« Ser hispanista »


en : El español en el mundo. Anuario del Instituto Cervantes 2014. Madrid: Instituto Cervantes y AEBOE, pp. 95-114.

 



 

La figura del hispanista, con toda la carga de pasión y exigencia que conlleva el sufijo, ha tardado bastante en constituirse y está aún por consolidar.

Para acceder a la categoría de hispanista, no bastó con echar sobre lo hispánico unas más o menos  indiscretas e interesadas miradas desde fuera: no era hispanista quien, como Nicolas Masson de Morvilliers, con mucha arrogancia y no poca ignorancia, pretendía en 1782, en la Encyclopédie méthodique, tratar de las «cosas de España». Tampoco lo fueron todos aquellos viajeros románticos que tanto molestaron o halagaron a los Españoles con su curiosidad entre complacida y estereotipada por la España de Carmen (Carlos Serrano,1999), con sus seguidillas, manzanillas, cigarilles, castañuelas, navajas y bandoleros.

Pero conste también que, aun cuando a muchos de sus autores se les negara cualquier peritaje o se les tildara, con no poca sorna o indignación, de exagerados,  todos aquellos heteroestereotipos pudieron contribuir a la forja de una identidad nacional y hasta de autoestereotipos. Como observaba el hispanista italiano Arturo Farinelli  (1936) «no todo fue delirio y engaño»,  la « Lola de Valence » de Manet es todo un logro artístico y las historias de la literatura española de Karl Wilhelm Friedrich Schlegel o Friedrich Bouterwek pudieron suplir transitoriamente la ausencia de una historia nacional y hasta inspirar a José Amador de los Ríos su magna —e inacabada— Historia crítica de la literatura española, en tiempos en que aún se traducía en Madrid (en 1851-1856) los cuatro volúmenes de la History of Spanish Literature del primer profesor de lengua y literatura española en la Universidad de Harvard, George Ticknor.

Lo cierto es que, bajo los efectos de la mirada de los hispanólogos forasteros, este conjunto de imágenes culturales y conocimientos sobre el propio ser español e hispánico fue evolucionando y matizándose, en  una España aún abocada para informarse con provecho sobre las manifestaciones de su propio genio nacional a traducir obras extranjeras, como escribía Jean Amade en 1907 ( Niño, 1988, XII), con la dolorida sensación, a veces, de ser una «nación traducida».

A finales del siglo,  el editor de La España Moderna, José Lázaro Galdiano muy preocupado por  no dejar que se le colaran, como decía, los « congrios del Parnaso » (español) e introducir en España donde « el público docto es aún escaso lo mejor del pensamiento y de la ciencia extranjera», todavía hizo que se tradujera  (en 1901) A History of Spanish Literature de James Fitzmaurice-Kelly, con prólogo de Menéndez Pelayo, eso sí (Botrel, 2010b). Son tiempos aquellos en que en España se empieza a reconocer los « muchos servicios literarios«  que los Españoles deben, por ejemplo, a este ilustre « hispanófilo», « erudito concienzudo y crítico de talento y gusto » (Alas, 2006, 231) y en que, en San Petersburgo, Dmitri Petrov publica sus Ensayos sobre el teatro de costumbres de Lope de Vega (1901) y, en Barcelona, al historiador ruso Vladimir Piskorsky se le nombra miembro correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes (Bagno, 2001, 610).

Para que llegara a constituirse la figura del hispanista fue necesario, pues, que al interés por lo hispánico del aficionado « al estudio de la lengua y literatura españolas y de las cosas de España, como aún decía el Diccionario de la Real Academia en 1970, se le aunara un mínimo de método científico (filológico más que histórico en un primer tiempo) y que quedara académicamente reconocida y la mirada indiscreta  de marras, ya más distanciada (Botrel, 1998), valorada y como « autorizada» por los propios Españoles e Hispanoamericanos.

