« El Papa de la Crítica : Marcelino Menéndez Pelayo y la historiografía literaria francesa »,


en Jean-François Botrel, Anthony H. Clarke, Salvador García Castañeda, António Apolinário Lourenço, Menéndez Pelayo y las literaturas europeas, Santander, Sociedad Menéndez Pelayo, 2018, pp. 1-44

 

 


 

Para entender cómo para una parte de la opinión francesa—una parte muy reducida, valga la verdad,  ya que fundamentalmente del hispanismo se trata—, pudo llegar Menéndez Pelayo a ser un como Papa de la crítica y Santander o Madrid —donde él estuviera— una especie de Roma o Santa Sede y su biblioteca una Capilla Sixtina para peregrinos filólogos hispanizantes que acudían a besar el anillo de su saber, creo que es preciso recordar el contexto en que surge su prodigiosa figura.

No voy a repetir lo muy sabido, sobre el menosprecio, en aquel entonces, de Francia hacia España ni sobre la hispanomania romántica que ambas delatan una escaso o superficial conocimiento  de las “cosas de España” y aun más, una ausencia de interlocución entre eruditos durante el siglo XIX y unas desequilibradas relaciones culturales transfronterizas. Pero sí voy a recordar que en último cuarto del siglo XIX, después de la derrota de Sedan, por una especie de sursum corda colectivo — empieza a constituirse en Francia un hispanismo científico o sea : con interés, motivación y aptitudes lingüísticas, dentro de una corriente « positivista », un hispanismo testigo, para lamentarlo, del atraso de España en punto a desarrollo científico, inclusive la ciencia literaria, a pesar de Amador de los Ríos, Manuel de la Revilla o Milá i Fontanals. Valga como muestra de tal percepción lo que escribía Jean Amade en 1907 (apud Niño, 1988, XII) sobre la escasa preocupación —la indiferencia aparente—por la historia de su literatura, de una España “abocada para informarse con provecho sobre las manifestaciones de su propio genio nacional a traducir obras extranjeras », o sea: a valerse de trabajos científicos alemanes, franceses o ingleses.

            En tan desconsolador panorama o contexto surge la figura del joven Menéndes Pelayo, que por su inconcebible precocidad erudita y su ardiente militancia llama la atención de algunos hispanistas y afines en Francia, hasta imponerse como imprescindible interlocutor, intermediario y autoridad científica, para algunos, e ideólogica para otros que van a acatarla o combatirla, según. Entre estos dos polos : autoridad científica respetada por casi todos —veremos cuáles pudieron ser los reparos—, autoridad dogmática  discutida por muchos y celebrada por algunos anda el juego que voy a estudiar de manera diacrónica, porque bien se sabe ya que, al filo de los años, sin cambiar fundamentalmente, evolucionó Menéndez Pelayo[1], y que también se notan matices y evoluciones dentro del hispanismo francés[2], lo mismo que en la recepción y vigencia de Menéndez Pelayo y su obra.
           

La invención  de Menéndez Pelayo en Francia (1877-1912). El estudio de las dos primeras expresiones en Francia acerca de Menéndez Pelayo (las de Alfred Morel-Fatio  y de  José Miguel Guardia), me parecen muy representativas de esa dualidad que va a marcar duraderamente la figura del autor de la Ciencia española y de la Historia de los heterodoxos.

La primera nos la suministra Alfred Morel-Fatio (1850-1924) arquivista-paleólogo y futuro catedrático en el Collège de France y miembro de l’Institut, quien conoció a Menéndez Pelayo cuando este visitó en 1877 el Departamento de manuscritos de la Biblioteca Nacional de Francia[3]. Quien quiera saber más y conocer su papel determinante en la construcción del hispanismo científico, lea como menos el cap. I del libro de Antonio Niño (1989).

A través de las 273 cartas cruzadas entre ambos a partir de 1877 y hasta 1908 —la correspondencia más abundante de todas, posiblemente— una correspondencia « muy fría y muy erudita », en opinión de Antonio Niño (1989), se puede reconstituir el tipo de relaciones mantenidas entre ambos durante 30 años. Se trata de servicios prestados por Menéndez Pelayo como erudito[4], como intermediario con el librero Murillo o como bibliotecario: se trata de préstamos de manuscritos entre bibliotecas por vía diplomática[5] o de copias (no gratuitas) en la Biblioteca Nacional, que pueden ser de puño y letra del mismo Menéndez Pelayo, como la de las cartas de los filósofos franceses del XVIII dirigidas al duque de Villahermosa: a Menéndez Pelayo  parece ser que le importaba publicarlas en alguna revista francesa pero por fin  las publicará Morel-Fatio en la Revue d’histoire littéraire de la France en 1894, al entregársela Menéndez Pelayo sin restricción  probándole que « soy mejor que Vd. puesto que no le guardo rencor alguno, a pesar de los arañazos más o menos caritativos con que Vd suele favorecerme cuando por raro caso suele acordarse del santo de mi nombre[6]” (Sánchez Reyes, 1953, 138). Y por supuesto, por parte de Morel-Fatio, muchas cartas de presentación o recomendación de Ernest Mérimée, Reynier, Petrof, Buchanan, John D. Fitzgerald, etc.[7].

Consta la gran admiración de Morel-Fatio por la potencia de trabajo y la resistencia  de su joven colega:  “vous êtes infatigable”, le comenta  el 2 de julio de 1878,  y prueba del gran aprecio que le merece, en 1879, le sugiere que continúe la Biblioteca de Autores Españoles[8].

Pero sin acalorarse, la correspondencia puede llegar a mayores honduras, como cuando Morel-Fatio le  critica por ser « amigo de los detalles y no de las generalidades » (Sánchez Reyes, 1953 51) o cuando, en octubre de 1883, le comunica (en francés) la opinión de los “independientes” que no la de sus turiferarios amigos católicos, a propósito de los Heterodoxos, de sus « Herejes » como escribe (Sánchez Reyes, 1953, 73). Cito por la traducción de Juan Roger (1956) : “me permito indicarle que su sistema de parcialidad elegido me parece que adquiere aquí proporciones que estropean bastante el valor de la obra. Comprendo perfectamente que todo lo que no sea católico romano y español le sea antipático, pero una historia no es una acusación fiscal. Lo que más me sorprende es que usted tan horaciano, amigo ferviente de la medida y del buen gusto, se deje llevar a negar a los protestantes cualquier virtud e incluso el talento literario”. También le reprocha el no plantearse la cuestión de si la Inquisición tuvo algo de política ; en resumidas palabras : a pesar de su parte positiva, se trata de un libro de partido. Es conocida la respuesta de Menéndez Pelayo el 30 de enero de 1881 sobre lo del escamoteo de la Inquisición y lo de “No convengo en que mi libro sea de partido. Es de historia, pero escrito por un creyente que no disimula lo que cree etc.  Total : « ni uno ni otro hemos de convencernos, sin que esto obste en nada a nuestra buena y probada amistad ». A raíz de la reseña de los Heterodoxos en la Revue critique  donde Morel-Fatio le ha tratado “bastante mal como acostumbra hacer con la gente que vale” (Sánchez Reyes, 1953, 70), protestará otra vez Menéndez Pelayo,  el 6 de mayo de 1881: no ha de « negarme que tiene unidad de pensamiento y franqueza y sinceridad de miras. Yo juzgo los hechos con mi criterio católico, pero ni los altero ni los falsifico, y creo que en esto puedo preciarme de haber sido imparcial y verídico ». De ahí la fórmula de despedida : « suyo  buen amigo a pesar de todo ». Algo le quedará de este tenso e intenso cambio de opiniones ya que en 1890, le advertirá Menéndez Pelayo a Morel-Fatio que para su  nueva edición de los Heterodoxos « procurar[á] que la parte científica se sobreponga a la parte polémica » (Sánchez Reyes, 1953, 126).

De « incomprensión del filólogo para el humanista » califica Enrique Sánchez Reyes (1953, 11) estos comentarios muy directos y la correspondencia en general. entre « el francés enragé y [Don Marcelino] el español castizo, el esprit fort y el católico a machamartillo, el filólogo y el humanista, el cerebral puro y el hombre todo corazón».

Sea lo que fuere, no se puede negar el aprecio de Morel-Fatio por Menéndez Pelayo, ni el gran mérito de haber sido el introductor —casi el inventor—  de Menéndez Pelayo en Francia[9]. En 1898, cuando a Menéndez Pelayo se le rinde un homenaje en el año vigésimo de su profesorado, entre las 57 contribuciones no falta por supuesto la contribución de Morel-Fatio (también participan los hispanistas franceses  Ernest Mérimée y Léo Rouanet) y en la reseña del tomo resultante en el primer número del Bulletin Hispanique en 1899, afirma Morel-Fatio : « je ne connais pas d’existence d’érudit plus brillante, plus heureuse, plus harmonieuse[10] », y, a propósito de la Ciencia española, alaba lo amplio de su información: es un repertorio útil, deslumbrante por el flujo de sus conocimientos bibliológicos, la ligereza espiritual del polemista y el estilo de buena ley, si bien emite algunas reservas y hasta censuras sobre las que volveré.

