 2013 viene ilustrando una línea editorial muy abierta al hispanismo europeo y a su directora Maria Vittoria Calvi el haber permitido que lo que iba a ser una conferencia para el encuentro anual de la REAH pudiera convertirse en un artículo.