No sucedió hasta finales del siglo XIX, y en esta consagración de la función de hispanólogo, como aún se decía, o de hispanista, como se empezaba a decir (Frago,  2003),

desempeñó Marcelino Menéndez Pelayo, posiblemente el primer hispanista español, un papel decisivo. Basta ver cómo los estudiosos de las lenguas, literaturas y culturas hispánicas acudieron física o epistolarmente a Madrid o Santander a rendirle pleitesía al papa de la filología española de aquel entonces : Alfred Morel-Fatio desde Francia,  Arturo Farinelli, desde Italia,  Carolina Michaelis de Vasconcelos (1851-1925), nacida en Berlín, pero portuguesa por casamiento y devoción y primera hispanista catedrática de universidad en Portugal, desde Coimbra, y muchísimos más desde Europa o Hispanoamérica,  todos tuvieron a gala establecer contactos para poder explorar e investigar un campo aún por explorar, pidiéndole consejos y apoyos al maestro. La publicación por la Real Sociedad Menéndez Pelayo de las conferencias sobre « Menéndez Pelayo en la crítica e historia de la literatura fuera de España » leídas en la Biblioteca Nacional de España con motivo del centenario en noviembre de 2012, permitirá cerciorarse de la importancia del fenómeno.

Esto no quiso decir que toda diferencia entre hispanistas quedara allanada.  Entre Morel-Fatio que para Menéndez Pelayo tenía la « desgracia de ser el ateo y positivista furibundo como muchos franceses » y el  « católico a machamartillo » que le echaba en cara « los arañazos más o menos caritativos con que  [solía] favorecer[le] , las relaciones pudieron llegar a ser tensas aunque siempre corteses; la compra en 1902 por el multimillonario y fervoroso hispanista norteamericano Archer M. Huntington, futuro fundador de la  Hispanic Society of América, de la biblioteca toda entera del Marqués de Jerez, por 600 000 francos, fue tenida por Menéndez Pelayo como « una pérdida mayor que la de las colonias », y « de efecto desastroso para nuestro crédito en el mundo literario, hasta por la circunstancia de ser un norteamericano el comprador », como le comentaba a Francisco Rodríguez Marín (Epistolario, XVI, p. 247). Conste que en el desarrollo del hispanismo fuera de España e Hispanoamérica pudieron influir motivos tanto comerciales e industriales como culturales:  la creación en 1886 de la primera cátedra universitaria de español en Tolosa de Francia, cuna del hispanismo francés, fue iniciativa de la Cámara de Comercio e Industria y la política exterior de Estados Unidos hacia la América central y del Sur fue determinante para el desarrollo del hispanismo norteamericano con fines más utilitarios y prácticos. No es de extrañar, pues,  que la misión cultural del hispanismo pudiera cobrar, a menudo, una dimensión diplomática como bien dejó sentado Antonio Niño a propósito de España y Francia. En 1915-1916, el joven Marcel Bataillon no dudó en poner sus competencias de aprendiz de hispanista al servicio del Comité Internacional de Propaganda de los Aliados en España (Bataillon, 2009).

De estas relaciones complejas de los hispanistas con lo hispánico daba cuenta, en cierta medida,  Rafael Altamira — tal vez el primer hispanista español dedicado a las cosas de Hispanoamérica—, cuando en 1898 distinguía entre hispanólogos, o sea : « gentes que saben o presumen saber de España, pero que no solo no la aman, ni aun sienten por ella benevolencia y simpatía, sino que están dominados por ese rigor de juicio, esa ligereza despreciativa, esos prejuicios ciegos que a veces —¡triste es decirlo !— llegan hasta los mejor enterados de minucias de erudición referentes a nuestra patria, muy afanosos por reconstituir nuestra historia, pero limitados a esta función de arqueólogos, sin llevar su esfuerzo a la piadosa rehabilitación del nombre de España» y « aquellos pocos que en Alemania, en Italia, en Francia, en Inglaterra [a Estados Unidos no se refiere], son ante todo hispanófilos, buenos amigos, de los que ni adulan ni huyen ante la desgracia, sin perjuicio de ser también, muchas veces, grandes hispanólogos» (Altamira, 1898, 218-219);  los que saben aunar ciencia y amor a España y no se quedan en fiscales.

Con el tiempo, su deseo de que se fortificara « la falange de los verdaderos hispanófilos » y se disiparan muchas leyendas y muchos prejuicios, fue realizándose en pro de una especie de sociedad internacional de socorros mutuos científicos y de una verdadera hermandad hispanista.