Entre las muchas calidades de Menéndez Pelayo destaca su « perfecta sinceridad » : “sa maison est de verre, il a toujours combattu avec de bonnes armes loyales et travaillé au grand jour de la controverse, sans rien sacrifier des convictions religieuses et autres déposées au plus profond de sa conscience, il n’a jamais esquivé la discussion, jamais persévéré par faux amour-propre dans des erreurs, quand elles lui ont été démontrées et qu’il les a lui-même reconnues ; sa carrière d’érudit est bien une marche ascendante vers la vérité[11] » (p. 215). Son palabras mayores, como fácilmente se entiende.

En 1914, con motivo de una necrológica  de Boris de Tannenberg también publicada en el Bulletin Hispanique (n°16 -3, 398-401), después de expresar algunas reservas sobre el carácter un poco panegírico del ensayo de este,  reconocerá y saludará Morel-Fatio al « nuevo Pelayo montañés », “gran restaurador de las glorias nacionales” : « Il n’est que de se rémémorer l’état de nos études en Espagne ; lors de l’avénement du nouveau Pelayo montagnard, pour avoir la mesure exacte de ce que son labeur bienfaisant de plus de 30 ans et la contagion de son exemple ont produit d’heureux et de durable[12]” (p. 399).

Muy distinta, pero fundadora de otra valoración —negativa— de Menéndez Pelayo y centrada en la parte más ideológica de su obra, es la percepción de un médico hispano-francés,  José Miguel Guardia[13], para quien « la duda metódica es el presupuesto obligado de toda ciencia y toda filosofía », nada más alejado, pues, de la « fe exclusiva, bien asentada en la verdad de los dogmas » de Menéndez Pelayo, como observa Yvan  Lissorgues (2011, 220). Se le debe el primer ataque frontal en Francia de las posiciones de Menéndez Pelayo, nada menos que en la prestigiosa Revue Philosophique fundada y dirigida por Théodule Ribot, en 1890,  en un artículo titulado  « Historia de la filosofía en España » donde entre los « sectarios » incluye a Laverde Ruiz, a Alejandro Pidal y a Menéndez Pelayo. En este joven académico y profesor “destaca particularmente esa erudición fácil del bibliófilo y del bibliógrafo. Desde hace más de quince años de calaveradas no deja de llenar de citas sus numerosos volúmenes, que certifican una extraordinaria facilidad cuando no una rígida probidad” y pregunta Guardia: “¿Cuándo veremos un libro de este fecundo autor? Cuando le crezcan las ideas. Hasta ahora tan solo se perciben tendencias, nada dudosas. Es un ortodoxo ultramontano que se complace profesando una fe variada, desleída y amplificada, que se resume en esta fórmula: Soy católico, apostólico, romano”. Acaba calificándole de “pequeño Ozanam” y de “pequeño Veuillot”, pensadores franceses emblemáticos del integrismo católico (apud Lissorgues, 2011, 214-5) . A esta « violenta arremetida » contestará Menéndez Pelayo, pero solo en una nota, p. 54 de sus Ensayos de crítica filosófica (1892):  « arrebatado por sus furores de sectario y por el odio ciego que profesa a su antigua patria —de « tránsfugo » le calificará un año después—, y prevalido de la general ignorancia en que los franceses viven de las cosas y de los hombres de España, se ha desatado contra mí” (apud Lissorgues  2011, 216).        Lo cierto es que tanto como la figura de un gran erudito renovador de los estudios filológicos en España, queda instalada en la Francia de la Tercera República la imagen de un Menéndez Pelayo « integrista y ferozmente intolerante » (Lissorgues, 2011, 202). Lo confirma La Grande Encyclopédie “réalisée par une société de savants et de gens de lettres”, donde se le define como « literato y hombre político español » : « en philosophie, il est autoritaire, clérical et adversaire déterminé des doctrines d’Outre-Rhin”, escribe el autor de la nota biográfica después de 1887.

 

2. Menéndez Pelayo y el hispanismo francés. Estas dos percepciones e imágenes correrán parejas, aunque menos perceptible resulte la segunda entre los hispanistas franceses que son los principales interlocutores en Francia de Menéndez Pelayo : como, en 1956, con motivo del centenario de su nacimiento, recordará en Arbor Juan Roger (otro “tránsfugo”, pero desde Francia hacia la España franquista[14]),  el polígrafo santanderino era, en último recurso, la posible salida de cualquier callejón erudito que encontraran en sus investigaciones los hispanistas contemporáneos[15] y cualquier estudiante hispanista francés sabe que es imprescindible estudiar las obras principales del polígrafo santanderino ».

            Otra vez, el Epistolario de Menéndez Pelayo nos suministra sobrados ejemplos del relevante papel de autoridad y referente que desempeñó para los hispanistas franceses —los del hispanismo “seglar” (el universitario u oficial) pero también el  «monástico”   o autónomo  » (cf. Niño, 1989).

Para Ernest Mérimée (1846-1824), por ejemplo: este primo del autor de Carmen,  a quien acogió Menéndez Pelayo cuando estaba preparando su tesis sobre Quevedo (Essai sur la vie et les œuvres de don Francisco de Quevedo, 1886) que le permitirá ganar en Toulouse,  también en 1886,  la primera cátedra de español en Francia, pronto se muestra más preocupado por el desarrollo de los estudios hispánicos en Francia (aunque alguna reseña dedica a las obras de Menéndez Pelayo[16]), e irá presentando muchos pensionados para quienes una visita al profesor  y la asistencia a sus clases era cosa obligatoria.

Pero también para Ernest Martinenche ( 1869-1939) quien, en 1905, proyecta publicar un artículo sobre la edición de las obras  Lope de Vega y,  el 28 de agosto de 1906, le pide una carta de recomendación para que, en la Biblioteca Nacional, le dejen pedir más de tres volúmenes a la vez (Epistolario, XXII, 466), para Léo Rouanet (1863-1911), gran admirador  y autor de muchas cartas a partir de 1898, para Georges Cirot (1870-1946), fundador del Bulletin Hispanique, o Desdevises du Dézert (1854-1942),  historiador y autor de L’Espagne de l’Ancien Régime (1897-1904, 3 vol.) , según el cual (lo escribe en la Revue d’Auvergne en 1903 ), las ultranzas oratorias de este abogado de la Inquisición no le impiden tener mucha lucidez a veces y sus ardientes profesiones de fe, están “destinées à affirmer son orthodoxie et à lui permettre par la suite d’attaquer avec plus de hardiesse les préjugés de ses contemporains et les réputations usurpées[17]” (apud Baron, 1984, 1011).

Los hispanistas franceses más entusiastas o adictos—también pueden ser belgas como G. van de Alstyne—, son los « autónomos » o “monásticos » —muchos afines a las ideas de Menéndez Pelayo[18]—, también muy interesados, por motivos muy dispares, en conseguir algo de la autoridad del Papa u oráculo, su beneplácito o, al menos, una palabra.

Paul Groussac (1848-1929), por ejemplo, un franco-argentino, director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, quien al remitirle en 1897 su libro Del Plata al Niágara, se muestra bastante incomodado por el silencio anterior de Menéndez Pelayo ya que como escribe :

« Le he remitido á V., desde su fundación, mi revista La Biblioteca, sobre cuyo valor literario no alimento grandes ilusiones; sin duda son menores los suyos, puesto que no he merecido un acuse de recibo.

V. pensará y dirá lo que quiera de este libro mío; probablemente lo incorrecto y afrancesado del lenguaje, le impedirá concluirle. Paréceme que, con todo su gran talento, le cuesta a V. mucho apreciar lo que se aparta de su escuela y propia índole. Siendo así, no debo esperar que me trate con benevolencia. Tampoco me dirijo a V. en actitud de humilde solicitante, ansioso de recibir cuatro líneas para publicarlas en los periódicos. Cumplo sencillamente con el deber moral de agradecer la eficacia literaria de sus escritos en mi desarrollo de ingerto sudamericano y, desde esta Biblioteca Nacional, de que soy director indigno, ofrecerme de V. Atento S.S. y admirador[19].      

Algunos solo le hacen alguna consulta[20] o le piden algún consejo[21]. Muchos manifiestan su intención de informar acerca de su obra, como Albert Savine[22], o le piden artículos para las revistas que controlan, como Fouché-Delbosc[23], otros quieren traducir alguna obra suya, como el librero Jules Chartier, C. Barthez, y, sobre todo, Henry Cazac[24], cuyo fallido empeño me parece representativo de la peculiar y escasa recepción de la obra de Menéndez Pelayo en Francia.