De mano de Ramón Menéndez Pidal, en una coyuntura en la que va medrando la ciencia filológica en unos círculos menos restringidos, España  empezó a tomar cabal conciencia de lo que podía aportar la mirada de los hispanistas de fuera : en una conferencia de 1920, en el centro de Estudios Históricos,  sobre el Hispanismo en Alemania, los Estados Unidos, Inglaterra, Francia e Italia en sus tres aspectos, literario, lingüístico y utilitario, irá justificando el interés de esa mirada globalizante y original propia del hispanismo o de los hispanismos, a la que cada país partícipe contribuía con sus distintas tradiciones científicas.

En su discurso (en francés) de Tolosa de Francia, con motivo de su recepción solemne como Doctor Honoris Causa en la universidad, tras reconocer los grandes méritos de los trabajos de templa serena de unos ingeniosos aficionados, letrados enterados e incluso sabios de gran mérito, llegará a advertir que estos no podían alcanzar al gran público, propugnando « otra manera de entender concebir el hispanismo ya no como aquella obra de investigación científica sino como algo vivo, más amplio, más directo, capaz de poner en contacto los sentimientos e intereses actuales de ambos países (Menéndez Pidal, 1921, 32).

Para aquel entonces, ya se habían organizado en España, en 1908, en Burgos, por iniciativa de Rodrigo de Sebastián y Ernest Mérimée, los primeros cursos de español para extranjeros (Pérez/ Zaparaín, 2008);  las principales revistas dedicadas al hispanismo como la Revue Hispanique, fundada en 1894 por el hispanista francés Raymond Fouché-Delbosc y luego publicada por la Hispanic Society en Nueva York, el  Bulletin Hispanique , fundado en 1898, se habían consolidado o estaban en vías de creación como el Bulletin of Hispanic Studies y acogían trabajos de hispanistas de todas las naciones, para un fecundo intercambio de miradas y pareceres. Una corriente interrumpida o encauzada en España durante algunos años después de la Guerra Civil con el retraimiento de gran parte de los hispanistas no españoles,  caso del Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, por ejemplo (Botrel, 2009). En la percepción que del mundo hispánico tuvieron los hispanistas y en la mirada recíproca, obviamente pudieron influir en algunos momentos las circunstancias políticas y diplomáticas, además de las históricas rencillas, pero puede decirse que nunca supusieron unas completas ni duraderas fracturas dentro del mundillo más sereno de los hispanistas y científicos.

La iniciativa un tanto imperialista tomada en 1950, de fundar una Asociación Internacional del Hispanismo auspiciada por la Dirección General de Relaciones culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores español para organizar el hispanismo internacional desde España  es un buen ejemplo. Con su estupenda revista Clavileño (1950-1957), tenía, dicho sea con palabras de Menéndez Pidal, el « propósito de auxiliar y enlazar, cuanto es posible, la acción de quienes se interesan por el estudio de la cultura hispana». Los 43 números conocidos fueron publicándose hasta 1957, bajo la dirección de Javier Conde, quien era entonces director del Instituto de Estudios Políticos, « centro ideológico del nuevo régimen y punta de lanza del empeño de adaptar el autoritarismo a las nuevas corrientes politológicas », escribe José Carlos Mainer (2002, 946), en tiempos en que Marcel Bataillon, como lejana respuesta en son de desagravio a la provocante pregunta de Masson de Morvilliers,  detallaba « Ce que l’hispaniste doit à l’Espagne» (Bataillon, 1956).  Esta publicación  bimensual, ejemplarmente cuidada, copiosa de ilustración fotográfica, nada restrictiva en sus firmas, tupidamente impresa a dos columnas, un « modelo de actuación internacional » no fue solo una maniobra de propaganda sino que, en opinión de Mainer (2002, 946), « contribuyó decisivamente al reconocimiento del verdadero canon moderno de las letras y estética españolas » y fue un hito en la construcción de una « cultura de Estado ».