Pierre-Henry Cazac, un afín y fervoroso admirador de Menéndez Pelayo[25], fue en efecto promotor, en los años 1891-1896, de una nonnata Bibliothèque philosophique espagnole contemporaine que había de inaugurarse con unos Ensayos filosóficos o de crítica filosófica de Menéndez Pelayo traducidos al francés[26]  publicados ya que no por Alcan (según Cazac, se decanta este por la filosofía « de construcción sintética y dogmática » (Epistolario,  XI, 502)) por otro editor, y también, de un volumen para la “Bibliothèque Méridionale” de Toulouse (Mérimée). Se conoce que mucha ilusión le hacía a Menéndez Pelayo,  pero no tanto como para pagar la edición como se lo proponía Cazac el 24 de enero de 1892 : « ni a Alcan ni a ningún otro librero estoy dispuesto a pagar ni un céntimo por el capricho de verme traducido al francés. No soy bastante rico para esto. Me convendría, como a cualquier otro, ver divulgados mis escritos en una lengua más conocida que la nuestra, pero no entra en mis planes el costear yo una edición francesa (Epistolario, XI 402). Lo cierto es que no llegará a publicarse ningún escrito suyo en la Revue Philosophique de Ribot.

            De hecho, en vida de Menéndez Pelayo, fuera de las revistas especializadas[27], en Francia, se conocen pocos ecos a su obra, y en 1899 observo que en la lista de los correspondientes del Bulletin Hispanique están el Doctor Thebussem y Rodríguez Marín, por ejemplo, pero no Menéndez Pelayo, a quien sin embargo hicieron socio de honor de la  Société Académique d’Histoire Internationale y de la Société Archéologique de France.

            El único estudio de conjunto, en francés, susceptible de « combattre le préjugé injuste qu’entretient l’indifférence, sinon la méfiance du public français à l’égard de ce tout ce qui vient d’Espagne[28] », es el que le dedica el hispanista de origen ruso, Boris de Tannenberg (1864-1914), en L’Espagne littéraire. Portraits d’hier et d’aujourd’hui. 1ère série publicado en 1903[29], en el que el estudio sobre Menéndez Pelayo ocupa más de la tercera parte de libro. Trata primero  del hombre y del escritor, con un retrato del  joven y tartamudeante Marcelino, con su carrick anticuado que a Leopoldo Alas le recordaba la famosa gorra de Charles Bovary, y del Menéndez Pelayo maduro « maître de la parole» (p. 91); “ plus  esthéticien, plus artiste, que psychologue, il prend les œuvres en elles-mêmes et en jouit pour leur valeur propre », con una crítica « au plus haut point initiatrice » que no se presenta como un puro impresionismo : analiza las causas de su placer y evalúa su calidad: “il juge et il compare en homme averti, qui a exploré, avec une curiosité sans cesse en éveil, tout le domaine des lettres et de la pensée » (p. 103). Es un verdadero crítico “joignant à un vaste savoir le goût des idées générales, le sens littéraire le plus exercé et le talent de l’exposition[30]” (p. 155), lo que le faltaba a España. En el capítulo II ( La ciencia y la filosofía española), destaca sus dos pasiones dominantes: su  patriotismo tradicionalista y su fe religiosa encaminadas a rehabilitar a España con la explicación de  su pasado , y confiesa su simpatía por el apologista, por el Español « puro », pero también observa (p. 96) que, en este hombre « qui aime casser les vitres » (p. 100), “avec l’enrichissement de sa pensée par l’étude et l’expérience, son intelligence est devenue plus tolérante et plus compréhensive, son dogmatisme moins tranchant[31] ».  El capítulo III, lo dedica a La crítica literaria, con su visión del « genio español », la evolución de sus teorías literarias, sobre la poesía lírica, el teatro de Lope de Vega y sobre todo su Historia de las ideas estéticas, uno de los resultados más destacados de su obra crítica. Esta  « gloria nacional » que aúna la erudición más informada con el gusto delicado y comprensivo y  una amplia cultura verdaderamente europea es el imprescindible iniciador al estudio de la literatura española.

Menéndez Pelayo, que es un caso de « intelectualismo agudo », también  cuenta con « une aimable aisance, un talent spontané,  une prose du meilleur aloi, une facile et limpide faculté d’assimilation merveilleuse, une large sympathie pour toutes les beautés littéraires intelligence ouverte à toutes les idées très solide culture classique”. A todos estos méritos, es preciso añadir  la “délicatesse de son goût et la spirituelle vivacité de son style[…] l’ indépendance de son jugement et la personnalité de ses impressions”, a propósito del romanticismo francés, por ejemplo.

Pero a quien ha tenido que ser alternativamente albañil y arquitecto, todo a uno, de una obra que resulta un poco híbrida, también le reprocha  Boris de Tannenberg (pp. 206-207),  el que no pase de los trabajos eruditos (unas tareas demasiado modestas y exigentes a la vez que no son más que los cimientos del edificio literario), y que en vez de agotarse en publicaciones eruditas, no se dedique a la crítica “de goût”, a la crítica filosófica, a escribir unos libros con vida, unos libros de ideas, unos estudios más profundos sobre los grandes escritores, unos trabajos de verdadera crítica » (pp. 207-208) como, por ejemplo una historia de las ideas estéticas o del lirismo español e imagina lo que pudiera haber sido la obra de Menéndez Pelayo de vivir en Francia (p. 208) : “il nous aurait donné des ouvrages clairs et vigoureux, écrits à la française, au lieu de cette suite de volumes trop touffus et sans air, à l’allemande, où abondent les pages supérieures de haute critique, mais d’où rien ne se dégage en pleine lumière, ni aux yeux ni à l’esprit[32]” (p. 209). Así de claro y de francés.

            Lo cierto es que casi todos los hispanizantes o hispanistas franceses acudieron a Santander o Madrid en busca de las bases de formación y no dejaron de enviarle sus libros y a todos sus corresponsales atendía Menéndez Pelayo, con gran cortesía y bondadosa paciencia a veces, contestando con toda precisión e erudición a cualquier pregunta o pedido[33]), alentando, compadeciendo si cabe, pero siempre con distancia y hasta firmeza, como veremos, y manteniéndose en una estricta neutralidad en los debates que entonces se daban entre el hispanismo universitario y el autónomo, sin tomar partido, por ejemplo, en los ataques de Camille Pitollet contra el hispanismo « a la violeta que se implantó desde la era Martinenche —del “protestante Martinenche”, insiste— en nuestra Universidad[34] » o el bando Cirot-Mérimée, como escribe el atípico por caracterial hispanista autónomo.

Las dos correcciones fraternales que el maestro administra a este joven e impetuoso hispanista (aunque profesor de alemán) que por lo visto no escarmentará[35], me parecen muy representativas de la manera de ser del “Papa de la crítica”. En la primera, con motivo de un proemio demasiado virulento y agresivo, especialmente contra Farinelli, a un artículo enviado para su publicación en la Revista de Archivos  Menéndez Pelayo le aconseja a Pitollet que suprima la parte polémica : « como al fin la experiencia enseña algo, y tengo la triste ventaja de los años [tiene entonces 50 años], no llevará usted a mal que le diga que ciertas intemperancias de estilo en la crítica suelen agriar los ánimos sin provecho de la ciencia ni de nadie. Todo puede decirse con términos mesurados y corteses, y de tal modo que los autores censurados queden agradecidos al crítico. Todos hemos pecado más o menos en esta severidad juvenil, pero llega cierta edad en que se vuelve uno duro e inflexible juez de las obras propias y muy indulgente con las ajenas […]. Las letras humanas deben ser lo que su nombre dice. Han de servir para hacer más humanas y apacibles, no más duras y ásperas, las relaciones entre las gentes. Y perdone usted estas simplezas sentimentales[36]”.

Tres años después, cuando Pitollet le envíe sus dos tesis (« dos repertorios de bibliografía hispano-germánica » donde se mete con todos y cada uno, inclusive con el propio Menéndez Pelayo),  este le advertirá, con aparente tranquilidad y flema, su incomodo por « el tono mordaz que más de una vez emplea usted al hablar de mí y de mis obras en varios pasajes de sus dos tesis”: « la parte polémica me parece violenta, personal, iracunda y agresiva. No se me alcanzan los fines que pueda usted tener en concitarse la enemistad de todo el género humano por tiquismiquis literarios que importan a muy poca gente. Todo puede decirse con caridad y cortesía. La razón expuesta con malos modos no convence, sino que enfurece y encona  […] renuncio a decir a  usted con la experiencia de las canas lo que la vida misma le irá enseñando poco a poco » y  en sendas notas le comunica unos comentarios muy eruditos de sus tesis[37]. Así es Menéndez Pelayo, maestro de hispanistas…

La necrológica que Ernest Mérimée le dedicó en 1912 en el Bulletin Hispanique[38] sintetiza —creo— lo que era entonces la percepción y aprecio que de Menéndez Pelayo  tenía el hispanismo francés, ya que del gran público seguía desconocido lo mismo que la literatura española contemporánea (cf. Botrel, 2008) 

Más allá de las palabras al uso,  y de las lamentaciones sobre el desconocimiento en Francia de los trabajos de Menéndez Pelayo fuera de los especialistas,  por estar redactados en español (si lo hubieran sido en alemán…), en el « gran maestro de la crítica española » —de “Pico della Mirandola” le califica— , destaca el erudito (“sa passion du document patiemment poursuivi dans les manuscrits et les livres, une méthode exacte et intelligente […] un goût délicat, un sentiment très sûr, très fin des valeurs relatives[39] », su extraordinaria memoria (para él todo libro leído es libro sabido; siempre lleva consigo su biblioteca; « il semblait avoir des yeux au bout des doigts[40] »), su amor al libro (« leyó la BN, no la administró , ni la reformó, ¡por desgracia!»). Más que erudito, Menéndez Pelayo fue, según Mérimée, historiador de las ideas y de las obras: las enjuiciaba como filósofo tanto como que erudito (pero no escribió su proyectada historia de la filosofía española ): en su obra crítica hay una  parte “esencialmente dogmática, en la que se afirma con franqueza su doble fe religiosa y política »;  su originalidad radica en « la intransigencia de su fe » (es un “católico a marcha martillo »). No deja Mérimée de censurarle la ausencia de un poco más de discreción y comedimiento  en su juventud, y una  intransigencia luego temperada, eso sí. No se olvida, al referirse a las lecciones del Ateneo y a los discursos académicos —es un aspecto menos tenido en cuenta, me parece[41], pero fundamental en la época—su elocuencia “savoureuse et primesautière, qui séduit même lorsqu’elle ne convainc pas[42]” (p. 331). Y como conclusión cita la ya célebre frase del maestro de Menéndez Pidal y Bonilla San Martín:  “me atrevo a decir, con el Bermudo del Romance, que si no vencí reyes moros, engendré quien los venciera ».

 

Después de su muerte (1913-2012). Después de la muerte de Menéndez Pelayo y de la Primera Guerra mundial, se da (como a menudo sucede) un eclipse de su figura, como referente, sustituida duraderamente por la de su discípulo, Ramón Menéndez Pidal. De las reediciones de sus obras siguen haciéndose eco las revistas científicas[43],  incluso, después de 1939, de la “Edición Nacional” de sus obras o de los Epistolarios[44], pero que yo sepa no se publica ningún estudio sobre su obra[45], hasta que en los años 1970 emprende André Baron sus investigaciones sobre Menéndez Pelayo y Francia. En las historias de la literatura española que empiezan a publicarse, es donde hay que buscar la impronta de Menéndez Pelayo, con una especie de « osificación » del personaje (el erudito precoz, su prodigiosa memoria, etc.) y una creciente división de opiniones acerca de su significado ideológico,  entre católicos y laicos, en una época en la que, en Francia,  España viene a ser la de Blasco Ibánez (cf. Botrel, 2000).

En 1930, por ejemplo, Maurice Legendre en su Littérature espagnole publicada en la Bibliothèque catholique des Sciences Religieuses de Bloud et Gay, celebra, sin sorpresa, al « gran católico » y « prodigioso erudito polígrafo »,  pero también al “hombre de tradición” cuya militancia salutífera valora, desde una perspectiva católica : « il a pourchassé dans tous les domaines la légende anti-espagnole et anticatholique, et il a exécuté un travail de déblaiement dont les effets salubres sont bien loin d’être épuisés », escribe  (p. 151). Censura los inconvenientes del entusiasmo juvenil y de la tendencia a probar en demasía, la « rapidité qui ne remonte pas toujours aux sources et se contente (parfois) des ouvrages de seconde main”, pero también ensalza « l’attrait conféré à des sujets dont l’érudition pure accuserait l’aridité”, la “communication persuasive de la vérité et la conviction sincère[46]”. Aun cuando parece preferir la obra « reconstructora » de Menéndez Pidal,  otro gran erudito  cuyos trabajos son rigurosamente científicos: “il ne laisse pas transparaître ses convictions personnelles[47]» (p.153). Así y todo, pronostica Legendre, que los continuadores —discípulos o contradictores— de Menéndez Pelayo han de hallar en sus trabajos unas bases sólidas para su ciencia.

En la misma época, Jean Cassou (1931, 123-124), en el capítulo de su Littérature espagnole dedicado al renacimiento universitario, no duda en calificar a Menéndez Pelayo de Sainte-Beuve, Taine y Brunetière de España y su obra de “monument prodigieux de science, de méthode et d’humanisme autentiques[48]”, pero presta más atención al krausismo y a sus derivaciones, un movimiento esencialmente laico contra el cual se encarnizaron los teólogos y doctrinarios reaccionarios, entre los cuales coloca a Menéndez Pelayo (p. 125).

Después de la Segunda Guerra Mundial,  con « su elevación a santorales ideológicos o políticos » o « de lo que a mediados del siglo pasado se denominó Menéndezpelayismo », cosas que « no fueron aspiraciones de Menéndez Pelayo ni hechos atribuibles a él » (Mandado, 2012, X), el filólogo viene a ser emblemático de una España reaccionaria y del nacionalcatolicismo.

            En 1941, S. Olivier observa en Comœdia del 1° de noviembre, que Menéndez Pelayo  es, en la “nueva España”, “de plus en plus populaire du fait du retour aux traditions intellectuelles du pays[49] ».

De ahí, sin duda,  un prolongado y reticente silencio del hispanismo francés que llegó a afectar al Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, el cual tardó algo en recuperar la asidua colaboración de los hispanistas extranjeros[50], efectiva a partir de mediados de los años 1960 ya[51] (cf. Botrel, 2009).       

En 1953, el sabio Marcel Bataillon, en su reseña del epistolario Morel-Fatio-Menéndez Pelayo, tras reproducir unos extractos de las cartas cruzadas a propósito de la Historia de los Heterodoxos, se contenta con celebrar la  “belle leçon d’entraide scientifique[52]” y todo el aprecio que “a pesar de todo” le inspiraba a Morel-Fatio la incansable labor de D. Marcelino (p. 203). Pero destaca sobre todo el entusiasta espaldarazo que dio Morel-Fatio  a La leyenda de los Infantes de Lara…

En  1956, los propios Cirot y Darbord (1956), en su Littérature espagnole contemporaine, en la parte dedicada a la Erudición señalan (p. 180) que « son œuvre est un vaste plaidoyer en faveur de l’Espagne traditionaliste et catholique » y destacan su estilo expresivo, su tono a veces polémico, su inmensa información y su inteligencia que lo mantuvo “au dessus des partis pris bornés[53] ».

            Aquel mismo año, Alain  Guy en su Philosophes espagnols d’hier et d’aujourd’hui (1956) incluye a Sanz del Río y Unamuno pero no a Menéndez Pelayo. En 1957, Robert Ricard, en su reseña de Estudios sobre la prosa del siglo XIX[54] no pasa de destacar en el “Vieux Castillan de Santander[55]” su  elocuencia y erudición, un  estilo robusto, armonioso, lleno, su constante majestad y su “imperturbable gravité qui ne laisse pas de fatiguer à la longue”, afirma[56]. Todo muy neutro y poco enjundioso. Dentro del hispanismo francés, en 1956,  a nadie se le ocurre acordarse del centenario de su nacimiento. 

Aunque un poco borrosa ya, la imagen de Menéndez Pelayo vigente en Francia, en los años 1960, cuando yo empecé a interesarme por su obra, tal vez sea la que propuso Monseñor Pierre Jobit (1892-1979),  hispanista y director del Instituto libre de Letras en la Universidad católica de París en una conferencia dictada en Quito en 1959 « Menéndez Pelayo valor internacional”[57] pp. 27-50, unas  « reflexiones íntimas » pero muy inspiradas en Laín Entralgo  y Ortega y Gasset.