Aunque no prosperó la empresa, tal vez fue un factor decisivo para que, fuera de España, los hispanistas empezaran a sentir la necesidad de organizarse, de manera más autónoma : así lo hicieron los británicos en 1955, con la Association of Hispanists of Great Britain and Ireland (AHGBI ), antes de promover, en 1962, la creación de una Asociación Internacional de Hispanistas (AIH). En el programa de su I Congreso fundacional (Programa, 2007), en Oxford, donde el entonces jefe de Estudios del Instituto de España en Londres, Francisco Aguilar Piñal, recogió las firmas de los participantes se puede ver cómo quedan entreverados, sin distinción de país ni de especialidad, los nombres de muchos de los fundadores:  ¡todo un símbolo del hispanismo internacional!  Como resultado de una implícita justicia distributiva geoestratégica  los primeros presidentes de la AIH serán sucesivamente españoles (el indiscutido maestro de hispanistas, Ramón Menéndez Pidal, como primer presidente de honor, y Dámaso Alonso, como presidente), francés (Marcel Bataillon), argentino (Ángel Rosenblat), y les sucederán presidentes o presidentas de Gran Bretaña, España, Argentina, Estados Unidos, Italia, Francia  y México.

Desde aquel entonces el hispanismo en el mundo se ha ido institucionalizando. Consúltese el portal del Instituto Cervantes dedicado al Hispanismo : se cuentan por el mundo más de 200 asociaciones especializadas entre las de profesores, las científicas y profesionales y las nacionales, por ahora unas 25, desde la más antigua (la AHGBI), hasta la más nueva, la de hispanistas israelíes (AHI), con su original línea de estudios ladinos. En los países del Este de Europa, la tradición de los estudios románicos, ha abierto el paso a unas organizaciones más especializadas como en Alemania y Polonia (Botrel, 2003). Hoy en día, desde España, el Instituto Cervantes, la Fundación Duques de Soria de Ciencia y Cultura Hispánica y la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, se ofrecen como otros tantos puntos de apoyo naturales para un hispanismo internacional presente en los cinco continentes, del que se procura episódicamente dar cuenta, como en el número de Arbor dedicado a « El Hispanismo que viene (Álvarez Barrientos, 2001). Una ingente  y tupida red de especialistas y recursos susceptible de aunar fuerzas y ofrecerse a los actuales y futuros investigadores y aficionados bajo forma de un web ring, o Anillo del Hispanismo, un  lugar de encuentro y permanente foro de debate, capaz de actuar como vínculo y como aglutinador y crisol para una visión cada vez más trascendente y compartida del hispanismo y de sus cometidos. Una iniciativa tomada 2007 con motivo de una reunión celebrada en el Instituto Cervantes de París y recién ratificada (en 2013) en Buenos Aires por los participantes en el III Encuentro de Presidentes de Asociaciones Nacionales de Hispanistas organizado por la AIH con el apoyo de la Fundación Duques de Soria de Ciencia y Cultura Hispánica.

El hispanismo que en algún momento pudo ser un hispanismo de sustitución ha venido a ser hoy un hispanismo de cooperación, diversificado, en el que se cruzan y contrastan las miradas sobre unos objetos cada vez más propuestos por los propios hispanistas españoles e hispanoamericanos pero también definidos e investigados conjuntamente, con la organización de programas y coloquios cuyos resultados se benefician de una eficaz difusión por parte de las revistas y editoriales hispanas y de algunas más que no lo son. Al filo de los años, lo que inicialmente fuera un interés por las cosas de España ha ido evolucionando hacia un interés por lo hispánico, y cada vez más por lo hispanoamericano: compárense, por ejemplo, los manuales que a principios del XX servían para el aprendizaje del español donde se trataba de Hispanoamérica en un apéndice y los de hoy en que casi predominan los temas hispanoamericanos.

 ¿Qué duda cabe de que la multiplicación de hispanistas « mediadores » entre la cultura hispánica y las culturas propias o ajenas, su dedicación a la docencia, investigación, traducción y divulgación, puede ser fuente de enriquecimiento para la propia cultura hispánica, por muy insólitas o no « correctas» que parezcan a veces los puntos de vista expresados y desiguales los resultados? Falta por supuesto que en Hispanoamérica, donde el hispanismo brasileño se nos antoja boyante, cunda la conciencia de que el investigar la cultura de su propio país o de otro país de habla hispana (inclusive España y ¿por qué no ? la cultura hispánica en Norteamérica) es ser esencialmente hispanista y también que en África y Asia vayan cobrando fuerza los ya existentes núcleos hispanistas, algunos ya organizados como en Corea y Japón. Pero el hispanismo es una construcción permanente…