Para él, Menéndez Pelayo era un  católico « rígido, defensor generoso y a menudo fogoso de su fe » (p. 28),  con un estilo « casi sacerdotal por momentos » (p. 29), un historiador que, en un momento en que « cierta pusilanimidad eclesiástica a veces ponía trabas a las investigaciones », “supo librarse de espejismo del pasado y preservarse contra los prejuicios fáciles e integrar a su pensamiento elementos nuevos[58] » (p. 32). Si no comenta su defensa de la Inquisición[59], destaca el que tribute homenaje al Erasmismo.  Pero el autor de Les éducateurs de l’Espagne contemporaine : les Krausistes (1936) manifiesta más reserva hacia las posiciones del autor de la Historia de los heteroxos sobre el Krausismo :  además de recordar el « Oportet hereses esse » de San Pablo, en el « filósofo adversario del krausismo » y sus « autos de fe incruentos » —así los califica—, rebate la acusación de panteísmo, ya que se trataba de un panenteísmo que « azotó y despertó a los que dormían aún en el campo católico y no fue extranjera a una dichosa reforma de la pedagogía », un modernismo antes de la letra —pre-modernismo como más tarde lo definirá Pío X (p. 42)—y critica su actitud resentida frente a esa “figuras señeras del campo de la cultura extranjera que acusaba a veces con exceso de ser malos guías » (p. 45). Para Monseñor Jobit, Menéndez Pelayo fue sobre todo un  « gran Español », el  « cantor inspirado del hispanismo, de la hispanidad». Anteriormente, en 1948, en Espagne et hispanité  (cf. pp. 86-91), destacara al Menéndez Pelayo que  « initiait ses contemporains à accorder la pensée nouvelle à la pensée antique de chez eux. Analogiquement, c’est-à-dire moins en la reproduisant qu’en s’en inspirant. Et à accorder aussi à l’expression traditionelle des grandes idées et des grands sentiments. Il est profondément castizo, de ce casticisme que Bataillon a si bien dénommé l’essence de l’Espagne. La langue et la pensée, comme la vie sociale toute entière, ne devaient, selon lui, évoluer qu’en conservant comme pôle et comme thème inspirateur, le glorieux passé du pays[60] » (pp. 90-91).

Los años siguientes, hasta finales de los años 2000, no fueron dentro del hispanismo francés un periodo de mucho interés por Menéndez Pelayo, con la muy notable excepción de  la tesis de André Baron sobre la que volveré, pero sí se ha llegado a matizar bastante la visión « reaccionaria » e intransigente unívoca de Menéndez Pelayo. Recuerdo que en 1968, en Burdeos, tras la lectura de la Historia de los heterodoxos para mi primer estudio sobre Leopoldo Alas y desde mi admiración por los krausistas, con la idea de emprender unas investigaciones sobre la crítica en España,  declaraba yo mi impetuosa y muy atrevida intención de « ajustarle las cuentas » a Menéndez Pelayo, con no poco asombro por parte de Maxime Chevalier, recuerdo también. La extraña para mí admiración de Clarín por su condiscípulo sobre la que he tenido que interrogarme, la frecuentación de la Biblioteca Menéndez Pelayo, la lectura de un Boletín heredero, con una larga paréntesis eso sí, de la tradición filológica menéndezpelayana, las nuevas orientaciones de la  Real Sociedad Menéndez Pelayo y la redacción de una presentación de la parte dedicada al romanticismo francés en la Historia de las ideas estéticas me han permitido, como a otros muchos, precisar esta visión abrupta de Menéndez Pelayo,  matizarla y, en cierta medida, rectificar.

Lo que, en 1994, en la  Histoire de la littérature espagnole Fayard para no especialistas  escribimos en francés acerca de Menéndez Pelayo Carlos Serrano y yo me parece ilustrar lo que vengo diciendo : en dicha Historia observa Carlos Serrano (1994, 377-378) que aquel investigador erudito del patrimonio cultural más bien español (en el que destaca la inmensidad de su obra y la amplitud de sus conocimientos) al filo de los años se volvió menos intransigente que en sus años jóvenes, lo  cual le permitió « de ne plus se considérer comme le vigilant gardien d’une foi et d’un absolutisme auxquels il avait pendant longtemps réduit l’identité culturelle de l’Espagne[61]” siendo él principal figura del nacionalismo conservador (quiso hacer de una tradición pensada como fidelidad absoluta a unos valores y primero una religión supuestamente nacional como renacimiento cultural de un país cuando este descubre las exigencias de la modernidad que le impone abrirse al extranjero ,  pero  resulta ser más “le coryphée du passé qu’un prophète de l’avenir[62] » (p. 378).

Por mi parte observo (Botrel, 1994) que el campeón de la causa tradicionalista en la Historia de los heterodoxos «se fait souvent le bras séculier d’une orthodoxie quasi inquisitoriale »  (p. 208), pero también que « en choisissant de “fréquenter les morts plutôt que les vivants”, il pourra adopter une attitude faite d’éclectisme et même d’indépendance à l’égard des dogmatismes[63] » (p. 209). Parece, pues, que queda sentada una visión más evolutiva de sus posiciones frente a una percepción totalmente dogmática.

En cuanto a su concepción de la historia literaria se la califica como un « harmonieux équilibre entre les préoccupations toutes positivistes de l’érudition et des intuitions […] qui ne débouchent pas toujours sur les synthèses espérées[64]”  (p. 213).  Así y todo, fue el  « maître des études littéraires » del que el propio Unamuno pudo ser lejano discípulo,  del mejor Menéndez Pelayo se entiende (p. 386). Pero en esta misma Histoire… (Canavaggio, 1994), en el tomo dedicado a Edad Media hasta siglo XVII solo se le cita once veces, dos veces menos que Menéndez Pidal (¡y Aristóteles!), ignorándolo cuando de Lope de Vega se trata[65].

            No he llegado a vaciar todos los diccionarios o enciclopedias en lengua francesa para analizar la información que sobre Menéndez Pelayo se suministra y su tratamiento…

Valgan como muestras, lo que dice el Grand Larousse encyclopédique[66],  y, más recientemente, el Dictionnaire des littératures hispanique (Bonells, 2009, 905-6), donde Charles Garcia le presenta como un «  historien, critique, érudit, auteur polygraphe” y « maître à penser de toute une génération d’intellectuels hispaniques », con una « œuvre particulièrement dense et érudite »; « ses nets penchants conservateurs font de lui la figure de proue du courant national-catholique le plus radical[67] », dice, y dedica más de la mitad de la noticia a la «veine traditionnaliste du nostalgique Cantabre», ejemplificada con la Ciencia española y , sobre todo, un análisis de la Historia de los heterodoxos (las demás obras no se comentan[68] ;

 En cuanto a la versión en francés de Wikipedia —son los efectos no muy positivos de la globalización, propios del Rincón del vago— me parece que se trata de una traducción abreviada de la versión española, con muchas anécdotas como esta : « una arbitrariedad académica del catedrático Nicolás Salmerón, que hizo repetir curso a sus alumnos sin ni siquiera haberlos examinado, le habría de enemistar a muerte con el krausismo postkantiano y los hegelianos en general”. Y alguna formulación de más enjundia, como por ejemplo : « antes de morir volvió a su inicial liberalismo, si bien anclado en puntos de vista sólidamente cristianos, y corrigió muchos de sus primitivos juicios desfavorables sobre Gaspar Núñez de Arce o Benito Pérez Galdós, que terminó por ser su amigo » […] « corrigió algunos de sus puntos de vista, pero no, por ejemplo, sus jocosos comentarios e ironías contra los krausistas y los hegelianos, en especial contra Emilio Castelar »…

 

3. Menéndez Pelayo y Francia : Llegado casi a la hora de concluir, es mi deber de hispanista francés no obviar la cuestión de si las reticiencias  de cuño nacional/ista expresadas por Menéndez Pelayo hacia Francia, su “galofobia”, como califica André Baron (1984) su actitud, no incidió en la percepción que de él se ha tenido en el vecino país.

            Ya Morel-Fatio de quien Menéndez Pelayo decía que « tiene la desgracia de ser ateo —por lo visto, era protestante (JFB)—y positivista furibundo como muchos franceses », apuntaba, en 1899 (en el primer número del Bulletin Hispanique, p. 213) la  “préoccupation constante [de Menéndez Pelayo] de proclamer le primat de sa nation et de rehausser les siens au détriment des autres”,  y la necesidad por él asumida de “revendiquer la gloire pour son pays au détriment de ceux qui se l’étaient indûment arrogée[69]”: “n’y-a-t-il pas quelque danger à introduire tant de « nationalisme » dans l’histoire littéraire ?”, preguntaba, y, en 1914, lamentará su « ininteligencia bastante chocante de la literatura francesa clásica[70]».

El propio Cazac, tan deseoso de dar a conocer a sus compatriotas la Ciencia española y la Historia de los Heterodoxos, se ofende como filósofo francés, si bien « neo-peripatético »,  del poco aprecio en que su admirado corresponsal  tiene a Descartes « grand après vos grands penseurs », escribe Cazac con velada ironía (Epistolario, XI, 117); y pregunta:  « pourquoi en voulez-vous tant à notre Descartes ? » (Epistolario, XI, 479). También le molestan las apreciaciones menendezpelayanas de la “ligereza francesa” (Epistolario, XII, 117), y viene la recriminación: « Pourquoi , Diable !, ne nous aimez-vous pas ? Grand esprit, intelligence de première force, pourquoi cette demi antipathie qui vous amène à des formules extrêmes ? […] L’amour de son pays n’est pas exclusif du culte des grands peuples frères[71] » (Epistolario, XII, 117). En su respuesta del 27 de febrero de 1893 se defenderá y justificará Menéndez Pelayo: « Yo no tengo ningún género de animadversión contra el gran pueblo francés, sino respeto y admiración […] El autor de las páginas dedicadas al romanticismo francés en las Ideas estéticas —asegura— no puede ser ni enemigo ni detractor de los franceses.  Las expresiones demasiado vivas que en algunos escritos míos, especialmente de los más antiguos, pueden hallarse sobre este punto, han sido provocadas, o por el desdén injusto con que suele hablar el vulgo de los escritores franceses, o por el recuerdo de ciertos hechos históricos como la guerra de la Independencia » (Epistolario, XII, 174).

Boris de Tannenberg también le recrimina su menosprecio de lo francés (1903, 194 y ss.) e imagina lo que habría sido de él de haber sido francés, como hemos visto. En 1930, el propio Maurice Legendre (1878-1955), intelectual católico,  pero francés y crítico,  señala en la Ciencia española —la obra en que sobre todo se fija— los límites del ardor juvenil del autor  . Para él (Legendre, 1930, 152): « Menéndez Pelayo a été préoccupé de montrer que même dans l’élaboration des sciences dites positives, la contribution espagnole est considérable. Son érudition a quelque peu grossi cette part […] une manière de concession aux préjugés actuels que l’on peut trouver exagérée” pues, para Legendre,  « la gloire originale de l’Espagne dans l’ordre scientifique, c’est ce qu’elle a produit dans les sciences morales[72] ».

Remito a la tesis de André Baron (1984),  donde se analiza el antagonismo cultural entre España y Francia, el « mal francés » (cap. IX) y el « deber » de galofobia (cap. XI), vistos por Menéndez Pelayo, quien  también considera a los Franceses como autoridad y como modelo (cap. XII), con una “creciente comprensión y discernimiento por las ideologías de las que se recomendaban los liberales » (p. 801) hasta que, con la Historia de la ideas estéticas « deja de imaginar la cultura francesa como antagonista de su país y mortal para los valores hispánicos”.

Dudo mucho, pues, de que el rechazo del pensamiento extranjero y, referido a Francia, la galofobia de Menéndez Pelayo hayan sido causa de su escasa valoración e impronta en una Francia más bien ignorante de lo español y más preocupada por emular a Alemania después de la derrota de Sedan en 1870.

            Y hay que dar por buena la afirmación ya citada de Menéndez Pelayo cuando asegura que « el autor de las páginas dedicadas al romanticismo francés en las Ideas estéticas, asegura, no puede ser ni enemigo ni detractor de los franceses ». Sin analizar por ahora las hermosas páginas dedicadas, por ejemplo, a la gloria nacional francesa, Victor Hugo, reproduzco parte de la conclusión a la presentación de la parte dedicada al romanticismo francés en la Historia de las ideas estéticas (Botrel, 2012, CXCV): « El romanticismo en Francia es bastante más que un documento históricamente marcado por su peculiar concepción católica y moral de la literatura y hoy posiblemente superado por unos nuevos trabajos de crítica científica, llevados a cabo desde otros planteamientos: merece ser leída por el placer de lo dicho y de lo intuido —cosa que tal vez le hubiera sorprendido al autor— y, por cierto, merecería traducirse al francés para dar una satisfacción póstuma a Menéndez Pelayo quien lamentaba, con razón que “los libros españoles no (tuvieran) eco alguno en Francia” : como le escribía  Ernest Mérimée, el 13 de febrero de 1892 (Epistolario, XI, 424), “mucho enseñaría su libro a los mismísimos Franceses”.

 

Conclusión. En este estudio diacrónico de la recepción (limitada), del papel (fundamental) y de la vigencia (relativa) de Menéndez Pelayo y su obra entre los hispanistas franceses, hemos visto espero que, más allá de unas posiciones ideológicas compartidas o combatidas que luego fueron matizadas,  y de los extremos que originaron, Menéndez Pelayo fue la revelación, para muchos conocedores o desconocedores de España,  de un (re)nacimiento de la ciencia española, un alter ego, y más que alter ego, maestro, guía y mentor —referencia— para un hispanismo emergente. Sin llegar a ser, no obstante, ni por el método, demasiado marcado por una ideología nacionalista, ni por la obra en la que falta sin duda una historia de la literatura española, lo que tal vez pudiera haber sido y sería después su discípulo Menéndez Pidal, diciéndolo a la francesa, un Lanson español[73]” ….

Ultimamente, ahora que “el mal uso que se hizo de su nombre en el siglo pasado durante la dictadura ha quedado atrás” (Madariaga, 2011, 35), además de su envidiada y casi legendaria figura de erudito y bibliófilo, de una fuente aún no superada para los filólogos y demás[74], y de un renovador de las pautas de investigación, se valoran cada vez más  las cualidades intrínsecas y formales de su crítica  y se viene observando una interpretación no monolítica de Menéndez Pelayo, poniéndolo en perspectiva, como espero que se pueda comprobar en los estudios que Yvan Lissorgues y yo acabamos de dedicarle, teniendo en cuenta su evolución ya que,  como puntualiza Ramón Mandado (20012, X) « el joven Menéndez Pelayo comienza reivindicando la cultura hispánica frente a la Modernidad y el Menéndez Pelayo de la madurez acaba haciéndolo ante la Modernidad ». Esto por una parte.

Pero por otra, como afirmaba, en 1959, Pierre Jobit, hablando en nombre de los hispanistas franceses (los Morel-Fatio, los Foulché-Delbosc, los Mérimée, y más hispanistas avezados o noveles), « hemos descubierto, en gran parte, gracias a Menéndez Pelayo y de su « llamada hacia la salvación de una gran tradición » ( p. 48), una cultura universal que es la cultura hispánica ; una raza simpática, antigua y joven a la vez, que es la raza hispánica ; la Hispanidad en una sola palabra. Pensamos que uniéndose con la clara y lúcida cultura francesa, con nuestro pensamiento clásico y moderno, aquella puede dar frutos jugosos » (pp. 49-50). No sé si hoy convendría formularlo así, pero lo cierto es que, como observaba Baron (1984, 1010), sin Menéndez Pelayo “l’hispanisme scientifique en France ne se serait pas développé, du moins comme il le fit[75]”.

Papa de la filología y de la crítica literaria en su tiempo, Menéndez Pelayo fue, casi sin quererlo pero no a pesar suyo, un padrino laico para el hispanismo científico francés del que es un modesto heredero, pero pertinaz cultivador e historiador,  este usuario de la Biblioteca Menéndez Pelayo, lector del Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, profesor en alguna ocasión en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, socio de la Real Sociedad Menéndez Pelayo y estudioso de una pequeña parte de la ingente obra de Marcelino Menéndez Pelayo.

 

 

 

Jean-François Botrel (Université Rennes 2-Haute-Bretagne)

 

 

Obras citadas:

 

Baron, André, « Epistolario de Menéndez Pelayo y P. H. Cazac », Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, 47, 1971, pp. 3-150.

----, Menéndez Pelayo et la culture française, de l’époque de la formation jusqu’à l’achèvement de la Historia de las ideas estéticas en España (1868-1891), Lille, ANRT, 1984 (84.16.1333).

 

Beltrán y Heredia, Pablo, “Correspondencia de hispanistas franceses con Menéndez Pelayo”, Revista de la Universidad de Madrid, II, Fasc. 1, 1942, pp. 141-167.


Bonells, Jordi (dir.),
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Tannenberg, Boris de, L’Espagne littéraire. 1ère série, Paris, Toulouse, 1903, pp. 85-210.

 

 



[1] Al referirme a Menéndez Pelayo, he optado por utilizar sistemáticamente su patronímico sin procurar variar artificialmente con perífrasis como « el polígrafo santanderino »  y demás, menos, por supuesto, cuando algún hispanista francés de refiere al « Pelayo montañés » o al « Castellano viejo de Santander ».

[2] Sobre los hispanistas franceses y Menéndez Pelayo, véanse los artículos de Pablo Beltrán y Heredia (1942), Juan Roger (1947, 1956) y, parcialmente, Ferri Coll (2012).

[3] Según J. Roger (1947),  lo conoció a través de Juan Valera. En ese Departamento trabajó Morel-Fatio entre 1875 y 1880 : de ahí su Catálogo de los manuscritos españoles y portugueses de la Biblioteca Nacional (1881-1892).