el hispanismo hoy. Es cosa sabida: lo que une y unifica a todos los hispanistas es obviamente la lengua española con todas sus herencias e hibridaciones  (en el IV Congreso de la lengua española celebrado en Cartagena de Indias en 2006, se reveló que la palabra de la lengua española preferida por los niños colombianos era chocolate, una palabra nahuatl, por cierto),  con todas sus variadas modalidades, la de Valladolid o de Antofagasta, con o sin ese « balanceo de hamaca» característico del habla de don Frutos, el indiano de La Regenta (Botrel, 2007, 50), y hasta la de los que, según López García (2007, 187), no son hispanohablantes sino hispanopracticantes, que la han aprendido como lengua extranjera y la han hecho suya, sin pretensión a que no tenga secretos, porque, como observaba Altamira en el ensayo ya citado (1898), la erudición y el manejo del lenguaje que dan los libros dista mucho de aquella adivinación especial que caracteriza al locutor indígena.

Es sabido que la lengua y toda la producción en lengua española —su tronco común clásico (cuando España e Hispanoamérica se confundían)— es la que sigue sirviendo de referencia común. Trátense de competencias lingüísticas primarias (maternas) o secundarias (aprendidas), nucleares o subsidiarias, es para los hispanistas la lengua del intercambio científico y para muchos más una lingua franca. Una lengua « puente» electiva o de hecho en la que se sustenta la idea de Hispanidad (López García, 2007, 113) y, por ende, el hispanismo.

            Pero esta unidad lingüística no basta para caracterizar el hispanismo. Como recordaba Augustin Redondo (Actas 98, I, XXI), « una palabra inserta en su inmediatez, sin profundidad histórica, es una palabra moribunda ». Para el hispanismo es imprescindible fomentar una reflexión científica y práctica sobre la evolución de las distintas formas de la lengua española inclusive hoy, y sobre las condiciones de su enseñanza como lengua « propia » o « extranjera », en sus relaciones con otros idiomas, incluso los vehiculares en un país mayoritariamente hispanófono. Pero también es preciso lograr que a lo hispánico queden asociados unos bienes y valores apetecibles desde distintos horizontes de expectativas, culturales, por supuesto, pero también científicos, tecnológicos, económicos, etc.

Lo destacaba hace unos años, Aurora Egido (2004, 45) : la lengua española y la cultura hispánica « ocupan muy pocas casillas no sólo en las instituciones y foros internacionales, sino en el tan cacareado canon, que suele ser además de imperativa y clamorosa restricción occidental » y  « pese al imparable crecimiento del español, el Hispanismo no deja de ser una ínsula en el panorama de nombres y títulos canonizados ». Entre los iconos culturales hispanos en Internet, analizados por Cueto, Soler, Noya (2004) se puede comprobar, por ejemplo, que si Pablo Picasso ocupaba un halagüeño puesto después de Leonardo da Vinci y antes de Andy Warhol, Miguel de Cervantes y Gabriel García Marquez sólo se clasificaban en el 20 y 21° y Federico García Lorca en el 35°…

Esta situación global es, por cierto, reiterado motivo para interrogarse acerca del papel de la traducción cara a la circulación de la literatura y de la ciencia hispánicas por el mundo y, por ende, sobre todos aquellos iconos hispánicos que, por más que tengan de alguna manera su origen en la práctica del idioma español, utilizan otro (como el inglés) para su divulgación y acceso a la cultura y a un saber hispanos. Ha de ser una legítima interrogación del hispanismo como pieza singular en la propagación de las aptitudes para captar lo hispánico. No se ha de olvidar el impacto que tuvieron unas empresas editoriales antiguas como  las de Baudry o Brockhaus, al publicar las primeras colecciones de Autores Españoles en Francia y Alemania a mediados del siglo XIX, las bibliotecas de obras traducidas como la « Bibliothek Spanischer Schrifsteller» por Renger en Leipzig o los « Sommets de la littérature espagnole» publicados  por las Ediciones Rencontre en Lausana a principios de los años 1960; lo que supuso la traducción en distintos idiomas de las novelas hispanoamericanas del boom y los efectos decisivos del apoyo del Centro de las Letras Españolas a la traducción. Y tampoco las aportaciones de muchos « aficionados ilustrados que no presumen de hispanistas pero sí acompañan y /o vulgarizan su labor: piénsese, por ejemplo, en lo que supuso en su tiempo la publicación en París, en 1968, por Ruedo Ibérico, en francés y en español, del magno estudio de Daniel Artigues alias Jean Bécarud, bibliotecario del Senado francés, sobre el Opus Dei (Bécarud, 2000) o el impacto que puede tener un artículo en la prensa escrito por algún periodista bien preparado y/o informado…