[4] Véanse sus consultas e intercambio de pareceres sobre El Cid de Sevilla o Pan y Toros, por ejemplo. Como observa García Cárcel (2007), «  se cruzan información sobre los más diversos temas (Calderón, Llull, Garcilaso, el Cancionero, Sánchez de Arévalo, Vilanova, Pereyra, Servet, Santa Cruz, Marchena, Voltaire, Ponce de la Fuente, el Lazarillo, Góngora, Quevedo, Lope, Fernán Núñez, el Libro de Aleixandre, Santa Teresa…) [pero] sólo aparecen dos alusiones a Cervantes”.

[5] En 1899, por ejemplo, el códice del Libro de Alejandro, por ejemplo, se presta durante cuatro meses.

[6] Parece ser que se trataba de « reparillos » a su Antología de poetas líricos castellanos.

[7] La correspondencia incluye algunos comentarios sobre los demás « eruditos », a la violeta algunos , como el calificar a Emilia Pardo Bazán de « nueva Feijoa » (3-III-91, p. 131) y también trata de algún asunto de actualidad como la explosión del Cabo Machichaco, en 1893, o de asuntos familiares de Menéndez Pelayo para quien gestiona Morel-Fatio, en 1896,  la hospitalización de su hermano que padecía “una enfermedad que solo se cura con el tiempo”, en un establecimiento hidroterapéutico de Auteuil.

[8] La Nueva Biblioteca de Autores Españoles la iniciará Menéndez Pelayo en 1905.

[9] El primer artículo que le dedica es a propósito de su Arnaldo de Casanova, la en Bibliothèque de l’Ecole des Chartes (1879, vol. 40, pp.  341-349). Luego, publicará dos retratos en Revue du Monde Latin (IX, 1886, pp. 478-482) y Revue des Lettres Françaises et Etrangères (II, 1900, pp. 51-56).

[10] « No sé de ninguna existencia de erudito más brillante, más feliz, más harmoniosa ». NB : Salvo excepción, los textos escritos en francés se citan en la lengua original y se traducen en nota.

[11] “su casa es de vidrio, siempre combatió con armas leales y trabajó bajo la plena luz de la controversia, sin sacrificar nada de sus convicciones religiosas y demás abrigadas en lo más profundo de su conciencia, nunca esquivó la discusión, jamás perseveró por falso amor propio en sus errores cuando se le hayan sido probadas y las haya reconocido; su carrera de erudito es una marcha ascendente hacia la verdad”.

[12] « Basta con acordarse del estado de nuestros estudios en España, cuando el advenimiento del nuevo Pelayo montañés, para tener la medida exacta de los efectos favorables y duraderos de su labor bienhechora de más de 30 años y de la contagión  de su ejemplo ».

[13] Nacido en Alayor (Menorca), José Miguel Guardia 1830-1897), licenciado en Filosofía y Letras y autor de una tesis doctoral (Essai sur l’ouvrage de J. Huarte, « Examen des aptitudes diverses pour les sciences) leída en la Facultad de Medicina de Montpellier y publicada en París en 1855,  tuvo, según Menéndez Pelayo,  « el mal gusto de hacerse francés » (Lissorgues, 2010, 216).  Es autor de  muchos estudios sobre Raimundo Lulio, Oliva Sabuco de Nantes, o la España protestante, además de una Gramática latina, conocidos por Menéndez Pelayo. En  la Revue philosophique de la France et de l’étranger publicó en 1886, 1889, y 1890, unos artículos sobre « Les philosophes espagnols ».

 

[14] Seudónimo de Jean-Marie Rivière, era, según Díaz Hernández ( 2011),  de pensamiento político autoritario, en la línea de Action Française, fue  condenado a muerte por su acción en el servicio de represión de la masonería bajo el régimen de Pétain, se refugió en España y fue incorporado al CSIC como responsable de la sección francesa el Departamento de culturas modernas.

[15] Como Ernesto Martinenche en 1906 a propósito de un detalle de la edición de La Ilustre Fregona en la colección Rivadeneyra de 1849 (p. 197, primera columna, líneas 6 y 7).

[16]  De Orígenes de la novela (1906),  y de Juan Boscán , en el Bulletin Hispanique (1906 y 1909). Habría que documentar la posible  impronta menendezpelayana en su Précis d’histoire de littérature espagnole (Paris, Garnier, 1908).

[17] “ encaminadas a afirmar su ortodoxia le permiten atacar con mayor audacia los prejuicios de sus compatriotas y las famas usurpadas ».

[18] Véanse las cartas del Abbé Dufrechou, de los monjes franceses de Santo Domingo de Silos (Fr. Ildefonso Guépin, Marius Pérotin), de Paul Henry (24-I-1884) o de Auguste Pécoul (15-X-1883) quien afirma la « necesidad de luchar por el españolismo ».

[19] Carta de 30 noviembre de 1897 (véase
Casilla, E. :
Menéndez Pelayo y la Cultura argentina [separata de BAAL, XXI,1956, p. 291]. Es  autor de Une énigme littéraire. Le Don Quichotte d’Avellaneda (1903), severamente censurado por Menéndez Pelayo,  quien de paso reprocha a los Franceses su hispanofobia (cf. Baron, 1984, 961).  

[20] Como Georges Hérelle, el 10-I-1905,  sobre el teatro popular en España.

[21] Como, en 1910, el Abbé Dufrechou un  prfesor de griego y de lenguas románicas en el Institut Catholique de Tolosa de Francia, inspirado por los Heteroxodos y deseoso de emprender una tesis ( Epistolario, XXI, 217).

[22] El 17-II-1882 , anuncia la publicación en Annales de la Philosophie Chrétienne de una serie de artículos sobre los  Heteredoxos y también de un folleto Une réception académique en Espagne sobre la que dice informó en Polybiblion.

[23] El 22-XI-1894, por ejemplo, le pide artículos para la flamante  Revue Hispanique. En 1909, Menéndez Pelayo le aceptará un Cancionero castellano del siglo XV para su Nueva Biblioteca de Autores Españoles.

[24] Sobre Cazac, véase la edición de su correspondencia con Menéndez Pelayo por Baron (1971).

[25] “Se declara “profundamente católico, y no abrig(a) otra esperanza que la de trabajar útilmente por el triunfo de nuestra fe en Europa” y por resistir a “los Bárbaros del Norte”.

[26] Cf. en Epistolario, su carta de 4-V-1892. También proyectaba traducir la Ciencia Española y los Heteredoxos.

[27]  Como el Bulletin Hispanique con reseñas en 1907 (Amós de Escalante) y 1909 (Boscán) o Romania donde en 1906 se anuncia la publicación de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles y se menciona la de Orígenes de la novela, sin más. Llama la atención la ausencia de estudios del propio Menéndez Pelayo en dichas revistas. En la Revue de Paris, en 1926, Eduardo Gómez Baquero lo presenta como “prodigioso erudito” (en opinión de algunos) y “paladino de la España tradicionalista” y en la Revue des Deux mondes solo se alude (en 1894) a su estudio sobre José María Quadrado, al “ilustre representante de la crítica y del catolicismo español” (1906), al “adversario del krausismo” (1915), al “gran historiador de la literatura española” (1917).

[28] “combatir el injusto prejuicio mantenido pot la indiferencia, si no el recelo del público francés por todo lo que proviene de España” (R. Lerouge, “Boris de Tannenberg. L’Espagne littéraire”, Bulletin Hispanique, 6, 1,1904, pp. 79-80).

[29] Manuel Tamayo y Baus. M. Menéndez Pelayo José María de Pereda, Doña Emilia Pardo Bazán . En 1884, B. de Tannenberg le había enviado sus artículos sobre Espronceda para que se los comentara y el 30-III-1886, se declara autor de un  breve estudio sobre él. Una primera versión del ensayo de Tannenberg sobre Menéndez Pelayo en L’Espagne  littéraire se publicó en 1903, en en la serie “Silhouettes contemporaines” del Bulletin Hispanique (pp. 166-180).

[30] « maître de la parole » ; más estético, más artista, que psicólogo, contempla las obras en sí mismas y de ellas disfruta por su valor propio » ; « iniciadora en sumo grado » ; « enjuicia y compara, como experto que exploró con una curiosidad siempre despierta, todo el campo de las letras y del pensamiento”; “aúna a un muy amplio saber, el gusto por las ideas generales, un sentido literario muy agudo y un talento en la exposición”.

[31] “a quien le gusta romper vidrios”; “con el enriquecimiento de su pensamiento por el estudio y la experiencia, su inteligencia se ha vuelto más tolerante y más comprenviva, su dogmatismo menos tajante”.

[32] “nos hubiera dado unas obras claras y vigorosas, escritas a la francesa, en vez de esta retahila de volúmenes demadiado densos y sin garbo, a la alemana, en los que abundan unas páginas superiores de crítica de alto vuelo, pero de las que nada se deprende que esté en plena luz, ni para los ojos ni para el espíritu ».

[33] Véase, por ejemplo, la carta de 24 de septiembre de 1891 a Cazac (Epistolario, XI, pp. 230-233) en que, de pasada, como quien no quiere la cosa, puede ofrecer un verdadero cuadro sinóptico comentado de la situación de la filosofía española contemporánea.

[34] Carta del 30-I-1909.

[35] Véase, por ejemplo, la Nota de la Redacción en el BBMP (1952, p. 1), donde se manifiesta la no conformidad del Boletín con algunas de las afirmaciones de Pitollet sobre la conducta moral de Unamuno…

[36] Epistolario, XVIII, 402 (carta de 22-IV-1906).

[37] Carta de 12-X-1909 (Epistolario, XX, p. 334).

[38] Bulletin Hispanique, 14-3, 1912, pp. 327-334.

[39] « pasión por el documento pacientemente procurado en los manuscritos y los libros, un método exacto e inteligente un delicado gusto, un sentimiento muy seguro, muy fino de los valores relativos ».

[40] « parecía tener ojos en la punta de los dedos »

[41] A esta dimensión de la actividad menéndezplayana, le acaba de prestar específica atención Borja Rodríguez Gutiérrez (2012).

[42] “sabrosa y muy alerta, que seduce incluso cuando no convence ».

[43] En 1916, 1926, 1928 (una reseña de la biografía de Miguel Artigas) , 1931 y 1934 en el Bulletin Hispanique, por ejemplo.

[44] Limitándonos al Bulletin Hispanique, en 1949 (dos), 1952, 1953 (por Marcel Bataillon) y 1957 (por Robert Ricard),  y en 1982, 1983, 1984, 1991 sobre los Epistolarios, a cargo de André Baron.

[45] Menos el del añorado  Martínez Cachero sobre “Menéndez Pelayo y Asturias” en 1958.

[46] “la excesiva rapidez que no siempre se remonta a la fuente y se contenta con obras de segunda mano”; “el atractivo que confiere a unos temas de los que la erudicón pura acentuaria lo árido”; “comunicación persuasiva de la verdad y de la convicción sincera”.

[47] “no deja que se trasluzcan sus convicciones personales”.

[48] « prodigioso monumento de ciencia, método y humanismo auténticos ».

[49] “cada vez más popular debido al retorno a las tradiciones intelectuales del país”. Observa también que “la grande figure de Menéndez Pelayo est assez peu familière au public français” y destaca el “enthousiasme patriotique qui anime ses œuvres”,  su influencia “décisive sur les études hispaniques de littérature, droit, philosophie et art”, y que se trata de alguien  “extraordinairement artiste pour un érudit”.

[50] Solo colaboran hispanistas como Alison Peers, Stanislav Zimic (Univ. of Texas) o el atípico hispanista francés, Camille Pitollet, al lado de hispanistas españoles como Alonso Cortés o Blanca de los Ríos.

[51] A partir de 1963, aparecen nuevas firmas como las de Cros, Varey, Laurenti, Recoules, Guenoun, Clarke, Rodríguez Puértolas, y, a partir de 1971, la del André Baron que tanta dedicación tuvo por Menéndez Pelayo.

[52] « la hermosa lección de ayuda mutua científica »

[53] “su obra es un alegato en favor de la España tradicionalista y católica”; “por encima de las cerrazones mentales”.

[54] Nota preliminar y selección de José Vila Selma, Madrid, CSIC, 1956.

[55] “El Castellano Viejo de Santander”.

[56] Bulletin Hispanique, 1957, pp. 347.

[57] He consultado el ejemplar dedicado a Noël Salomon, conservado en la Biblioteca universitaria de Burdeos.

[58] Cita (p. 35) lo de « mi historia será parcial, parcial en sus principios, pero imparcial, es decir verídica en cuanto a los hechos, haciendo cuantos esfuerzos pueda para que el amor a la Santa causa no me arrastre a ser injusto con mis más grandes adversarios y me deje respetuoso de toco cuanto encontraré en ellos de noble y digno de respeto ».

[59] “Intentó descubrir razones (que comparto yo, pero no en tan alto grado) en pro de la Inquisición “, escribe Jobit.

[60] « Iniciaba a sus contemporáneos a acoplar el nuevo pensamiento con el pensamiento antiguo. Analógicamente, esto es, menos reproduciéndolo que inspirándose en él. Y también a acoplar con la expresión tradicional unos grandes ideas unos grandes sentimientos. Es profundamente castizo, de ese casticismo que Bataillon tan acertadamente calificó de esencia de España. La lengua y el pensamiento, lo mismo que toda la vida social, en su opinión, solo podían evolucionar conservando como polo y como tema de inspiración el pasado glorioso de su país ».

[61] “no tenerse ya por el atento guardián de una fe y un absolutismo a los que durante mucho tiempo había reducido la identidad cultural de España” (Serrano, 1995, 6).

[62] « el corifeo del pasado que un profeta del futuro” (Serrano, 1995, 6).

[63] « al elegir frecuentar a los « muertos más que a los vivos » podrá adoptar una actitud hecha de eclecticismo y aun de independencia  respecto de los dogmatismos »  (Botrel, 1995, 18).

[64] “armonioso equilibrio entre las preocupaciones positivistas de la erudición e intuiciones […] que no desembocan siempre en las síntesis esperadas” (Botrel, 1995, 23).

[65] A Menéndez Pelayo se hace referencia a propósito de Diego de San Pedro, El Corbacho, La Celestina, el Romancero, Cristóbal de Castillejo, Torres Naharrola, La Lozana andaluza, Gongora, y  Calderón. En el tomo II, se le cita a propósito de Marchena, Donoso Cortés y la polémica de la ciencia española.

[66] «  représentant le plus remarquable de la critique littéraire érudite dans l’Espagne de son époque »/« representante más señalado de la crítica literaria erudita en la España de su tiempo ».

[67] “historiador, crítico, erudito, autor polígrafo”; “maestro y mentor de toda una generación de intelectuales hispánicos”; “obra muy densa y erudita”; “sus opciones conservadoras lo convierten en una figura de proa de la corriente nacional-católica más radical ».

[68] Compárese con la noticia dedicada a Menéndez Pidal (pp. 906-7) « fondateur de la philologie hispanique comme discipline scientifique », mucho más exhaustiva y positiva.

[69] “su constante preocupación por proclamar la superioridad de su nación y de enaltecer a los suyos en detrimento de los demás »; “reivindicar la gloria para su país, en detrimento de aquellos que indebidamente se la habían atribuido”;  “no es un poco arriesgado introducir tanto “nacionalismo” en la historia literaria?”.

[70] En una necrológica de Boris de Tannenberg (Bulletin Hispanique, 16, 16-3, 1914).

[71]grande después de vuestros grandes pensadores”; “¿por qué le tiene tanta inquina a Descartes?” ; “¿Por qué diantre no nos quiere usted? Gran espíritu, inteligencia de primera, ¿por qué esa semi antipatía que le induce a unas formulaciones extremas? […] El amor al país de uno no es exclusivo del culto a los grandes pueblos hermanos”.

[72]  “su preocupación fue mostrar que incluso en la elaboración de las ciencias que se denominan positivas, fue considerable la contribución española. Su erudición pudo llevarle a exagerar un poco al respecto … una manera de hacerles concesiones a los actuales prejuicios que se puede considerar como exagerarada”. “la gloria original de España en el orden científico, fue lo que produjo en el campo de las ciencias morales”.

[73] Gustave Lanson (1857-1936), impactó duraderamente los estudios literarios en Francia a todos los niveles. Para él, en punto a historia literaria, era preciso « no sentir lo que se puede saber y no creer que se sabe cuando se siente ». Ya en 1899, observaba Morel-Fatio (Bulletin Hispanique, n° 1) que Menéndez Pelayo “analise, compare, s’occupe surtout des idées et ne tient compte que dans une mesure restreinte de la personne de l’écrivain ( « analiza, compara, se ocupa sobre todo de las ideas y  solo en restringida medida tiene en cuenta el medio y la persona del escritor”).

[74] En la Bibliothèque Nationale de France se registran más de 400 referencias bibliográficas relacionadas con Menéndez Pelayo y en la exbiblioteca del departamento de español de mi universidad están sus Obras completas (en la llamada “Edición Nacional” de 1940), un fondo completado con la adquisición de los 22 tomos del Epistolario. Pero, que yo sepa, ninguna obra de Menéndez Pelayo ni parte de ella mereció hasta ahora una traducción al francés, ni siquiera las páginas que le dedicó al Romanticismo francés.

[75] « El hispanismo científico francés no se hubiera desarrollado, por lo menos de la manera como lo hizo ».