Como ya se observaba con motivo del XI Coloquio internacional de la Asociación de Cervantistas en Seúl, en 2004 (Botrel, 2005), es preciso seguir interrogándose sobre el propio estatuto del Hispanismo. En un sugestivo ensayo, Gonzalo Navajas (2002) no duda en afirmar que el impacto del hispanismo « rara vez alcanza el espacio público y queda limitado a la apacibilidad del ámbito académico ». A una explicación histórica (el hispanismo ha sido una fuerza de proyección de una cultura que a diferencia de otras opciones culturales [...] se ha visto obligada a abrirse un espacio entre otras opciones mayoritarias y prevalecientes), añade el ensayista  un rasgo más idiosincrático del hispanismo tendente a la «  preservación del statu quo cultural, de oposición al cambio y de identificación de la cultura en español con un pasado áureo más que con un futuro renovador », y una aparente incapacidad para integrarse de manera creativa y no ancilar dentro de las corrientes determinantes del discurso crítico internacional.

No es este el lugar para un debate epistemológico ni estratégico, pero nos consta que si bien es verdad que el hispanismo adolece aún de su indecisa identidad y de su insuficiente impacto (a pesar de su ingente producción) y que se nutre en una salutífera tradición filológica, también es verdad que su relativa especificidad está precisamente en no haberse constituido como coto cerrado ; al admitir una diversidad de métodos y de tradiciones nacionales se ha librado de ser un movimiento monolítico con una unidad de criterios y procedimientos. Unos ideales de pluralismo que, según Lía Schwartz  (Actas 01), no ha ser rémora para un auténtico intercambio de ideas en un plano internacional », sin todas aquellas falsas barreras entre continentes y periodos que sólo consiguen obstaculizar la expansión del saber ».

En esta misma pluralidad convergente de finalidades y métodos aplicados, individual o colectivamente, a un campo no limitado a la crítica, sino abierto a la historia, a la antropología cultural, y por supuesto a la cultura visual y auditiva, está —tal vez paradójicamente— la fuerza  y, si cabe,  la originalidad de un hispanismo respetuoso pero también aglutinador de los distintos hispanismos, y la garantía de que se pueda desenvolver en mundo tentado por la uniformización y el  política —o científicamente— correcto.

De todo esto depende su efectiva y diversificada capacidad  de proyección y de retroacción : lo que puede incorporar, aun sin tener una autopercepción homogénea dentro de la « creciente multipolarización cultural », desde la conciencia cada vez más compartida de que su quehacer tiene una dimensión geopolítica cuando se viene observando una propensión a la unidimensionalización del mundo.

Tal perspectiva de un enriquecimiento y potenciación y  una creciente afirmación del hispanismo como ciencia  sui generis, no hace obsoleta la función de vigilia de los hispanismos nacionales, con la necesidad de estudiar lo foráneo o la alteridad, con una mirada selectiva o global, para poder comprenderlo y actuar como nación o como ciudadano, incluso dentro de unos  espacios cada vez más homogéneos y parecidos. Para los países hispanófonos —además de la inacabable reflexión sobre la historia de sus relaciones históricas y mutuas— estas distintas aportaciones son fuente aprovechable para una autopercepción más exacta , lúcida y, de seguro, valorizante. Pero también, con la atenuación de las diferencias nacionales dentro de estos nuevos espacios y el desarrollo de las comunicaciones físicas y electrónicas, se puede esperar que, gracias a la pluridimensionalidad y globalidad de estas miradas, no excluyentes de la historia, de la etnología, de la sociología, de la literatura comparada, etc., se evoluciones hacia un hispanismo sin fronteras.

Es de la responsabilidad de los hispanistas intentar superar la muy humana pero egoísta aspiración a autovalorar la propia asignatura y especialidad y a querer reproducirse a través de ella, y recapacitar sobre  lo que podría ser una legítima preocupación para cualquier hispanista : mantener y cultivar ese calar hondo en la historia de la lengua, de la literatura y de la cultura para una docencia actual, pero también fomentar una dialogante e incluyente actitud dentro de la propia esfera del hispanismo donde caben, desde el principio, filólogos, lingüistas, teóricos de la literatura, historiadores, etnólogos, etc. y, en sus márgenes, con otras disciplinas : a los egoístas cotos cerrados, se ha de oponer un legítimo (con tal que sea intelectual) braconnage, apto para explorar campos, bienes y métodos ajenos y enriquecer el quehacer común.

Un hispanismo sin fronteras, pues, entre  los distintos hispanismos pero también las principales disciplinas del ámbito de las ciencias humanas y sociales o las épocas, etc., que mantenga y promueva una visión no fragmentada e hiperespecializada sino pluri o multidisciplinar y globalizante.

Se ha de insistir en que el hispanismo no puede contentarse con ser un conservatorio de glorias pasadas, por muy efectivas que sean; es su responsabilidad y la de los hispanistas desensimismarse, « abrirse y apoderarse de unas  nuevas y diferentes problemáticas y tecnologías, bregar por la promoción y  emergencia de más emblemas y valores vinculados con lo hispánico (Botrel, 2006 447). Proseguir, pues, en la línea marcada por Ramón Menéndez Pidal en 1921. Una tarea de permanente aggiornamento de sus planteamientos y prácticas, para hacer mentir el refrán que dice que antes se toma el pulso al haber que al saber,  desconfiando, pues,  de una cómoda aunque halagüeña insularidad, para alcanzar más y más el espacio público internacional, inclusive en aquellos países donde, por motivos económicos o históricos, falta aún desarrollar el hispanismo o la conciencia de obrar como hispanistas.

 

ser hispanistaComo escribía hace unos años (Botrel, 2006, 446), « para ser hispanista no basta entender y hablar el español, es preciso saber de lo hispánico, para poder producir unos nuevos conocimientos y poder transmitirlos, para proyectarse y actuar, si cabe, como intermediario cultural.

Ser hispanista es, por supuesto, ser un especialista, como pueden serlo los lingüistas, galdosistas, catalanistas, mexicanistas, etc., pero un especialista partidario de un especialismo que no aísla, porque, como recordaba Franco Meregalli (1986, XVI), « el especialismo que se aísla es un especialismo que se esteriliza. Al especialismo deben acompañarse abertura en sentido diacrónico […], en sentido sincrónico, como sucede cuando, al ocuparnos de la cultura hispánica de una época, descubrimos la necesidad de relacionarla con la contemporánea de otros dominios lingüísticos; en sentido metodológico, cuando advertimos la necesidad de estudiar los mismos objetos en función de distintas aproximaciones metodológicas y procedimientos heurísticos».

            Ser hispanista también es, para los no oriundos, vivir al menos dos culturas, con el riesgo de que se le tenga por ajeno en una y otra, una especie de amable esquizofrenia,  pero es también experimentar la satisfacción que puede rayar en fruición de sentirse otro, de tener la adaptabilidad del etnólogo y a veces, de comparar y relativizar, de extrañar el que le perciban como extranjero al país sobre que lleva tantos años investigando y puede sentirse cuasi asimilado. Casi merecería un estudio antropológico…

En cuanto al hispanista que se interesa por lo hispánico desde tierras hispánicas, conste que, hasta en la relación con las distintas variedades de la lengua manejada,

el objeto también puede ser extranjero y por tanto la mirada también resultar ser la de otro, pues es hispanista un Español que se interesa por la literatura y la cultura mexicanas o una Argentina que estudia la literatura española. No olvidemos que la trama del hispanismo internacional se ha ido constituyendo y enriqueciendo a base de  intercambios estructurados o de involuntarios movimientos migratorios, con todas las aventuras pero también los dramas colectivos y personales de unos hispanistas malgré eux, por necesidad, que, con la lejanía desde EEUU, México, Argentina, Francia y últimamente en muchos más países, tuvieron que  aprender a distanciar la mirada. Esta fue la situación de un historiador, como  Manuel Tuñón de Lara (Granja, 1994) y la de  tantos maestros del hispanismo norteamericano o francés a los que la propia España supo rendir homenaje,  trátese del maestro de la crítica Gonzalo Sobejano (Sobejano, 2001) o de Antonio Otero Seco, periodista republicano,  autor de la última entrevista a García Lorca (Otero Seco, 2013) y exiliado en Rennes, « la ciudad de la niebla, de la quietud y del aburrimiento».  O de todos aquellos hispanistas de raíz española quienes, según Ricardo García Valcárcel (2009),  mejor han defendido la herencia cultural hispánica, quienes más impermeables han sido a la leyenda negra, quienes más y mejor han usado el concepto de España. En el libro dedicado en 2011 a la Memoria del hispanismo, Carlos Blanco Aguinaga, tras evocar su historia personal y profesional lejos de Irún, solo pedía que se le considerara como uno de tantos hispanistas… (Aguinaga, 2011, 89).

El hispanismo es una patria en sí y la conciencia de ser hispanista con el proyecto —muy político— de dar a conocer y hacer compartir los resultados de su labor tendrá por consecuencia que al objeto de estudio se le procure aplicar una mirada distante y se le quite, en la medida de lo posible, la dimensión nacional tácita que en algunos casos puede conllevar: que se hable de literatura o historia española o catalana o nicaragüense —la de todos los hispanistas— y no de nuestra literatura o de nuestra historia —la de los hispanistas españoles, catalanes o nicaragüenses; que el nosotros utilizado sea un nosotros incluyente, no excluyente.

Ser hispanista es también ¿cómo no ? acompañar las más actuales preocupaciones y métodos como pudo ser en Francia la metamorfosis de la historia social en historial cultural o sociocultural (cf. Maurice, 2000)  o, en Alemania, el creciente interés por plantear líneas de investigación sobre  intermedialidad, transculturización, hibridez, memoria, identidad colectiva, discursos femeninos, etc.  que, como observaba Wilfried Floeck (2004, 18) podrían suponer puntos de encuentro dentro del hispanismo; es ir intuyendo pistas y construyendo nuevos temas de objetos de investigación y hacer que a unos nuevos investigadores e investigadoras les entren ganas de internarse por la cultura hispánica, esa  « selva milagrera» donde, como prometía el primer presidente de la AIH, Dámaso Alonso (1967, 23),  «al caballero hispanista se le puede dar una tras otra estupendas aventuras », las  que muchos de los más veteranos hemos experimentado.

            Y por si parece poco —o demasiado—, desde un punto de vista más personal, digamos menos altruista, siempre servirá el ser hispanista para sentirse incluido en una selecta y entrañable  hermandad, con todas sus solidaridades e irremediables complicidades, evocadas por Álvaro Ruiz de la Peña (2008). Un motivo más para que, como sugería  el historiador hispanista Alfonso Botti (2000, 152) las reflexiones sobre el hispanismo como campo de estudio pasen de una autorreflexión sobre su propia historia, una especie de « autobiografía de grupo» con el « anteojo mirado al revés», a ser un tema de debate más abierto y compartido, ¿ por qué no en un foro permanente?

 

            Una pregunta final: cara al futuro, ¿ cómo va a servir —ya que sirve— el ser hispanista ? Demos por asegurado que no desaparecerá la función de vigilia de los hispanismos nacionales con la necesidad de estudiar lo hispánico contrastándolo implícita o explícitamente con lo propio, para poder comprenderlo y actuar como nación, incluso dentro de un espacio europeo homogeneizado, con el paralelo desarrollo en las naciones hispánicas de un « inglecismo», « francesismo», « germanismo», etc. Pero también, con la atenuación de las diferencias nacionales dentro de un nuevo espacio democrático o globalizado y el desarrollo de las comunicaciones físicas y electrónicas, se puede esperar que, gracias a la pluridimensionalidad y globalidad de la mirada del hispanista, se privilegie su función mediadora para un hispanismo ya sin fronteras, como productor de un saber sui generis, por supuesto, pero también como pasarela y como instrumento de resistencia y de afirmación de una latinidad lingüística y cultural renovada, en un mundo en vías de preocupante uniformización.

 

 

Estudios citados.

 

- Actas 86 (1989)=Actas del IX Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas(18-23, Agosto, 1986, Berlín). Sebastián Neumeister, ed., Frankfurt am Main : Vervuert Verlag.

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